El video que se ha viralizado, desde el pasado lunes 8 de julio, en el que una estudiante es agredida y humillada dentro de un bus, en La Palmera, nos obliga a realizar una amplia reflexión como sociedad, desde la Iglesia, particularmente desde nuestra diócesis, donde ocurrieron los hechos.
Por supuesto que hay indignación por los hechos que se ven en el video y que generan una serie de interrogantes que solo podrán contestar quienes estuvieron cerca de ese violento acontecimiento.
Al menos, en apariencia, cabe cuestionar por qué nadie socorrió a la joven en ese momento; por otro lado, la publicación que se hizo viral deja una serie de interrogantes sobre los valores que vivimos, sobre si se hace como denuncia o como juego, sobre la poca empatía ante el sufrimiento y sobre lo que lamentablemente es una normalización de la violencia.
Ante hechos como este, en el que sabemos hay dos menores involucrados, frente a hechos más graves y situaciones en las cuales las familias viven episodios de dolor, ante estudiantes que sufren bullying en sus centros de estudio, y los crímenes atroces que vemos contra mujeres y la ola creciente de homicidios en el país… ante todo ello debemos tomar acción. Es preciso y urgente buscar la cura para una sociedad que está enferma y que parece no querer reconocerlo, a pesar de otras evidencias en video de nuevos hechos de agresión que siguen surgiendo en los últimos días.
La violencia engendra violencia y vimos también cómo se quiso proceder de parte de algunas personas para tomar justicia en propia mano tras la viralización del video del caso de La Palmera.
Falta la educación en valores, indudablemente; se ha perdido aquella Costa Rica que apostaba por la familia, que privilegiaba la paz, el respeto y la solidaridad. Por muchos años, corrientes que atentan contra la idiosincrasia nacional han penetrado al punto de socavar nuestras raíces y nuestro modo de vivir.
Sabemos que son crecientes los datos que hablan de personas afectadas emocionalmente en nuestra nación. Razones y causas puede haber muchas, pero no estamos llegando a prevenir ni a combatir eficazmente estas situaciones. Falta mayor decisión para ejecutar políticas públicas de salud en esta materia.
Basta ver en carretera cómo la violencia verbal o física se enciende por alguna maniobra. Igual ocurre en las familias. O, ¿acaso no nos dicen nada las centenas de reportes de violencia intrafamiliar de los sistemas de emergencias cuando hay partidos de fútbol?
¡Claro que falta la presencia y la experiencia de Dios en nuestra sociedad! Sin embargo, en función de una tolerancia mal entendida se apartan y se ocultan los valores del Evangelio para que puedan ser vividos, en el mejor de los casos, solo en el ámbito privado, cuando no es que se da una represión fuerte con relación a todo lo religioso. A cambio de estos valores que se quitan del “escenario público”, ¿qué ofrecemos? Nuestra sociedad se sigue perdiendo y no se ven alternativas de recuperación y superación.
Asimismo, constatamos también indignación ante la falta de acciones contundentes y eficaces de las autoridades y, ni qué decir de la impunidad que se vive en nuestro sistema de justicia.
No podemos olvidar las consecuencias del materialismo que abunda, del mal uso de las tecnologías y del consumismo galopante … Es hora de poner un alto. El país debe velar por promover la célula fundamental de la sociedad que es la familia, necesita urgentemente educar en valores y todos hemos de volver nuestra mirada hacia Dios. Hagamos conciencia de estas necesidades, cuidémonos y protejámonos entre todos, desterremos con firmeza todo aquello que enferma a nuestra sociedad y la aleja del respeto debido, de la sana convivencia y de la paz que necesitamos todos.
Fermento 329. Martes 16 de julio, 2024
