“Llamados en tierra fértil” (cfr. Mateo 13, 23)
X Carta Pastoral para orientar la vida del creyente en torno al llamado fundamental que Dios dirige a cada persona: la vocación. En un mundo marcado por transformaciones culturales profundas por el influjo de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, y por dinámicas sociales que con frecuencia dispersan el sentido de la existencia, se vuelve urgente redescubrir que la vida no es fruto del azar, sino respuesta a una llamada.
INTRODUCCIÓN
Llamados por Dios en una cultura de cambio:
1. “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor” (Efesios 1, 4-5). Estamos llamados, a la luz de la Palabra de Dios, a redescubrir nuestra identidad más profunda: somos un pueblo cultivado por Dios en una tierra bendecida por su amor. No estamos aquí por casualidad; hemos sido plantados con intención, cuidados con paciencia y llamados a dar fruto. En medio de los desafíos culturales, sociales y espirituales de nuestro tiempo, esta Carta quiere recordarnos que nuestra vocación es florecer allí donde el Señor nos ha puesto.
2. El Evangelio nos ilumina con la parábola del sembrador cuando se trata de poner en práctica la Palabra del Señor. Dice Jesús: “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende: ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno.” (Mateo 13, 23). Esta es la clave de nuestra reflexión pastoral: ser tierra buena. No basta con escuchar; es necesario acoger, comprender y encarnar la Palabra en la vida concreta. Solo así nuestra Iglesia Particular de Ciudad Quesada podrá ser fecunda y misionera.
3. Ser llamados en tierra fértil implica reconocer que Dios ya ha sembrado abundantemente entre nosotros. Nuestra historia, comunidades, familias y nuestras parroquias son signo de una semilla que ha germinado a lo largo del tiempo. Sin embargo, también somos conscientes de las piedras, los espinos y las distracciones que pueden ahogar la semilla. Esta Carta Pastoral nos anima a cultivar el corazón, a renovar procesos y a fortalecer una pastoral que acompañe, forme y envíe.
4. “Llamados en tierra fértil” es, por tanto, un llamado a la corresponsabilidad. Cada bautizado es sembrador y tierra al mismo tiempo. Estamos invitados a escuchar con profundidad, a convertirnos con sinceridad y a comprometernos con esperanza. Si dejamos que la Palabra eche raíces en nosotros, veremos frutos abundantes en nuestras comunidades, porque donde Dios siembra con amor, la gracia siempre encuentra cómo florecer.
5. A quienes somos consagrados en el ministerio sacerdotal, el Señor nos sigue preguntando, como a Pedro, si lo amamos de verdad. Solo desde ese amor podremos apacentar sus ovejas, no como dueños, sino como servidores; no con dureza, sino con ternura; no desde el cansancio amargo, sino desde la alegría de sabernos llamados. Seguimos siendo llamados para responder en una cultura de cambio.
6. A quienes aún están en camino de discernimiento, a quienes sienten inquietudes profundas en el corazón y se preguntan qué quiere Dios de su vida, esta Carta quiere decirles con claridad y esperanza: no teman. La vocación no es una carga que se impone, sino un don que se descubre. El Señor sigue pasando, continúa llamando por el nombre, sigue sembrando inquietudes santas que no buscan inquietar, sino conducir a la plenitud. En medio de múltiples ofertas y de ruidos que confunden, es necesario hacer silencio para escuchar la voz que no grita, pero que permanece. Dios no juega con la vida de nadie; cuando llama, sostiene, acompaña y da la gracia necesaria para responder con generosidad y confianza.
7. Más aún, a todos los bautizados, sin excepción, se nos recuerda que la vocación fundamental es la santidad. No es un ideal reservado para unos pocos ni una meta inalcanzable, sino el camino ordinario de quien ha sido injertado en Cristo por el Bautismo. Cada estado de vida —matrimonial, consagrado o ministerial— es espacio concreto donde Dios llama a amar, servir y dar fruto.
8. En la familia, el trabajo, la vida pública y en la comunidad eclesial, el Señor nos invita a ser tierra buena que acoge la Palabra y la convierte en obras. Así, respondiendo con fidelidad en lo cotidiano, hacemos visible que nuestra vida tiene un propósito presente y eterno, y que todos, verdaderamente todos, hemos sido llamados a la plenitud del amor.
CAPÍTULO I: VER
La realidad cultural de hoy
9. La reflexión sobre las vocaciones no puede hacerse al margen del tiempo y del lugar donde el Señor sigue llamando. Dios pronuncia su “sígueme” en la historia concreta de nuestras familias, comunidades parroquiales, centros educativos, ambientes de trabajo. Por eso, mirar la realidad cultural de hoy no es un ejercicio de pesimismo, sino una visión de fe sobre la misma.
10. Adentrarnos sobre nuestro presente es un acto de discernimiento pastoral con la certeza de lo que nos indica el Papa León XIV: “El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros. En este camino se vuelve cada vez más necesario educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento, de modo que podamos percibir con mayor claridad lo que Dios ya está obrando, muchas veces de forma silenciosa y discreta, en medio de nosotros y de nuestras comunidades”. (Papa León XIV, Carta al presbiterio de la Arquidiócesis de Madrid, 28 de enero de 2026).
11. Esta actitud de fe nos debe ayudar a reconocer los desafíos reales y puede ayudarnos para acompañar mejor el nacimiento y la maduración de las vocaciones en este contexto de cambio de época en el que nos ha correspondido estar “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza con dulzura y respeto” (cfr. 1 Pedro 3,15-16).
Me permito señalar algunas características de este cambio de época en el que el Señor sigue llamando en esta tierra fértil que es nuestra Iglesia Particular de Ciudad Quesada.
I. Cambio cultural profundo que no puede ignorarse: el “ruido del mundo”.
12. Estamos inmersos en un giro cultural acelerado, en el cual la vida cotidiana se halla atravesada por la tecnología, la velocidad y la saturación de estímulos. El Santo Padre León XIV ha descrito con lucidez esta nueva cultura “profundamente caracterizada y formada por la tecnología”, recordando que la ciencia y la técnica influyen incluso “en el modo de entendernos a nosotros mismos, de relacionarnos con Dios y los unos con los otros” (Papa León XIV, Saludo a influencers y misioneros digitales, 29 de julio de 2025).
En este ambiente, el “ruido del mundo” no es solo sonoro, sino, sobre todo, interior. Se vuelve difícil el silencio, la atención, la perseverancia, el diálogo profundo, la oración sostenida; y, por lo mismo, se torna más arduo el discernimiento vocacional, que requiere escuchar una Voz que no se impone, sino que invita. En una clave espiritual muy concreta, León XIV ha subrayado que para comprender y acoger la obra de Dios “se necesita tiempo… tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor” (Papa León XIV, Ángelus, 1 de marzo de 2026).
