Peregrinación vicarial. Camino al Año Santo Jubilar 2025. Año de la Oración.
Sábado 14 de setiembre de 2024, Vicaría Foránea San Juan Bosco, Santuario Diocesano Los Ángeles de La Fortuna.
Hermanos todos en el Señor Jesús:
En el contexto del Año de la Oración, damos este paso de preparación espiritual y vicarial camino al Jubileo de 2025, a los pies de nuestra madre y patrona, Nuestra Señora de Los Ángeles, en este Santuario Diocesano dedicado a ella, junto a todos ustedes, clérigos y laicos, que forman parte de la Vicaría Foránea San Juan Bosco. Agradezco la presencia y participación de todos, deseamos y esperamos que esta mañana de oración sea de mucho fruto espiritual para todos y de animación desde la esperanza cristiana en preparación al Año Santo próximo como tiempo de gracia y bendición.
En comunión con toda la Iglesia celebramos hoy la fiesta de la Santa Cruz que destaca este signo e instrumento de salvación y redención en cual el Señor Jesús entregó su vida por nosotros. Por ello, la cruz no es un árbol de muerte, sino de vida; no es un patíbulo, sino un trono de gloria; es el signo más característico de nuestra redención, del amor y entrega total de Cristo por cada uno de nosotros. Cada vez que miramos, tocamos o veneramos una cruz inmediatamente pensamos en ese amor infinito y salvífico de Dios que entregó a su único Hijo hasta la muerte y una muerte dolorosa de cruz.
Esto es precisamente lo que nos transmite San Pablo en la primera lectura de su carta a los filipenses. En ese bello texto, que es parte de un himno cristológico del apóstol, queda patente que el Señor Jesús no solo se ha abajado a través del misterio de la encarnación, sino que se ha rebajado pasando por el rechazo y el sufrimiento hasta la muerte de cruz. Nuestra salvación y redención se ha realizado a través de la humillación y el rebajamiento, por ello dice Pablo que Jesús “no hizo alarde de su condición divina, sino que pasó por uno de tantos y se rebajó hasta la muerte y muerte de cruz”. Recordemos que para entonces morir en la cruz y crucificado quedaba para los malhechores, delincuentes y asesinos; era la máxima humillación a través del más terrible sufrimiento. Por todo ello pasó y sufrió en Señor en la cruz para nuestra salvación.
Pero Cristo ha convertido la cruz como instrumento de muerte que era, en signo de vida y redención. San Juan, en el evangelio que hemos escuchado, pone en palabras de Jesús lo que va a ser su exaltación. Él fue levantado en la cruz, como trono de gloria y no de humillación, para que todo el que crea en él tenga vida eterna; para atraernos a todos a su infinito amor y para darnos la salvación. Por eso, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no muramos, sino que tengamos vida eterna, porque él no ha venido a condenar al mundo, sino a salvarlo. La cruz para Jesús es su glorificación, es su acto supremo de entrega y obediencia, es el amor más grande porque da la vida por los que ama. Cada vez que miremos la cruz, contemplemos y adoremos ese amor total de salvación y redención. La cruz es el precio que Cristo ha pagado por nuestra salvación ¡Qué extremo y locura de amor!
Hermanos, ahora entendemos lo que decía también San Pablo en la primera lectura: porque Cristo se rebajó, Dios lo exaltó sobre todas las cosas, por tanto, al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra y proclame que es Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre. A la luz del misterio de la cruz también entendemos la enseñanza del Señor de humillarse y no exaltarse, de hacerse pequeño y no grande, de ser el último y no el primero, de ser esclavo y no señor. Este es el camino de Jesús, su camino de amor y salvación que hemos de seguir nosotros sus discípulos si deseamos y esperamos salvarnos.
Queridos hermanos, pidamos, a la luz del misterio amoroso y salvífico de la cruz, para que, desde ya, no solo en este Año de la Oración, sino, sobre todo, para el Año Santo Jubilar 2025, al cual nos preparamos, que nuestra Iglesia, y cada uno de nosotros como miembros suyos, seamos y vivamos de verdad como Iglesia de comunión y oración, para cumplir fielmente la misión evangelizadora y testimonial que nos corresponde a todos desde el bautismo con la fuerza salvadora de la cruz de Cristo.
Para renovarnos como Iglesia, con motivo del Año Santo 2025, el Papa Francisco, en su Bula de convocación del mismo titulada “La esperanza no defrauda”, del pasado 9 de mayo, nos lanza grandes llamados para que este Jubileo traiga muchos frutos, por ejemplo, en la remisión de penas y deudas, en la ansiada paz mundial, en desarmar a un mundo que sufre injusticia y pobreza, en la atención efectiva a los más vulnerables, en renovar el deseo de transmitir la vida, en reavivar la esperanza en medio de tanto pesimismo y frustración, en buscar el verdadero sentido de la vida, entre otros llamados también que nos animan a vivir un Año Santo Jubilar muy fecundo no solo para la Iglesia, sino para toda la humanidad también.
Hermanos, que la experiencia orante que estamos viviendo aquí esta mañana, la intercesión eficaz de la Santísima Virgen María, nuestra madre y patrona, Nuestra Señora de los Ángeles, y sobre todo la celebración de esta Eucaristía, unida a la adoración eucarística posterior, nos dispongan a abrir desde ya nuestros corazones, para que el Año Santo 2025 sea fuente de abundantes gracias y bendiciones para todos nosotros, a fin de que seamos y vivamos como Iglesia de comunión y oración en la fe, la esperanza y el amor. Que el Señor nos ayude y que así sea, amén.
¡Te adoramos, oh, Cristo!, ¡y te bendecimos! Porque con tu santa cruz y muerte redimiste al mundo.
