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Crisis humanitaria

El Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral de la Santa Sede organizó, días previos a la Semana Santa, un encuentro en Panamá, con obispos de ese país, y en los que estuvimos presentes obispos de Colombia y Costa Rica para reflexionar sobre la migración; además, se organizó una visita al Darién, para palpar de manera directa el drama que viven cientos de miles de personas.

Diferentes organismos han lanzado cifras que solo en 2023 más de 500.000 personas cruzaron este territorio hacia Panamá, con un aumento que ronda el 100% con respecto al año 2022. Para estos primeros meses de 2024, se habla de que son ya más de 40 mil personas las que han cruzado por esta zona.

Lo que hay en Darién es una tragedia humana que clama al cielo por justicia y compasión y que exige voluntad de distintas autoridades de gobierno y solidaridad de parte de todos.

Hay relatos desgarradores de quienes han atravesado el Darién que no pueden ser ignorados. Son historias de sufrimiento, de familias desgarradas por la violencia y la pobreza extrema, de personas dispuestas a arriesgarlo todo en busca de una esperanza que a menudo se desvanece.

Esta crisis humanitaria en el Darién es solo una manifestación visible de un problema mucho más amplio y profundo: la migración forzada. Detrás de cada historia hay causas complejas y sistémicas que exigen una respuesta global y coordinada.

En estos días del encuentro, el 21 de marzo, el Papa Francisco envió una carta y manifestó su cercanía con nuestros hermanos migrantes a quienes describe como “la carne sufriente de Cristo, cuando se ven forzados a abandonar su tierra, a enfrentarse a los riesgos y a las tribulaciones de un camino duro, al no encontrar otra salida”.

De manera directa, en la carta, el Santo Padre también les dice: “No tengan miedo de mirar a los demás a los ojos porque no son un descarte, sino que también forman parte de la familia humana y de la familia de los hijos de Dios”.

Es muy importante que no volvamos la mirada a otro lado, cuando vemos hermanos migrantes que también cruzan por nuestras calles, cerca de nuestras casas, oficinas, comunidades… Como he repetido muchas otras veces, son hermanos nuestros con la ilusión y la esperanza de buscar una vida mejor.

No podemos dar la espalda a aquellos que huyen del sufrimiento y de la opresión. Necesitamos políticas que aborden las causas fundamentales de la migración y protejan los derechos de los migrantes en tránsito.

Todos nosotros, como miembros de la casa común, tenemos un papel que desempeñar en esta lucha por la dignidad humana. Si podemos ayudar con lo material, debemos hacerlo; pero, sobre todo, debemos promover y manifestar la sensibilización y la compasión hacia los migrantes en nuestras comunidades.

Demos testimonio con los mismos sentimientos de Cristo, especialmente nosotros los cristianos, cuando vemos este drama que sufren a menudo cientos de miles de personas en todo el mundo. Actuemos como una sociedad más solidaria en la cual todos somos hermanos y en la cual todos habitamos una misma tierra.

Fermento 315. Martes 9 de abril, 2024

El diácono no cesa de “anunciar a tiempo y a destiempo” la fuerza transformadora de la vida del Resucitado

Ordenación diaconal de los acólitos Daniel Enrique Ulate Conejo y Fernando Vásquez Vargas.

Sábado de la Octava de Pascua, 6 de abril de 2024, Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Queridos hermanos todos en el Señor Resucitado:

En medio de la inmensa alegría por la Resurrección del Señor Jesús, y con el gozo de encontrarnos como Iglesia diocesana de Ciudad Quesada, nos reunimos entorno a la doble mesa de la Palabra y de la Eucaristía, para celebrar la feliz ordenación diaconal de los acólitos Daniel Enrique Ulate Conejo y Fernando Vázquez Vargas, hermanos nuestros y miembros de esta Iglesia Particular. En este momento, especial recuerdo y nuestra enorme gratitud para la diócesis de Matagalpa, Nicaragua, y para mi muy querido hermano Mons. Rolando José Álvarez Lagos, que nos han dado a Fernando para el servicio de nuestra diócesis.

La liturgia de la Octava de la Pascua, que estamos celebrando, nos permite entrar en la dinámica del acontecimiento central de nuestra fe, que es la Resurrección del Señor, a la vez que nos hace partícipes del estupor del misterio del que somos parte por el bautismo, ser testigos del Resucitado. El sagrado rito de la ordenación diaconal nos abre las puertas al misterio de la Pascua de Jesucristo, porque precisamente el diaconado en la Iglesia es una llamada al servicio de la doble mesa celebrativa, mesa de la Palabra y de la Eucaristía, las cuales tienen como fuente el Misterio Pascual.

El diácono es el hombre que, en primer lugar, está al servicio del “misterio”. Es el creyente que ha tenido contacto con el misterio fascinante de la persona de Jesucristo, crucificado y resucitado, y el que al escuchar su voz de Buen Pastor le ha seguido en libertad y totalidad con el único deseo de que el Señor pueda llegar al mayor número de personas a través de su servicio desde la Palabra que proclama y desde el altar eucarístico en el que sirve. La fuerza de su ministerio radica en la convicción de lo que testimoniaban Pedro y Juan en la primera lectura: “No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”. Esta certeza envuelve y transforma al ministro sagrado, en este caso, al diácono, y le capacita para ser creíble en el anuncio del Evangelio. Sin duda alguna, esta credibilidad brota de un auténtico encuentro con la persona de Jesús Resucitado. El ministro sagrado sirve con todo su ser al “misterio” que le ha cautivado y no cesa nunca de anunciar el gozo del Reino de Dios, porque esta experiencia se ha convertido dentro de sí en pasión que le devora, como al apóstol Pablo, cuando dice: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”.

El ministerio confiado al orden de los diáconos está profundamente unido al testimonio que, con su vida, más que con sus palabras, debe prestar al Pueblo de Dios. La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles ha evidenciado la audacia que debe tener el testigo de Jesucristo. No se deja atrapar por criterios humanos de complacencia y aceptación, huye de la trampa de quien cultiva una imagen centrada en sí mismo, es capaz de ir contra corriente cuando hay que anunciar y denunciar desde el Evangelio, porque siempre habrá que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Solamente así será creíble, cuando abrazado a la cruz del Señor, como los apóstoles en el texto de los Hechos, no tema cárceles, azotes, persecuciones, calumnias, difamaciones, señalamientos y burlas a causa del Evangelio. Entonces, en la prueba y en la persecución, dará “gloria a Dios por lo sucedido”, y fortalecido por la comunión que genera la fraternidad en el Presbiterio de la diócesis encontrará una nueva familia que le acompaña y estimula en la vivencia de la fidelidad a su ministerio sagrado. Signo manifiesto de esta comunión es la promesa de obediencia al Obispo que, en pocos momentos, realizarán nuestros hermanos Daniel Enrique y Fernando.

