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Monseñor Garita: “estamos llamados a dar frutos de fraternidad, paz y buen trato”

En el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, Monseñor José Manuel Garita Herrera presidió, este domingo 4 de octubre, la Eucaristía en la Parroquia San Francisco de Asís, Los Chiles, en el contexto de su fiesta patronal y en el marco también del Año Jubilar con motivo del VIII centenario del tránsito del Pobre de Asís.

“La Palabra de Dios nos presenta la imagen de la viña: una viña que el Señor ha plantado, cuidado y confiado a sus servidores, esperando de ella frutos buenos. También nosotros somos esa viña del Señor. Esta parroquia, sus comunidades, familias, niños, jóvenes, adultos mayores, catequistas, agentes de pastoral y tantos servidores son parte de una historia de fe que Dios ha venido cultivando con paciencia y amor”, destacó el Obispo de Ciudad Quesada.

El prelado realizó una pregunta concreta: ¿qué frutos estamos dando de todo aquello que Dios nos ha confiado?

Con la figura de San Francisco como ejemplo y testimonio, Monseñor Garita nos invitó a dar frutos de conversión: “San Francisco nos recuerda que toda renovación comienza por el propio corazón. No podemos pedir cambios en la sociedad, en la Iglesia, en las familias o en nuestra comunidad si no estamos dispuestos a dejarnos transformar por el Señor”.

“Volvamos al Evangelio con un corazón sencillo, humilde y disponible, preguntándonos cada día qué quiere Dios de nosotros y cómo podemos responderle con mayor generosidad”, señaló.

Como gesto concreto de vivencia de la fe, también dijo en su homilía que “estamos llamados a dar frutos de fraternidad, paz y buen trato”.

“En una sociedad donde tantas veces aparecen divisiones, indiferencia, violencia y confrontaciones, nuestras comunidades cristianas están llamadas a ser espacios de acogida, respeto, perdón y solidaridad”, añadió.

En sintonía también con la parábola del Evangelio, destacó que “estamos llamados a cuidar responsablemente la viña que Dios nos ha confiado: el espíritu de San Francisco nos enseña a reconocer la presencia de Dios en la creación y a tratarla con respeto”.

Asimismo, a la luz de la Segunda Lectura, Monseñor Garita comentó que San Pablo nos exhorta, a vivir en la confianza, presentando nuestras necesidades a Dios y poniendo en práctica todo lo verdadero, justo, noble y digno de alabanza.

Escuche la homilía completa:

Que el legado de San Francisco siga produciendo frutos en nosotros y en esta comunidad

Fiesta patronal de San Francisco de Asís 2026.

Parroquia de Los Chiles. Domingo 4 de octubre, 10:00 a.m.

Queridos hermanos:

Celebrar hoy, un año más, la fiesta de San Francisco de Asís, patrono de esta comunidad parroquial, tiene un significado muy especial. Nos reunimos para honrar a este gran testigo del Evangelio y, al mismo tiempo, para dar gracias a Dios por el camino recorrido durante este Año Jubilar con motivo del VIII centenario de su tránsito. Han sido meses para volver nuestra mirada hacia el Pobre de Asís, contemplar su vida y preguntarnos qué significa hoy seguir a Jesucristo con sencillez, alegría, fraternidad, espíritu de servicio y amor a los más necesitados. Por eso, esta fiesta patronal es una oportunidad para agradecer, celebrar la fe y renovar el compromiso de vivir el Evangelio en la comunidad.

Las lecturas que hemos escuchado del XXVII Domingo Ordinario nos ayudan a comprender que una fiesta patronal no puede quedarse solamente en una celebración externa. La Palabra de Dios nos presenta la imagen de la viña: una viña que el Señor ha plantado, cuidado y confiado a sus servidores, esperando de ella frutos buenos. También nosotros somos esa viña del Señor. Esta parroquia, sus comunidades, familias, niños, jóvenes, adultos mayores, catequistas, agentes de pastoral y tantos servidores son parte de una historia de fe que Dios ha venido cultivando con paciencia y amor. Por eso, en este Año Jubilar, la pregunta que queda delante de nosotros es muy concreta: ¿qué frutos estamos dando de todo aquello que Dios nos ha confiado? ¿Qué frutos espera el Señor de una comunidad que tiene a San Francisco como patrono?

San Francisco nos ofrece una respuesta con su propia vida. Él descubrió que Cristo debía ocupar el centro de todo. Su conversión lo llevó a dejar seguridades, abrazar la pobreza evangélica, vivir con sencillez, acercarse a los pobres y necesitados y hacerse hermano de todos. Comprendió que reconstruir la Iglesia comenzaba por dejar que el Evangelio transformara su propio corazón. Su vida se convirtió así en un Evangelio vivido, sencillo y concreto. Por eso, el mejor modo de vivir el Año Jubilar no es quedarnos solamente con el recuerdo de las celebraciones, peregrinaciones y actividades realizadas, sino permitir que el legado de San Francisco siga produciendo frutos en nosotros y en esta comunidad.

Me parece que la fiesta patronal nos invita, en primer lugar, a dar frutos de conversión: San Francisco nos recuerda que toda renovación comienza por el propio corazón. No podemos pedir cambios en la sociedad, en la Iglesia, en las familias o en nuestra comunidad si no estamos dispuestos a dejarnos transformar por el Señor. Que esta celebración nos lleve a revisar nuestra relación con Dios, nuestra vida familiar, nuestra manera de tratar a los demás y nuestra participación en la vida parroquial. Que podamos volver al Evangelio con un corazón sencillo, humilde y disponible, preguntándonos cada día qué quiere Dios de nosotros y cómo podemos responderle con mayor generosidad.

En segundo lugar, estamos llamados a dar frutos de fraternidad, paz y buen trato: San Francisco fue un hombre capaz de acercarse al pobre, al enfermo, al diferente y al que sufría. Su testimonio nos recuerda que el Evangelio derriba barreras y nos hace hermanos. En una sociedad donde tantas veces aparecen divisiones, indiferencia, violencia y confrontaciones, nuestras comunidades cristianas están llamadas a ser espacios de acogida, respeto, perdón y solidaridad. Que nadie se sienta extraño o excluido en esta parroquia; que los niños y jóvenes encuentren caminos de esperanza; que las familias reciban acompañamiento; que los adultos mayores sean valorados; y que los más vulnerables experimenten, a través de nuestra cercanía, que Dios no los abandona.

En tercer lugar, estamos llamados a cuidar responsablemente la viña que Dios nos ha confiado: el espíritu de San Francisco nos enseña a reconocer la presencia de Dios en la creación y a tratarla con respeto. Pero cuidar la creación significa también cuidar la vida, las personas, las familias, la comunidad y la misión que el Señor nos ha confiado. San Pablo nos exhorta, en la segunda lectura, a vivir en la confianza, presentando nuestras necesidades a Dios y poniendo en práctica todo lo verdadero, justo, noble y digno de alabanza. Una parroquia que ora, que trabaja unida, que sirve y que cuida a sus hermanos produce frutos abundantes.

En esta celebración quiero expresar también un sincero agradecimiento a los frailes franciscanos que sirven a esta comunidad parroquial. Gracias por su presencia, por su entrega generosa, por el anuncio del Evangelio, por la celebración de los sacramentos, por el acompañamiento de las familias, por la cercanía con los pobres y por tantas tareas pastorales que muchas veces permanecen silenciosas y no siempre son visibles. La comunidad de Los Chiles reconoce y agradece ese servicio realizado con espíritu franciscano. Pedimos al Señor que recompense todo el bien realizado y que sostenga a cada uno de los frailes en su vocación y misión.

Asimismo, y de manera particular, en este momento en que se disponen a celebrar su próximo Capítulo Provincial, queremos acompañarlos con nuestra oración. Pedimos al Señor que conceda a los hermanos la luz del Espíritu Santo, sabiduría, serenidad, espíritu de comunión y docilidad a su voluntad. Que las decisiones que allí se tomen estén siempre orientadas a fortalecer la vida y misión de la Provincia, a responder con fidelidad a las necesidades de la Iglesia y a continuar ofreciendo al mundo el testimonio alegre y sencillo de San Francisco. Deseamos y oramos para que este Capítulo Provincial produzca abundantes frutos de renovación, comunión, vocaciones, servicio y misión.

Querida comunidad de Los Chiles: que esta fiesta patronal, en el contexto del Año Jubilar por los ochocientos años del tránsito de San Francisco, no sea un punto final, sino el comienzo de una nueva etapa. Que podamos llevar a nuestra vida cotidiana lo que hemos celebrado. Que San Francisco les ayude a ser una comunidad más cercana a Cristo, más fraterna, más servicial y comprometida con quienes necesitan ayuda.

Pidamos al Señor, por intercesión de San Francisco de Asís, que esta parroquia produzca los frutos que Él espera: frutos de conversión, fraternidad, paz, servicio, misericordia y cuidado de la casa común. Que en este Año Jubilar podamos agradecer el camino recorrido y, al mismo tiempo, asumir con esperanza el camino que tenemos por delante. Y que todos, junto con los frailes, puedan seguir haciendo vida el Evangelio con la alegría y sencillez del Pobre de Asís. San Francisco de Asís, patrono de esta comunidad, acompáñanos, intercede por nosotros y ayúdanos a ser instrumentos de la paz de Cristo. Así sea, amén.

¡San Francisco de Asís! Ruega por nosotros.

Que San Francisco nos ayude a volver al Evangelio con un corazón sencillo y disponible

Fiesta patronal de San Francisco de Asís,
Filial San Francisco de La Palmera, 
Parroquia San José, Aguas Zarcas.
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario,
Sábado 3 de octubre de 2026, 6:00 p.m.

Queridos hermanos de la comunidad de La Palmera:
Celebrar hoy a San Francisco de Asís, su santo patrono, tiene un significado muy especial. No solamente nos reunimos para honrar a un santo al que queremos y veneramos, sino también para dar gracias a Dios por la vida, el testimonio y el legado de este gran hombre de Evangelio, precisamente cuando concluimos el Año Jubilar con motivo del VIII centenario de su tránsito. Durante este tiempo hemos tenido la oportunidad de volver nuestra mirada hacia el Pobre de Asís, contemplar su vida y preguntarnos qué significa hoy seguir a Cristo con la radicalidad, sencillez, alegría y fraternidad con que él lo hizo.

Las lecturas del XXVII Domingo Ordinario que escuchamos nos ayudan a comprender que celebrar una fiesta patronal no puede reducirse a una tradición o a una celebración externa. El profeta Isaías, en la primera lectura, presenta la imagen de una viña que Dios ha plantado y cuidado con amor, pero que no ha producido los frutos esperados. En el evangelio de San Mateo, Jesús retoma también la imagen de una viña confiada a unos trabajadores que olvidan que no son dueños, sino administradores. La pregunta que queda resonando es muy concreta: ¿qué frutos estamos dando de aquello que Dios nos ha confiado?

También nosotros somos una viña del Señor. Esta comunidad de La Palmera es una viña que Dios ha plantado y cuidado. Aquí hay una historia de fe, familias, niños, jóvenes, adultos mayores, agentes de pastoral, catequistas, servidores y tantas personas que, con generosidad, han mantenido viva la vida cristiana. La fiesta patronal es una oportunidad para agradecer por todo ello, pero también para revisar nuestra vida comunitaria y personal. San Francisco nos ayuda precisamente a recordar que la fe no consiste solamente en pertenecer a una comunidad, sino en dejar que el Evangelio transforme nuestra vida.

Francisco de Asís descubrió que el centro de todo es Cristo. Cuando escuchó el llamado del Señor, comprendió que debía reconstruir su Iglesia comenzando por la propia conversión. Renunció a las seguridades y riquezas que tenía, abrazó la pobreza evangélica y quiso vivir con sencillez aquello que Jesús había enseñado. Se hizo hermano de todos, especialmente de los pobres y necesitados; aprendió a reconocer la presencia de Dios en la creación y llamó hermanos y hermanas a todas las criaturas. Su vida se convirtió en un Evangelio vivo.

Por eso, al concluir este Año Jubilar, no podemos quedarnos solamente con el recuerdo de celebraciones, peregrinaciones, actividades o actos conmemorativos. El mejor homenaje que podemos ofrecer a San Francisco es permitir que su testimonio siga produciendo frutos en nosotros. La pregunta del evangelio de hoy también nos alcanza: ¿qué frutos espera Dios de esta comunidad que lleva el nombre y está bajo el patrocinio de San Francisco? Por ello, les propongo tres desafíos concretos.

El primero es dar frutos de conversión: Isaías nos habla de una viña que no produjo los frutos esperados. San Francisco comprendió que toda renovación comienza por el corazón. No podemos pedir que cambie la sociedad, la Iglesia o las familias si nosotros no estamos dispuestos a cambiar personalmente. La fiesta patronal debe llevarnos a revisar nuestra relación con Dios, nuestra vida familiar, nuestra manera de tratar a los demás y nuestra participación en la comunidad. Que San Francisco nos ayude a volver al Evangelio con un corazón sencillo y disponible.

