Del 25 al 27 de febrero, hemos tenido la experiencia de días de encuentro y reflexión, en Perú, iluminados por la urgencia de una misión que no puede esperar, en el IV Congreso Latinoamericano de CEPROME. Hemos compartido experiencias, desafíos y, sobre todo, el compromiso inquebrantable de hacer de nuestra Iglesia un lugar seguro para todos, especialmente para los más vulnerables. No podemos callar ni mirar hacia otro lado cuando la confianza ha sido herida. Nuestra respuesta debe ser clara: somos apóstoles de la prevención, como lo ha pedido el Papa Francisco.
Este título no es una distinción; por el contrario, se trata de una responsabilidad que se ha de asumir con firmeza y humildad. Ser apóstoles de la prevención significa ser testigos del Evangelio en su dimensión más concreta: la defensa del hermano, el cuidado del más frágil, la garantía de que la casa de Dios es un espacio de amor y respeto. No es una tarea exclusiva de especialistas o comisiones; nos compete a todos, como Iglesia viva y comprometida.
No podemos conformarnos con protocolos escritos en documentos si no los encarnamos en nuestra vida cotidiana. La prevención debe insertarse como cultura que debe permear cada rincón de nuestra pastoral. En nuestras parroquias, colegios, seminarios, comunidades y familias, debemos formar corazones sensibles al sufrimiento de los demás y manos dispuestas a proteger, sanar y restaurar.
La tecnología, con todas sus posibilidades y desafíos, se nos presenta como una herramienta que debemos discernir con sabiduría. No podemos ignorar el impacto en la formación de los niños y jóvenes, ni el uso que se hace de ella para el mal. Es nuestra responsabilidad pastoral anticiparnos a los peligros, educar en el uso ético de los medios digitales y acompañar a quienes pueden ser más vulnerables en este entorno.
Este Congreso nos ha mostrado caminos para ser transitados en la era digital, en medio de la inteligencia artificial que penetra en nuestra sociedad. Somos corresponsables del uso que hagamos de estas técnicas puestas al servicio de la humanidad, no puede ser al contrario; la persona debe estar en el centro de cualquier desarrollo en la sociedad.
A quienes hemos participado en este Congreso, el Señor nos ha confiado una misión que no termina con el cierre de estas jornadas. Nos envía de regreso a nuestras diócesis, parroquias, comunidades… con el mandato de ser guardianes de la dignidad humana, de hacer de la Iglesia una escuela de prevención, una comunidad que no tolera el abuso ni la indiferencia.
En el caso de la Iglesia de Costa Rica, asumimos también la responsabilidad y compromiso de organizar el próximo Congreso en el año 2026. Es una oportunidad para seguir construyendo la cultura de prevención, al estilo de Jesús.
La Iglesia que construyamos hoy será la herencia de las generaciones futuras. Que sea una Iglesia de puertas abiertas, seguras; una Iglesia de brazos extendidos, protectores; una Iglesia que, con la gracia de Dios, sea hogar para todos.
Pidamos la fuerza para hacer frente a la prevención del abuso contra menores y personas vulnerables, para cuidar unos de otros, para que la Iglesia sea lo que Jesús quiere de ella, un testimonio vivo y coherente de su Evangelio.
Fermento 363. Martes 11 de marzo, 2025
