Eucaristía en el Encuentro de las Comisiones Diocesanas de Protección de Menores y Adultos Vulnerables,
Memoria de San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia.
Sábado 13 de setiembre de 2025, Casa Pastoral Hermanas Clarisas, Moravia, 7:00 a.m.
Queridos hermanos, apóstoles de la prevención y del cuidado:
Hoy celebramos con gozo la memoria de San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia (Antioquía 349 – Ponto 407), conocido como “boca de oro” por la fuerza de su predicación y por la claridad con que supo anunciar el Evangelio, incluso en medio de persecuciones, incomprensiones y exilios. Su vida fue un testimonio de fidelidad a Cristo y a la verdad del Evangelio, aun cuando ello le costara incomodidad y sufrimiento. San Juan Crisóstomo fue un pastor que no se conformó con las apariencias externas de la religión, sino que buscó con valentía la coherencia entre fe, vida y compromiso con los más pobres y débiles.
El evangelio que la liturgia nos propone hoy, según San Lucas, se centra en la enseñanza de Jesús sobre la autenticidad: “No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno… El hombre bueno saca lo bueno del tesoro de su corazón”. Y más adelante añade la parábola de la casa construida sobre roca: quien escucha la palabra y la pone en práctica edifica sobre cimientos sólidos, capaces de resistir las tormentas.
Estas imágenes -del árbol y de la casa- nos iluminan profundamente en este contexto en el que nos encontramos: el encuentro de las comisiones diocesanas de protección de menores y adultos vulnerables, y de prevención y buen trato. Se trata de un ámbito del apostolado eclesial que no puede construirse sobre improvisaciones, ni sobre palabras bonitas, ni sobre proyectos que se quedan en el papel. Estamos llamados a edificar sobre la roca, que es Cristo, y sobre la verdad de su Evangelio, que nos pide transparencia, justicia y caridad.
San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías, decía: “No basta con tener fe, es necesario que nuestras obras manifiesten la verdad de lo que creemos”. Y en otra exhortación pastoral recordaba: “El cuidado de las almas es el arte de las artes”. Qué actuales suenan estas palabras cuando pensamos en la tarea confiada a estas comisiones: cuidar la vida, la dignidad y la seguridad de quienes son más pequeños y frágiles en nuestra Iglesia.
El Evangelio nos recuerda que del corazón brota lo que nutre la vida de la comunidad. Un corazón corrompido dará frutos dañinos; un corazón renovado por la gracia y atento al cuidado dará frutos de justicia y paz. En este sentido, la misión de las comisiones no es solo administrativa o legal; es, sobre todo, espiritual y pastoral: se trata de cultivar un “corazón bueno” en la Iglesia, un estilo de relaciones y de estructuras que transmitan cuidado, respeto, confianza y transparencia.
La parábola de la casa sobre roca nos ofrece otra clave. Una Iglesia que no afronta con seriedad la prevención y el buen trato estaría edificando sobre arena. Bastará una tormenta -un escándalo, una crisis, una denuncia mal atendida- para que todo se derrumbe. En cambio, cuando la prevención es tomada en serio, cuando se escucha a las víctimas, cuando se promueve una cultura de respeto y de formación permanente, entonces los cimientos son firmes. La comunidad puede resistir y salir purificada, más auténtica y creíble.
San Juan Crisóstomo no tuvo miedo a denunciar los abusos de poder y las injusticias en su tiempo, incluso cuando provenían de los poderosos o de dentro de la misma Iglesia. Por eso sufrió persecuciones y destierros. Él nos enseña que la fidelidad al Evangelio exige valentía: “No temamos a los hombres, temamos a Dios; no busquemos el aplauso, busquemos la verdad”, decía el santo. Ese es también el desafío para quienes servimos en este apostolado del cuidado y de la prevención: actuar con valentía, sin dejarse paralizar por el miedo a la crítica, sin caer en la tentación de proteger estructuras o apariencias, sino buscando siempre el bien de las personas, sobre todo de los más pequeños y vulnerables.
Este camino y apostolado no está exento de tensiones y dificultades. Habrá quienes piensen que la prevención es una carga o un exceso de controles; habrá quienes intenten minimizar la importancia de este servicio y del problema que subyace. Pero el Evangelio nos recuerda: el árbol se conoce por sus frutos. Si nuestras comunidades y ambientes eclesiales se convierten en lugares seguros, si los niños, jóvenes y adultos vulnerables encuentran aquí acogida y protección, entonces se verá el fruto bueno del Evangelio en acción.
Los desafíos que tenemos por delante son varios:
1.- Integración: para dar el buen fruto de los ambientes seguros en la Iglesia, la participación, integración y compromiso de todas las diócesis del país es una tarea prioritaria e irrenunciable. La promoción de la cultura del cuidado y del buen trato ha de ser un eje trasversal en todas nuestras acciones pastorales, y esto nos compromete a todos sin excepción, pues se trata de una insoslayable corresponsabilidad eclesial.
2.- Formación continua: no basta una sola jornada o protocolo; la cultura del cuidado se aprende y se cultiva en el tiempo, constantemente.
3.- Escucha real a las víctimas: darles voz, acoger su dolor, aprender de sus experiencias, tratarlas con sumo respeto y caridad.
4.- Trabajo en comunión: las comisiones no son un grupo aislado; son expresión de la Iglesia en su conjunto, y su labor debe ser asumida corresponsablemente por todos los agentes pastorales.
5.- Testimonio profético: ser signo de que la Iglesia reconoce y aprende de sus errores para renovarse, siendo más transparente y cercana.
San Juan Crisóstomo decía también: “Nada hay más frío que un cristiano que no se preocupa por la salvación del prójimo”. Hoy podríamos actualizarlo diciendo: nada hay más incoherente que una Iglesia que no se preocupa por proteger a los más pequeños y vulnerables. Ustedes, hermanos, que integran estas comisiones diocesanas, están en el corazón de esta misión: recuerden que cada esfuerzo, cada protocolo, cada taller, cada denuncia atendida con justicia, cada gesto de prevención es un acto profundamente evangélico y por ende de caridad.
Queridos hermanos, el Señor nos invita a ser árboles que den buen fruto y casas construidas sobre roca. Que este encuentro sea ocasión para renovar nuestro compromiso en el cuidado y la prevención, sabiendo que no trabajamos solos, sino que es Cristo mismo quien sostiene la obra en su Iglesia.
Pidamos la intercesión de San Juan Crisóstomo, para que, con su ejemplo de valentía, de palabra clara y de amor a la Iglesia, nos ayude a vivir este apostolado como un verdadero arte del cuidado, que proteja, sane y prevenga, construyendo comunidades y ambientes eclesiales seguros y transparentes, donde el Evangelio florezca con abundantes frutos de justicia, verdad y misericordia.
Que el Señor nos ayude, y que así sea. Amén.