13. El Papa Francisco, por su parte, nos ayudó a reconocer que la aceleración cultural y el encierro en uno mismo suelen producir un clima interior contrario a la vida del Espíritu: “El gran riesgo del mundo actual… es una tristeza individualista… de la conciencia aislada”, donde “ya no se escucha la voz de Dios”. (Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 2).
14. En nuestra Diócesis de Ciudad Quesada este cambio se traduce pastoralmente en un desafío: acompañar a todos los bautizados, de forma especial a nuestros jóvenes, para que, en medio de tantas voces, aprendan a custodiar el silencio, a leer su vida a la luz de Dios y a distinguir el deseo pasajero del llamado verdadero del Señor para conocerlo, amarlo y seguirlo hasta la plenitud de la vida eterna.
II. Procesos avanzados de secularización: el Evangelio se encuentra con la indiferencia.
15. La secularización no siempre se manifiesta como oposición frontal a la fe, sino que muchas veces toma la forma de indiferencia del “Dios no cuenta, no es necesario”. En la toma de decisiones, la religión queda relegada al ámbito privado, y el Evangelio aparece como una propuesta opcional entre muchas. En este contexto, la vocación bautismal a la santidad, que se concretiza en la llamada a la vida sacerdotal, la vida consagrada o la vida matrimonial, puede presentarse como algo extraño o incomprensible.
16. Aquí conviene escuchar una advertencia pastoral del Santo Padre León XIV sobre el corazón contemporáneo. Sostiene que la paz del Resucitado debe ser compartida “tanto en los dramáticos escenarios de guerra, como en los corazones vacíos de quienes han perdido el sentido de la existencia y el gusto por la interioridad, el gusto por la vida espiritual”. (Saludo a influencers y misioneros digitales, 29 de julio de 2025). Ese “vacío” en los corazones es terreno donde crece la indiferencia religiosa; pero también puede ser, si se acompaña bien, un umbral hacia la búsqueda de Dios. Por eso, la pastoral vocacional no puede limitarse a invitar a actividades, necesita propiciar un encuentro vivo con Jesucristo, porque solo un encuentro verdadero convierte la indiferencia en inquietud de vida, y la inquietud de vida en camino de santidad.
III. Ideologías y categorías parciales: cultura del descarte, reducción de la persona y pérdida de sentido.
17. Otra marca del tiempo presente es la tendencia a simplificar la complejidad humana con categorías parciales: se absolutiza el rendimiento, la utilidad, la imagen, la ideología y la pertenencia a bandos. Esto reduce la riqueza de la antropología cristiana, debilita la conciencia moral y favorece la “cultura del descarte”, donde lo frágil se considera prescindible.
18. El Papa Francisco denunció dicha cultura con fuerza al vincularla incluso a dinámicas de contaminación y desperdicio, como expresión de una lógica que convierte todo en desecho. En esta cultura, también la vida humana puede ser tratada como “objeto” y no como misterio: se descarta al pobre, al anciano, al enfermo, al migrante, al no “útil”, al que no encaja. (cfr. Encíclica Laudato Si’, nn. 43 y 123). Cuando se pierde de vista el valor y el sentido de la propia vida, pueden abrirse paso la soledad, la desesperanza y otras situaciones de profundo sufrimiento, entre ellas el suicidio, una realidad dolorosa que reclama de todos una mirada más humana, cercana y esperanzadora.
19. El Papa León XIV ha insistido en que la Iglesia evalúe los avances tecnológicos desde un criterio superior el “desarrollo integral de la persona y de la sociedad”, teniendo en cuenta el bienestar humano “no solo desde el punto de vista material, sino también intelectual y espiritual”, salvaguardando “la dignidad inviolable de toda persona” y respetando “la riqueza cultural y espiritual” de los pueblos (cfr. Mensaje a los participantes en la segunda conferencia anual sobre inteligencia artificial, ética y gobernanza empresarial, 17 de junio de 2025).
20. Por su parte, la Comisión Teológica Internacional nos indica al respecto: “La mentalidad que se expresa en los movimientos transhumanista y posthumanista pierde de vista el carácter integral del ser humano y, en particular su identidad y vocación según el designio de Dios, para exaltar algunas dimensiones a expensas de otras. Queda clara la pregunta antropológica de fondo: ¿se trata de propuestas que transforman o, por el contrario, que deforman la esencia de lo humano? ¿Se llegará a alcanzar un ser humano excepcional o se llegará a formas de excepción de frente a lo auténticamente humano? Según la visión cristiana, el ser humano se define por una forma específica que garantiza su unidad e integridad, tanto en referencia a su identidad, como a su actuar y al fin último en el que encuentra su cumplimiento” (Quo Vadis, Humanitas, 9 de febrero de 2026).
21. Aplicado al discernimiento vocacional, esto significa algo decisivo: cuando una cultura reduce la vida a “funcionar” o “producir”, la vocación aparece perdida e incluso inexistente; pero cuando se recupera la visión integral de la persona, la vocación se revela como lo que es: una llamada al amor, a la entrega y al sentido de lo que se es y se debe hacer. De ahí la importancia de acompañar a cada persona, especialmente a quienes atraviesan momentos de fragilidad, para ayudarles a descubrir que ninguna vida es prescindible, que nadie carece de un lugar en el corazón de Dios y que toda existencia está llamada a dar fruto. Esta convicción nos compromete a sostener la vida, fortalecer la esperanza y acompañar con cercanía a quienes más lo necesitan.
IV. La progresiva desaparición de referencias comunes.
22. Lamentablemente, en muchas sociedades se debilitan los consensos éticos, las referencias compartidas y los lenguajes comunes para hablar de verdad, bondad, belleza, justicia, fidelidad y compromiso. Esto genera fragmentación y soledad, cada uno se fabrica su propia verdad moral, y el vínculo comunitario se resiente.
23. Ante esta realidad fragmentada, nos hemos sentido superados y en nuestra acción pastoral ordinaria no percibimos que dé frutos, ya que “está estructurada según un modelo clásico que se preocupa ante todo por garantizar la administración de los sacramentos, pero tal modelo presupone que la fe es transmitida también por el ambiente circundante, tanto por la sociedad como por el entorno familiar. En realidad, los cambios culturales y antropológicos que han tenido lugar en las últimas décadas nos dicen que ya no es así; más bien, asistimos a una creciente erosión de la práctica religiosa” (Papa León XIV, Discurso al Clero de Roma, 19 de febrero de 2026).
24. Cuando desaparecen referencias comunes, la Iglesia está llamada a ser casa y escuela de comunión, lugar donde la persona puede reencontrar criterios, pertenencia, verdad y misericordia. Y esto es crucial para las vocaciones; nadie discierne bien en aislamiento. Se discierne en comunidad, con acompañamiento, con una cultura eclesial capaz de sostener decisiones maduras. “Las almas se conquistan de rodillas”, dirá San Carlos Borromeo, insigne pastor de la Iglesia.