El texto del Evangelio de San Marcos, que se ha proclamado, concluye con un envío: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación”. La Iglesia tiene conciencia de que el anuncio profético que le ha sido confiado por su Señor la convierte en “signo de contradicción”. Por ello, la constatación de las consecuencias de esta misión no la atemoriza, todo lo contrario, la lanza con “parresía” al amplio escenario de la historia para anunciar la buena noticia de la salvación. Unido a la Iglesia, el diácono no cesa de “anunciar a tiempo y a destiempo” la fuerza transformadora de la vida del Resucitado, que ofrece vida eterna a todo hombre y mujer de buena voluntad. Este empeño pastoral lo acerca al misterio del dolor del corazón humano, a los rostros de pobreza y soledad que se multiplican cada vez más en nuestra sociedad post moderna, a la constatación de las consecuencias del egoísmo, del ansia de poder y de la discriminación; lo acerca al mundo de los migrantes y a la cultura de la imagen, marcada por la autosuficiencia, la vaciedad, el narcisismo y la indiferencia.

Quiero recordar lo que he dicho desde el inicio de la homilía, el diácono debe ser testigo del “misterio”. Siendo así, nutriendo su vida del contacto con Dios en la oración, litúrgica y personal, de su relación con los sacramentos, especialmente del bautismo que puede celebrar, de la Palabra que anuncia y de la caridad solidaria con los diversos rostros de pobreza que le rodean, el diácono, hombre de Dios para el servicio del Pueblo Santo, llevará a cabo el ministerio a él confiado con la certeza que nos ofrece hoy el salmista: “El Señor es mi fuerza y mi energía”. Así, con un corazón indiviso, asumiendo la belleza del celibato por el Reino de los Cielos, será libre para amar y dispuesto para servir, porque desposeído de sí, se ha centrado en Jesucristo, y desde Él, puede confesar con el salmo 117, proclamado en esta celebración eucarística: “Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación”.

En este día, nuestra Iglesia de Ciudad Quesada se llena de alegría con la ordenación diaconal de estos dos hermanos nuestros, Daniel y Fernando, y los confía a la protección maternal de Nuestra Señora de Guadalupe, y al cuidado solícito del gran modelo de pastor que fue San Carlos Borromeo, nuestro Patrono. Que el Resucitado haga muy fecundo, gozoso y feliz el ministerio de estos hermanos que enseguida serán ordenados diáconos para gloria de Dios y bien de la Santa Iglesia. Que así sea, amén.

Vivir la alegría de la resurrección

La Octava de Pascua nos invita a vivir plenamente el misterio de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Después de una Semana Santa llena de reflexión y contemplación sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, ahora celebramos con gozo y alegría su victoria sobre el pecado y la muerte.

Como católicos, nuestra fe se centra en el acontecimiento más importante de la historia: la resurrección de Jesucristo. Es en este hecho que encontramos nuestra esperanza y nuestra salvación.

San Pablo nos recuerda en 1 Corintios 15,17: ” Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados”. La resurrección de Cristo nos libera del pecado y nos ofrece la promesa de la vida eterna.

En estos días de la Octava de Pascua, no hay mayor alegría que la certeza de que Cristo ha resucitado. Esta alegría debe reflejarse en nuestras vidas y en nuestro testimonio ante el mundo. Como cristianos, estamos llamados a ser testigos de la resurrección, a irradiar la esperanza y la alegría que viene de saber que Cristo ha vencido a la muerte.

Recordemos también las palabras del Salmo 117, 24: “Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él”. Cada día que se nos regala es una oportunidad para alegrarnos en la victoria de Cristo sobre la muerte y para renovar nuestra fe en su poder redentor.

Sigamos el ejemplo de las mujeres que fueron al sepulcro en la mañana de Pascua. Con valentía y alegría anunciaron al mundo la buena noticia de la resurrección. ¡Que nosotros también seamos portadores de esta buena noticia, compartiendo el mensaje de esperanza y salvación que encontramos en Cristo!

En medio de las alegrías y las preocupaciones de la vida cotidiana, no olvidemos el verdadero significado de la Pascua. Que nuestra alegría no sea superficial ni pasajera, sino arraigada en la certeza de la resurrección. Que cada acción y cada palabra nuestra refleje la luz de Cristo que brilla en nuestros corazones.

Ojalá en este tiempo pascual podamos ser testigos vivos de la alegría que brota de la tumba vacía. Preguntémonos, ¿qué sería de nuestra vida si Cristo no hubiera resucitado? Si la tumba no estuviera vacía, solamente encontraríamos desolación y tristeza, nuestra vida tendría fin y no existiría la esperanza.

La I Encíclica del Papa Francisco, Lumen Fidei, n. 17, nos expresa: “la muerte de Cristo manifiesta la total fiabilidad del amor de Dios a la luz de la resurrección. En cuanto resucitado, Cristo es testigo fiable, digno de fe (cf. Ap 1,5; Hb 2,17), apoyo sólido para nuestra fe”.

Como católicos somos llamados para testimoniar una vida que invite a otros a experimentar la misma esperanza y la misma paz que encontramos en Cristo resucitado. La alegría de la resurrección debe ser un impulso para transformar la sociedad.

¡El amor que se ha manifestado en la resurrección nos ayude a ser testigos coherentes del que es verdadero amor y verdadera vida! ¡Felices Pascuas de resurrección!

Fermento 314. Martes 2 de abril, 2024

La vida auténtica, plena, verdadera y perdurable sólo está en Cristo

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor,

Domingo 31 de marzo de 2024, Misa del Día. Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

De manera especialísima, en este día glorioso, exultamos y exclamamos con el salmo 117 diciendo: “Este es el día del triunfo del Señor”. Cristo ha resucitado, el sepulcro está vacío, Aquél que estuvo clavado en la cruz y murió, está vivo. Este es el gran anuncio y la gran verdad que da sentido a nuestra fe. Con su resurrección, Cristo ha triunfado de la muerte, ha vencido el poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. Su presencia viva nos llena de profunda alegría, de un gozo indecible y de una esperanza firme, porque Él es el Dios con nosotros, que sigue actuando en el mundo, en la historia y en la vida de cada uno de nosotros.

Desde la palabra de Dios que se nos ha proclamado, en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pedro anuncia el mensaje fundamental de la fe cristiana o primer anuncio: Cristo está vivo, ha resucitado el que mataron colgándolo de un madero. La certeza de que el Señor vive y que salió del sepulcro es lo que sostuvo la fe de los primeros cristianos y nos sostiene hoy a nosotros. La presencia viva de Cristo transforma la vida de las personas, por ello, vemos cómo Pedro y los demás discípulos sintieron un impulso irresistible por anunciar y proclamar la verdad de la resurrección. Nosotros, hoy en día, estamos llamados también a proclamar que en Cristo resucitado está la vida, el perdón de los pecados y la esperanza en la vida eterna, el anhelo de nuestra propia resurrección. Como fruto de la Pascua que hoy iniciamos, seamos testigos audaces y valientes de esta nueva vida que Cristo nos ha dado con su victoria sobre la muerte. Cristianos auténticos, decididos, convencidos, testimonios de verdad.

