La XXXIV Jornada Mundial del Enfermo se celebró en la Iglesia el pasado 11 de febrero, día en que se honra a Nuestra Señora de Lourdes, conocida como la Virgen de los enfermos.
No se trata de que nuestra Madre del cielo siempre conceda curaciones físicas, sino porque nunca deja solos a los que sufren, porque, así como estuvo al pie de la cruz acompañando a su Hijo Jesucristo, también está a nuestro lado sin desfallecer.
María ofrece consuelo y cercanía materna y, lo más importante, siempre nos lleva a los pies del Señor. En ella podemos confiar porque intercede por nosotros, porque su voz también acompaña la nuestra cuando le pedimos a Dios con fe y confianza.
A diferencia de lo que ocurre con nuestra Madre, la Virgen María, muchos en la sociedad caminan y actúan de modo diferente. Bien lo decía el Papa León XIV en su mensaje con motivo de esta jornada.
“Vivimos inmersos en la cultura de lo rápido, de lo inmediato, de las prisas, así como también del descarte y la indiferencia, que nos impide acercarnos y detenernos en el camino para mirar las necesidades y los sufrimientos a nuestro alrededor”, señala el Santo Padre.
“El amor no es pasivo, va al encuentro del otro; ser prójimo no depende de la cercanía física o social, sino de la decisión de amar. Por eso, el cristiano se hace prójimo del que sufre, siguiendo el ejemplo de Cristo, el verdadero Samaritano divino que se acercó a la humanidad herida. No son meros gestos de filantropía, sino signos en los que se puede percibir que la participación personal en los sufrimientos del otro implica el darse a sí mismo”, agregaba el Papa León XIV.
En este tiempo cuaresmal, cuando se nos pide también ejercitar las obras de misericordia, hagamos lo propio visitando al enfermo. A veces no hace falta recorrer grandes distancias, a veces los enfermos están en nuestra propia casa, y lo que nos corresponde es no ser indiferentes.
Visitar al enfermo es, muchas veces, un ejercicio de presencia más que de palabras. Implica detener el ritmo, escuchar sin prisa, acompañar sin imponer respuestas. En ese gesto sencillo y silencioso, el cristiano aprende que la misericordia no siempre sana el cuerpo, pero nunca deja solo al que sufre, y hace visible una cercanía que devuelve dignidad y esperanza.
El encuentro con el enfermo también nos confronta con nuestra propia fragilidad. Nos recuerda que la vida no se sostiene solo por la fuerza o la eficiencia, y que todos, en algún momento, necesitamos ser cuidados. Al hacernos cercanos al que sufre, reconocemos que la misericordia no es un gesto hacia afuera, sino un camino que nos humaniza y nos educa en la compasión. Esa es la escuela de Jesús, es la escuela de María.
Reconociéndonos frágiles, sigamos este tiempo cuaresmal sin apartarnos del camino del Señor y, al mismo tiempo, busquemos el encuentro con el hermano, especialmente con el que sufre, con el que está solo y enfermo. No dejemos que el ruido del mundo o de la tecnología nos aleje de los demás, donde también encontramos a Dios.
Fermento 413. Martes 24 de febrero, 2026