El segundo desafío es ser constructores de fraternidad y de paz: San Francisco fue un hombre de comunión, capaz de acercarse al pobre, al enfermo, al diferente y al que sufría. Su vida nos recuerda que el Evangelio rompe barreras y nos hace hermanos. En un mundo marcado por divisiones, violencia, indiferencia y confrontaciones, esta comunidad está llamada a ser una casa donde se viva el buen trato, el respeto, el perdón y la solidaridad. Que nadie se sienta excluido de esta comunidad; que los niños y jóvenes encuentren aquí un espacio de acogida; que los adultos mayores sean valorados; que las familias encuentren acompañamiento; que los más vulnerables experimenten la cercanía de Dios a través de nosotros.

El tercer desafío es cuidar responsablemente la viña que Dios nos ha confiado: San Francisco amó profundamente la creación porque reconocía en ella la huella del Creador. Pero cuidar la creación también significa cuidar la vida, las personas, las familias y la comunidad. San Pablo nos exhorta hoy, en la segunda lectura, a vivir sin dejarnos dominar por la angustia, presentando nuestras necesidades al Señor y poniendo en práctica todo lo bueno, justo, verdadero y digno de alabanza. Una comunidad que ora, que trabaja unida, que sirve y que cuida lo que Dios le ha confiado, produce frutos abundantes.

Querida comunidad de La Palmera: que esta fiesta patronal no sea simplemente el final de un Año Jubilar, sino el comienzo de una nueva etapa. Que al concluir este aniversario de los ochocientos años del tránsito de San Francisco podamos decir que su legado sigue vivo entre nosotros. Que aquí se siga escuchando el Evangelio, que aquí se cuide a los pobres y vulnerables, que aquí se fortalezca la familia, que aquí los jóvenes encuentren caminos de esperanza y que todos aprendamos a vivir como hermanos.

Pidamos al Señor, por intercesión de San Francisco de Asís, que esta comunidad produzca los frutos que Él espera: frutos de conversión, fraternidad, paz, servicio y cuidado de la casa común. Y que podamos hacer nuestra aquella sencilla oración que expresa tan bien el espíritu franciscano: Señor, haz de nosotros instrumentos de tu paz.

Que San Francisco, el Pobre de Asís, siga acompañando a esta comunidad de La Palmera, y que su ejemplo nos ayude a vivir con alegría y sencillez el Evangelio de Jesucristo. Así sea, amén. 
¡San Francisco de Asís! Ruega por nosotros.

Que San Francisco de Asís nos ayude a vivir aquello que hizo grande su vida: amar profundamente a Dios, vivir como hermanos, servir con alegría y cuidar con responsabilidad la casa común

VIII Día Novena de San Francisco de Asís 2026.
Filial de Veracruz, Parroquia San Antonio de Padua, Pital.

Viernes 2 de octubre, 6:00 p.m.

Queridos hermanos de esta comunidad de Veracruz:

Nos encontramos en el octavo día de la novena en honor de San Francisco de Asís, patrono de esta filial. Y esta celebración tiene hoy un significado muy especial, porque coincide con la memoria de los Santos Ángeles Custodios y con la conclusión del Año Jubilar que hemos vivido con motivo del VIII centenario del tránsito de San Francisco de Asís. Es, por tanto, una buena oportunidad para agradecer a Dios por el testimonio de este gran santo y para preguntarnos qué nos deja este tiempo jubilar y qué podemos seguir aprendiendo de su vida.

La Palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos ilumina y enseña. En la primera lectura, Job se encuentra ante la grandeza de Dios y descubre que hay muchas cosas que superan nuestra comprensión. Ante el Señor reconoce humildemente su pequeñez. Es una actitud que necesitamos también nosotros: reconocer que no lo sabemos todo, que no podemos controlarlo todo y que necesitamos confiar en Dios.

Y en el evangelio de San Mateo Jesús nos presenta precisamente el camino de la humildad. Los discípulos le preguntan: «¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?». Jesús coloca a un niño en medio de ellos y les dice que deben cambiar y hacerse como niños. La verdadera grandeza, nos enseña Jesús, no consiste en tener poder, reconocimiento o privilegios, sino en tener un corazón sencillo, humilde, confiado y dispuesto a servir.

Además, hoy celebramos a los Santos Ángeles Custodios. Jesús nos recuerda que Dios cuida de sus pequeños y que sus ángeles están continuamente en presencia del Padre. Qué consolador mensaje para nosotros: Dios no nos abandona; camina con nosotros, nos protege y nos acompaña. También San Francisco vivió profundamente esta confianza en la providencia de Dios. Su vida fue una respuesta al Señor que lo llamó a dejar atrás seguridades y grandezas humanas para encontrar la verdadera riqueza en Cristo.

San Francisco aprendió a hacerse pequeño. Dejó atrás una vida marcada por el deseo de reconocimiento y encontró en Jesucristo la verdadera riqueza. Se hizo pequeño para servir, pobre para compartir y hermano para acercarse a todos. Su grandeza no estuvo en buscar ser importante, sino en vivir con sencillez y con un corazón abierto a Dios, a los pobres, a los enfermos y a toda la creación.

Por eso, al concluir este Año Jubilar del VIII centenario de su tránsito, no podemos quedarnos solamente con el recuerdo de San Francisco. El mejor fruto de un jubileo es aquello que permanece en nuestra vida. Este año nos ha invitado a mirar nuevamente su testimonio y a preguntarnos: ¿qué quiere Dios que cambie en nosotros después de haber contemplado la vida de Francisco?

Por ello, quisiera dejarles hoy tres aplicaciones muy concretas.

Primera aplicación: confiar más en Dios y ponerlo en el centro de nuestra vida: los Ángeles Custodios nos recuerdan que no caminamos solos. San Francisco también aprendió a confiar plenamente en el Señor. Por eso, como comunidad, necesitamos fortalecer la oración, la Eucaristía, la escucha de la Palabra y la vida sacramental. Que nuestras familias vuelvan a encontrar momentos para orar juntas. Que nuestros niños y jóvenes aprendan a confiar en Dios. Que la fe no sea solamente una tradición, sino una relación viva con el Señor que nos acompaña cada día.

Segunda aplicación: cuidar la fraternidad y el buen trato: San Francisco llamó hermanos a todos y descubrió la presencia de Dios en los demás. Los Ángeles Custodios, que acompañan y protegen, nos recuerdan también que estamos llamados a acompañarnos unos a otros. En esta comunidad evitemos las divisiones, los comentarios que dañan, los resentimientos y las indiferencias. Que nadie se sienta solo o excluido. Acerquémonos especialmente al enfermo, al adulto mayor, al niño, al joven y a la familia que atraviesa alguna dificultad. Que la conclusión de este Año Jubilar nos encuentre siendo una comunidad más fraterna.

Tercera aplicación: servir con alegría y cuidar la creación: Francisco no pasó por la vida preguntándose únicamente qué podía recibir, sino qué podía dar. También nosotros tenemos dones, capacidades y tiempo que podemos poner al servicio de la comunidad. Necesitamos personas dispuestas a colaborar en la pastoral, en la liturgia, en la catequesis y en la atención de quienes más necesitan. Y siguiendo el amor de San Francisco por la creación, cuidemos nuestros campos, nuestros ríos, nuestros animales y nuestra casa común. Servir y cuidar son dos maneras concretas de agradecer a Dios.

Querida comunidad de Veracruz, hoy damos gracias por este Año Jubilar que llega a su conclusión. Damos gracias por el testimonio de San Francisco y pedimos que aquello que hemos celebrado no termine con el jubileo, sino que continúe dando frutos en esta comunidad.

Y al celebrar hoy a los Santos Ángeles Custodios, recordemos que Dios nos acompaña siempre. No estamos solos en el camino. Él nos cuida, nos sostiene y nos invita a caminar detrás de Jesucristo con un corazón humilde y sencillo.

Que San Francisco de Asís interceda por esta comunidad, por las familias, los niños y jóvenes, los adultos mayores y por todos aquellos que sirven generosamente. Que nos ayude a vivir aquello que hizo grande su vida: amar profundamente a Dios, vivir como hermanos, servir con alegría y cuidar con responsabilidad la casa común.

Que nuestros Ángeles Custodios nos acompañen y que, al concluir este Año Jubilar, podamos decir que no solamente hemos celebrado a San Francisco, sino que hemos aprendido de él a vivir más cerca de Jesucristo. Que así sea, amén.

¡Santos Ángeles Custodios! Rueguen por nosotros. ¡San Francisco de Asís! Ruega por nosotros.

“Llamados en tierra fértil”

“Llamados en tierra fértil” (cfr. Mateo 13, 23)

X Carta Pastoral para orientar la vida del creyente en torno al llamado fundamental que Dios dirige a cada persona: la vocación. En un mundo marcado por transformaciones culturales profundas por el influjo de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, y por dinámicas sociales que con frecuencia dispersan el sentido de la existencia, se vuelve urgente redescubrir que la vida no es fruto del azar, sino respuesta a una llamada.

INTRODUCCIÓN

Llamados por Dios en una cultura de cambio:

1. “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor” (Efesios 1, 4-5). Estamos llamados, a la luz de la Palabra de Dios, a redescubrir nuestra identidad más profunda: somos un pueblo cultivado por Dios en una tierra bendecida por su amor. No estamos aquí por casualidad; hemos sido plantados con intención, cuidados con paciencia y llamados a dar fruto. En medio de los desafíos culturales, sociales y espirituales de nuestro tiempo, esta Carta quiere recordarnos que nuestra vocación es florecer allí donde el Señor nos ha puesto.

2. El Evangelio nos ilumina con la parábola del sembrador cuando se trata de poner en práctica la Palabra del Señor. Dice Jesús: “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende: ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno.” (Mateo 13, 23). Esta es la clave de nuestra reflexión pastoral: ser tierra buena. No basta con escuchar; es necesario acoger, comprender y encarnar la Palabra en la vida concreta. Solo así nuestra Iglesia Particular de Ciudad Quesada podrá ser fecunda y misionera.

3. Ser llamados en tierra fértil implica reconocer que Dios ya ha sembrado abundantemente entre nosotros. Nuestra historia, comunidades, familias y nuestras parroquias son signo de una semilla que ha germinado a lo largo del tiempo. Sin embargo, también somos conscientes de las piedras, los espinos y las distracciones que pueden ahogar la semilla. Esta Carta Pastoral nos anima a cultivar el corazón, a renovar procesos y a fortalecer una pastoral que acompañe, forme y envíe.

4. “Llamados en tierra fértil” es, por tanto, un llamado a la corresponsabilidad. Cada bautizado es sembrador y tierra al mismo tiempo. Estamos invitados a escuchar con profundidad, a convertirnos con sinceridad y a comprometernos con esperanza. Si dejamos que la Palabra eche raíces en nosotros, veremos frutos abundantes en nuestras comunidades, porque donde Dios siembra con amor, la gracia siempre encuentra cómo florecer.

5. A quienes somos consagrados en el ministerio sacerdotal, el Señor nos sigue preguntando, como a Pedro, si lo amamos de verdad. Solo desde ese amor podremos apacentar sus ovejas, no como dueños, sino como servidores; no con dureza, sino con ternura; no desde el cansancio amargo, sino desde la alegría de sabernos llamados. Seguimos siendo llamados para responder en una cultura de cambio.

6. A quienes aún están en camino de discernimiento, a quienes sienten inquietudes profundas en el corazón y se preguntan qué quiere Dios de su vida, esta Carta quiere decirles con claridad y esperanza: no teman. La vocación no es una carga que se impone, sino un don que se descubre. El Señor sigue pasando, continúa llamando por el nombre, sigue sembrando inquietudes santas que no buscan inquietar, sino conducir a la plenitud. En medio de múltiples ofertas y de ruidos que confunden, es necesario hacer silencio para escuchar la voz que no grita, pero que permanece. Dios no juega con la vida de nadie; cuando llama, sostiene, acompaña y da la gracia necesaria para responder con generosidad y confianza.

7. Más aún, a todos los bautizados, sin excepción, se nos recuerda que la vocación fundamental es la santidad. No es un ideal reservado para unos pocos ni una meta inalcanzable, sino el camino ordinario de quien ha sido injertado en Cristo por el Bautismo. Cada estado de vida —matrimonial, consagrado o ministerial— es espacio concreto donde Dios llama a amar, servir y dar fruto.

8. En la familia, el trabajo, la vida pública y en la comunidad eclesial, el Señor nos invita a ser tierra buena que acoge la Palabra y la convierte en obras. Así, respondiendo con fidelidad en lo cotidiano, hacemos visible que nuestra vida tiene un propósito presente y eterno, y que todos, verdaderamente todos, hemos sido llamados a la plenitud del amor.