En la segunda lectura de San Pablo a los colosenses, el apóstol nos pide buscar las cosas de arriba, como consecuencia de esta vida nueva. Por tanto, estamos llamados a dejar lo terreno, a superar nuestro afán de egoísmo y nuestro apego a las cosas pasajeras. Si hemos muerto al pecado con Él, hemos de estar abiertos a una vida nueva que se proyecta a la esperanza de entrar un día en su gloria. Por ello, no somos de este mundo ni estamos para este mundo, sino para el más allá, para lo eterno.

El sepulcro vacío, que primero encuentra María Magdalena y luego comprueban Pedro y Juan, es el anuncio del gran acontecimiento del poder de Dios que ha resucitado a su Hijo de entre los muertos, tal y como nos lo ha dicho el evangelio de hoy. El sepulcro vacío es la afirmación de que el que había muerto ahora está vivo. Ellos vieron y creyeron, y entendieron que resucitaría al tercer día. Nosotros hemos recibido este anuncio y creemos también. Sólo la noche fue testigo de este acontecimiento maravilloso. Para nosotros, desde la fe, el sepulcro no fue el lugar donde estuvo muerto Jesús, sino el lugar del gran acontecimiento de la resurrección. Creemos y aceptamos el testimonio de los apóstoles y del evangelio para que en Cristo busquemos y encontremos la verdadera vida. Hoy que tanto se habla de calidad de vida, la vida auténtica, plena, verdadera y perdurable sólo está en Cristo, el hombre nuevo, el verdadero modelo para una humanidad renovada en el bien y en el amor.

El apóstol Pablo afirma que, si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe no tendría sentido. Sería una fe en un Dios de muertos y no de vivos. No es una fe de Viernes Santo, sino de Domingo de Pascua. Sin Cristo resucitado nuestra vida no tendría sentido, quedaría vacía y sin esperanza. Con su muerte y resurrección, hemos sido rescatados de la muerte eterna. Su muerte y resurrección es el precio que Dios ha pagado para que tengamos vida y vida eterna; para que hagamos pascua pasando de la oscuridad a la luz, del egoísmo al amor, del mal a la capacidad de hacer el bien. Por todo esto, alegrémonos y regocijémonos, demos gracias y alabemos al Señor. Sólo en Él está nuestra vida, nuestra alegría, nuestra esperanza y nuestra paz.

La celebración siempre pascual de la Eucaristía es la prueba y la certeza de la presencia viva y continua del Señor resucitado. Él vive entre nosotros y nos sigue alimentando con su cuerpo glorioso y con su sangre preciosa para resucitar con Él el último día. Terminamos ciertamente la Semana Santa, pero iniciamos el tiempo pascual que estamos llamados a vivir con gran esperanza, alegría y compromiso de llevar una vida nueva, según el modelo de Cristo resucitado que nos ha redimido y nos ha transformado por su misterio pascual.

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! Aleluya, aleluya, aleluya.

Resucitar es correr el riesgo de transmitir al mundo vida, alegría y esperanza

Solemnísima Vigilia Pascual,

Sábado Santo, 30 de marzo de 2024. Catedral de Ciudad Quesada, 8:00 p.m.

Desde el inicio de nuestra celebración, se nos decía claramente que estamos en la liturgia más importante y central de todo el año litúrgico, la meta para la cual nos hemos venido preparando durante la Cuaresma, la madre de todas las vigilias de la Iglesia. Estamos en el silencio de la noche contemplando y esperando. Contemplando la obra maravillosa de Dios que actúa en la historia por nuestra salvación. Y estamos esperando, aguardando en vigilante espera el acontecimiento central de nuestra fe cristiana: la resurrección y el triunfo glorioso de Cristo sobre la muerte. Es la aurora de la luz que disipa las tinieblas del miedo, del mal, del pecado y de la muerte. Nuestro Dios es Dios de vivos, no de muertos. No es un Dios fracasado, sino resucitado y glorificado. Por eso no nos quedamos en la oscuridad ni en el silencio del viernes y del sábado santo, estamos pasando hacia la aurora del gran día de la resurrección, del domingo de la victoria, de la luz y la alegría suprema.

Estamos en la vigilia que nos lleva al momento de la resurrección de Cristo, no es simplemente una Misa larga. Es una vigilia que nos hace esperar, orar, contemplar y escuchar. Esta es la noche del paso de Dios, de la pascua del Señor. Hemos comenzado con la bendición del fuego y de la luz que irrumpe en las tinieblas de la muerte. Hemos cantado el pregón pascual que nos ha hablado de la victoria de Cristo en la resurrección y de la redención de la que hemos sido objeto por el misterio pascual. Hemos escuchado bellos e ilustrativos textos de la Palabra de la Palabra de Dios que, paso a paso, momento a momento, nos han llevado por toda la historia de la salvación, desde la creación a la redención, para hacernos ver el paso de Dios, la acción maravillosa de este Dios que nos ha querido salvar y dar vida nueva, teniendo, por supuesto, su culmen y centro, en la resurrección de Jesucristo. Cristo, muerto y resucitado, es el cumplimiento de todo ese camino salvífico. Contemplemos los hechos, los acontecimientos y el paso de Dios en nuestra vida, en nuestra historia.

La primera lectura del Génesis, al narrarnos la creación del mundo y del hombre, pone de manifiesto que Dios nos ha creado para vivir en perfecta comunión con él y esto es posible plenamente gracias al misterio pascual de Cristo. Dios todo lo ha hecho muy bueno y quiere hacer cosas maravillosas con el mundo y nosotros. Este Dios que todo lo ha hecho bueno, nos crea y nos libera al mismo tiempo.

La segunda lectura, también del Génesis, nos presenta el sacrificio de nuestro padre Abraham, que casi inmola a su hijo Isaac. Este es un texto que nos enseña la confianza y la obediencia como expresión de una fe verdadera. Nosotros estamos llamados a esperarlo todo de Dios, sólo en él está nuestra confianza. Esa fue la clave de la vida del Señor Jesús, así asumió la muerte en la cruz como Hijo único del Padre que sí fue sacrificado para darnos vida con su resurrección.

La tercera lectura del Éxodo nos pone en contacto con la pascua judía que hoy actualizamos en la pascua cristiana. Es una confesión de fe del pueblo de Israel que da testimonio del paso liberador de Dios para su pueblo en Egipto. Liberación de la esclavitud que es sólo posible gracias a la grandeza y a las maravillas de Dios. Vimos cómo aparece el agua como signo destacado. A través del agua, ya en el misterio pascual, Dios nos libera y nos hace renacer gracias a la muerte y resurrección de su Hijo, hecho que se realiza en el bautismo que es liberación y recreación.

La cuarta lectura de Isaías destaca la comunión profunda entre Dios y su pueblo, es una relación matrimonial-esponsal. Estamos inmersos en el amor de Dios que es fiel y eterno, por eso a nada debemos temer, esto debe suscitar en nosotros gran confianza. Pese a darle nuestra espalda a Dios por nuestra infidelidad, el Señor nunca nos abandona ni nos rechaza, al contrario, nos hace participar de su amor y santidad, y esta realidad llega a plenitud en Cristo resucitado.