25. Impulsados por los rápidos cambios culturales y los escenarios en los que se desarrolla nuestra misión, a veces asaltados por el cansancio y el peso de la rutina, o desanimados por la creciente indiferencia hacia la fe y la práctica religiosa, sentimos la necesidad de que este fuego sea alimentado y reavivado.
V. Presupuestos culturales antes evidentes que ya no son comprensibles para muchos.
26. Durante siglos, la transmisión del mensaje cristiano se apoyó en supuestos culturales compartidos como el valor del compromiso para siempre, la centralidad de Dios, el sentido del pecado y de la gracia, el lenguaje simbólico y la pertenencia eclesial. Hoy, muchos de esos presupuestos ya no son evidentes ni siquiera comprensibles. Por eso, la evangelización y la pastoral vocacional requieren un lenguaje renovado, testigos creíbles y procesos pacientes.
27. El Papa Francisco lo expresó con una frase programática que se volvió clave para el discernimiento pastoral contemporáneo: “no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época” (Constitución Apostólica Pascite Gregem Dei, 23 de mayo de 2021). En un “cambio de época”, no basta ajustar métodos, es necesario profundizar en la conversión misionera del corazón, para anunciar el Evangelio de manera inteligible y atractiva.
28. En continuidad con lo anterior, el Papa León XIV ofrece una clave eclesiológica que evita idealismos paralizantes y anima a una esperanza realista: “no existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino encarnada en la historia. Su santidad consiste en el hecho de que Cristo vive en ella y sigue entregándose por medio de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros”, (Audiencia General, Plaza de San Pedro, 4 de marzo de 2026). Esta afirmación es decisiva para la pastoral vocacional: el Señor llama dentro de una Iglesia real, con fragilidades; y llama precisamente para santificarla desde dentro, con vocaciones entregadas y fieles.
29. Finalmente, el Santo Padre nos recuerda que el anuncio vocacional no es teoría, sino experiencia de vida. “La Iglesia y el mundo no necesitan personas que cumplen con sus deberes religiosos mostrando su fe como una etiqueta exterior; necesitan, en cambio, obreros deseosos de trabajar en el campo de la misión, discípulos enamorados que den testimonio del Reino de Dios dondequiera que se encuentren”, (Ángelus, Plaza de San Pedro, 6 de julio de 2025).
30. Ante esta realidad cultural, lejos de desanimarnos, renovamos la confianza. Dios sigue llamando en esta tierra fértil que es nuestra Iglesia Particular de Ciudad Quesada. Y, precisamente porque el contexto es complejo, se vuelve más urgente y bello proponer caminos de silencio, encuentro con Cristo, acompañamiento personal y vida comunitaria. En el corazón del “ruido”, el Señor sigue susurrando; en medio de la indiferencia, sigue despertando la sed; frente al descarte, sigue afirmando la dignidad; y cuando se pierde el sentido, sigue ofreciendo una vida plena como vocación.
CAPÍTULO II: JUZGAR.
Don y misterio: Dios sigue llamando
31. Después de contemplar con realismo los desafíos de nuestro tiempo, la Iglesia dirige ahora su mirada hacia Jesucristo, porque solo desde Él es posible comprender el misterio de toda vocación. Antes que una iniciativa humana, la vocación nace en el corazón de Dios. Desde el inicio de la historia de la salvación, el Señor ha salido al encuentro del hombre para llamarlo por su nombre y hacerlo partícipe de su proyecto de amor. Así llamó a Abraham para ser padre de un pueblo, a Moisés para liberar a Israel, a los profetas para anunciar su Palabra y, llegada la plenitud de los tiempos, llamó a los Apóstoles para estar con Él y enviarlos a anunciar el Evangelio. También hoy Dios continúa llamando, porque su amor nunca deja de buscar al hombre.
32. La Sagrada Escritura nos presenta innumerables relatos vocacionales, pero uno de ellos posee una fuerza especial para nuestro tiempo: la vocación del joven Samuel. En medio de la noche, cuando todo parecía estar en silencio, el Señor pronunció su nombre. Samuel necesitó la ayuda del sacerdote Elí para comprender que aquella voz provenía de Dios y aprender a responder: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Samuel 3,10). También nosotros vivimos en una época marcada por muchas voces que compiten entre sí y dificultan la escucha interior. Sin embargo, Dios continúa hablando con la misma delicadeza de siempre. La primera condición para descubrir la propia vocación sigue siendo la misma: un corazón dispuesto a escuchar.
33. De igual manera, el Evangelio nos presenta a Jesús junto al lago de Galilea llamando a unos pescadores que habían trabajado toda la noche sin obtener resultado alguno. Después de invitarlos a remar mar adentro —Duc in altum— y confiar nuevamente en su palabra, les dirige una llamada que cambiaría definitivamente sus vidas: “No tengan miedo; desde ahora serán pescadores de hombres” (Lucas 5,1-11). La vocación siempre supone dejar la orilla de nuestras seguridades para adentrarnos en la profundidad del amor de Dios. También nuestra Iglesia Particular está llamada a remar mar adentro, sin temor, confiando en que el Señor continúa preparando una abundante cosecha para quienes ponen su confianza en Él.
34. Toda vocación es, ante todo, obra de la gracia. Dios no llama porque encuentre personas perfectas, sino que, al llamar, concede la gracia necesaria para responder con fidelidad. Él no elige a los más capaces; hace capaces a quienes elige. Por eso, nadie debe sentirse indigno o incapaz de responder a la voluntad del Señor. Como enseña San Pablo, “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Romanos 11,29). La fidelidad de Dios sostiene siempre a quienes Él mismo ha llamado y acompaña cada paso del camino vocacional.
35. Esta llamada de Dios tiene su fundamento en el Bautismo. Antes de cualquier vocación específica, todos hemos sido llamados a la santidad y a participar de la vida misma de Cristo. El Bautismo nos hace hijos de Dios, miembros vivos de la Iglesia y discípulos misioneros enviados a transformar el mundo con la fuerza del Evangelio. Desde esta vocación bautismal brotan las diversas formas de seguir al Señor: el sacerdocio, la vida consagrada, el matrimonio cristiano y los laicos. Todas estas vocaciones participan de una misma fuente y todas están llamadas a dar fruto abundante.
36. San Juan Pablo II definía su propia vocación con dos palabras que resumen admirablemente toda experiencia vocacional: don y misterio. Es don, porque nadie puede atribuirse el derecho de ser llamado; toda vocación nace del amor gratuito de Dios. Y es misterio, porque siempre supera nuestros cálculos, proyectos y seguridades. Descubrir la propia vocación es entrar en la fascinante aventura de dejar que Dios conduzca la vida. Quien responde con generosidad descubre que el Señor nunca decepciona y que toda entrega hecha por amor encuentra su plenitud en Él.