CAPÍTULO I: VER

La realidad cultural de hoy

9. La reflexión sobre las vocaciones no puede hacerse al margen del tiempo y del lugar donde el Señor sigue llamando. Dios pronuncia su “sígueme” en la historia concreta de nuestras familias, comunidades parroquiales, centros educativos, ambientes de trabajo. Por eso, mirar la realidad cultural de hoy no es un ejercicio de pesimismo, sino una visión de fe sobre la misma.

10. Adentrarnos sobre nuestro presente es un acto de discernimiento pastoral con la certeza de lo que nos indica el Papa León XIV: “El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros. En este camino se vuelve cada vez más necesario educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento, de modo que podamos percibir con mayor claridad lo que Dios ya está obrando, muchas veces de forma silenciosa y discreta, en medio de nosotros y de nuestras comunidades”. (Papa León XIV, Carta al presbiterio de la Arquidiócesis de Madrid, 28 de enero de 2026).

11. Esta actitud de fe nos debe ayudar a reconocer los desafíos reales y puede ayudarnos para acompañar mejor el nacimiento y la maduración de las vocaciones en este contexto de cambio de época en el que nos ha correspondido estar “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza con dulzura y respeto” (cfr. 1 Pedro 3,15-16).

Me permito señalar algunas características de este cambio de época en el que el Señor sigue llamando en esta tierra fértil que es nuestra Iglesia Particular de Ciudad Quesada.

I. Cambio cultural profundo que no puede ignorarse: el “ruido del mundo”.

12. Estamos inmersos en un giro cultural acelerado, en el cual la vida cotidiana se halla atravesada por la tecnología, la velocidad y la saturación de estímulos. El Santo Padre León XIV ha descrito con lucidez esta nueva cultura “profundamente caracterizada y formada por la tecnología”, recordando que la ciencia y la técnica influyen incluso “en el modo de entendernos a nosotros mismos, de relacionarnos con Dios y los unos con los otros” (Papa León XIV, Saludo a influencers y misioneros digitales, 29 de julio de 2025).

En este ambiente, el “ruido del mundo” no es solo sonoro, sino, sobre todo, interior. Se vuelve difícil el silencio, la atención, la perseverancia, el diálogo profundo, la oración sostenida; y, por lo mismo, se torna más arduo el discernimiento vocacional, que requiere escuchar una Voz que no se impone, sino que invita. En una clave espiritual muy concreta, León XIV ha subrayado que para comprender y acoger la obra de Dios “se necesita tiempo… tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor” (Papa León XIV, Ángelus, 1 de marzo de 2026).

13. El Papa Francisco, por su parte, nos ayudó a reconocer que la aceleración cultural y el encierro en uno mismo suelen producir un clima interior contrario a la vida del Espíritu: “El gran riesgo del mundo actual… es una tristeza individualista… de la conciencia aislada”, donde “ya no se escucha la voz de Dios”. (Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 2).

14. En nuestra Diócesis de Ciudad Quesada este cambio se traduce pastoralmente en un desafío: acompañar a todos los bautizados, de forma especial a nuestros jóvenes, para que, en medio de tantas voces, aprendan a custodiar el silencio, a leer su vida a la luz de Dios y a distinguir el deseo pasajero del llamado verdadero del Señor para conocerlo, amarlo y seguirlo hasta la plenitud de la vida eterna.

II. Procesos avanzados de secularización: el Evangelio se encuentra con la indiferencia.

15. La secularización no siempre se manifiesta como oposición frontal a la fe, sino que muchas veces toma la forma de indiferencia del “Dios no cuenta, no es necesario”. En la toma de decisiones, la religión queda relegada al ámbito privado, y el Evangelio aparece como una propuesta opcional entre muchas. En este contexto, la vocación bautismal a la santidad, que se concretiza en la llamada a la vida sacerdotal, la vida consagrada o la vida matrimonial, puede presentarse como algo extraño o incomprensible.

16. Aquí conviene escuchar una advertencia pastoral del Santo Padre León XIV sobre el corazón contemporáneo. Sostiene que la paz del Resucitado debe ser compartida “tanto en los dramáticos escenarios de guerra, como en los corazones vacíos de quienes han perdido el sentido de la existencia y el gusto por la interioridad, el gusto por la vida espiritual”. (Saludo a influencers y misioneros digitales, 29 de julio de 2025). Ese “vacío” en los corazones es terreno donde crece la indiferencia religiosa; pero también puede ser, si se acompaña bien, un umbral hacia la búsqueda de Dios. Por eso, la pastoral vocacional no puede limitarse a invitar a actividades, necesita propiciar un encuentro vivo con Jesucristo, porque solo un encuentro verdadero convierte la indiferencia en inquietud de vida, y la inquietud de vida en camino de santidad.

III. Ideologías y categorías parciales: cultura del descarte, reducción de la persona y pérdida de sentido.

17. Otra marca del tiempo presente es la tendencia a simplificar la complejidad humana con categorías parciales: se absolutiza el rendimiento, la utilidad, la imagen, la ideología y la pertenencia a bandos. Esto reduce la riqueza de la antropología cristiana, debilita la conciencia moral y favorece la “cultura del descarte”, donde lo frágil se considera prescindible.

18. El Papa Francisco denunció dicha cultura con fuerza al vincularla incluso a dinámicas de contaminación y desperdicio, como expresión de una lógica que convierte todo en desecho. En esta cultura, también la vida humana puede ser tratada como “objeto” y no como misterio: se descarta al pobre, al anciano, al enfermo, al migrante, al no “útil”, al que no encaja. (cfr. Encíclica Laudato Si’, nn. 43 y 123). Cuando se pierde de vista el valor y el sentido de la propia vida, pueden abrirse paso la soledad, la desesperanza y otras situaciones de profundo sufrimiento, entre ellas el suicidio, una realidad dolorosa que reclama de todos una mirada más humana, cercana y esperanzadora.

19. El Papa León XIV ha insistido en que la Iglesia evalúe los avances tecnológicos desde un criterio superior el “desarrollo integral de la persona y de la sociedad”, teniendo en cuenta el bienestar humano “no solo desde el punto de vista material, sino también intelectual y espiritual”, salvaguardando “la dignidad inviolable de toda persona” y respetando “la riqueza cultural y espiritual” de los pueblos (cfr. Mensaje a los participantes en la segunda conferencia anual sobre inteligencia artificial, ética y gobernanza empresarial, 17 de junio de 2025).

20. Por su parte, la Comisión Teológica Internacional nos indica al respecto: “La mentalidad que se expresa en los movimientos transhumanista y posthumanista pierde de vista el carácter integral del ser humano y, en particular su identidad y vocación según el designio de Dios, para exaltar algunas dimensiones a expensas de otras. Queda clara la pregunta antropológica de fondo: ¿se trata de propuestas que transforman o, por el contrario, que deforman la esencia de lo humano? ¿Se llegará a alcanzar un ser humano excepcional o se llegará a formas de excepción de frente a lo auténticamente humano? Según la visión cristiana, el ser humano se define por una forma específica que garantiza su unidad e integridad, tanto en referencia a su identidad, como a su actuar y al fin último en el que encuentra su cumplimiento” (Quo Vadis, Humanitas, 9 de febrero de 2026).

21. Aplicado al discernimiento vocacional, esto significa algo decisivo: cuando una cultura reduce la vida a “funcionar” o “producir”, la vocación aparece perdida e incluso inexistente; pero cuando se recupera la visión integral de la persona, la vocación se revela como lo que es: una llamada al amor, a la entrega y al sentido de lo que se es y se debe hacer. De ahí la importancia de acompañar a cada persona, especialmente a quienes atraviesan momentos de fragilidad, para ayudarles a descubrir que ninguna vida es prescindible, que nadie carece de un lugar en el corazón de Dios y que toda existencia está llamada a dar fruto. Esta convicción nos compromete a sostener la vida, fortalecer la esperanza y acompañar con cercanía a quienes más lo necesitan.

IV. La progresiva desaparición de referencias comunes.

22. Lamentablemente, en muchas sociedades se debilitan los consensos éticos, las referencias compartidas y los lenguajes comunes para hablar de verdad, bondad, belleza, justicia, fidelidad y compromiso. Esto genera fragmentación y soledad, cada uno se fabrica su propia verdad moral, y el vínculo comunitario se resiente.

23. Ante esta realidad fragmentada, nos hemos sentido superados y en nuestra acción pastoral ordinaria no percibimos que dé frutos, ya que “está estructurada según un modelo clásico que se preocupa ante todo por garantizar la administración de los sacramentos, pero tal modelo presupone que la fe es transmitida también por el ambiente circundante, tanto por la sociedad como por el entorno familiar. En realidad, los cambios culturales y antropológicos que han tenido lugar en las últimas décadas nos dicen que ya no es así; más bien, asistimos a una creciente erosión de la práctica religiosa” (Papa León XIV, Discurso al Clero de Roma, 19 de febrero de 2026).

24. Cuando desaparecen referencias comunes, la Iglesia está llamada a ser casa y escuela de comunión, lugar donde la persona puede reencontrar criterios, pertenencia, verdad y misericordia. Y esto es crucial para las vocaciones; nadie discierne bien en aislamiento. Se discierne en comunidad, con acompañamiento, con una cultura eclesial capaz de sostener decisiones maduras. “Las almas se conquistan de rodillas”, dirá San Carlos Borromeo, insigne pastor de la Iglesia.

25. Impulsados por los rápidos cambios culturales y los escenarios en los que se desarrolla nuestra misión, a veces asaltados por el cansancio y el peso de la rutina, o desanimados por la creciente indiferencia hacia la fe y la práctica religiosa, sentimos la necesidad de que este fuego sea alimentado y reavivado.

V. Presupuestos culturales antes evidentes que ya no son comprensibles para muchos.

26. Durante siglos, la transmisión del mensaje cristiano se apoyó en supuestos culturales compartidos como el valor del compromiso para siempre, la centralidad de Dios, el sentido del pecado y de la gracia, el lenguaje simbólico y la pertenencia eclesial. Hoy, muchos de esos presupuestos ya no son evidentes ni siquiera comprensibles. Por eso, la evangelización y la pastoral vocacional requieren un lenguaje renovado, testigos creíbles y procesos pacientes.

27. El Papa Francisco lo expresó con una frase programática que se volvió clave para el discernimiento pastoral contemporáneo: “no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época” (Constitución Apostólica Pascite Gregem Dei, 23 de mayo de 2021). En un “cambio de época”, no basta ajustar métodos, es necesario profundizar en la conversión misionera del corazón, para anunciar el Evangelio de manera inteligible y atractiva.

28. En continuidad con lo anterior, el Papa León XIV ofrece una clave eclesiológica que evita idealismos paralizantes y anima a una esperanza realista: “no existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino encarnada en la historia. Su santidad consiste en el hecho de que Cristo vive en ella y sigue entregándose por medio de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros”, (Audiencia General, Plaza de San Pedro, 4 de marzo de 2026). Esta afirmación es decisiva para la pastoral vocacional: el Señor llama dentro de una Iglesia real, con fragilidades; y llama precisamente para santificarla desde dentro, con vocaciones entregadas y fieles.

29. Finalmente, el Santo Padre nos recuerda que el anuncio vocacional no es teoría, sino experiencia de vida. “La Iglesia y el mundo no necesitan personas que cumplen con sus deberes religiosos mostrando su fe como una etiqueta exterior; necesitan, en cambio, obreros deseosos de trabajar en el campo de la misión, discípulos enamorados que den testimonio del Reino de Dios dondequiera que se encuentren”, (Ángelus, Plaza de San Pedro, 6 de julio de 2025).

30. Ante esta realidad cultural, lejos de desanimarnos, renovamos la confianza. Dios sigue llamando en esta tierra fértil que es nuestra Iglesia Particular de Ciudad Quesada. Y, precisamente porque el contexto es complejo, se vuelve más urgente y bello proponer caminos de silencio, encuentro con Cristo, acompañamiento personal y vida comunitaria. En el corazón del “ruido”, el Señor sigue susurrando; en medio de la indiferencia, sigue despertando la sed; frente al descarte, sigue afirmando la dignidad; y cuando se pierde el sentido, sigue ofreciendo una vida plena como vocación.

CAPÍTULO II: JUZGAR.

Don y misterio: Dios sigue llamando

31. Después de contemplar con realismo los desafíos de nuestro tiempo, la Iglesia dirige ahora su mirada hacia Jesucristo, porque solo desde Él es posible comprender el misterio de toda vocación. Antes que una iniciativa humana, la vocación nace en el corazón de Dios. Desde el inicio de la historia de la salvación, el Señor ha salido al encuentro del hombre para llamarlo por su nombre y hacerlo partícipe de su proyecto de amor. Así llamó a Abraham para ser padre de un pueblo, a Moisés para liberar a Israel, a los profetas para anunciar su Palabra y, llegada la plenitud de los tiempos, llamó a los Apóstoles para estar con Él y enviarlos a anunciar el Evangelio. También hoy Dios continúa llamando, porque su amor nunca deja de buscar al hombre.

