Fiesta patronal en honor de San Juan Bosco.
Parroquia La Fortuna, viernes 31 de enero de 2025.
Un año más, nos concede el Señor la gracia de celebrar la fiesta patronal de esta querida comunidad de La Fortuna, para renovar nuestra fe y confianza en el Señor, nuestro compromiso apostólico con la Iglesia y nuestro firme propósito de imitar las virtudes de San Juan Bosco, patrono de esta comunidad parroquial y a quien hoy celebramos y veneramos solemnemente. Quiera el Señor que esta festividad patronal parroquial traiga abundantes frutos espirituales y pastorales para esta comunidad. Agradezco al P. Alexander y al P. Horacio la amable invitación; reconozco y valoro altamente todo cuanto hacen generosamente a nivel pastoral en favor de la comunidad.
La parábola del evangelio de San Marcos, que hemos escuchado, nos muestra que Jesús se sirve de las cosas pequeñas para actuar en el mundo y en cada una de las personas. El Señor eligió a unos pocos hombres para instaurar su reinado en el mundo. Los apóstoles eran, en su mayoría, humildes pescadores con escasa cultura, llenos de defectos y sin medios materiales. Desde el punto de vista humano, es incomprensible que estos hombres llegaran a difundir la enseñanza de Cristo por toda la tierra en tan corto tiempo.
San Juan Crisóstomo dice que, “con la parábola del grano de mostaza, Jesús mueve a sus apóstoles a la fe y les hace ver que la predicación del Evangelio se propagará a pesar de todo”. Somos también nosotros, como granos de mostaza, frente a la tarea que nos encomienda el Señor en medio del mundo. No debemos olvidar la desproporción entre los medios a nuestro alcance y nuestros escasos talentos, frente a la magnitud del apostolado que vamos a realizar; pero tampoco debemos dejar de tener presente que tendremos siempre la ayuda de la gracia del Señor.
Si confiamos en la ayuda de la gracia, sin perder de vista nuestras limitaciones, nos mantendremos siempre firmes y fieles a lo que el Señor espera de cada uno de nosotros. Con el Señor lo podemos todo.
No nos deben desanimar los obstáculos del medio que nos rodea. El Señor cuenta con nosotros para transformar el lugar donde se desenvuelve nuestro vivir cotidiano: la familia, el trabajo, incluso el mundo. No dejemos de llevar a cabo aquello que está en nuestras manos, aunque nos parezca poca cosa -tan poca cosa como unos insignificantes granos de mostaza- porque el Señor mismo hará crecer nuestro empeño, y la oración y el sacrificio que hayamos puesto dará sus frutos.
El Reino de Dios incluye en sí mismo un principio de desarrollo, una fuerza y una potencia invisible que lo llevará hasta su total perfección. Pero ese desarrollo del Reino no es algo que deba realizarse prescindiendo de nosotros, sino que somos nosotros los que debemos poner las condiciones necesarias para que el Reino llegue a su total desarrollo en nosotros y en los demás.
Habrá muchos fracasos, habrá luchas, pero el crecimiento del Reino de Dios, tiene el éxito asegurado. Por eso hoy vamos a pedirle al Señor que pongamos nuestro esfuerzo, pequeño, insignificante, al servicio de su Reino. Sólo siendo dóciles a la acción del Espíritu Santo, y siguiendo sus inspiraciones, el Señor podrá ir haciendo de cada uno de nosotros el fermento para que en el mundo pueda implantarse su Reino.
Esta enseñanza tan importante del evangelio de hoy, la entendió y vivió muy bien San Juan Bosco. A través de las obras que el Señor le permitió realizar, Don Bosco experimentó el misterio de la eficacia del Reino de Dios y su gracia que hace crecer y dar fruto como el grano de mostaza, o la semilla que se siembra en la tierra. Don Bosco fue el santo de la juventud, el santo de los obreros, el santo de la alegría, el santo de María Auxiliadora. Se consagró a sembrar la semilla del Reino en la niñez y juventud.
Nació en el año de 1815 en Castelnuovo, Piamonte (Italia), de padres humildes pero muy buenos cristianos. De su santa madre, Margarita, recibió una profunda educación cristiana y un gran amor a la Virgen María junto con un gran respeto hacia los sacerdotes. Ambas cosas quedaron profundamente impresas en su alma.
Desde niño demostró estar en posesión de cualidades nada comunes en todos los sentidos: era simpático, agudo, inteligente y trabajador. De pequeño, y después de joven, pero sobre todo de sacerdote, trabajará tanto que parece imposible cómo en sólo 72 años de vida pudo realizar tantas y tan importantes obras.
Cuando vistió la sotana le amonestó aquella santa mujer que fue su madre: “Puedes imaginarte, hijo mío, la gran alegría que embarga mi corazón, pero, por favor, no deshonres nunca este hábito. Sería mejor que lo abandonaras. Cuando viniste al mundo te consagré por entero a la Virgen María; cuando comenzaste los estudios te recomendé la tierna devoción hacia ella; ahora te encarezco que seas todo de ella… si llegas a ser sacerdote, recomienda y propaga siempre su devoción…”.
Tenía muchos sueños y todos ellos muy famosos y se cumplían. Se ordenó sacerdote en 1841 y desde entonces no paró hasta dar cobijo y digna educación a tantos niños que veía abandonados por las calles. El rezo de un Ave María hizo el milagro y fue el primer eslabón de esta maravillosa cadena de sus oratorios. Centenares, millares de niños abandonados encontraron calor, compañía, educación, formación cristiana, comida, vestido y cobijo cariñoso como en su propia casa.
Mamá Margarita y su hijo se desvivían por ayudar a aquellos niños y jóvenes problemáticos que el día de mañana serían buenos padres cristianos. Dos eran las armas de que se servía, sobre todo, Don Bosco, para formarles: la Eucaristía y la Penitencia. Estos dos sacramentos realizaban maravillas en aquellos jóvenes. Obraba milagros, pero siempre atribuía el mérito a la Virgen Auxiliadora. Para continuar su Obra, en 1857, San Juan Bosco fundó los “Salesianos” y poco después las “Hijas de María Auxiliadora”. Antes de que muriera vería su obra extendida por varias naciones del mundo. Falleció un día como hoy, el 31 de enero de l888, hace exactamente 137 años. Con motivo de la pasada y reciente peregrinación jubilar diocesana, tuvimos la gracia de visitar, el pasado viernes 17 de enero, Valdocco, en Turín, donde Don Bosco comenzó toda su obra y construyó la Basílica en honor de María Auxiliadora. Allí tuvimos la gracia de venerar su cuerpo y encomendar a nuestros niños y jóvenes de hoy, del mundo y de la diócesis a este gran apóstol y padre de la juventud.
Hermanos, inspirémonos en la fe y confianza de Don Bosco en la gracia de Dios que hace maravillas, que hace crecer y dar fruto. Que, como él, trabajemos en la Iglesia para dar cobijo, seguridad, formación y crecimiento integral a nuestros niños y jóvenes. Que la gracia del Señor, la acción de María Auxiliadora y la intercesión de Don Bosco nos ayuden, así sea, amén.