37. Por ello, esta Iglesia Particular de Ciudad Quesada quiere renovar su confianza en el Señor, que sigue llamando hombres y mujeres para la edificación de su Reino. En medio de un mundo cambiante, la voz de Cristo continúa resonando con la misma fuerza: “Sígueme”. La gran pregunta ya no es si Dios continúa llamando, sino si nosotros estamos dispuestos a responder con un corazón disponible: “Aquí estoy, mándame” (Isaías 6,8). Allí comienza toda auténtica vocación, y allí nace también la esperanza de una Iglesia siempre joven, fecunda y misionera.
CAPÍTULO III: ACTUAR.
La cultura vocacional: compromiso de nuestra Iglesia Particular
38. Si el Señor continúa llamando con la misma fidelidad de siempre, corresponde ahora a nuestra Iglesia Particular asumir con renovado compromiso la responsabilidad de crear una auténtica cultura vocacional. Ninguna vocación nace aislada ni madura por sí sola. Así como la semilla necesita una tierra fértil, cuidados constantes y un ambiente favorable para germinar y dar fruto, también toda vocación requiere de una comunidad creyente que sepa acogerla, acompañarla, discernirla y sostenerla con la oración, el testimonio y la cercanía. No podemos dejar la semilla a su suerte, pues son muchas las circunstancias que pueden dificultar, retrasar o incluso impedir su crecimiento. Por ello, deseo proponer algunos caminos concretos para que nuestra Diócesis de Ciudad Quesada continúe consolidándose como una tierra fértil donde la semilla de toda vocación pueda germinar, crecer y dar frutos abundantes para la gloria de Dios y el bien de la Iglesia.
A la comunidad diocesana en general:
39. El II Congreso Latinoamericano de Vocaciones (Cartago, Costa Rica, 2011) nos recuerda que “es importante dar pasos hacia una auténtica cultura vocacional, que fomente una teología y una espiritualidad vocacional” (n. 53). Esta afirmación nos invita a comprender que la vocación no es una preocupación exclusiva de la pastoral vocacional, sino una responsabilidad compartida por toda la Iglesia. Cada bautizado está llamado a colaborar para que quienes buscan sinceramente la voluntad de Dios encuentren comunidades capaces de acompañarlos, alentarlos y ayudarles a discernir su camino. En este sentido, una verdadera cultura vocacional debe convertirse en un eje transversal de toda la acción pastoral, de modo que, como afirma el mismo Congreso, logremos “vocacionalizar toda actividad pastoral, convirtiéndola en espacio de diálogo con Dios y con el hermano” (n. 81).
40. Como pilar de este proceso de vocacionalización, es necesario fortalecer el esfuerzo conjunto entre las distintas áreas de la pastoral diocesana. Ninguna pastoral puede considerarse ajena a esta misión, porque toda acción evangelizadora está llamada a ayudar a las personas a descubrir la voluntad de Dios sobre sus vidas. El trabajo coordinado permitirá que el acompañamiento vocacional deje de comprenderse como un conjunto de actividades aisladas y se convierta en un proceso permanente de escucha, discernimiento y crecimiento en la fe. Solo así podremos seguir consolidando una auténtica cultura vocacional, donde cada acción pastoral contribuya a suscitar, acompañar y madurar las distintas vocaciones en el seno de nuestra Iglesia Particular, evitando la dispersión de esfuerzos y fortaleciendo la comunión pastoral.
41. Debemos potenciar el proceso de catequesis infantil y juvenil como un espacio privilegiado para el anuncio de la fe y el despertar de la vocación cristiana. La catequesis no solo transmite los contenidos de la fe, sino que ayuda a cada persona a descubrir que Dios tiene un proyecto de amor para su vida. En este sentido, el Directorio para la Catequesis recuerda que “en la tarea de la evangelización la catequesis participa, según su propia naturaleza, para que la fe pueda ser alimentada constantemente y, en consecuencia, se traduzca en un estilo de vida que debe caracterizar la existencia del discípulo de Cristo” (n. 1). Por ello, nuestros procesos catequéticos han de favorecer también el discernimiento vocacional, de manera que cada niño, adolescente y joven pueda crecer abierto a la voluntad de Dios.
42. En este sentido, el estilo de vida que caracteriza al discípulo de Cristo ha de ir despertándose desde las primeras etapas de la formación en la fe. Los niños, adolescentes y jóvenes han de conocer, según su edad y etapa de maduración, el inmenso valor de saberse llamados y amados por Dios. Este llamado se convierte en una invitación libre a seguir al Señor, a poner la propia vida en sus manos, a servir a los demás y a dejarse cautivar por su voz. No es extraño escuchar el testimonio de hombres y mujeres que, desde la infancia, comenzaron a descubrir en su corazón el deseo de formar una familia cristiana o de entregar su vida de manera especial al servicio de Dios y de la Iglesia.
43. Es necesario renovar el compromiso de cada parroquia con la oración por las vocaciones. Allí donde el pueblo de Dios se reúne para celebrar la fe, escuchar la Palabra y participar de los sacramentos, ha de elevarse también una súplica constante por quienes el Señor continúa llamando a su servicio. Recordemos el mandato del mismo Jesús: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mateo 9,38). La oración perseverante del pueblo cristiano es una expresión concreta de su confianza en Dios y de su amor por la Iglesia. Por ello, animo a que, en los centros parroquiales y comunidades, donde cada jueves se celebra la adoración eucarística, se mantenga y fortalezca esta intención de oración, como ya sucede en muchas de nuestras parroquias, suplicando al Buen Pastor que suscite abundantes y santas vocaciones para el servicio del Reino.
44. Providencialmente, en la vida de nuestras parroquias ha ido creciendo, desde hace varios años, una bendita y valiosa experiencia de animación vocacional mediante los llamados Grupos de Animación Vocacional (GAV), nacidos con el propósito de orar, promover y apoyar las vocaciones. Estos grupos, llamados a estar presentes en todas las parroquias de nuestra Diócesis, de conformidad con lo establecido en las disposiciones diocesanas para los sacramentos, sacramentales y proceso permanente de catequesis, desempeñan una misión fundamental en la promoción de la cultura vocacional.
45. A ustedes, queridos miembros de los GAV, les expreso mi sincero agradecimiento por tantos esfuerzos, sacrificios y oraciones que, con espíritu de fe y generoso servicio, ofrecen diariamente por las vocaciones. Al mismo tiempo, los animo a perseverar con entusiasmo en este apostolado tan necesario, no solo sosteniendo con su oración a quienes el Señor llama, sino también invitando a otros fieles a unirse a esta hermosa misión. Muchos de nuestros sacerdotes, durante los años de formación en el Seminario, han encontrado en ustedes el rostro cercano de una Iglesia que ora, acompaña y sostiene con amor a quienes desean entregar su vida al servicio del Señor. Que ese testimonio continúe siendo motivo de esperanza para las nuevas generaciones y un estímulo para seguir sembrando vocaciones en nuestra Iglesia Particular.