32. La Sagrada Escritura nos presenta innumerables relatos vocacionales, pero uno de ellos posee una fuerza especial para nuestro tiempo: la vocación del joven Samuel. En medio de la noche, cuando todo parecía estar en silencio, el Señor pronunció su nombre. Samuel necesitó la ayuda del sacerdote Elí para comprender que aquella voz provenía de Dios y aprender a responder: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Samuel 3,10). También nosotros vivimos en una época marcada por muchas voces que compiten entre sí y dificultan la escucha interior. Sin embargo, Dios continúa hablando con la misma delicadeza de siempre. La primera condición para descubrir la propia vocación sigue siendo la misma: un corazón dispuesto a escuchar.

33. De igual manera, el Evangelio nos presenta a Jesús junto al lago de Galilea llamando a unos pescadores que habían trabajado toda la noche sin obtener resultado alguno. Después de invitarlos a remar mar adentro —Duc in altum— y confiar nuevamente en su palabra, les dirige una llamada que cambiaría definitivamente sus vidas: “No tengan miedo; desde ahora serán pescadores de hombres” (Lucas 5,1-11). La vocación siempre supone dejar la orilla de nuestras seguridades para adentrarnos en la profundidad del amor de Dios. También nuestra Iglesia Particular está llamada a remar mar adentro, sin temor, confiando en que el Señor continúa preparando una abundante cosecha para quienes ponen su confianza en Él.

34. Toda vocación es, ante todo, obra de la gracia. Dios no llama porque encuentre personas perfectas, sino que, al llamar, concede la gracia necesaria para responder con fidelidad. Él no elige a los más capaces; hace capaces a quienes elige. Por eso, nadie debe sentirse indigno o incapaz de responder a la voluntad del Señor. Como enseña San Pablo, “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Romanos 11,29). La fidelidad de Dios sostiene siempre a quienes Él mismo ha llamado y acompaña cada paso del camino vocacional.

35. Esta llamada de Dios tiene su fundamento en el Bautismo. Antes de cualquier vocación específica, todos hemos sido llamados a la santidad y a participar de la vida misma de Cristo. El Bautismo nos hace hijos de Dios, miembros vivos de la Iglesia y discípulos misioneros enviados a transformar el mundo con la fuerza del Evangelio. Desde esta vocación bautismal brotan las diversas formas de seguir al Señor: el sacerdocio, la vida consagrada, el matrimonio cristiano y los laicos. Todas estas vocaciones participan de una misma fuente y todas están llamadas a dar fruto abundante.

36. San Juan Pablo II definía su propia vocación con dos palabras que resumen admirablemente toda experiencia vocacional: don y misterio. Es don, porque nadie puede atribuirse el derecho de ser llamado; toda vocación nace del amor gratuito de Dios. Y es misterio, porque siempre supera nuestros cálculos, proyectos y seguridades. Descubrir la propia vocación es entrar en la fascinante aventura de dejar que Dios conduzca la vida. Quien responde con generosidad descubre que el Señor nunca decepciona y que toda entrega hecha por amor encuentra su plenitud en Él.

37. Por ello, esta Iglesia Particular de Ciudad Quesada quiere renovar su confianza en el Señor, que sigue llamando hombres y mujeres para la edificación de su Reino. En medio de un mundo cambiante, la voz de Cristo continúa resonando con la misma fuerza: “Sígueme”. La gran pregunta ya no es si Dios continúa llamando, sino si nosotros estamos dispuestos a responder con un corazón disponible: “Aquí estoy, mándame” (Isaías 6,8). Allí comienza toda auténtica vocación, y allí nace también la esperanza de una Iglesia siempre joven, fecunda y misionera.

CAPÍTULO III: ACTUAR.

La cultura vocacional: compromiso de nuestra Iglesia Particular

38. Si el Señor continúa llamando con la misma fidelidad de siempre, corresponde ahora a nuestra Iglesia Particular asumir con renovado compromiso la responsabilidad de crear una auténtica cultura vocacional. Ninguna vocación nace aislada ni madura por sí sola. Así como la semilla necesita una tierra fértil, cuidados constantes y un ambiente favorable para germinar y dar fruto, también toda vocación requiere de una comunidad creyente que sepa acogerla, acompañarla, discernirla y sostenerla con la oración, el testimonio y la cercanía. No podemos dejar la semilla a su suerte, pues son muchas las circunstancias que pueden dificultar, retrasar o incluso impedir su crecimiento. Por ello, deseo proponer algunos caminos concretos para que nuestra Diócesis de Ciudad Quesada continúe consolidándose como una tierra fértil donde la semilla de toda vocación pueda germinar, crecer y dar frutos abundantes para la gloria de Dios y el bien de la Iglesia.

A la comunidad diocesana en general:

39. El II Congreso Latinoamericano de Vocaciones (Cartago, Costa Rica, 2011) nos recuerda que “es importante dar pasos hacia una auténtica cultura vocacional, que fomente una teología y una espiritualidad vocacional” (n. 53). Esta afirmación nos invita a comprender que la vocación no es una preocupación exclusiva de la pastoral vocacional, sino una responsabilidad compartida por toda la Iglesia. Cada bautizado está llamado a colaborar para que quienes buscan sinceramente la voluntad de Dios encuentren comunidades capaces de acompañarlos, alentarlos y ayudarles a discernir su camino. En este sentido, una verdadera cultura vocacional debe convertirse en un eje transversal de toda la acción pastoral, de modo que, como afirma el mismo Congreso, logremos “vocacionalizar toda actividad pastoral, convirtiéndola en espacio de diálogo con Dios y con el hermano” (n. 81).

40. Como pilar de este proceso de vocacionalización, es necesario fortalecer el esfuerzo conjunto entre las distintas áreas de la pastoral diocesana. Ninguna pastoral puede considerarse ajena a esta misión, porque toda acción evangelizadora está llamada a ayudar a las personas a descubrir la voluntad de Dios sobre sus vidas. El trabajo coordinado permitirá que el acompañamiento vocacional deje de comprenderse como un conjunto de actividades aisladas y se convierta en un proceso permanente de escucha, discernimiento y crecimiento en la fe. Solo así podremos seguir consolidando una auténtica cultura vocacional, donde cada acción pastoral contribuya a suscitar, acompañar y madurar las distintas vocaciones en el seno de nuestra Iglesia Particular, evitando la dispersión de esfuerzos y fortaleciendo la comunión pastoral.

41. Debemos potenciar el proceso de catequesis infantil y juvenil como un espacio privilegiado para el anuncio de la fe y el despertar de la vocación cristiana. La catequesis no solo transmite los contenidos de la fe, sino que ayuda a cada persona a descubrir que Dios tiene un proyecto de amor para su vida. En este sentido, el Directorio para la Catequesis recuerda que “en la tarea de la evangelización la catequesis participa, según su propia naturaleza, para que la fe pueda ser alimentada constantemente y, en consecuencia, se traduzca en un estilo de vida que debe caracterizar la existencia del discípulo de Cristo” (n. 1). Por ello, nuestros procesos catequéticos han de favorecer también el discernimiento vocacional, de manera que cada niño, adolescente y joven pueda crecer abierto a la voluntad de Dios.

42. En este sentido, el estilo de vida que caracteriza al discípulo de Cristo ha de ir despertándose desde las primeras etapas de la formación en la fe. Los niños, adolescentes y jóvenes han de conocer, según su edad y etapa de maduración, el inmenso valor de saberse llamados y amados por Dios. Este llamado se convierte en una invitación libre a seguir al Señor, a poner la propia vida en sus manos, a servir a los demás y a dejarse cautivar por su voz. No es extraño escuchar el testimonio de hombres y mujeres que, desde la infancia, comenzaron a descubrir en su corazón el deseo de formar una familia cristiana o de entregar su vida de manera especial al servicio de Dios y de la Iglesia.

43. Es necesario renovar el compromiso de cada parroquia con la oración por las vocaciones. Allí donde el pueblo de Dios se reúne para celebrar la fe, escuchar la Palabra y participar de los sacramentos, ha de elevarse también una súplica constante por quienes el Señor continúa llamando a su servicio. Recordemos el mandato del mismo Jesús: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mateo 9,38). La oración perseverante del pueblo cristiano es una expresión concreta de su confianza en Dios y de su amor por la Iglesia. Por ello, animo a que, en los centros parroquiales y comunidades, donde cada jueves se celebra la adoración eucarística, se mantenga y fortalezca esta intención de oración, como ya sucede en muchas de nuestras parroquias, suplicando al Buen Pastor que suscite abundantes y santas vocaciones para el servicio del Reino.

44. Providencialmente, en la vida de nuestras parroquias ha ido creciendo, desde hace varios años, una bendita y valiosa experiencia de animación vocacional mediante los llamados Grupos de Animación Vocacional (GAV), nacidos con el propósito de orar, promover y apoyar las vocaciones. Estos grupos, llamados a estar presentes en todas las parroquias de nuestra Diócesis, de conformidad con lo establecido en las disposiciones diocesanas para los sacramentos, sacramentales y proceso permanente de catequesis, desempeñan una misión fundamental en la promoción de la cultura vocacional.

45. A ustedes, queridos miembros de los GAV, les expreso mi sincero agradecimiento por tantos esfuerzos, sacrificios y oraciones que, con espíritu de fe y generoso servicio, ofrecen diariamente por las vocaciones. Al mismo tiempo, los animo a perseverar con entusiasmo en este apostolado tan necesario, no solo sosteniendo con su oración a quienes el Señor llama, sino también invitando a otros fieles a unirse a esta hermosa misión. Muchos de nuestros sacerdotes, durante los años de formación en el Seminario, han encontrado en ustedes el rostro cercano de una Iglesia que ora, acompaña y sostiene con amor a quienes desean entregar su vida al servicio del Señor. Que ese testimonio continúe siendo motivo de esperanza para las nuevas generaciones y un estímulo para seguir sembrando vocaciones en nuestra Iglesia Particular.

46. Así como la semilla necesita un terreno bien preparado para germinar y crecer, también toda vocación requiere una comunidad que favorezca su desarrollo y la anime a dar fruto. Por ello, urge que nuestra Diócesis continúe consolidándose como una gran comunidad discipular, que viva con alegría el llamado recibido y, al mismo tiempo, se sienta responsable de despertar en otros el deseo de descubrir la voluntad de Dios sobre sus vidas. Queridos hermanos, no tengan miedo de convertirse también ustedes en llamantes. La Iglesia necesita hoy hombres y mujeres valientes que, con el testimonio de su vida, la cercanía de su acompañamiento y la fuerza de su palabra, despierten en otros el deseo de escuchar, en lo más profundo de su corazón, la voz de Aquel que sigue diciendo: “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré” (Jeremías 1,5). También esta es una manera concreta de vivir una Iglesia en salida, que va al encuentro de las personas para conducirlas al encuentro con Cristo.

A las familias, santuario vocacional:

47. También quiero dirigirme con especial cercanía a las familias de nuestra Diócesis, verdaderas Iglesias domésticas y primer ámbito donde la vocación nace, se alimenta y madura. Como hemos visto en el primer capítulo de esta Carta, vivimos tiempos complejos, llenos de desafíos para personas de todas las edades, pero de manera particular para las familias. Sin embargo, las dificultades del presente no deben apagar nuestra esperanza. En este sentido, siguen resonando con fuerza aquellas palabras que el Papa Benedicto XVI dirigió a los jóvenes: “No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia para que, gracias a vuestra fe, siga resonando su Nombre en toda la tierra” (Vigilia de oración con los jóvenes, Aeropuerto de Cuatro Vientos, Madrid, 2011).

48. Queridos padres de familia, los invito a renovar con entusiasmo su misión de ser los primeros transmisores de la fe. No basta con procurar la participación de sus hijos en la catequesis; la fe nace, se fortalece y se testimonia, ante todo, en la experiencia viva del hogar. Es allí donde los hijos aprenden a descubrir el amor de Dios, a vivir como discípulos de Cristo y a abrir el corazón para escuchar la voz del Señor. La Iglesia y el mundo necesitan hoy, más que nunca, de familias auténticamente creyentes, capaces de convertirse en verdaderos santuarios donde toda vocación pueda nacer y crecer.

