Dignitas infinita: vida, II Parte.

“La vida humana, incluso en su condición dolorosa, es portadora de una dignidad que debe respetarse siempre, que no puede perderse y cuyo respeto permanece incondicional”.

De este modo y de manera contundente la Declaración Dignitas infinita, en su numeral 52, establece la dignidad y el respeto por la persona humana aún en un estado crítico o terminal de enfermedad. Esto viene a poner freno a las corrientes que buscan lo que se ha mal llamado como “muerte digna”, dígase eutanasia, con el fin de evitar el dolor de una persona en su lecho de enfermedad, en las condiciones señaladas.

Continuamos este tema que es de capital importancia por el valor y el don sagrado que representa la vida. Incluso, en el mismo numeral de la declaración, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha puntualizado que la dignidad del enfermo, “exige que todos realicen los esfuerzos adecuados y necesarios para aliviar su sufrimiento mediante unos cuidados paliativos apropiados y evitando cualquier encarnizamiento terapéutico o intervención desproporcionada. Estos cuidados responden al constante deber de comprender las necesidades del enfermo: necesidad de asistencia, de alivio del dolor, necesidades emotivas, afectivas y espirituales. Pero tal esfuerzo es totalmente distinto, diferente, incluso contrario a la decisión de eliminar la propia vida o la de los demás bajo el peso del sufrimiento”.

Cuando se plantea la eutanasia en la sociedad es necesario crear conciencia y actuar de manera coherente, sobre todo los católicos en defensa de la vida. La muerte inducida o provocada no puede funcionar como una salida al dolor o al sufrimiento, y, ojalá, porque sería más grave aún, que tampoco se piense como una forma de ahorrar recursos (económicos, técnicos y/o humanos) en la atención del enfermo en estado crítico o terminal.

No podemos ver al enfermo que sufre como una carga para nadie, ni en el seno de la familia, ni en la sociedad, ni en nuestros sistemas de salud. La búsqueda incesante de cuidados paliativos al alcance de todos debe ser una meta para una sociedad avanzada que procure el cuidado de los más débiles, de los que sufren y aún más, de los que menos tienen y viven el peso de una enfermedad de este tipo. Ninguna condición puede empujarnos a encontrar en la eutanasia una salida.

Otro tema importante, que no puede quedar de lado es que, ante el avance de las leyes de algunas naciones, debe respetarse la objeción de conciencia ante lo que significaría cooperar en lo que también se llama “suicidio asistido”.

“Ante las leyes que legitiman —bajo cualquier forma de asistencia médica— la eutanasia o el suicidio asistido, se debe negar siempre cualquier cooperación formal o material inmediata. Estas situaciones constituyen un ámbito específico para el testimonio cristiano, en las cuales ‘es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres’ (Hch 5, 29). No existe el derecho al suicidio ni a la eutanasia: el derecho existe para tutelar la vida y la coexistencia entre los hombres, no para causar la muerte. Por tanto, nunca le es lícito a nadie colaborar con semejantes acciones inmorales o dar a entender que se pueda ser cómplice con palabras, obras u omisiones”, señala la Carta Samaritanus Bonus sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida, n. 9. Este documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe es del año 2020.

“Es necesario que los Estados reconozcan la objeción de conciencia en ámbito médico y sanitario, en el respeto a los principios de la ley moral natural, y especialmente donde el servicio a la vida interpela cotidianamente la conciencia humana”, se agrega en este numeral.

Pidamos al Señor que nos ayude a enfrentar y sobrellevar el dolor humano asociado a su cruz; no permitamos que el dolor o el sufrimiento nos deshumanice o nos lleve a cometer el acto de atentar contra la vida propia o colaborar para atentar contra la vida de los demás.

Fermento 321. Martes 21 de mayo, 2024