46. Así como la semilla necesita un terreno bien preparado para germinar y crecer, también toda vocación requiere una comunidad que favorezca su desarrollo y la anime a dar fruto. Por ello, urge que nuestra Diócesis continúe consolidándose como una gran comunidad discipular, que viva con alegría el llamado recibido y, al mismo tiempo, se sienta responsable de despertar en otros el deseo de descubrir la voluntad de Dios sobre sus vidas. Queridos hermanos, no tengan miedo de convertirse también ustedes en llamantes. La Iglesia necesita hoy hombres y mujeres valientes que, con el testimonio de su vida, la cercanía de su acompañamiento y la fuerza de su palabra, despierten en otros el deseo de escuchar, en lo más profundo de su corazón, la voz de Aquel que sigue diciendo: “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré” (Jeremías 1,5). También esta es una manera concreta de vivir una Iglesia en salida, que va al encuentro de las personas para conducirlas al encuentro con Cristo.
A las familias, santuario vocacional:
47. También quiero dirigirme con especial cercanía a las familias de nuestra Diócesis, verdaderas Iglesias domésticas y primer ámbito donde la vocación nace, se alimenta y madura. Como hemos visto en el primer capítulo de esta Carta, vivimos tiempos complejos, llenos de desafíos para personas de todas las edades, pero de manera particular para las familias. Sin embargo, las dificultades del presente no deben apagar nuestra esperanza. En este sentido, siguen resonando con fuerza aquellas palabras que el Papa Benedicto XVI dirigió a los jóvenes: “No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia para que, gracias a vuestra fe, siga resonando su Nombre en toda la tierra” (Vigilia de oración con los jóvenes, Aeropuerto de Cuatro Vientos, Madrid, 2011).
48. Queridos padres de familia, los invito a renovar con entusiasmo su misión de ser los primeros transmisores de la fe. No basta con procurar la participación de sus hijos en la catequesis; la fe nace, se fortalece y se testimonia, ante todo, en la experiencia viva del hogar. Es allí donde los hijos aprenden a descubrir el amor de Dios, a vivir como discípulos de Cristo y a abrir el corazón para escuchar la voz del Señor. La Iglesia y el mundo necesitan hoy, más que nunca, de familias auténticamente creyentes, capaces de convertirse en verdaderos santuarios donde toda vocación pueda nacer y crecer.
49. Asimismo, las familias han de ser el lugar donde se hable con naturalidad de Dios y donde los hijos puedan descubrir, sin temor ni prejuicios, que el Señor también puede estar llamándolos a una vocación específica. Como recordaba San Juan Pablo II, “la familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y amor, en una tensión que, al igual que para toda realidad creada y redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de Dios” (Familiaris Consortio, n. 17). Precisamente porque la familia es comunidad de vida y de amor, está llamada a despertar en sus hijos el deseo de vivir para Dios y para los demás, ayudándolos a preguntarse con libertad qué espera el Padre de sus vidas. Queridos padres de familia, vivan esta misión con alegría y confianza, animando a sus hijos a buscar los tesoros del cielo, “donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban” (Mateo 6,20).
50. Por otra parte, la familia ha sido llamada, con razón, el primer seminario, porque es allí donde germinan las primeras semillas de la fe, de la generosidad y de la entrega a Dios. Queridos padres de familia, oren constantemente por la vocación de sus hijos y, si el Señor llama a alguno de ellos al sacerdocio o a la vida consagrada, no tengan miedo. Acompáñenlos con alegría, sosténganlos con su oración y bríndenles siempre su apoyo incondicional. También para ustedes resuenan hoy aquellas palabras que el Papa Benedicto XVI pronunció al inicio de su ministerio petrino: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo” (Homilía de inicio del ministerio petrino, 24 de abril de 2005). Quien confía plenamente en el Señor, descubre que responder a su llamada nunca empobrece la vida; por el contrario, la llena de sentido, alegría y esperanza.
51. Toda vocación encuentra un terreno más fértil allí donde se vive con intensidad la comunión eclesial. La vida cristiana no puede comprenderse de manera aislada, pues todos formamos un solo Cuerpo en Cristo y somos miembros de una misma familia. Por ello, exhorto a las familias de nuestra Diócesis a fortalecer su vinculación afectiva y efectiva con la comunidad parroquial, participando con fidelidad en la celebración de la Eucaristía, en los demás sacramentos y en las diversas iniciativas de evangelización y servicio, especialmente aquellas dirigidas a los más necesitados.
52. Es precisamente en el seno de una comunidad creyente donde se aprende que toda vocación nace en la Iglesia, crece con la Iglesia y está llamada a servir a la Iglesia y al mundo. Ninguna vocación existe para sí misma; toda llamada encuentra su verdadero sentido en la entrega generosa a los demás, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que vino no para ser servido, sino para servir y entregar su vida por la salvación de todos.
A los jóvenes, esperanza viva:
53. ¡Queridos jóvenes! Hago mías estas palabras con las que, desde hace años, los Sumos Pontífices se han dirigido a ustedes, porque expresan el profundo cariño y la inmensa esperanza que la Iglesia deposita en las nuevas generaciones. Como una madre que ama a sus hijos y desea para ellos lo mejor, la Iglesia los acompaña con cercanía, comparte sus alegrías y preocupaciones, y no permanece indiferente ante los desafíos que enfrentan en el mundo actual. Queridos jóvenes, la Iglesia quiere para ustedes el mayor de los bienes: la santidad. No se trata de un ideal reservado para unos pocos, sino del camino al que todos hemos sido llamados desde el Bautismo. Es una vocación que recorremos juntos, como familia de Dios, sostenidos por la gracia del Señor y por la comunión de la Iglesia.
54. Nunca olviden que el centro de la vida cristiana es Jesucristo. Seguirlo significa aprender a vivir como Él vivió: haciendo en todo la voluntad del Padre y entregando la propia vida por amor. En una cultura que con frecuencia invita a pensar únicamente en uno mismo, Cristo nos muestra que la verdadera felicidad se encuentra en el don sincero de sí. No desperdicien la vida viviendo solo para ustedes mismos. Atrévanse a salir de sus seguridades, a descubrir la alegría del servicio y a comprender que cada persona es un regalo de Dios para los demás. Pero este camino no puede recorrerse solos. Como enseñaba el Papa Benedicto XVI: “No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir ‘por su cuenta’ o de vivir la fe según la mentalidad individualista corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él” (Misa para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, 2011).
55. Los invito a amar profundamente a la Iglesia, a vivir con fidelidad la Eucaristía y los demás sacramentos, a cultivar una vida intensa de oración y a participar activamente en la comunidad cristiana. Es allí donde la fe madura y el corazón se dispone para escuchar con mayor claridad la voz del Señor. El Señor continúa llamando a muchos jóvenes. Por eso, no tengan miedo de hacer silencio, de dejarse acompañar en el discernimiento y de preguntarle con sinceridad a Él qué espera de sus vidas. Quien abre el corazón a Dios, descubre que su llamada es un don que conduce a una vida plenamente realizada en el amor y el servicio.