49. Asimismo, las familias han de ser el lugar donde se hable con naturalidad de Dios y donde los hijos puedan descubrir, sin temor ni prejuicios, que el Señor también puede estar llamándolos a una vocación específica. Como recordaba San Juan Pablo II, “la familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y amor, en una tensión que, al igual que para toda realidad creada y redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de Dios” (Familiaris Consortio, n. 17). Precisamente porque la familia es comunidad de vida y de amor, está llamada a despertar en sus hijos el deseo de vivir para Dios y para los demás, ayudándolos a preguntarse con libertad qué espera el Padre de sus vidas. Queridos padres de familia, vivan esta misión con alegría y confianza, animando a sus hijos a buscar los tesoros del cielo, “donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban” (Mateo 6,20).

50. Por otra parte, la familia ha sido llamada, con razón, el primer seminario, porque es allí donde germinan las primeras semillas de la fe, de la generosidad y de la entrega a Dios. Queridos padres de familia, oren constantemente por la vocación de sus hijos y, si el Señor llama a alguno de ellos al sacerdocio o a la vida consagrada, no tengan miedo. Acompáñenlos con alegría, sosténganlos con su oración y bríndenles siempre su apoyo incondicional. También para ustedes resuenan hoy aquellas palabras que el Papa Benedicto XVI pronunció al inicio de su ministerio petrino: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo” (Homilía de inicio del ministerio petrino, 24 de abril de 2005). Quien confía plenamente en el Señor, descubre que responder a su llamada nunca empobrece la vida; por el contrario, la llena de sentido, alegría y esperanza.

51. Toda vocación encuentra un terreno más fértil allí donde se vive con intensidad la comunión eclesial. La vida cristiana no puede comprenderse de manera aislada, pues todos formamos un solo Cuerpo en Cristo y somos miembros de una misma familia. Por ello, exhorto a las familias de nuestra Diócesis a fortalecer su vinculación afectiva y efectiva con la comunidad parroquial, participando con fidelidad en la celebración de la Eucaristía, en los demás sacramentos y en las diversas iniciativas de evangelización y servicio, especialmente aquellas dirigidas a los más necesitados.

52. Es precisamente en el seno de una comunidad creyente donde se aprende que toda vocación nace en la Iglesia, crece con la Iglesia y está llamada a servir a la Iglesia y al mundo. Ninguna vocación existe para sí misma; toda llamada encuentra su verdadero sentido en la entrega generosa a los demás, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que vino no para ser servido, sino para servir y entregar su vida por la salvación de todos.

A los jóvenes, esperanza viva:

53. ¡Queridos jóvenes! Hago mías estas palabras con las que, desde hace años, los Sumos Pontífices se han dirigido a ustedes, porque expresan el profundo cariño y la inmensa esperanza que la Iglesia deposita en las nuevas generaciones. Como una madre que ama a sus hijos y desea para ellos lo mejor, la Iglesia los acompaña con cercanía, comparte sus alegrías y preocupaciones, y no permanece indiferente ante los desafíos que enfrentan en el mundo actual. Queridos jóvenes, la Iglesia quiere para ustedes el mayor de los bienes: la santidad. No se trata de un ideal reservado para unos pocos, sino del camino al que todos hemos sido llamados desde el Bautismo. Es una vocación que recorremos juntos, como familia de Dios, sostenidos por la gracia del Señor y por la comunión de la Iglesia.

54. Nunca olviden que el centro de la vida cristiana es Jesucristo. Seguirlo significa aprender a vivir como Él vivió: haciendo en todo la voluntad del Padre y entregando la propia vida por amor. En una cultura que con frecuencia invita a pensar únicamente en uno mismo, Cristo nos muestra que la verdadera felicidad se encuentra en el don sincero de sí. No desperdicien la vida viviendo solo para ustedes mismos. Atrévanse a salir de sus seguridades, a descubrir la alegría del servicio y a comprender que cada persona es un regalo de Dios para los demás. Pero este camino no puede recorrerse solos. Como enseñaba el Papa Benedicto XVI: “No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir ‘por su cuenta’ o de vivir la fe según la mentalidad individualista corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él” (Misa para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, 2011).

55. Los invito a amar profundamente a la Iglesia, a vivir con fidelidad la Eucaristía y los demás sacramentos, a cultivar una vida intensa de oración y a participar activamente en la comunidad cristiana. Es allí donde la fe madura y el corazón se dispone para escuchar con mayor claridad la voz del Señor. El Señor continúa llamando a muchos jóvenes. Por eso, no tengan miedo de hacer silencio, de dejarse acompañar en el discernimiento y de preguntarle con sinceridad a Él qué espera de sus vidas. Quien abre el corazón a Dios, descubre que su llamada es un don que conduce a una vida plenamente realizada en el amor y el servicio.

56. No cabe duda que toda vocación es un diálogo de amor entre Dios y la persona. El Señor llama siempre con absoluta libertad y espera una respuesta igualmente libre y generosa. Nunca impone su voluntad ni anula la libertad humana; por el contrario, la plenifica, porque la conduce a descubrir el proyecto de amor para el cual ha sido creada. Toda vocación se construye día a día mediante una respuesta fiel y perseverante. Así sucede también en el matrimonio cristiano, donde el “sí” pronunciado el día de la celebración se renueva cotidianamente en la entrega mutua, la fidelidad y el amor. Escuchar la voz de Dios, responder con generosidad y perseverar en la vocación recibida son actitudes esenciales de toda vida cristiana.

57. Para favorecer esta disposición interior, la Pastoral con las Juventudes constituye un espacio privilegiado de encuentro con Cristo y de crecimiento en la fe. Allí donde los jóvenes viven auténticas experiencias de fraternidad, oración, formación y servicio, encuentran también un ambiente propicio para descubrir la voluntad de Dios sobre sus vidas. Los jóvenes llevan en su corazón el deseo de lo verdadero, lo bello y lo definitivo; en el fondo, buscan a Dios. Por ello, animo a todos los jóvenes de nuestra Diócesis a integrarse, según su edad y condición, en los grupos juveniles de sus comunidades, donde podrán recorrer junto a otros un verdadero camino de discipulado y santidad. Exhorto igualmente a los responsables de estos grupos a presentar con alegría y sin temor la belleza de todas las vocaciones cristianas como caminos de plena realización humana y de servicio al Reino de Dios.

58. Con este mismo propósito, nuestra Diócesis ofrece diversos espacios de discernimiento vocacional, entre ellos los Encuentros Vocacionales, que cada año brindan a los jóvenes la oportunidad de reflexionar con serenidad sobre el sentido de su vida y descubrir el proyecto que Dios tiene para cada uno. Los invito a participar en estas experiencias con apertura y confianza. Toda vocación requiere un discernimiento sincero, vivido con humildad, transparencia y docilidad al Espíritu Santo. La vocación no es un proyecto que cada uno diseña según sus propios deseos, sino una llamada que se acoge con libertad y se discierne en comunión con la Iglesia, Madre y Maestra, que acompaña a sus hijos para que descubran y respondan con generosidad a la voluntad de Dios.

A los sacerdotes, consagrados y matrimonios cristianos:

59. Queridos sacerdotes, consagrados y matrimonios cristianos: ustedes, entre quienes también me incluyo, han respondido con generosidad a la llamada del Señor y, por ello, están llamados a hacer visible el rostro de toda vocación cristiana. La vocación no es una teoría ni un ideal abstracto, sino una vida entregada a Dios y a los hermanos. Por eso, resuenan con especial fuerza aquellas palabras de San Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio” (Evangelii Nuntiandi, n. 41). Nuestra primera misión consiste, por tanto, en vivir con fidelidad y alegría la vocación recibida, para que nuestra vida se convierta en un testimonio creíble del amor de Dios.

60. La alegría y la fidelidad con que vivimos nuestra vocación constituyen la primera y mejor promoción vocacional. Allí donde un sacerdote, una persona consagrada o un matrimonio cristiano viven con autenticidad su entrega al Señor, surgen también nuevos corazones dispuestos a responder a su llamada. Como afirmaba el Papa Benedicto XVI, la Iglesia crece por atracción; también las vocaciones nacen, muchas veces, al contemplar el testimonio de quienes han encontrado en Cristo la plenitud de su vida. Por eso, los exhorto a volver cada día al amor primero (cfr. Apocalipsis 2,4), dejándose renovar constantemente por la gracia de Dios, para que, como San Pablo, puedan decir con verdad: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20). Solo así podremos convertirnos en esos llamantes que, con su vida más que con sus palabras, despiertan en otros el deseo de seguir a Cristo y responder con generosidad a su llamada.

CAPÍTULO IV: Una misma gracia, diversas vocaciones

61. Toda vocación nace de una misma gracia: el Bautismo, por el cual hemos sido incorporados a Cristo y llamados a participar de su vida y de su misión. Sin embargo, el único llamado a la santidad florece de maneras diversas según el designio amoroso de Dios sobre cada persona. El mismo Espíritu, que suscita la unidad de la Iglesia, distribuye también la riqueza de sus dones y conduce a cada bautizado por un camino concreto de seguimiento. En la diversidad de las vocaciones no hay competencia ni superioridad, sino la belleza de una misma gracia que se manifiesta en múltiples formas de amar, servir y construir el Reino de Dios.

62. Me dirijo con especial afecto a ustedes, queridos sacerdotes. Mediante el sacramento del Orden, Cristo los ha configurado consigo mismo, Cabeza y Pastor de la Iglesia. No han recibido simplemente una misión o un encargo; han sido llamados a hacer visible, en medio del Pueblo de Dios, el corazón del Buen Pastor que conoce a sus ovejas, las llama por su nombre y entrega la vida por ellas (cfr. Juan 10,11-14). Toda la fecundidad del ministerio sacerdotal nace de la amistad con Cristo. Sin esa intimidad, el ministerio corre el riesgo de reducirse a una función; con esa relación profunda, en cambio, cada sacerdote se convierte en signo vivo de la cercanía, la misericordia y la esperanza de Dios para su pueblo. Queridos sacerdotes: ¡Cuidado, estén alertas! Nunca permitan que nada debilite la amistad con Aquel que un día los llamó y continúa sosteniendo su ministerio.

63. Configurado con Cristo Pastor, el sacerdote está llamado a vivir una auténtica caridad pastoral, que se expresa en la entrega generosa, la humildad y el servicio cotidiano. No se pertenece a sí mismo, sino a Aquel que lo llamó y al pueblo que le ha sido confiado. Preside la comunidad en la caridad, anuncia con valentía la Palabra, celebra con fe los santos misterios y acompaña con misericordia las alegrías y sufrimientos de los fieles. En un mundo marcado por el individualismo y la incertidumbre, su vida recuerda que Dios continúa caminando con su pueblo y nunca deja de sostenerlo con su amor providente.

64. A ustedes, queridos seminaristas, les expreso mi cercanía, gratitud y esperanza. El Seminario constituye un tiempo privilegiado de discernimiento y configuración con Cristo Pastor. Permitan que el Señor modele su corazón mediante la oración constante, el estudio serio, la vida fraterna y el acompañamiento formativo. No reduzcan nunca la vocación a una preparación académica o funcional; dejen que Cristo transforme profundamente su vida, purifique sus motivaciones y fortalezca su entrega. Y a quienes experimentan en lo más profundo del corazón la inquietud de una posible vocación sacerdotal, les digo con afecto: no apaguen esa voz interior. Busquen espacios de silencio, dirección espiritual y acompañamiento vocacional. Si el Señor los llama, no tengan miedo de responder con generosidad. Descubrirán que quien entrega su vida a Cristo encuentra la alegría más profunda y la verdadera plenitud.

65. Me dirijo ahora con afecto a quienes han abrazado la vida consagrada, signo profético del Reino de Dios en medio del mundo. Mediante la profesión de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, ustedes anuncian con su propia existencia que Dios basta y que su amor puede colmar plenamente el corazón humano. Su vocación recuerda constantemente a la Iglesia y al mundo que la realidad definitiva no es lo pasajero, sino la comunión eterna con el Señor. En una cultura que con frecuencia absolutiza el tener, el placer y el poder, la vida consagrada continúa siendo una luminosa profecía de esperanza.

66. Precisamente por ello, el mundo necesita hoy de consagrados profundamente enamorados de Cristo. No es tiempo de una entrega tibia ni de una vida consagrada vivida por costumbre. Es tiempo de volver al fervor del primer amor, a la alegría de la consagración y a la radicalidad del Evangelio. La Iglesia necesita testigos que vivan con coherencia aquello que profesan; hombres y mujeres cuya vida transparente la belleza de pertenecer enteramente al Señor. Que nadie se conforme con una entrega a medias. Cristo sigue llamando a una donación total, alegre y generosa, capaz de despertar en muchos otros el deseo de seguirlo más de cerca.

67. Me dirijo también con profundo afecto a los esposos cristianos. El matrimonio es mucho más que un proyecto humano; es una auténtica vocación y una verdadera misión. En el consentimiento libre de los esposos, Dios sella una alianza que hace visible en el mundo el amor fiel e irrevocable de Cristo por su Iglesia (cfr. Efesios 5,25-32). Así, el hogar cristiano se convierte en Iglesia doméstica, lugar privilegiado donde la fe se transmite, la vida es acogida con gratitud y el amor se aprende y se vive en lo concreto de cada día.

