Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, “Corpus Christi”.
Domingo 22 de junio de 2025, Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
Hermanos todos en el Señor:
Hoy, en la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, la Iglesia nos invita a contemplar el gran misterio de la Eucaristía, centro de toda nuestra vida cristiana. Los textos bíblicos de este día nos hablan de un Dios providente que da alimento a su pueblo: en la primera lectura del Génesis contemplamos a Melquisedec ofreciendo pan y vino a Abraham como signo de alianza. El salmo 109 proclama: “Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec”, haciéndonos pensar hoy a nosotros en Jesucristo, Pan de Vida, Sumo y Eterno Sacerdote. San Pablo, en la segunda lectura de su primera carta a los corintios, nos ofrece el texto más antiguo sobre la Eucaristía, recordándonos las mismas palabras del Señor en la última cena y que actualizamos en cada Misa que celebramos: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo… Tomad y bebed: esta es mi sangre … Cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva”. Y, en el evangelio de San Lucas, vemos a Jesús que, compadecido de la multitud, multiplica cinco panes y dos peces para que comieran todos. Y dice el texto que hasta sobraron doce canastas.
Estos textos confirman que la Eucaristía es el Sacramento de la presencia real de Cristo, el Pan bajado del cielo, alimento que edifica y sostiene a su Iglesia. Como enseña San Agustín, “donde reside el cuerpo de Cristo, allí también está Cristo” (Sermón 272), y por ello cada Eucaristía es un encuentro personal con el Señor que se hace presente en medio nuestro. El Concilio Vaticano II se refiere a la Eucaristía como “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen gentium 11), pues de ella brota toda gracia, de ella manan la caridad, la unidad y la mística de comunión que definen a la comunidad eclesial.
Diversos Papas han profundizado esta verdad central: Pío XII subrayó la dimensión sacrificial y pascual de la Eucaristía como memorial vivo de la pasión redentora (“Mystici Corporis”, 1943); San Pablo VI, en la exhortación “Evangelii Nuntiandi”, señaló que la Iglesia, con la Eucaristía, recibe la fuerza para anunciar el Evangelio al mundo entero; San Juan Pablo II, en la carta “Mane Nobiscum Domine”, recordó que “cada celebración eucarística es prolongación de la Encarnación del Verbo y del misterio pascual” (nn. 22-23).
Hermanos, frente a tan sublime misterio y magnífico don, la Iglesia nos exhorta a no privarnos nunca de la Eucaristía dominical, pues mucho más que una obligación, se trata de una verdadera necesidad para nuestra vida de fe. “El domingo en que se celebra la Pascua del Señor” -afirma el Vaticano II- “debe distinguirse como día de precepto, en el que los fieles participan de la Eucaristía y se abstienen de trabajos u ocupaciones que impidan dedicar el tiempo apropiado a la familia y a la caridad” (Sacrosanctum Concilium 106). Para participar de la Eucaristía, debemos prepararnos dignamente, examinando con diligencia nuestra conciencia; y, si tenemos conocimiento de algún pecado grave, hemos de acudir antes al sacramento de la Penitencia. Sólo así podremos presentarnos ante el altar para recibir al mismo Cristo en su cuerpo, sangre, alma y divinidad como lo confesamos en la fe de la Iglesia. Es tan grande, tan santo y sublime este misterio, que hemos de tratarlo y recibirlo siempre con la mayor pureza, disposición y santidad.
Por ello, si somos conscientes de la santidad y sacralidad de la Eucaristía, debemos manifestar actitudes de recogimiento y respeto: venir decorosamente vestidos a la Misa, silencio antes y después de la comunión, gestos de adoración ante el sagrario, reverencia suma al recibir el Pan de Vida. No importa la forma externa de recibir la comunión -en la boca o en la mano, de pie o de rodillas-, porque la Iglesia aprueba estas formas para comulgar. Lo importante y esencial es la disposición interior de cada uno: la fe, la humildad, el amor, la reverencia y el espíritu de adoración.
Hermanos, la celebración eucarística no termina en el templo, sino que nos lanza a la misión. Jesús, al multiplicar los panes, no sólo sació el hambre material de la multitud, sino que nos dejó un ejemplo y desafío de solidaridad: “Denles ustedes de comer”, escuchamos en el evangelio de hoy. Así, cada vez que participamos en el banquete eucarístico, somos llamados a llevar ese pan partido a los hermanos que sufren hambre, soledad y pobreza. San Basilio Magno afirmaba que “la Eucaristía es el vínculo de la unidad y fraternidad de la Iglesia: mientras comemos un mismo pan, formamos un solo cuerpo” (Carta 239). No olvidemos, por tanto, que la comunión sacramental exige comunión fraterna y efectiva: compartir el pan de cada día, visitar al enfermo, consolar al afligido, defender la dignidad de los pobres y oprimidos.
Hoy, ante el altar, demos gracias al Padre por el Cuerpo y Sangre de su Hijo, memorial eterno de su amor. Hermanos, examinemos nuestra vida: ¿Preparamos bien nuestro corazón para la Eucaristía? ¿Acudimos al perdón sacramental cuando lo necesitamos antes de comulgar? ¿Reverenciamos al Señor en la Eucaristía con fe y adoración? ¿Nos abrimos a los demás, multiplicando el pan para los necesitados?
Finalmente, queridos hermanos, después de la celebración de la Santa Misa realizaremos la procesión con el Santísimo Sacramento, dentro del templo por motivo de la lluvia. Es importante que recordemos que esta procesión no es una simple tradición o costumbre, sino una manifestación pública de nuestra fe y adoración al Señor realmente presente en la Eucaristía.
Al caminar junto a Jesús Sacramentado, testimoniamos ante el mundo que creemos en su presencia real, que lo adoramos y que queremos que bendiga nuestras familias, nuestra diócesis, nuestra Iglesia y el mundo entero. Los invito a todos a participar con respeto, recogimiento y alegría, llevando en el corazón el deseo de que Cristo, Pan Vivo bajado del cielo, permanezca en medio de nosotros y transforme nuestras vidas en ofrenda de amor y servicio a los hermanos.
Que la paz de Cristo, verdadero Pan de quienes creemos en Él, nos acompañe hoy y siempre. ¡Para siempre sea alabado el Señor Sacramentado! En el cielo y en la tierra vuestro Nombre sea alabado.