56. No cabe duda que toda vocación es un diálogo de amor entre Dios y la persona. El Señor llama siempre con absoluta libertad y espera una respuesta igualmente libre y generosa. Nunca impone su voluntad ni anula la libertad humana; por el contrario, la plenifica, porque la conduce a descubrir el proyecto de amor para el cual ha sido creada. Toda vocación se construye día a día mediante una respuesta fiel y perseverante. Así sucede también en el matrimonio cristiano, donde el “sí” pronunciado el día de la celebración se renueva cotidianamente en la entrega mutua, la fidelidad y el amor. Escuchar la voz de Dios, responder con generosidad y perseverar en la vocación recibida son actitudes esenciales de toda vida cristiana.
57. Para favorecer esta disposición interior, la Pastoral con las Juventudes constituye un espacio privilegiado de encuentro con Cristo y de crecimiento en la fe. Allí donde los jóvenes viven auténticas experiencias de fraternidad, oración, formación y servicio, encuentran también un ambiente propicio para descubrir la voluntad de Dios sobre sus vidas. Los jóvenes llevan en su corazón el deseo de lo verdadero, lo bello y lo definitivo; en el fondo, buscan a Dios. Por ello, animo a todos los jóvenes de nuestra Diócesis a integrarse, según su edad y condición, en los grupos juveniles de sus comunidades, donde podrán recorrer junto a otros un verdadero camino de discipulado y santidad. Exhorto igualmente a los responsables de estos grupos a presentar con alegría y sin temor la belleza de todas las vocaciones cristianas como caminos de plena realización humana y de servicio al Reino de Dios.
58. Con este mismo propósito, nuestra Diócesis ofrece diversos espacios de discernimiento vocacional, entre ellos los Encuentros Vocacionales, que cada año brindan a los jóvenes la oportunidad de reflexionar con serenidad sobre el sentido de su vida y descubrir el proyecto que Dios tiene para cada uno. Los invito a participar en estas experiencias con apertura y confianza. Toda vocación requiere un discernimiento sincero, vivido con humildad, transparencia y docilidad al Espíritu Santo. La vocación no es un proyecto que cada uno diseña según sus propios deseos, sino una llamada que se acoge con libertad y se discierne en comunión con la Iglesia, Madre y Maestra, que acompaña a sus hijos para que descubran y respondan con generosidad a la voluntad de Dios.
A los sacerdotes, consagrados y matrimonios cristianos:
59. Queridos sacerdotes, consagrados y matrimonios cristianos: ustedes, entre quienes también me incluyo, han respondido con generosidad a la llamada del Señor y, por ello, están llamados a hacer visible el rostro de toda vocación cristiana. La vocación no es una teoría ni un ideal abstracto, sino una vida entregada a Dios y a los hermanos. Por eso, resuenan con especial fuerza aquellas palabras de San Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio” (Evangelii Nuntiandi, n. 41). Nuestra primera misión consiste, por tanto, en vivir con fidelidad y alegría la vocación recibida, para que nuestra vida se convierta en un testimonio creíble del amor de Dios.
60. La alegría y la fidelidad con que vivimos nuestra vocación constituyen la primera y mejor promoción vocacional. Allí donde un sacerdote, una persona consagrada o un matrimonio cristiano viven con autenticidad su entrega al Señor, surgen también nuevos corazones dispuestos a responder a su llamada. Como afirmaba el Papa Benedicto XVI, la Iglesia crece por atracción; también las vocaciones nacen, muchas veces, al contemplar el testimonio de quienes han encontrado en Cristo la plenitud de su vida. Por eso, los exhorto a volver cada día al amor primero (cfr. Apocalipsis 2,4), dejándose renovar constantemente por la gracia de Dios, para que, como San Pablo, puedan decir con verdad: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20). Solo así podremos convertirnos en esos llamantes que, con su vida más que con sus palabras, despiertan en otros el deseo de seguir a Cristo y responder con generosidad a su llamada.
CAPÍTULO IV: Una misma gracia, diversas vocaciones
61. Toda vocación nace de una misma gracia: el Bautismo, por el cual hemos sido incorporados a Cristo y llamados a participar de su vida y de su misión. Sin embargo, el único llamado a la santidad florece de maneras diversas según el designio amoroso de Dios sobre cada persona. El mismo Espíritu, que suscita la unidad de la Iglesia, distribuye también la riqueza de sus dones y conduce a cada bautizado por un camino concreto de seguimiento. En la diversidad de las vocaciones no hay competencia ni superioridad, sino la belleza de una misma gracia que se manifiesta en múltiples formas de amar, servir y construir el Reino de Dios.
62. Me dirijo con especial afecto a ustedes, queridos sacerdotes. Mediante el sacramento del Orden, Cristo los ha configurado consigo mismo, Cabeza y Pastor de la Iglesia. No han recibido simplemente una misión o un encargo; han sido llamados a hacer visible, en medio del Pueblo de Dios, el corazón del Buen Pastor que conoce a sus ovejas, las llama por su nombre y entrega la vida por ellas (cfr. Juan 10,11-14). Toda la fecundidad del ministerio sacerdotal nace de la amistad con Cristo. Sin esa intimidad, el ministerio corre el riesgo de reducirse a una función; con esa relación profunda, en cambio, cada sacerdote se convierte en signo vivo de la cercanía, la misericordia y la esperanza de Dios para su pueblo. Queridos sacerdotes: ¡Cuidado, estén alertas! Nunca permitan que nada debilite la amistad con Aquel que un día los llamó y continúa sosteniendo su ministerio.
63. Configurado con Cristo Pastor, el sacerdote está llamado a vivir una auténtica caridad pastoral, que se expresa en la entrega generosa, la humildad y el servicio cotidiano. No se pertenece a sí mismo, sino a Aquel que lo llamó y al pueblo que le ha sido confiado. Preside la comunidad en la caridad, anuncia con valentía la Palabra, celebra con fe los santos misterios y acompaña con misericordia las alegrías y sufrimientos de los fieles. En un mundo marcado por el individualismo y la incertidumbre, su vida recuerda que Dios continúa caminando con su pueblo y nunca deja de sostenerlo con su amor providente.
64. A ustedes, queridos seminaristas, les expreso mi cercanía, gratitud y esperanza. El Seminario constituye un tiempo privilegiado de discernimiento y configuración con Cristo Pastor. Permitan que el Señor modele su corazón mediante la oración constante, el estudio serio, la vida fraterna y el acompañamiento formativo. No reduzcan nunca la vocación a una preparación académica o funcional; dejen que Cristo transforme profundamente su vida, purifique sus motivaciones y fortalezca su entrega. Y a quienes experimentan en lo más profundo del corazón la inquietud de una posible vocación sacerdotal, les digo con afecto: no apaguen esa voz interior. Busquen espacios de silencio, dirección espiritual y acompañamiento vocacional. Si el Señor los llama, no tengan miedo de responder con generosidad. Descubrirán que quien entrega su vida a Cristo encuentra la alegría más profunda y la verdadera plenitud.