68. En una cultura que con frecuencia presenta el compromiso como algo pasajero y sustituible, los matrimonios cristianos están llamados a proclamar, con el testimonio de su vida, que el amor fiel y definitivo es posible. La fidelidad no es una carga, sino el camino por el cual el amor madura y alcanza su plenitud. Cuando un matrimonio vive con autenticidad su vocación, se convierte en un verdadero anuncio del Evangelio para sus hijos, la comunidad y toda la sociedad. Su vida recuerda que Dios continúa bendiciendo el amor humano y llamando a los esposos a ser reflejo de su propia fidelidad.

69. También deseo dirigirme a ustedes, queridos fieles laicos, llamados a santificar el mundo desde dentro, haciendo presente el Evangelio en la familia, el trabajo, la cultura, la educación, la vida social y el compromiso ciudadano. Su vocación no consiste en ocupar un lugar secundario dentro de la Iglesia, sino en ser discípulos misioneros allí donde transcurre la vida cotidiana. Con la fuerza del Bautismo y la Confirmación, están llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo, transformando las realidades temporales según el espíritu del Evangelio y mostrando que la santidad también florece en medio de las tareas ordinarias.

70. En la riqueza de las diversas expresiones —laical, sacerdotal y consagrada— se manifiesta la multiforme gracia de Dios, que continúa edificando a su Iglesia mediante la acción del Espíritu Santo. Ninguna vocación es superior a otra en dignidad; todas nacen del mismo amor de Dios y todas están llamadas a servir al único Cuerpo de Cristo. Cuando cada bautizado responde con fidelidad a su propia vocación, la Iglesia crece en comunión, el Evangelio resplandece con mayor fuerza y el mundo descubre que Dios sigue llamando a hombres y mujeres para hacer presente su Reino.

CAPÍTULO V: “Hágase en mí según tu palabra”, Lucas 1, 38

71. Después de contemplar la belleza del llamado de Dios y las diversas formas en que la vocación bautismal se hace vida en la Iglesia, la pregunta ya no puede dirigirse únicamente a los demás. Llega el momento de mirar el propio corazón y preguntarnos con sinceridad cuál será nuestra respuesta al Señor. Toda vocación encuentra su plenitud cuando la libertad humana se abre con confianza al proyecto de Dios. Ninguna respuesta ha sido tan plena y luminosa como la de la Santísima Virgen María, quien, ante el anuncio del ángel, pronunció aquellas palabras que siguen resonando en la historia de la salvación: “Hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1,38). En ese “sí” humilde, confiado y generoso comenzó a hacerse visible la plenitud del plan de Dios para la humanidad.

72. La respuesta de María no fue un acto aislado, sino el comienzo de una vida enteramente entregada a la voluntad del Padre. Desde Nazaret hasta el Calvario, ella permaneció fiel aun cuando no comprendía plenamente los caminos de Dios. Así enseña a toda la Iglesia que la vocación no consiste únicamente en aceptar una llamada, sino en renovarla cada día mediante la fidelidad, la confianza y el amor. También nosotros estamos llamados a pronunciar ese “sí” cotidiano que transforma la existencia y permite que Cristo siga naciendo en el corazón del mundo.

73. Desde la experiencia de la Santísima Virgen, vemos que la verdadera respuesta vocacional nunca nace del miedo, sino de la alegría de saberse amado por Dios. Quien descubre que el Señor lo llama, comprende que su voluntad no limita la libertad, sino que la conduce a su máxima realización. No existe vocación pequeña cuando nace del amor, ni entrega estéril cuando se vive con fidelidad. Dios nunca deja sin recompensa a quien pone su vida en sus manos y se atreve a caminar confiando únicamente en su Palabra.

74. Responder al Señor significa también vivir en el mundo, pero sin ser del mundo (cfr. Juan 17,14-16). El discípulo de Cristo comparte las alegrías y esperanzas de la humanidad, trabaja, estudia, sirve y construye la sociedad junto a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, pero sin renunciar nunca a la verdad del Evangelio. Nuestra época necesita cristianos que vivan con coherencia su fe y hagan visible, mediante el testimonio cotidiano, que es posible amar, servir y esperar según el corazón de Cristo.

75. Cada vocación encuentra su plenitud cuando se convierte en servicio. El sacerdote, el consagrado, el matrimonio cristiano y el fiel laico -desde su misión específica- descubren el verdadero sentido de su llamado cuando dejan de preguntarse qué esperan de la vida y se plantean a profundidad qué espera Dios de ellos. Toda vocación auténtica hace de la propia existencia un don para los demás, porque el amor recibido de Dios nunca puede encerrarse en sí mismo, sino que está llamado a compartirse generosamente para la edificación de la Iglesia y el bien del mundo.

76. Queridos hermanos todos: no tengan miedo de responder al Señor. También hoy Cristo continúa pasando por los caminos de nuestra historia y pronunciando, con la misma fuerza de siempre, su invitación: “Sígueme”. Abran el corazón a su gracia, confíen plenamente en su providencia y permitan que Él conduzca sus vidas. Si, como María, aprendemos a decir con sinceridad: “Hágase en mí según tu palabra”, nuestra Iglesia diocesana continuará siendo una tierra fértil donde el Evangelio florezca, las vocaciones crezcan y el Reino de Dios siga haciéndose presente entre nosotros.

CONCLUSIÓN

77. Al concluir esta reflexión pastoral, los invito a renovar nuestra certeza de que Dios sigue llamando con amor y fidelidad. Ningún cambio cultural, ninguna dificultad histórica ni el aparente debilitamiento de la fe pueden apagar la voz del Señor, que continúa pronunciando el nombre de cada uno e invitándolo a participar en su obra salvadora. Nuestra misión no consiste en lamentarnos por los desafíos del presente, sino en reconocer, con ojos de fe, que el Espíritu Santo sigue actuando silenciosamente en el corazón de las personas de nuestro tiempo, suscitando nuevas respuestas de generosidad, entrega y servicio.

78. Esta certeza debe convertirse en un compromiso permanente de toda nuestra Iglesia Particular. Cada parroquia, familia y comunidad consagrada, cada grupo apostólico y cada bautizado están llamados a ser sembradores de esperanza y auténticos promotores de una cultura vocacional. Allí donde se escucha con fidelidad la Palabra de Dios, se vive intensamente la Eucaristía, se ora con perseverancia, se acompaña con cercanía y se testimonia el Evangelio con alegría, la semilla de la vocación encuentra un terreno fértil para germinar y dar fruto abundante.

79. No olvidemos nunca que el futuro de nuestra Iglesia no depende únicamente de estrategias pastorales o de proyectos humanos. El verdadero protagonista de toda vocación es Dios, que continúa llamando con la misma libertad, paciencia y ternura con que llamó a Samuel, a los Apóstoles, a María y a tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia. A nosotros nos corresponde disponer el corazón, crear ambientes favorables y confiar plenamente en la acción silenciosa, pero siempre fecunda, del Espíritu Santo.

80. Invito especialmente a todos los fieles a redescubrir la belleza de su propia vocación bautismal. Antes de preguntarnos qué esperamos de la Iglesia, preguntémonos qué espera Cristo de cada uno de nosotros. Cuando sacerdotes, consagrados, matrimonios cristianos y fieles laicos viven con fidelidad y alegría la misión recibida, se convierten en el anuncio más elocuente del Evangelio y en la mejor invitación para que otros se atrevan a responder al llamado del Señor. No existe promoción vocacional más eficaz que el testimonio luminoso de una vida transformada por el encuentro con Jesucristo.

81. Que nadie tenga miedo de responder al Señor. Él nunca defrauda a quienes confían en su Palabra. La historia de la salvación es la historia de hombres y mujeres que, aun en medio de sus limitaciones, se atrevieron a decir “sí” a Dios y permitieron que Él realizara grandes obras por medio de su pequeñez. También hoy el Señor sigue llamando. Igualmente, hoy espera una respuesta generosa de nuestra parte.

82. No debemos perder de vista que las vocaciones florecen cuando son acogidas, acompañadas y formadas con dedicación. San Carlos Borromeo, patrono de nuestra Iglesia Particular, comprendió esta verdad y consagró gran parte de su ministerio a la formación y a la renovación espiritual del pueblo de Dios. Su ejemplo sigue invitándonos a cuidar con esmero los procesos de discernimiento y maduración vocacional, convencidos de que toda llamada requiere una comunidad que la sostenga con la oración, el testimonio y el acompañamiento.

83. Confiemos este camino a la maternal intercesión de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la Evangelización y perfecta discípula del Señor. Que ella nos enseñe a escuchar la voz de Dios con un corazón disponible, a responder con generosidad como lo hizo en Nazaret y a perseverar con fidelidad hasta el final. Que, bajo su amparo maternal, nuestra Diócesis continúe siendo una verdadera tierra fértil, donde la semilla sembrada por el Señor produzca abundantes frutos de santidad, de servicio y de nuevas vocaciones, donde nunca falten corazones dispuestos a decir, con humildad y alegría: “Hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1,38).

84. Quiero concluir esta carta con una oración por las vocaciones.

Padre bueno, fuente de toda vocación, Tú que sigues sembrando en esta tierra fértil la semilla de tu amor, abre nuestros corazones para escuchar tu voz en medio del ruido del mundo. Haz de nuestra Iglesia una tierra fecunda donde tu Palabra sea acogida con fe, cultivada con esperanza y transformada en frutos abundantes de santidad y servicio.

Señor Jesucristo, Buen Pastor, continúa llamando a muchos jóvenes, hombres y mujeres, para que, con un corazón generoso, respondan a tu invitación de seguirte en el sacerdocio, la vida consagrada y el matrimonio cristiano. Dales la valentía de decirte “sí”, la perseverancia para permanecer fieles y la alegría de entregar la vida por tu Reino.

Espíritu Santo, guía del discernimiento, fortalece a nuestras familias para que sean verdaderos semilleros de vocaciones; anima a nuestras parroquias, comunidades y grupos eclesiales para que promuevan una auténtica cultura vocacional; y concede a sacerdotes, consagrados y matrimonios cristianos la gracia de ofrecer un testimonio alegre y creíble que despierte en otros el deseo de responder a la llamada del Señor.

Santa María de Guadalupe, Madre de las vocaciones, acompaña a nuestra Diócesis de Ciudad Quesada y enséñanos a responder con tu misma disponibilidad: “Hágase en mí según tu palabra”. Intercede para que nunca falten sacerdotes santos, consagrados fieles y matrimonios ejemplares, que con su vida hagan visible el amor de Cristo y anuncien el Evangelio hasta los confines de la tierra.

San Carlos Borromeo, patrono de nuestra Diócesis, tú que consagraste tu vida a la santificación del pueblo de Dios y a la formación de santos pastores, intercede por nosotros. Ayúdanos a construir una auténtica cultura vocacional, donde cada bautizado descubra con alegría la llamada del Señor y responda con generosidad al camino que Dios le ha preparado. Alcanza para nuestra Iglesia Particular abundantes y santas vocaciones, para que el Evangelio siga siendo anunciado con fidelidad y esperanza. Amén.

“Que nunca falten corazones dispuestos a responder: ‘Hágase en mí según tu palabra’. Dios sigue llamando”.

En la sede episcopal, el día 1° del mes de octubre del año del Señor 2026, memoria litúrgica de Santa Teresita del Niño Jesús, virgen, patrona de las misiones y doctora de la Iglesia.

MONS. JOSÉ MANUEL GARITA HERRERA–

Obispo de Ciudad Quesada–

Dios continúa sembrando su Palabra, sigue llamando y continúa suscitando vocaciones

Mensaje para la Presentación de la X Carta Pastoral. “Llamados en tierra fértil”.

Viernes 2 de octubre de 2026.

Queridos hermanos todos:

Presentar esta X Carta Pastoral es, ante todo, una oportunidad para agradecer a Dios por el camino que como Iglesia Particular hemos venido recorriendo. Desde la primera Carta, dedicada a la esperanza, hemos reflexionado sobre la fe, el amor y la misericordia; nuestra identidad y misión evangelizadora; el compromiso social del creyente; el caminar de los jóvenes; nuestra historia como Diócesis; los desafíos de la pandemia y la realidad de la Iglesia en el mundo posterior a ella; y, más recientemente, los retos planteados por las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial y la comunicación.

Con cada una de estas reflexiones he querido iluminar una dimensión concreta de nuestra vida eclesial. Hoy, en continuidad con ese camino, damos un paso más: dirigimos nuestra mirada hacia aquello que está en la raíz de toda existencia cristiana: la llamada de Dios.