Siguiendo adelante, en esta contemplación de los hechos salvíficos de Dios, la quinta lectura, también de Isaías, nos consuela y nos llena de esperanza en esa obra recreadora que Dios tiene para nosotros. Se nos habla de un nuevo éxodo, de la llamada constante de Dios, del camino de búsqueda que tenemos que hacer de Él, del perdón que Dios nos da. Pero, sobre todo, se nos habla de la promesa de una alianza perpetua que Dios quiere sellar con nosotros su pueblo. Y se compara a un banquete que nos saciará plenamente para quedar colmados de los dones y gracias de Dios. Por supuesto, esto se realiza en la alianza nueva y eterna que Cristo sella en el misterio pascual, es el culmen, es el centro de toda la acción maravillosa y salvadora de Dios.

En la sexta lectura, nos habla el profeta Baruc que también nos invita a la esperanza porque Dios quiere cambiar el destino de su pueblo que se ha alejado de Él. Y esto será posible solamente a través de un camino que nos conduce a la luz del Señor. Y es una promesa que se abre a otros pueblos más allá de Israel, aquí estamos incluidos nosotros. Por consiguiente, ese cambio, esa novedad radical y esa luz plena se cumplen en la resurrección gloriosa de Cristo.

La sétima y última lectura del Antiguo Testamento es del profeta Ezequiel. Bellísimo y esperanzador texto. Al pueblo rebelde Dios lo va a purificar con agua y le dará un corazón nuevo. La acción del Espíritu de Dios nos va a purificar y vivificar. Por supuesto, hemos sido purificados por la sangre de Cristo, hemos sido lavados por el agua del bautismo que nos ha dado vida nueva, la vida de Dios, por eso debemos tener un corazón nuevo.

La lectura de la carta a los Romanos nos pone de manifiesto la justificación y la redención en Cristo, gracias a su misterio pascual. Hemos sido liberados del pecado en el bautismo que nos ha sepultado con Cristo en su muerte y nos ha hecho renacer por el agua para resucitar.

Finalmente, el evangelio de Marcos da testimonio del gran acontecimiento y del gran paso de Dios en una noche como esta. Lo que descubrieron las mujeres en la mañana del domingo, piedra corrida del sepulcro, tumba vacía y testimonio del ángel, es el gran anuncio del triunfo de Jesús que ya no está en el sepulcro porque ha resucitado. Se ha manifestado la omnipotencia de Dios en la pascua de su Hijo. Levantado y victorioso del sepulcro, Jesús nos da una vida radicalmente nueva y luminosa. Hemos recorrido y contemplado acontecimientos maravillosos en esta Vigilia. Con la resurrección y el triunfo de Jesucristo con su resurrección se cumplen, se hacen presentes todas las promesas y todo este camino adquiere pleno sentido.

La palabra anunciada se realiza en el sacramento, por ello, enseguida tendremos la liturgia sacramental. La fuente sacramental inicial de vida nueva y salvación es sin duda el bautismo. Vida nueva para quienes hemos recibido ya el don inmenso del bautismo, y cuyas promesas renovaremos hoy. Vida nueva para estos hermanos catecúmenos adultos que reciben esta noche la riqueza de la iniciación cristiana. La Pascua es el ofrecimiento y la posibilidad de una vida nueva para un mundo descreído, egoísta, violento e indiferente, que muchas veces vive y actúa como si Dios no existiera.

Hermanos, la Pascua de resurrección nos invita a ser hombres y mujeres nuevos en Cristo, con nuevos criterios y motivaciones, con deseos de transformar el mundo y la sociedad, pasando del egoísmo y la violencia a la fraternidad y la paz. Una humanidad nueva que se centre en valores morales y espirituales y no simplemente en los criterios pasajeros de materialismo y placer. Resucitar con Cristo es darnos el chance a ser diferentes y renovados. Resucitar es correr el riesgo de transmitir al mundo vida, alegría y esperanza en medio de tantos signos de muerte, tristeza y pesimismo. Vayamos a anunciar que Cristo está vivo, que Él quiere cambiar y transformar el mundo.

Estamos celebrando la Eucaristía. En ella se renueva la pascua, en ella proclamamos la muerte del Señor y celebramos su victoria en la resurrección.  Nosotros, los regenerados por el bautismo, somos convocados a este banquete para que la celebración de la Eucaristía produzca en nosotros los frutos de la pascua salvadora de Jesucristo: vida nueva, santidad, fidelidad, transparencia, superación del pecado y del mal, pero, sobre todo, crecimiento en la gracia por el amor de Dios en el que vivimos y del cual hemos de dar testimonio por la vida nueva en Cristo Resucitado que queremos anunciar y compartir con todo el mundo. ¡Aleluya, aleluya, aleluya! Amén.

Jesús levantado en la cruz: dejémonos atraer siempre por su amor infinito

Celebración de la Pasión del Señor,

Viernes Santo, 29 de marzo de 2024. Catedral de Ciudad Quesada, 4:00 p.m.

Con esta acción litúrgica entramos en el primer día del Triduo Pascual. Hoy la Iglesia no celebra la Eucaristía, sino que el centro es esta celebración o acción litúrgica de la pasión y muerte del Señor que tiene como signo característico la cruz de Cristo. Nos encontramos en una de las celebraciones más impresionantes y conmovedoras de la Iglesia, pues, hoy, Viernes Santo, es el día de la entrega amorosa y extrema de Jesús hasta la muerte, pasando por su pasión dolorosa. Hoy es un día para detenernos y contemplar, con silencio reverente, este amor inmenso; detenernos para dejarnos envolver por el infinito y salvador amor de Dios, manifestado en su Hijo, el cordero manso e inocente que se entrega obedientemente a la muerte por nuestra redención.

Ciertamente la realidad de la pasión evoca dolor y sufrimiento, pero hoy no celebramos el dolor o la tristeza, sino el amor. La pasión y la muerte de Jesús es un acto voluntario de entrega del Señor, expresión del amor más grande por medio del cual hemos sido salvados. Hoy contemplamos y adoramos especialmente el signo de la cruz: ella es el árbol de la vida, es el trono de gloria donde ha sido exaltado Jesús como Dios y como Rey, después de haber sido humillado y despreciado. La cruz expresa el amor inmenso de Dios que no tiene límites en la ternura, la misericordia y el perdón que nos manifiesta. Hemos sido salvados a precio de la sangre de Cristo que nos ha purificado. Valemos la sangre de Cristo derramada en la cruz por nuestra redención. Esto es extremo y estulticia del amor de Dios por nosotros.

Los textos de la Palabra de Dios, que se nos han proclamado, desvelan este misterio extremo de amor, amor salvífico y redentor.

En la primera lectura del profeta Isaías, tomada del cuarto cántico del siervo de Dios, se nos prefigura la pasión de Cristo con detalles impresionantes que revelan este extremo de amor por nosotros del siervo que se entrega por los pecadores. “Muchos se horrorizaron porque estaba desfigurado …  ya no tenía aspecto de hombre … despreciado y rechazado, varón de dolores … Soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores … humillado, traspasado por nuestras rebeliones … por sus llagas hemos sido curados”. Dramática y elocuente descripción de la entrega amorosa del siervo, por ello, se ofrece como cordero inocente, cargando los pecados del pueblo, se deja llevar en silencio como cordero al matadero. Acepta libremente la muerte para liberarnos de nuestras culpas.