65. Me dirijo ahora con afecto a quienes han abrazado la vida consagrada, signo profético del Reino de Dios en medio del mundo. Mediante la profesión de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, ustedes anuncian con su propia existencia que Dios basta y que su amor puede colmar plenamente el corazón humano. Su vocación recuerda constantemente a la Iglesia y al mundo que la realidad definitiva no es lo pasajero, sino la comunión eterna con el Señor. En una cultura que con frecuencia absolutiza el tener, el placer y el poder, la vida consagrada continúa siendo una luminosa profecía de esperanza.
66. Precisamente por ello, el mundo necesita hoy de consagrados profundamente enamorados de Cristo. No es tiempo de una entrega tibia ni de una vida consagrada vivida por costumbre. Es tiempo de volver al fervor del primer amor, a la alegría de la consagración y a la radicalidad del Evangelio. La Iglesia necesita testigos que vivan con coherencia aquello que profesan; hombres y mujeres cuya vida transparente la belleza de pertenecer enteramente al Señor. Que nadie se conforme con una entrega a medias. Cristo sigue llamando a una donación total, alegre y generosa, capaz de despertar en muchos otros el deseo de seguirlo más de cerca.
67. Me dirijo también con profundo afecto a los esposos cristianos. El matrimonio es mucho más que un proyecto humano; es una auténtica vocación y una verdadera misión. En el consentimiento libre de los esposos, Dios sella una alianza que hace visible en el mundo el amor fiel e irrevocable de Cristo por su Iglesia (cfr. Efesios 5,25-32). Así, el hogar cristiano se convierte en Iglesia doméstica, lugar privilegiado donde la fe se transmite, la vida es acogida con gratitud y el amor se aprende y se vive en lo concreto de cada día.
68. En una cultura que con frecuencia presenta el compromiso como algo pasajero y sustituible, los matrimonios cristianos están llamados a proclamar, con el testimonio de su vida, que el amor fiel y definitivo es posible. La fidelidad no es una carga, sino el camino por el cual el amor madura y alcanza su plenitud. Cuando un matrimonio vive con autenticidad su vocación, se convierte en un verdadero anuncio del Evangelio para sus hijos, la comunidad y toda la sociedad. Su vida recuerda que Dios continúa bendiciendo el amor humano y llamando a los esposos a ser reflejo de su propia fidelidad.
69. También deseo dirigirme a ustedes, queridos fieles laicos, llamados a santificar el mundo desde dentro, haciendo presente el Evangelio en la familia, el trabajo, la cultura, la educación, la vida social y el compromiso ciudadano. Su vocación no consiste en ocupar un lugar secundario dentro de la Iglesia, sino en ser discípulos misioneros allí donde transcurre la vida cotidiana. Con la fuerza del Bautismo y la Confirmación, están llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo, transformando las realidades temporales según el espíritu del Evangelio y mostrando que la santidad también florece en medio de las tareas ordinarias.
70. En la riqueza de las diversas expresiones —laical, sacerdotal y consagrada— se manifiesta la multiforme gracia de Dios, que continúa edificando a su Iglesia mediante la acción del Espíritu Santo. Ninguna vocación es superior a otra en dignidad; todas nacen del mismo amor de Dios y todas están llamadas a servir al único Cuerpo de Cristo. Cuando cada bautizado responde con fidelidad a su propia vocación, la Iglesia crece en comunión, el Evangelio resplandece con mayor fuerza y el mundo descubre que Dios sigue llamando a hombres y mujeres para hacer presente su Reino.
CAPÍTULO V: “Hágase en mí según tu palabra”, Lucas 1, 38
71. Después de contemplar la belleza del llamado de Dios y las diversas formas en que la vocación bautismal se hace vida en la Iglesia, la pregunta ya no puede dirigirse únicamente a los demás. Llega el momento de mirar el propio corazón y preguntarnos con sinceridad cuál será nuestra respuesta al Señor. Toda vocación encuentra su plenitud cuando la libertad humana se abre con confianza al proyecto de Dios. Ninguna respuesta ha sido tan plena y luminosa como la de la Santísima Virgen María, quien, ante el anuncio del ángel, pronunció aquellas palabras que siguen resonando en la historia de la salvación: “Hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1,38). En ese “sí” humilde, confiado y generoso comenzó a hacerse visible la plenitud del plan de Dios para la humanidad.
72. La respuesta de María no fue un acto aislado, sino el comienzo de una vida enteramente entregada a la voluntad del Padre. Desde Nazaret hasta el Calvario, ella permaneció fiel aun cuando no comprendía plenamente los caminos de Dios. Así enseña a toda la Iglesia que la vocación no consiste únicamente en aceptar una llamada, sino en renovarla cada día mediante la fidelidad, la confianza y el amor. También nosotros estamos llamados a pronunciar ese “sí” cotidiano que transforma la existencia y permite que Cristo siga naciendo en el corazón del mundo.
73. Desde la experiencia de la Santísima Virgen, vemos que la verdadera respuesta vocacional nunca nace del miedo, sino de la alegría de saberse amado por Dios. Quien descubre que el Señor lo llama, comprende que su voluntad no limita la libertad, sino que la conduce a su máxima realización. No existe vocación pequeña cuando nace del amor, ni entrega estéril cuando se vive con fidelidad. Dios nunca deja sin recompensa a quien pone su vida en sus manos y se atreve a caminar confiando únicamente en su Palabra.
74. Responder al Señor significa también vivir en el mundo, pero sin ser del mundo (cfr. Juan 17,14-16). El discípulo de Cristo comparte las alegrías y esperanzas de la humanidad, trabaja, estudia, sirve y construye la sociedad junto a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, pero sin renunciar nunca a la verdad del Evangelio. Nuestra época necesita cristianos que vivan con coherencia su fe y hagan visible, mediante el testimonio cotidiano, que es posible amar, servir y esperar según el corazón de Cristo.
75. Cada vocación encuentra su plenitud cuando se convierte en servicio. El sacerdote, el consagrado, el matrimonio cristiano y el fiel laico -desde su misión específica- descubren el verdadero sentido de su llamado cuando dejan de preguntarse qué esperan de la vida y se plantean a profundidad qué espera Dios de ellos. Toda vocación auténtica hace de la propia existencia un don para los demás, porque el amor recibido de Dios nunca puede encerrarse en sí mismo, sino que está llamado a compartirse generosamente para la edificación de la Iglesia y el bien del mundo.