Esta X Carta Pastoral lleva por título “Llamados en tierra fértil”, tomando como referencia la parábola del sembrador y aquella explicación de Jesús: “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende: ese da fruto” (Mt 13,23). La imagen de la tierra fértil expresa muy bien lo que deseo proponer a nuestra Diócesis. Dios continúa sembrando su Palabra, sigue llamando y continúa suscitando vocaciones. La pregunta no es si Dios sigue llamando, sino si nosotros estamos disponiendo el corazón para escuchar, acoger, discernir y responder. Somos, al mismo tiempo, tierra que recibe la semilla y sembradores llamados a favorecer que esa semilla dé fruto.

Hablar de vocación es referirse al sentido mismo de nuestra existencia. No estamos aquí por casualidad ni somos fruto de un destino sin propósito. Dios nos ha creado por amor y nos ha llamado a participar de su proyecto. Antes de cualquier vocación particular existe una llamada fundamental que compartimos todos: la vocación a la santidad, que tiene su raíz en el Bautismo. Desde esa vocación común brotan las distintas maneras de seguir a Cristo: el sacerdocio, la vida consagrada, el matrimonio cristiano y la vocación propia de los fieles laicos. Todas son expresiones diversas de una misma gracia y todas tienen como horizonte el amor, el servicio y la entrega.

Esta reflexión adquiere particular importancia cuando miramos la realidad cultural en la que vivimos. Estamos inmersos en un profundo cambio de época, marcado por la velocidad, la tecnología, la inteligencia artificial y una extraordinaria multiplicación de voces y estímulos. El problema no es solamente el ruido exterior; existe también un ruido interior que dificulta el silencio, la atención, la oración y el discernimiento.

Por eso quiero compartir parte del numeral 6 de la Carta, a la luz de este pensamiento: “En medio de múltiples ofertas y de ruidos que confunden, es necesario hacer silencio para escuchar la voz que no grita, pero que permanece. Dios no juega con la vida de nadie; cuando llama, sostiene, acompaña y da la gracia necesaria para responder con generosidad y confianza”.

Vivimos en medio de una creciente secularización y una cultura en la que Dios puede llegar a ser considerado innecesario o relegado al ámbito privado. También encontramos una tendencia a valorar a las personas desde categorías parciales: lo que producen, lo que poseen, la imagen que proyectan o la utilidad que tienen. Cuando la vida se reduce a funcionar, producir o alcanzar determinados resultados, la pregunta por la vocación pierde sentido. Frente a ello, esta Carta quiere reafirmar que cada vida tiene dignidad, que cada persona tiene un lugar y cada existencia está llamada a dar fruto.

En este contexto, la Carta nos invita a mirar nuevamente a Jesucristo. Toda vocación nace de Él. La Sagrada Escritura está llena de hombres y mujeres llamados por Dios: Abraham, Moisés, los profetas, los apóstoles y tantos otros. Entre ellos encontramos a Samuel, quien en medio de la noche escucha su nombre, pero necesita de Elí para comprender que es Dios quien lo llama. Escenas como estas nos iluminan profundamente para aprender a escuchar, para abandonar nuestras seguridades y adentrarnos en la profundidad de la llamada.

Atención a esto: si Dios continúa llamando, la responsabilidad no recae únicamente sobre quien recibe la llamada. También toda la comunidad cristiana tiene una responsabilidad en el nacimiento, acompañamiento y maduración de las vocaciones. De ahí surge uno de los conceptos centrales de esta Carta: la cultura vocacional. No podemos entender la pastoral vocacional como una tarea aislada de un grupo o de una comisión. Toda pastoral debe ayudar a la persona a encontrarse con Cristo, a escuchar su voz y a preguntarse por el proyecto de Dios para su vida.

En este proceso, nuestras parroquias tienen una responsabilidad fundamental. Una comunidad cristiana debe ser un lugar donde las personas puedan sentirse acogidas, escuchadas y acompañadas. En la Carta reconozco y animo el trabajo que ya realizan los Grupos de Animación Vocacional, los GAV, y hago un llamado a fortalecer la oración por las vocaciones.

Quiero destacar especialmente el papel de las familias. La familia es la primera Iglesia doméstica y un verdadero santuario vocacional. Es allí donde una persona aprende inicialmente a amar, servir, creer y entregarse. Por eso, los padres están llamados no solamente a transmitir determinados contenidos religiosos, sino a crear hogares donde se pueda hablar de Dios con naturalidad y donde los hijos puedan preguntarse libremente qué espera el Señor de sus vidas.

A nuestros jóvenes les digo de manera particular: no tengan miedo de preguntarle al Señor qué quiere de ustedes. En una cultura que muchas veces invita a vivir solamente para uno mismo, Jesús continúa mostrando que la verdadera vida se encuentra en el don sincero de sí. No desperdicien la vida buscando únicamente aquello que satisface de manera inmediata. Atrévanse a descubrir una vida grande, una vida entregada, una vida capaz de servir.

También esta Carta dirige una palabra especial a quienes ya han respondido a una vocación: sacerdotes, consagrados y matrimonios cristianos. Nuestra primera promoción vocacional es a través de nuestro propio testimonio. Una vocación vivida con alegría, fidelidad y autenticidad puede despertar en otros el deseo de seguir a Cristo.

Finalmente, recordemos que ninguna vocación existe para sí misma. Toda llamada encuentra su plenitud en el servicio. El sacerdote sirve al Pueblo de Dios; la persona consagrada testimonia la primacía de Dios; los esposos cristianos hacen visible el amor fiel; y los laicos están llamados a transformar desde dentro las realidades de la familia, el trabajo, la cultura, la educación y la vida social. En la diversidad de estas vocaciones no existe competencia ni superioridad, sino la riqueza de una Iglesia en la que cada miembro aporta su propio don para la edificación del único Cuerpo de Cristo.

Queridos hermanos: la Carta Pastoral “Llamados en tierra fértil” quiere ser, finalmente, una invitación a la esperanza. Dios sigue llamando. Nuestra tarea es preparar la tierra: orar, acompañar, formar, escuchar, dar testimonio y crear comunidades donde la semilla pueda crecer. Que esta X Carta Pastoral nos ayude a reconocer que cada uno de nosotros ha recibido una llamada y que la Iglesia Particular de Ciudad Quesada está llamada a ser verdaderamente una tierra fértil, donde abundan los frutos de santidad, de servicio y de nuevas vocaciones. Que nunca falten entre nosotros corazones dispuestos a responder como María: “Hágase en mí según tu palabra”. Que así sea.

Muchas gracias.

San Francisco entendió la verdadera grandeza: hacerse pequeño para amar, servir y hacer el bien

Memoria de los Santos Ángeles Custodios.

Viernes 2 de octubre de 2026,
Colegio San Francisco, Ciudad Quesada, 9:30 a.m.

Queridos alumnos, docentes, personal administrativo y toda la comunidad educativa del Colegio San Francisco:

Hoy celebramos con alegría la memoria de los Santos Ángeles Custodios. Jesús nos habla de ellos en el evangelio y nos recuerda algo muy hermoso: cada uno de nosotros es importante para Dios. Jesús dice: «Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles, en el cielo, están continuamente en presencia de mi Padre celestial». Qué consolador saber que Dios nos cuida, nos acompaña y nunca nos deja solos. Los ángeles custodios son un signo de ese amor de Dios que está siempre cerca de nosotros.

Y esta celebración tiene un significado muy especial para esta comunidad educativa que lleva el nombre de San Francisco de Asís. Francisco fue un hombre que aprendió a mirar a todos con respeto, sencillez y fraternidad. Para él, cada persona, cada criatura y toda la creación eran un regalo de Dios. Por eso vivió con un corazón humilde, alegre y dispuesto a servir. San Francisco entendió que la verdadera grandeza no consiste en estar por encima de los demás, sino en saber hacerse pequeño para amar, servir y hacer el bien.

Precisamente el evangelio de San Mateo comienza con una pregunta de los discípulos: «¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?». Jesús llama a un niño, lo coloca en medio y dice que hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los cielos. Jesús no está hablando de ser ingenuos o irresponsables, sino que nos está invitando a tener un corazón sencillo, humilde, confiado y capaz de amar.

Por eso quisiera dejar hoy tres exhortaciones muy concretas, especialmente para ustedes, estudiantes.

Primera exhortación: cuiden su corazón y aprendan a confiar en Dios: cada mañana pueden decir una pequeña oración: «Ángel de mi guarda, acompáñame hoy; Señor, ayúdame a hacer el bien». No tengan miedo de hablar con Dios. Él conoce sus alegrías, preocupaciones, dificultades y también sus sueños. Cuando tengan un problema, cuando se sientan solos o cuando deban tomar una decisión, recuerden que Dios está siempre cerca. Ustedes no están solos.

Segunda exhortación: traten bien a los demás: el ángel custodio nos recuerda que cada persona tiene una dignidad inmensa delante de Dios. Por eso, en el colegio nadie debe ser humillado, excluido, insultado o tratado con violencia. No hagamos bromas que hieren, no usemos las redes sociales para ofender, no dejemos de lado al compañero que está solo. Preguntémonos cada día: «¿A quién puedo ayudar hoy? ¿A quién puedo hacer sentir valorado?». San Francisco nos enseña que la fraternidad comienza con pequeños gestos de bondad.

Tercera exhortación: sean jóvenes y niños que hagan el bien, aunque nadie los esté mirando: esa es una manera concreta de vivir como San Francisco. Hacer una tarea con responsabilidad, obedecer a los padres, respetar a los profesores, ayudar en la casa, compartir con un compañero, pedir perdón cuando nos equivocamos, defender a quien es tratado injustamente. Son cosas sencillas, pero allí se construye una vida grande delante de Dios.

Querida comunidad educativa: que San Francisco de Asís nos ayude a vivir con un corazón sencillo y fraterno, y que nuestros ángeles custodios nos acompañen siempre por el camino del bien. Que cada niño y cada joven de este colegio pueda descubrir que Dios lo ama, que nunca está solo y que tiene una misión: hacer de este mundo un lugar más humano, más fraterno y lleno de alegría.

Pidamos hoy al Señor que bendiga especialmente a nuestros niños y jóvenes, a sus familias y a todos los que forman esta comunidad educativa. Y que, bajo la protección de los Santos Ángeles Custodios y siguiendo las huellas de San Francisco, podamos aprender cada día a amar más, servir mejor y hacer el bien con alegría. Así sea, amén. ¡Santos Ángeles Custodios! Rueguen por nosotros. ¡San Francisco de Asís! Ruega por nosotros.

San Miguel nos recuerda que estamos llamados a permanecer fieles a Dios en medio de las luchas de cada día

Fiesta patronal en honor de San Miguel Arcángel.
Comunidad de El Encanto, Parroquia San Antonio de Padua, Pital.
Martes 29 de setiembre de 2026, 6:00 p.m.

Con gran alegría y gratitud nos hemos reunido esta tarde para celebrar al santo patrono, San Miguel Arcángel, y para poner nuevamente bajo su protección la vida y el camino de esta comunidad de El Encanto.

Recordemos que la fiesta patronal no es solamente una tradición que se repite cada año, sino una oportunidad para renovar nuestra fe, recordar quiénes somos como comunidad cristiana y preguntarnos cómo estamos viviendo nuestra relación con Dios. Al celebrar a San Miguel, celebramos también la victoria de Dios sobre el mal y renovamos nuestra confianza en que el Señor nunca abandona a quienes ponen en Él su esperanza.

La primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis, nos presenta una escena llena de fuerza: «Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón». San Miguel aparece como el defensor del pueblo de Dios, aquel que, junto con los ángeles fieles, permanece firme frente al poder del mal. No debemos interpretar este combate únicamente desde una perspectiva material o como una lucha humana. La Palabra de Dios nos recuerda que existe una realidad espiritual, que el mal busca apartarnos de Dios, dividirnos, sembrar la mentira, el odio, la desesperanza y la indiferencia. Frente a esa realidad, San Miguel nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, porque la victoria pertenece a Dios.

El nombre Miguel significa precisamente «¿Quién como Dios?». Es una pregunta que expresa una profunda profesión de fe. ¿Quién como Dios? Nadie. Ningún poder, ninguna dificultad, ninguna fuerza del mal puede ocupar el lugar que solamente corresponde al Señor. Por eso, la misión de San Miguel no consiste en llevarnos a confiar en él como si fuera Dios, sino en conducirnos hacia Dios, defender nuestra fe y ayudarnos a permanecer firmes en el camino del Evangelio. Su presencia nos recuerda que nuestra verdadera seguridad está en el Señor.

También el evangelio de San Juan nos habla de ángeles y de la presencia de Dios. Jesús le dice a Natanael: «Verás el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre». Es una hermosa imagen de la cercanía entre el cielo y la tierra. Dios no está distante de nosotros. Él acompaña nuestra historia, escucha nuestras oraciones y sale a nuestro encuentro. Los ángeles son servidores de Dios y mensajeros de su presencia. San Miguel, de manera particular, nos recuerda que estamos llamados a vivir bajo la protección de Dios y a permanecer fieles a Él en medio de las luchas de cada día.