Desde la segunda lectura de la carta a los hebreos, este siervo y cordero que se inmola es Cristo, quien muere cuando se inmolan en el Templo los corderos para la Pascua. Su entrega es el verdadero sacrificio pascual y lo hace entregándose como sumo sacerdote que se compadece de nuestros sufrimientos, porque él ha pasado por el sufrimiento, nos decía el autor del texto. Se entrega y se inmola obedeciendo, a pesar de ser Hijo. Obedeció padeciendo, por eso su sacrificio es perfecto y es causa de salvación para nosotros. Por tanto, Cristo crucificado es el verdadero Cordero Pascual. ¡Qué extremo y estulticia de amor!

La versión de la pasión de Jesús, del evangelio de San Juan, pone de manifiesto afirmaciones de capital importancia que expresan el inmenso amor de Dios. La pasión de Cristo no es un fracaso, es más bien su glorificación, es exaltado en la cruz, reina desde la cruz para salvarnos. El crucificado es Dios, por eso su muerte es triunfo glorioso para nosotros. Hoy contemplamos a Jesús levantado en la cruz, él nos atrae con la fuerza transformadora del amor de Dios; dejémonos atraer siempre por su amor infinito. Hoy miramos con fe y esperanza al que ha sido traspasado y es causa de salvación y redención para todos nosotros. De su corazón traspasado ha brotado sangre y agua, ha nacido la Iglesia como sacramento de salvación. Dirigimos nuestro corazón al que muere y dice “Todo está consumado”, pues ha cumplido a la perfección el plan amoroso del Padre; se ha entregado para que con su muerte gloriosa tengamos vida y vida eterna. De verdad que “nadie tiene amor más grande que Aquél que da la vida por los que ama”. De verdad, Cristo ha cumplido todo por nuestra salvación. Amor extremo e infinito, amor desconcertante, incomprensible, amor total.

De inmediato vamos a adorar la cruz no por su expresión material, sino por su significado profundo y salvador. La miramos, contemplamos y adoramos porque es el árbol de la vida, es nuestra esperanza, en ella estuvo el Salvador y es la expresión inequívoca de su amor infinito. La cruz debe recordamos siempre el precio que Dios ha pagado por nuestra salvación y redención.

Un Viernes Santo como hoy, Cristo murió en la cruz, pero también, en la actualidad y lamentablemente, muchos cristianos, hermanos nuestros, en Medio Oriente y en muchas partes del mundo, son perseguidos y asesinados por el solo hecho de ser cristianos. Pidamos por todos los que sufren a causa de su fe cristiana. Que la cruz de Cristo les dé fuerza y esperanza, que el Señor los sostenga y anime, que les dé fortaleza con su pasión gloriosa. Pedimos hoy especialmente por el conflicto bélico actual en Gaza; que cese la guerra, que el Señor conceda a esos territorios y poblaciones el don de la paz. Basta ya de tanta muerte, sobre todo de niños inocentes.

Hermanos, concluiremos nuestra liturgia de hoy con la comunión eucarística, esta comunión nos hace participar de la muerte gloriosa de Cristo y de sus frutos de salvación. Nos hace entrar en la alianza sellada con la sangre del Cordero de quien nos ha venido la redención eterna.

¡Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos! Porque con tu santa cruz y muerte redimiste al mundo. Amén.

Colecta del Viernes Santo

La colecta universal para Tierra Santa y los Santos Lugares se lleva a cabo este Viernes Santo 29 de marzo.

“Como sabemos, lamentablemente, la situación de nuestros hermanos cristianos en Tierra Santa y Medio Oriente cada día es más dramática y peor; realidad que exige nuestra solidaridad y ayuda cercana”, destacó Monseñor José Manuel Garita Herrera, Obispo de Ciudad Quesada, al exhortar esta colecta.

El dinero recaudado de esta colecta se destina de manera completa para que llegue a Israel, los Territorios Palestinos, Jordania, Siria, Líbano, Chipre, Egipto, Etiopía y Eritrea, Turquía, Irán e Irak.

El año pasado en la Diócesis de Ciudad Quesada se recogió en la Colecta de Viernes Santo ₡5.056.649.

Monseñor pide la generosidad de los fieles tomando en cuenta en este momento la situación actual entre Israel y Gaza.

Precisamente, ante este panorama, el prefecto del Dicasterio para las Iglesias Orientales, el cardenal Claudio Gugerotti, ha enviado una carta a los obispos de todo el mundo para animar a que se unan, un año más, a esta iniciativa.

“En todo lugar en la Iglesia Católica se convierte en una obligación para los fieles el ofrecer su ayuda en la así llamada Colecta Pontificia para la Tierra Santa, que se recoge el Viernes Santo o, para algunas áreas, en otro día del año. La haremos también este año, esperando en una particular generosidad por vuestra parte”, reseñó.

“Aparte de la custodia de los Santos Lugares que han visto a Jesús, están –todavía vivos y operantes, aun entre mil tragedias y dificultades, con frecuencia causadas por el egoísmo de los grandes de la tierra– los cristianos de la Tierra Santa. Muchos en la historia han muerto mártires por no ver cortadas las raíces de su antiquísima cristiandad. Sus Iglesias son parte integrante de la historia y de la cultura de Oriente”, explica Gugerotti.

Monseñor Garita pidió a los sacerdotes de nuestra diócesis motivar la colecta que tiene este fin noble y necesario.

El aporte se ofrece a la Santa Sede desde donde se distribuyen los recursos para el sostenimiento de Tierra Santa y los Santos Lugares.

Si no nos amamos de verdad, no tenemos que ver nada con Jesús

Misa Vespertina de la Cena del Señor,

Jueves Santo 28 de marzo de 2024. Catedral de Ciudad Quesada, 6:00 p.m.

En la intimidad y sobriedad de este momento y de esta hora, con esta solemne Misa Vespertina de la Cena del Señor, nos encontramos en la introducción del sagrado triduo pascual que tendremos viernes, sábado santo y domingo de resurrección. Entramos en las horas y momentos cruciales de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Este es el atardecer que nos evoca los momentos íntimos e intensos del encuentro de Jesús con sus discípulos para dejarles su testamento supremo antes de entregar su vida. Esta memorable cena nos hace actualizar celebrativamente tres hechos profundos e impresionantes: 1.- La institución de la Eucaristía. 2.- La institución del sacerdocio ministerial. 3.- El lavatorio de los pies y el testamento del mandamiento supremo del amor.

Sin duda alguna, estos tres acontecimientos aglutinan el elemento clave que recoge la riqueza de esta celebración: la entrega redentora de Cristo que se ofrece a la muerte como cordero pascual y que, dejándonos el tesoro de la Eucaristía, nos fortalece con el alimento de su cuerpo y su sangre que ha entregado y derramado. Amor extremo y total, amor de entrega y servicio, amor que se abaja y se humilla. Hemos sido salvados no tanto por el dolor de Cristo, sino por su entrega amorosa, total, gratuita y extrema de sí mismo por nuestra redención.