76. Queridos hermanos todos: no tengan miedo de responder al Señor. También hoy Cristo continúa pasando por los caminos de nuestra historia y pronunciando, con la misma fuerza de siempre, su invitación: “Sígueme”. Abran el corazón a su gracia, confíen plenamente en su providencia y permitan que Él conduzca sus vidas. Si, como María, aprendemos a decir con sinceridad: “Hágase en mí según tu palabra”, nuestra Iglesia diocesana continuará siendo una tierra fértil donde el Evangelio florezca, las vocaciones crezcan y el Reino de Dios siga haciéndose presente entre nosotros.
CONCLUSIÓN
77. Al concluir esta reflexión pastoral, los invito a renovar nuestra certeza de que Dios sigue llamando con amor y fidelidad. Ningún cambio cultural, ninguna dificultad histórica ni el aparente debilitamiento de la fe pueden apagar la voz del Señor, que continúa pronunciando el nombre de cada uno e invitándolo a participar en su obra salvadora. Nuestra misión no consiste en lamentarnos por los desafíos del presente, sino en reconocer, con ojos de fe, que el Espíritu Santo sigue actuando silenciosamente en el corazón de las personas de nuestro tiempo, suscitando nuevas respuestas de generosidad, entrega y servicio.
78. Esta certeza debe convertirse en un compromiso permanente de toda nuestra Iglesia Particular. Cada parroquia, familia y comunidad consagrada, cada grupo apostólico y cada bautizado están llamados a ser sembradores de esperanza y auténticos promotores de una cultura vocacional. Allí donde se escucha con fidelidad la Palabra de Dios, se vive intensamente la Eucaristía, se ora con perseverancia, se acompaña con cercanía y se testimonia el Evangelio con alegría, la semilla de la vocación encuentra un terreno fértil para germinar y dar fruto abundante.
79. No olvidemos nunca que el futuro de nuestra Iglesia no depende únicamente de estrategias pastorales o de proyectos humanos. El verdadero protagonista de toda vocación es Dios, que continúa llamando con la misma libertad, paciencia y ternura con que llamó a Samuel, a los Apóstoles, a María y a tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia. A nosotros nos corresponde disponer el corazón, crear ambientes favorables y confiar plenamente en la acción silenciosa, pero siempre fecunda, del Espíritu Santo.
80. Invito especialmente a todos los fieles a redescubrir la belleza de su propia vocación bautismal. Antes de preguntarnos qué esperamos de la Iglesia, preguntémonos qué espera Cristo de cada uno de nosotros. Cuando sacerdotes, consagrados, matrimonios cristianos y fieles laicos viven con fidelidad y alegría la misión recibida, se convierten en el anuncio más elocuente del Evangelio y en la mejor invitación para que otros se atrevan a responder al llamado del Señor. No existe promoción vocacional más eficaz que el testimonio luminoso de una vida transformada por el encuentro con Jesucristo.
81. Que nadie tenga miedo de responder al Señor. Él nunca defrauda a quienes confían en su Palabra. La historia de la salvación es la historia de hombres y mujeres que, aun en medio de sus limitaciones, se atrevieron a decir “sí” a Dios y permitieron que Él realizara grandes obras por medio de su pequeñez. También hoy el Señor sigue llamando. Igualmente, hoy espera una respuesta generosa de nuestra parte.
82. No debemos perder de vista que las vocaciones florecen cuando son acogidas, acompañadas y formadas con dedicación. San Carlos Borromeo, patrono de nuestra Iglesia Particular, comprendió esta verdad y consagró gran parte de su ministerio a la formación y a la renovación espiritual del pueblo de Dios. Su ejemplo sigue invitándonos a cuidar con esmero los procesos de discernimiento y maduración vocacional, convencidos de que toda llamada requiere una comunidad que la sostenga con la oración, el testimonio y el acompañamiento.
83. Confiemos este camino a la maternal intercesión de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la Evangelización y perfecta discípula del Señor. Que ella nos enseñe a escuchar la voz de Dios con un corazón disponible, a responder con generosidad como lo hizo en Nazaret y a perseverar con fidelidad hasta el final. Que, bajo su amparo maternal, nuestra Diócesis continúe siendo una verdadera tierra fértil, donde la semilla sembrada por el Señor produzca abundantes frutos de santidad, de servicio y de nuevas vocaciones, donde nunca falten corazones dispuestos a decir, con humildad y alegría: “Hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1,38).
84. Quiero concluir esta carta con una oración por las vocaciones.
Padre bueno, fuente de toda vocación, Tú que sigues sembrando en esta tierra fértil la semilla de tu amor, abre nuestros corazones para escuchar tu voz en medio del ruido del mundo. Haz de nuestra Iglesia una tierra fecunda donde tu Palabra sea acogida con fe, cultivada con esperanza y transformada en frutos abundantes de santidad y servicio.
Señor Jesucristo, Buen Pastor, continúa llamando a muchos jóvenes, hombres y mujeres, para que, con un corazón generoso, respondan a tu invitación de seguirte en el sacerdocio, la vida consagrada y el matrimonio cristiano. Dales la valentía de decirte “sí”, la perseverancia para permanecer fieles y la alegría de entregar la vida por tu Reino.
Espíritu Santo, guía del discernimiento, fortalece a nuestras familias para que sean verdaderos semilleros de vocaciones; anima a nuestras parroquias, comunidades y grupos eclesiales para que promuevan una auténtica cultura vocacional; y concede a sacerdotes, consagrados y matrimonios cristianos la gracia de ofrecer un testimonio alegre y creíble que despierte en otros el deseo de responder a la llamada del Señor.
Santa María de Guadalupe, Madre de las vocaciones, acompaña a nuestra Diócesis de Ciudad Quesada y enséñanos a responder con tu misma disponibilidad: “Hágase en mí según tu palabra”. Intercede para que nunca falten sacerdotes santos, consagrados fieles y matrimonios ejemplares, que con su vida hagan visible el amor de Cristo y anuncien el Evangelio hasta los confines de la tierra.
San Carlos Borromeo, patrono de nuestra Diócesis, tú que consagraste tu vida a la santificación del pueblo de Dios y a la formación de santos pastores, intercede por nosotros. Ayúdanos a construir una auténtica cultura vocacional, donde cada bautizado descubra con alegría la llamada del Señor y responda con generosidad al camino que Dios le ha preparado. Alcanza para nuestra Iglesia Particular abundantes y santas vocaciones, para que el Evangelio siga siendo anunciado con fidelidad y esperanza. Amén.
“Que nunca falten corazones dispuestos a responder: ‘Hágase en mí según tu palabra’. Dios sigue llamando”.
En la sede episcopal, el día 1° del mes de octubre del año del Señor 2026, memoria litúrgica de Santa Teresita del Niño Jesús, virgen, patrona de las misiones y doctora de la Iglesia.
MONS. JOSÉ MANUEL GARITA HERRERA–
Obispo de Ciudad Quesada–