Por eso, queridos hermanos de El Encanto, qué hermoso significado tiene celebrar a San Miguel como patrono de esta comunidad. Su patronazgo puede ayudarnos a comprender que una comunidad cristiana está llamada a ser una comunidad que protege la fe, que cuida a sus familias, que defiende la dignidad de cada persona, que no permite que el mal, la división, la violencia, el rencor o la indiferencia tengan la última palabra. San Miguel nos invita a ser personas firmes en la fe, pero al mismo tiempo humildes, caritativos y constructores de paz.

Hoy podríamos llevarnos tres llamados concretos de esta celebración. El primero es permanecer firmes en la fe: San Miguel nos recuerda que no podemos vivir una fe superficial o solamente de costumbres. Necesitamos oración, escucha de la Palabra de Dios, participación en la Eucaristía, confesión, vida sacramental y perseverancia. En medio de tantas voces y propuestas que pueden alejarnos del Evangelio, necesitamos volver siempre a la pregunta de San Miguel: «¿Quién como Dios?». Que Él sea verdaderamente el centro de nuestra vida, de nuestras familias y de nuestra comunidad.

El segundo llamado es combatir el mal comenzando por nuestro propio corazón: A veces queremos cambiar el mundo, pero nos cuesta reconocer aquello que debemos cambiar en nosotros mismos. El Señor nos llama a vencer el orgullo con humildad, el resentimiento con perdón, la indiferencia con solidaridad, la división con fraternidad y la desesperanza con confianza en Dios. La verdadera lucha espiritual comienza allí donde cada uno decide dejar que Cristo transforme su corazón.

Y el tercer llamado es hacer de El Encanto una comunidad unida y misionera: Una comunidad que celebra a San Miguel no puede encerrarse en sí misma. Tiene que ser una comunidad que acoge, que visita al enfermo, que acompaña al que está solo, que se preocupa por los niños y jóvenes, que fortalece a las familias, que anima las vocaciones y que sale al encuentro de quienes se han alejado de la Iglesia. El patrono debe inspirarnos a vivir aquello que celebramos.

El salmo 137 nos pone en labios una actitud de confianza y de oración: «Te doy gracias, Señor, de todo corazón». Esa debe ser también nuestra actitud en esta fiesta patronal y especialmente en esta Eucaristía. Por ello, demos gracias por la historia de esta comunidad, por sus familias, por quienes han sembrado la fe a lo largo de los años, por quienes sirven generosamente y por todos aquellos que, muchas veces de manera silenciosa, mantienen viva la vida cristiana de El Encanto.

Que San Miguel Arcángel siga acompañando y protegiendo a esta comunidad. Que nos ayude a permanecer firmes en la fe, a vencer el mal con el bien y a caminar siempre bajo la mirada amorosa de Dios. Y que cada vez que pronunciemos su nombre recordemos aquella pregunta que resume su misión y también nuestro compromiso cristiano: «¿Quién como Dios?». Que nada ni nadie ocupe en nuestra vida el lugar que solamente le pertenece al Señor. Bajo la protección de San Miguel, sigamos caminando como una comunidad unida, fraterna, esperanzada y misionera, dando testimonio de que la victoria definitiva pertenece siempre a Dios. Que así sea, amén. 

¡San Miguel Arcángel! Ruega por nosotros.

Una Palabra que permanece

Cuando estamos por concluir el Mes de la Biblia, vale la pena detenernos a preguntarnos qué lugar ocupa la Palabra de Dios en nuestra vida. Esta celebración nos ha ofrecido una oportunidad para acercarnos de manera especial a la Sagrada Escritura, pero también para recordar que su valor no se limita a un mes determinado. La Palabra está llamada a acompañarnos durante todo el año.

Vivimos rodeados de palabras. Cada día recibimos noticias, opiniones, mensajes y todo tipo de contenidos que buscan llamar nuestra atención. Muchas de esas palabras son pasajeras y rápidamente quedan atrás. En medio de tanto ruido, la Biblia nos ofrece una Palabra que invita a detenernos, escuchar y mirar nuestra vida desde la perspectiva de Dios.

La Sagrada Escritura no es solamente un libro que pertenece a la historia de nuestra fe. En sus páginas encontramos la historia de un Dios que sale al encuentro de su pueblo, que acompaña sus caminos, conoce sus alegrías y sufrimientos y mantiene siempre abierta la posibilidad de comenzar de nuevo. Por eso, cuando leemos la Biblia con un corazón dispuesto, descubrimos que sus relatos y enseñanzas también pueden iluminar nuestra propia historia.

Valorar la Palabra de Dios significa darle un lugar concreto en nuestra vida. No basta con tener una Biblia en casa o escuchar las lecturas durante la celebración de la Eucaristía. Necesitamos también abrirla, leerla, meditarla y preguntarnos qué nos está diciendo hoy. A veces una frase del Evangelio puede ayudarnos a tomar una decisión, afrontar una dificultad o recuperar la esperanza cuando sentimos que las fuerzas comienzan a faltar.

La Palabra también puede ocupar un lugar especial en nuestras familias. En medio de tantas ocupaciones, recuperar unos minutos para leer juntos el Evangelio, especialmente el que corresponde al domingo, puede convertirse en una hermosa oportunidad para conversar y compartir la fe. Se necesita disposición para escuchar y descubrir juntos qué nos propone Jesús.

También los niños y los jóvenes necesitan descubrir el valor de la Biblia. En un mundo donde reciben constantemente mensajes de todo tipo, es importante ofrecerles una Palabra que no busca manipularlos ni convertirlos en consumidores de contenidos, sino ayudarlos a reconocer su dignidad, tomar buenas decisiones y construir relaciones basadas en el respeto, el amor y la solidaridad.

Escuchar la Palabra implica también dejarse transformar por ella. El Evangelio nos habla del amor al prójimo, del perdón, de la misericordia, de la justicia y de la preocupación por quienes sufren. No podemos quedarnos únicamente con el conocimiento de lo que dice la Biblia. La Palabra se vuelve verdaderamente vida cuando cambia nuestras actitudes y nos lleva a mirar al otro con mayor compasión y disposición para servir.

Al concluir este Mes de la Biblia, podríamos preguntarnos qué nos llevamos de esta celebración. Tal vez sea una buena oportunidad para recuperar el hábito de leer el Evangelio, participar con mayor atención en la Eucaristía o simplemente volver a abrir aquella Biblia que hemos dejado de lado. Pequeños pasos pueden ayudarnos a recuperar una relación más cercana con la Palabra de Dios.

Fermento 444. Martes 29 de setiembre, 2026

Que este Hogar, bajo la protección de San Vicente de Paúl, siga siendo una verdadera casa de acogida, fraternidad, caridad y esperanza

Fiesta de San Vicente de Paúl.
Hogar de Ancianos San Vicente de Paúl, Ciudad Quesada.
Lunes 28 de setiembre de 2026, 10:00 a.m.

Celebramos hoy con alegría y gratitud a San Vicente de Paúl, patrono de este Hogar de Ancianos. Su presencia espiritual nos recuerda que la caridad cristiana no es solamente una palabra bonita, sino una manera concreta de mirar, de acercarnos y de servir a nuestros hermanos, especialmente a quienes más necesitan compañía, cuidado, consuelo y esperanza. Por eso, celebrar a San Vicente en este Hogar tiene un significado muy especial: el santo nos invita a reconocer en cada persona mayor un don de Dios, una historia que merece ser escuchada, una vida que debe ser respetada y una dignidad que nunca disminuye con los años.

La primera lectura, tomada del libro de Job, nos presenta una experiencia profundamente humana: Job atraviesa momentos de dolor, de pérdida y de prueba, y se pregunta ante Dios por el sentido de aquello que está viviendo. Es una página que nos recuerda que la vida tiene momentos luminosos, pero también momentos de fragilidad, enfermedad, soledad o sufrimiento. En esas circunstancias, una de las necesidades más grandes del ser humano es no sentirse abandonado. Quizá uno de los servicios más hermosos que puede ofrecer este Hogar es precisamente ese: decirle a cada adulto mayor, con gestos concretos, “usted no está solo; usted es importante; su vida tiene valor; aquí hay personas que quieren acompañarlo”.

El evangelio de San Lucas nos presenta a los discípulos discutiendo sobre quién era el más importante. Jesús, con enorme sencillez, coloca delante de ellos a un niño y les enseña que la verdadera grandeza consiste en acoger al pequeño, al humilde, al que no cuenta según los criterios del mundo. Esta enseñanza de Jesús ilumina de manera especial la misión de este Hogar. Para el Señor, la grandeza no está en ocupar los primeros lugares, sino en servir. No está en ser atendido, sino en aprender a entregarse. No está en buscar reconocimiento, sino en hacer el bien con amor.

San Vicente de Paúl comprendió profundamente esta lógica del Evangelio. Su vida estuvo marcada por una sensibilidad extraordinaria ante las necesidades de los pobres, los enfermos, los abandonados y quienes sufrían. Descubrió que servir a una persona necesitada era encontrarse con el mismo Cristo. Por eso organizó iniciativas de asistencia y caridad y promovió comunidades y obras dedicadas al servicio de los pobres. Su ejemplo nos recuerda que la fe cristiana se verifica en la capacidad de amar concretamente y de hacerse cercano al que sufre.

Por tanto, que San Vicente de Paúl sea patrono de este Hogar no es una simple denominación. Es una inspiración y también un compromiso. Significa que este lugar está llamado a ser una casa donde se viva la caridad, donde cada adulto mayor sea tratado con respeto y ternura, donde se cuide no solamente el cuerpo, sino también el corazón y el espíritu. Una casa donde nadie sea considerado una carga, sino una persona con una historia, con una dignidad y con mucho que aportar. Cada uno de nuestros adultos mayores lleva consigo una historia de trabajo, sacrificios, alegrías, luchas, familia y servicio. Muchos de ellos han entregado buena parte de su vida por los demás. Hoy merecen recibir también cariño, atención y gratitud.

El patronazgo de San Vicente es, por tanto, una invitación a todos: a quienes trabajan aquí, para que realicen su servicio con profesionalidad, paciencia y humanidad; a quienes colaboran y sirven como voluntarios, para que descubran en cada gesto una oportunidad de hacer presente el amor de Cristo; a las familias, para que nunca olviden a sus seres queridos y mantengan con ellos vínculos de cercanía, afecto y gratitud; y a toda la comunidad cristiana, para que no permita que nuestros adultos mayores queden al margen de la vida social, familiar y eclesial.

También San Vicente nos invita a mirar hacia los pobres. En nuestros días existen muchas formas de pobreza. Hay pobreza material, pero también pobreza de compañía, de escucha, de afecto y de esperanza. Un adulto mayor puede tener cubiertas sus necesidades materiales y, sin embargo, sentirse profundamente solo. Por eso, una llamada telefónica, una visita, una conversación, una sonrisa, tomar la mano de alguien o simplemente sentarse a escuchar puede convertirse en una verdadera obra de misericordia.

Queridos hermanos y hermanas: que esta celebración nos ayude a renovar nuestro compromiso con una cultura del cuidado y del buen trato. Que nadie sea maltratado, ignorado o descartado por ser anciano, enfermo o vulnerable. Que aprendamos a valorar la sabiduría de los años y a descubrir que una sociedad verdaderamente humana se mide también por la manera como trata a sus mayores.

Pidamos hoy a San Vicente de Paúl que interceda por todos los que viven en este Hogar, especialmente por quienes llevan alguna enfermedad, experimentan soledad o atraviesan momentos de sufrimiento. Que les alcance del Señor fortaleza, paz y consuelo. Y pidamos también por quienes aquí trabajan y sirven, para que nunca pierdan la alegría de su vocación de cuidado.

Finalmente, que el Señor nos conceda a todos un corazón como el de San Vicente: atento ante el sufrimiento, sensible ante la necesidad y dispuesto a servir. Que podamos comprender que cada vez que cuidamos a una persona vulnerable, cada vez que consolamos a quien está triste, cada vez que acompañamos a un anciano, cada vez que defendemos la dignidad de un pobre, estamos sirviendo al mismo Cristo. Que este Hogar, bajo la protección de San Vicente de Paúl, siga siendo una verdadera casa de acogida, fraternidad, caridad y esperanza, donde nuestros adultos mayores puedan sentirse queridos, respetados y acompañados. Y que todos nosotros salgamos de esta celebración con un desafío sencillo pero profundo: que nadie que encontremos en el camino se sienta solo si nosotros podemos ofrecerle un poco de nuestro tiempo, de nuestro cariño y de nuestra esperanza.
Así sea, amén. 

¡San Vicente de Paúl! Ruega por nosotros.

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