Los densos y hermosos textos de la palabra de Dios, que se han proclamado, ponen de manifiesto la profundidad del contenido y significado de estos acontecimientos salvíficos que estamos celebrando.

La primera lectura del Éxodo nos narra el rito y la celebración de la cena pascual de los israelitas al salir liberados de la esclavitud de Egipto. Ofrecimiento e inmolación del cordero pascual, rociamiento con su sangre de las puertas de las casas, cena con la carne del cordero, panes y hierbas amargas. Y, sobre todo, el paso, la pascua del Señor que libera a su pueblo de la esclavitud.  Jesús, la noche antes de su muerte, como fiel judío, se reúne y celebra el mismo rito pascual, pero con un nuevo contenido y significado: él mismo va ser el cordero pascual que se ofrecerá en la cruz y su sangre derramada va a ser la que nos purifique y libere. Esta es la alianza nueva y eterna que Jesús sella con su propia entrega amorosa.

San Juan, en su evangelio, nos coloca en la intimidad y profundidad de la última cena. Jesús está celebrando la pascua con sus discípulos. Ha llegado la hora, el momento de la entrega del Señor. El evangelista así lo consigna solemnemente: “… sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Dos gestos profundos e impresionantes marcan este encuentro singular del Señor con sus discípulos y esta tarde con nosotros que los conmemoramos celebrativamente:

1.- Compartir la cena: tomó y bendijo el pan y el cáliz, Jesús afirma que ese pan es su cuerpo que se entrega, y que ese vino es su sangre que se derrama por nosotros. Este es el anticipo de su entrega total en la cruz hasta la muerte, como lo hará el día siguiente. Es el memorial y la alianza eterna que actualizamos cada vez que celebramos la Eucaristía. Entrega su cuerpo y su sangre en la cruz. Nos da su cuerpo y su sangre como alimento en la Eucaristía. Se entrega y se da todo, sin reservas, en el extremo del amor.

2.- Lavar los pies: este gesto quedaba para los esclavos que debían atender a sus señores y a los invitados. En medio de la cena, inesperadamente, Jesús se levanta y asume la figura de esclavo y siervo, de humilde servidor que se rebaja y da ejemplo. Es el testimonio de humildad, servicio y entrega. Aunque es el Señor y el Maestro, da ejemplo supremo de que el mandamiento para el cristiano es el amor mutuo, la entrega y el servicio de unos a otros. Él no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar la vida por todos nosotros. Este es el sentido profundo del lavatorio de los pies. Por ello, el Maestro y el Señor nos desafía y nos reta: tenemos que lavarnos los pies los unos a los otros, a través del servicio humilde, callado, desinteresado y generoso. Si Jesús, siendo el Señor lo hizo, cuánto más debemos hacerlo nosotros sus discípulos, los unos a los otros.

Cuando Jesús lava los pies, nos está dejando un legado completo sobre la manera en que debemos comportarnos con los que nos rodean. Lavamos los pies del prójimo cuando nos acercamos a dar una mano a quien lo necesita, cuando escuchamos sus problemas. Lavamos los pies del prójimo cuando no escatimamos nuestro tiempo para visitar a un enfermo, a un anciano, a quien sufre. Sigamos lavando los pies, aunque en nuestra sociedad de hoy sea un gesto que pocos valoren e incluso que cause burla o crítica, pero estamos siguiendo las enseñanzas del Señor.

Con este gesto, Jesús nos ha dado ejemplo supremo de amor, humildad y entrega. Nos ha dado ejemplo total entregando su vida a la muerte por nuestra salvación. El mandamiento, la vivencia y la práctica del amor es lo que nos distingue como discípulos verdaderos del Señor, lo demás son palabras y buenos sentimientos. Si no nos amamos de verdad, si no nos lavamos los pies los unos a los otros, no tenemos que ver nada con Jesús, como fuertemente le dijo a Pedro.

Hermanos, compartir la cena de la propia entrega y lavar los pies a los discípulos, son los dos gestos concretos que resumen el amor total de Jesús que se entrega por nosotros hasta la muerte. Amar no es fácil a causa de nuestro egoísmo que nos repliega, encierra y nos hace buscar nuestro propio bienestar y comodidad. Jesús no se encerró en sí mismo, por el contrario, se dio y se entregó totalmente. Amar se nos hace casi imposible cuando hay que hacerlo con los que nos han hecho daño, con los que no son ni piensan como nosotros. Entonces, ¿cómo hacer realidad el mandamiento del amor, el lavarnos los pies en el servicio, el dar la vida como Jesús?

El amor sólo puede venir de Dios y será posible solamente cuando escuchemos al Maestro, cuando cumplamos su palabra como norma de vida, cuando seamos obedientes en la fe, cuando seamos humildes y nos dejemos conducir por sus criterios y actitudes, no por nuestros pensamientos, ideas o intereses. La clave está en morir y renunciar a nosotros mismos. Jesús nos ha dicho que el que pierde su vida para este mundo la ganará para la vida eterna. Para amar, tenemos que hacer primero experiencia del amor de Dios nosotros mismos, Él nos ha amado primero, dejémonos amar por Él para amar con el amor de Dios.

Queridos hermanos, para amar y servir, el camino está en cumplir la palabra del Maestro y dejarnos alimentar de Él y por Él en la Eucaristía. Del memorial de la pasión y muerte del Señor nos viene la fuerza y el alimento para hacer realidad el mandamiento del amor, para salir de nosotros mismos y entregarnos como Él con obras de bien, actitudes   de   servicio y   gestos de amor en momentos concretos. San Pablo nos recordaba, en la segunda lectura de la primera carta a los corintios, que la Eucaristía es el memorial de la entrega del Señor. En la última cena, “la noche en que iba a ser entregado tomó pan en sus manos, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre. Hagan esto en memoria mía”. De esta entrega amorosa de Cristo, en la Eucaristía, recibimos la fuerza para vivir en el amor, para amar con el amor de Cristo que sirve y da la vida.

Hoy especialmente damos gracias por la entrega total de Cristo hasta la muerte, por este sacramento eucarístico que nos alimenta y nos da vida eterna. Sin Eucaristía no hay vida cristiana, sin Eucaristía no hay vida en el amor. También damos gracias por el sacerdocio ministerial que hace posible celebrar y actualizar esta alianza nueva y eterna, en la Eucaristía, todos los días en la vida de la Iglesia. Damos gracias por el mandamiento del amor que Jesús nos ha dejado con su propia vida y ejemplo, con gestos y actos concretos. Que el Señor nos colme de su amor para vivir amando, para amar sirviendo, para servir dando la vida, lavándonos los pies los unos a los otros como el Señor lo ha hecho.

Cuánto bien hace el ministerio de un sacerdote santo, humilde, sencillo, manso, generoso y entregado

Misa Crismal, Jueves Santo, 28 de marzo de 2024.

Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos sacerdotes. Con esta Misa Crismal experimentamos una hermosa y profunda expresión de comunión eclesial diocesana. El obispo, como gran sacerdote y santificador de la Diócesis, principio y fundamento visible de unidad en la Iglesia Particular, se reúne con su presbiterio y fieles para celebrar esta Eucaristía con un fuerte carácter bautismal y sacerdotal. De manera particular, conmemoramos la institución del sacerdocio ministerial, por ello, especialmente recordamos el día de nuestra ordenación que nos consagró como ungidos del Señor para siempre y actualizamos los compromisos sacerdotales que asumimos con Dios y con la Iglesia de por vida. Asimismo, hoy se manifiesta también la unidad del sacerdocio y del sacrificio único de Cristo que se perpetúa en la Iglesia a través de los ministros consagrados y marcados sacramentalmente por el orden.

Damos gracias al Señor por el don inmenso de los sacerdotes, principales colaboradores del obispo, y también agradecemos por ustedes, queridos laicos, que nos acompañan y sostienen con su oración, cercanía espiritual y confianza en el ministerio santo que prestamos en favor de ustedes. Gracias por creer y confiar en nosotros. Esto nos anima y nos compromete grandemente.

En esta solemne Eucaristía, que se celebra una vez al año, el obispo se reúne con sus principales colaboradores, los presbíteros, para consagrar el crisma con el que se ungen los nuevos bautizados, los confirmados son sellados, se ungen las manos de los nuevos sacerdotes y la cabeza de los obispos, se consagran las iglesias y se dedican los altares. En comunión con sus presbíteros, el obispo bendice el óleo de los catecúmenos con el que se disponen al bautismo, y también bendice el óleo de los enfermos con el cual ellos reciben alivio en su debilidad. Los presbíteros se asocian hoy especialmente al obispo, puesto que son colaboradores inmediatos suyos en la función santificadora de la Iglesia.

El acento principal de esta solemne Misa es la unción, así lo proclama el contenido de la Palabra de Dios, así lo expresan los signos y, sobre todo, el crisma que se consagra y los óleos que se bendicen. Por el bautismo y la ordenación sacerdotal, todos somos ungidos del Señor. Ungidos los laicos con el sacerdocio común de los fieles; ungidos particularmente los presbíteros por el sacerdocio ministerial y único de Cristo. Tanto unos y otros somos ungidos y enviados para una misión, para un servicio y una tarea que no es nuestra, sino de Dios; una misión que no nos pertenece, sino que se nos ha confiado. No somos ungidos accesoria o externamente, se trata de una unción que marca y nos otorga una identidad nueva.

Isaías, en la primera lectura, hablando del Mesías esperado lo presenta como el Ungido de Yahvé, es el elegido sobre quien está el Espíritu del Señor, que lo ha consagrado con óleo, no para provecho propio, sino para enviarlo y cumplir una misión: la misión de ser buena noticia y esperanza para los pobres, los enfermos, los que sufren, los que están cautivos y esclavos. Unción, consagración y envío para consolar, animar y sostener. Todo cristiano, pero en especial el sacerdote, debe ser testimonio vivo del consuelo, la ternura y la misericordia de Dios. Su ministerio sacerdotal es para los demás, para el bien y las necesidades de los otros. El Señor nos ayude a ser puentes y mediadores entre Él y todos aquellos que se nos han confiado y que han sido adquiridos a precio de la sangre de Cristo.

El evangelio de San Lucas encontramos al Ungido por excelencia, Cristo Jesús, el elegido y enviado del Padre en quien se cumple perfectamente el anuncio de Isaías en la primera lectura. Él es cumplimiento de las promesas y esperanzas. Como Mesías, no sólo trae consuelo, curación y liberación a los que sufren, sino que trae la salvación misma que comunica la vida y la gracia de Dios, el perdón y la misericordia, la alegría, el gozo y la paz. Y estos dones sólo pueden venir de Dios, por ello, en la persona del Hijo, del Ungido y del Mesías se cumple la salvación que anuncia la Escritura.

Porque trae y realiza el cumplimiento de la salvación, Jesús, el testigo fiel, nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su propia sangre y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre. Es el alfa y la omega, el principio y el fin, así lo atestigua el autor del Apocalipsis en la segunda lectura. Para este Ungido, Cristo, la gloria, el poder y la alabanza, porque ha venido a proclamar sin cesar la misericordia de Dios, como nos lo ha dejado patente el salmo 88 de esta Misa.

Queridos hermanos, sintámonos todos ungidos y enviados, asumamos la misión y la tarea de pasar por este mundo haciendo el bien, como Jesús, dando testimonio vivo y efectivo del amor y la misericordia de Dios. Esta tarea corresponde de modo especialísimo al sacerdote, consagrado por el sacramento del orden, configurado especialmente con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, cabeza y esposo de la Iglesia. Esta configuración y unción lleva al sacerdote a ser presencia del mismo Cristo en su vida y a actuar en persona suya. Qué misterio, qué vocación más maravillosa y sublime lleva el sacerdote en su persona. Hoy es un día especial para agradecer y tomar conciencia de lo que somos y llevamos. Hoy es una ocasión particular para renovar y reavivar la identidad, el carisma y la unción que ha impreso en nosotros, de manera indeleble, el sacramento del orden. Esta gracia hay que agradecerla y renovarla todos los días. Por ello, para vivir la unción y el envío de nuestra consagración sacerdotal son necesarias las siguientes actitudes:

1.- Unión íntima y profunda con el Señor: dentro de poco, en la renovación de las promesas sacerdotales, dirán ustedes, presbíteros, ante el obispo y la comunidad, que quieren configurarse cada vez más a Cristo, renunciando a ustedes mismos. Configurarse es identificarse, asemejarse cada vez más a Él. Nuestra identidad sacerdotal es ser y actuar como otros Cristos, con espíritu de unción y santidad, no de mundanidad como nos advierte el Papa Francisco.

2.- Humildad y obediencia para con Cristo y la Iglesia: al actuar en nombre y en la persona de Cristo, el sacerdote en su ministerio no hace su voluntad o su proyecto de vida. El presbítero ya no se pertenece a sí mismo, ha hecho una opción libre, radical y consciente por Cristo y por la Iglesia para el resto de su vida. El sacerdocio no es cosa nuestra ni para beneficio nuestro. Como sacerdote, ya no me pertenezco a mí mismo, sino a Cristo y a la Iglesia. Y esta realidad tan profunda y seria solo se puede vivir en la humildad y en la obediencia, con profundo sentido sobrenatural de fe.

3.- Testimonio y vivencia de santidad: el sacerdote no es un hombre común y corriente; debe ser distinto a los demás. Los fieles esperan y desean que seamos diferentes por nuestro testimonio de santidad de vida, de hombres de Dios, de ungidos y consagrados. El Papa Francisco insiste mucho: “débiles y pecadores, pero no mundanos”. Lo que hace creíble y fecundo el ministerio del sacerdote es el testimonio de su santidad de vida, fiel y alegre todos los días. Cuánto bien hace el ministerio de un sacerdote santo, humilde, sencillo, manso, generoso y entregado; que trata con misericordia y ternura a sus fieles, que da la vida por sus ovejas como el Buen Pastor. Hemos sido ungidos para servir, no para dominar; ungidos para amar, no para lastimar.

