Apertura de la misión 2026
Seminaristas Diócesis de Ciudad Quesada
XXVI Domingo Ordinario, sábado 26 de setiembre.
Parroquia Santa Rita de Casia, Río Cuarto, 7:00 p.m.
Hermanos todos, especialmente queridos seminaristas diocesanos:
Con mucha alegría nos reunimos hoy, en esta Eucaristía, para iniciar la Misión 2026 que nuestros seminaristas realizarán en esta comunidad parroquial de Santa Rita de Casia. Es una ocasión de gracia para ellos, para esta parroquia que los acoge y para toda nuestra Iglesia diocesana. No estamos simplemente inaugurando unos días de actividades pastorales; estamos acompañando a unos jóvenes que, habiendo escuchado la voz del Señor, quieren seguir discerniendo y madurando la llamada que Dios les ha dirigido, poniéndose al servicio de su pueblo santo.
El lema que inspira esta Misión, tomado del profeta Isaías, expresa muy bien la actitud que debe acompañar toda vocación: «Aquí estoy, envíame». Isaías no responde solamente con una palabra bonita o con una emoción pasajera. Su «aquí estoy» expresa disponibilidad, apertura y disposición para dejarse enviar por Dios. El Señor pregunta: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte nuestra?», y el profeta responde: «Aquí estoy, envíame». Esta palabra también hoy resuena en el corazón de cada bautizado y, de manera particular, en el corazón de quienes se preparan para el ministerio sacerdotal.
La Palabra de Dios del XXVI Domingo Ordinario, que hemos escuchado, nos ayuda a comprender que la vocación cristiana no puede quedarse en las palabras. En el evangelio de San Mateo, Jesús nos presenta a un padre que envía a sus dos hijos a trabajar en la viña. Uno responde inicialmente que no quiere ir, pero después se arrepiente y va. El otro responde inmediatamente que sí, pero finalmente no va. Con esta parábola, el Señor nos recuerda que ante Dios no basta decir «sí»; es necesario hacer vida ese «sí». La verdadera respuesta a Dios se verifica en las obras, la conversión, la obediencia, la entrega y en el servicio.
Esto tiene una aplicación muy profunda para toda vocación. La vocación bautismal es la primera y fundamental llamada que todos hemos recibido. Por el Bautismo hemos sido incorporados a Cristo, hechos hijos de Dios y miembros de su Iglesia, y hemos recibido la misión de vivir y anunciar el Evangelio. Cada cristiano, desde su propia condición y estado de vida, está llamado a decir al Señor: «Aquí estoy, envíame». Por eso, la Misión de estos seminaristas no es algo separado de la misión de la comunidad. Ellos vienen a vivir acá una experiencia concreta de aquella única misión que Cristo ha confiado a toda su Iglesia.
Queridos seminaristas, ustedes llegan a esta comunidad con una palabra que debe convertirse en actitud y en experiencia: «Aquí estoy, envíame». La Misión que hoy comienzan no debe ser entendida solamente como una práctica pastoral o como una actividad dentro de su proceso formativo. Es una oportunidad para encontrarse con el pueblo de Dios, para escuchar, acompañar, servir, aprender y descubrir que el futuro ministerio sacerdotal no consiste en ocupar un lugar, sino en entregar la vida.
Déjense evangelizar también por esta comunidad. Acérquense a las familias, escuchen sus alegrías y preocupaciones; compartan con los niños y los jóvenes; visiten a los enfermos y a quienes sufren; participen con sencillez en la vida parroquial. No tengan miedo de encontrarse con las realidades concretas de las personas. Allí, en medio de la vida cotidiana, el Señor sigue llamando y sigue manifestando su presencia.
Que esta Misión les ayude a comprender que un sacerdote no está llamado a ser un funcionario de lo sagrado, sino un hombre configurado con Cristo, Buen Pastor, servidor de su pueblo. San Pablo nos ofrece en la segunda lectura de filipenses el criterio fundamental: «Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús». Y nos presenta a Cristo que se despoja de sí mismo, toma la condición de servidor y se hace obediente. La grandeza de Jesús está precisamente en su entrega. No busca imponerse, sino darse; no busca ser servido, sino servir.
Por eso, queridos seminaristas, vivan esta Misión con humildad. No pretendan tener todas las respuestas; aprendan también a escuchar. No busquen protagonismo; busquen servir. No se limiten a realizar actividades; procuren encontrarse con las personas. Que cada visita, encuentro, catequesis, conversación, celebración y cada gesto de cercanía sea una oportunidad para transparentar el rostro misericordioso de Cristo.
Y a ustedes, queridos hermanos de la Parroquia Santa Rita de Casia, les invito a recibir a nuestros seminaristas como hermanos que vienen a compartir la vida y la fe de esta comunidad. Acójanlos con alegría, acompañen su camino vocacional, oren por ellos y ayúdenles también con el testimonio de una comunidad viva, unida, servidora y misionera. La formación de un futuro sacerdote no se realiza únicamente en el Seminario; también se realiza en medio de las comunidades cristianas, donde aprende a conocer, amar y servir al Pueblo de Dios.
Que esta Misión sea, además, una oportunidad para que cada uno de nosotros escuche nuevamente la llamada del Señor. Quizá algunos hemos respondido muchas veces «sí» con nuestros labios, pero nos cuesta llevar ese «sí» a la vida. Quizá otros hemos experimentado cansancio, resistencia o incluso momentos en los que hemos dicho «no» a Dios. Pero el Señor continúa llamándonos. Siempre podemos volver a la viña, recomenzar y renovar nuestra disponibilidad. La conversión es siempre posible, porque Dios no deja de confiar en nosotros.
Al comenzar esta Misión, pidamos de manera especial por las vocaciones sacerdotales y religiosas de nuestra Diócesis. Que el Señor siga llamando jóvenes generosos que sepan escuchar su voz y responder con libertad y confianza: «Aquí estoy, envíame». Y pidamos también por nuestros seminaristas, para que esta experiencia fortalezca su vocación, purifique sus motivaciones y les ayude a descubrir cada día más que el sacerdocio es una llamada a entregar la vida por Cristo y por la Iglesia.
Quiero expresar finalmente mi sincero agradecimiento al P. Daniel Enrique Ulate Conejo, por su disponibilidad y por abrir las puertas de esta comunidad a nuestros seminaristas, y a todos ustedes, queridos hermanos de Santa Rita, por acogerlos con espíritu fraterno. Gracias por hacer de esta parroquia una casa donde ellos puedan encontrarse con el Señor y experimentar la alegría de servir. Mi gratitud también para el P. José Raúl Alfaro Quesada, formador del Seminario Nacional, que acompañará la experiencia de esta Misión de nuestros seminaristas.
Que Santa Rita de Casia, mujer de fe, perseverancia y entrega, interceda por esta comunidad parroquial y acompañe a nuestros seminaristas en estos días de Misión. Que María Santísima, primera discípula y servidora del Señor, les enseñe a responder siempre con confianza y generosidad a la llamada de Dios. Que al terminar esta misión podamos decir con mayor verdad y convicción: Señor, aquí estamos; somos tuyos, envíanos a anunciar tu Evangelio, a servir a nuestros hermanos y a construir tu Reino.
Así sea, amén.