Queridos sacerdotes, amemos y cuidemos nuestra vocación de ungidos y consagrados del Señor; tengamos muy clara y vivamos fielmente nuestra identidad sacerdotal: hemos de ser diferentes porque somos otros Cristos. Hemos sido consagrados para vivir con unción, para servir con unción, para anunciar la buena noticia con unción, para amar y tratar a los demás con unción. Es la unción espiritual con la cual hemos sido marcados para difundir el buen olor de Cristo por nuestra santidad y fidelidad de vida. Es la unción de la caridad pastoral que nos lleva a dar la vida sin cálculos ni reservas.

Queridos fieles laicos, oren mucho por sus sacerdotes para que sean santos, fieles reflejos de Cristo el Buen Pastor. Oren para que no se cansen de su vocación y ministerio, para que no se desanimen ni pierdan el amor primero. Queridos seminaristas, que se están formando para el sacerdocio ministerial, tomen muy en serio este camino, sean conscientes de que se trata de un sí y una consagración para toda la vida al Señor y a la Iglesia. Esto es lo que deben discernir y decidir con absoluta responsabilidad, libertad y recta intención.

Vamos a pedir en esta Eucaristía a Cristo, el Ungido por excelencia, que renueve en nosotros el espíritu de santidad sacerdotal, que reavive la alegría de nuestra vocación y que seamos capaces de amar como él hasta el extremo en nuestro ministerio. Al entregarse en su cuerpo y su sangre como alimento en este altar, pidámosle que tengamos la fuerza y la gracia para ser santos y fieles, para vivir como consagrados hoy, siempre y por el resto de nuestras vidas. Él, que nos llamó, nos ungió, nos consagró y envió, nos ayude con su amor y con su gracia. Amén.

No podemos considerarnos exentos de alejarnos, de abandonar e incluso de traicionar al Señor

Miércoles Santo, 27 de marzo de 2024

Estamos a las puertas del Triduo Pascual de los misterios centrales de nuestra fe; se acerca el desencadenamiento de los acontecimientos de la pasión de Jesús. Hoy contemplamos con un dramatismo más cercano al siervo de Dios que es humillado y entregado a la muerte como consecuencia de la traición.

La primera lectura de Isaías nos ofrece parte del tercer cántico del siervo de Dios y se nos presenta como un personaje que identificamos con Jesús en el misterio de su pasión. Se trata de un siervo humillado por las burlas, las afrentas y los golpes: tiraban de su barba y mejilla, recibió insultos y salivazos. Se trata de una descripción casi que calcada de la pasión de Jesús. Pero, en medio de la humillación, este siervo confía plenamente en Dios; sabe que el Señor le hará justicia y que no quedará confundido ni defraudado. Así, confiando y abandonándose en Dios, asumió el siervo Jesús las humillaciones de su pasión. Nos enseña a confiar y a ponernos en manos de Dios en medio de las dificultades, sufrimientos y pruebas de la vida; a no quejarnos ni a renegar, sino a tener la certeza de que Dios no nos abandona, sino que más bien nos sostiene y saca adelante en medio de los momentos más oscuros y dolorosos de la vida. Confianza y capacidad de abandono nos enseña el siervo Jesús.

Pero, además de la humillación, este siervo es entregado a la muerte como consecuencia de la vil traición ni más ni menos que de uno de los suyos, Judas Iscariote, como nos contaba con detalle el evangelio de San Mateo. Ante este desconcertante misterio de la libertad humana de Judas que traiciona y entrega a Jesús por treinta monedas, y sucumbiendo en lo más bajo de su ambición, preguntémonos: ¿Qué pasó con Judas? ¿No fue un discípulo y apóstol elegido y llamado por Jesús como los demás? ¿Acaso no escuchó la predicación de Jesús y presenció sus milagros? ¿No fue enviado como los demás a predicar la palabra y a hacer signos y prodigios? ¿No estaba muy cerca de él y conocía bien al Señor?

La traición de Judas debió tener una larga y previa historia. Desde antes estaría distante de Jesús, aunque estuviera cerca físicamente. Estaba lejos de Jesús en espíritu; su fe y su vocación se habrían resquebrajado poco a poco a causa de la ambición y del egoísmo. Judas permitió que su amor a Jesús se fuera enfriando y terminando, quedando en un seguimiento puramente externo. Su vida de entrega amorosa a Dios se convirtió en una farsa; qué misterio más increíble e incomprensible de la libertad y del actuar humano. De verdad que se trata de una auténtica tragedia, pues la traición habrá sido el resultado de infinidad de infidelidades y faltas de lealtad al Señor desde mucho tiempo atrás.

Hermanos, pero esta dramática realidad no está lejos de nosotros; no podemos considerarnos exentos de alejarnos, de abandonar e incluso de traicionar al Señor; de entregar también a Jesús a causa de nuestros pecados e inconsistencias. Lo más terrible para el amor es la traición. Por ello, hemos de estar muy atentos de nosotros mismos para no traicionar el amor infinito y siempre fiel del Señor. Como Judas, nos podemos enfriar y vaciar, nos podemos disipar y desenamorar, podemos caer en hechos y actitudes que ni siquiera nos podríamos imaginar. Al respecto, decía San Agustín que: “No hay pecado ni crimen cometido por otro hombre que yo no sea capaz de cometer por razón de mi fragilidad, y si aún no lo he cometido es porque Dios, en su infinita misericordia, no lo ha permitido y me ha preservado en el bien” (Confesiones).

Por tanto, si nuestra fragilidad puede sucumbir a cualquier tentación, mal, pecado o crimen, de lo que se trata es que, en contraste a la traición, estemos muy vigilantes de nosotros mismos, que perseveremos en la fidelidad diaria del seguimiento y de la cercanía con el Señor. En fin, se trata de mantener vivo nuestro amor y sintonía con Jesús.

Quisiera detenerme sobre un aspecto de actualidad que tiene síntomas de dramatismo y es la tremenda disminución de nacimientos en nuestro país. Hay pronósticos que ensombrecen el futuro de nuestra sociedad. Parece que traicionamos la disposición a la vida que nos ha dado Jesús. Nuestras acciones no están en conformidad con el principio de fortalecer la célula fundamental de la sociedad. Actualmente tenemos una tasa de fecundidad que ronda el 1.3 hijos por mujer. Se habla de que dentro de una década nuestra población dejará de crecer. En la actualidad rondamos los 53.000 nacimientos aproximadamente por año, y pasaremos de manera más dramática a cerca de 23.000 en menos de 50 años, según las proyecciones. ¿Qué futuro queremos para nuestro país, hermanos? Escuchamos y vemos el testimonio de Jesús que muere y se entrega para darnos vida, y nos volvemos indiferentes.

Muy conscientes de nuestra debilidad y fragilidad, pidamos en esta Eucaristía la fuerza y el alimento que necesitamos para mantenernos vigilantes y fieles; que aleje de nosotros la tragedia y el drama de la traición; que conserve siempre vivo el primer amor en virtud del cual decidimos seguir al Señor para mantener nuestro sí a Él hasta el final de nuestra existencia. Que así sea, amén. 

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