Mensaje para la Presentación de la X Carta Pastoral. “Llamados en tierra fértil”.
Viernes 2 de octubre de 2026.
Queridos hermanos todos:
Presentar esta X Carta Pastoral es, ante todo, una oportunidad para agradecer a Dios por el camino que como Iglesia Particular hemos venido recorriendo. Desde la primera Carta, dedicada a la esperanza, hemos reflexionado sobre la fe, el amor y la misericordia; nuestra identidad y misión evangelizadora; el compromiso social del creyente; el caminar de los jóvenes; nuestra historia como Diócesis; los desafíos de la pandemia y la realidad de la Iglesia en el mundo posterior a ella; y, más recientemente, los retos planteados por las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial y la comunicación.
Con cada una de estas reflexiones he querido iluminar una dimensión concreta de nuestra vida eclesial. Hoy, en continuidad con ese camino, damos un paso más: dirigimos nuestra mirada hacia aquello que está en la raíz de toda existencia cristiana: la llamada de Dios.
Esta X Carta Pastoral lleva por título “Llamados en tierra fértil”, tomando como referencia la parábola del sembrador y aquella explicación de Jesús: “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende: ese da fruto” (Mt 13,23). La imagen de la tierra fértil expresa muy bien lo que deseo proponer a nuestra Diócesis. Dios continúa sembrando su Palabra, sigue llamando y continúa suscitando vocaciones. La pregunta no es si Dios sigue llamando, sino si nosotros estamos disponiendo el corazón para escuchar, acoger, discernir y responder. Somos, al mismo tiempo, tierra que recibe la semilla y sembradores llamados a favorecer que esa semilla dé fruto.
Hablar de vocación es referirse al sentido mismo de nuestra existencia. No estamos aquí por casualidad ni somos fruto de un destino sin propósito. Dios nos ha creado por amor y nos ha llamado a participar de su proyecto. Antes de cualquier vocación particular existe una llamada fundamental que compartimos todos: la vocación a la santidad, que tiene su raíz en el Bautismo. Desde esa vocación común brotan las distintas maneras de seguir a Cristo: el sacerdocio, la vida consagrada, el matrimonio cristiano y la vocación propia de los fieles laicos. Todas son expresiones diversas de una misma gracia y todas tienen como horizonte el amor, el servicio y la entrega.
Esta reflexión adquiere particular importancia cuando miramos la realidad cultural en la que vivimos. Estamos inmersos en un profundo cambio de época, marcado por la velocidad, la tecnología, la inteligencia artificial y una extraordinaria multiplicación de voces y estímulos. El problema no es solamente el ruido exterior; existe también un ruido interior que dificulta el silencio, la atención, la oración y el discernimiento.
Por eso quiero compartir parte del numeral 6 de la Carta, a la luz de este pensamiento: “En medio de múltiples ofertas y de ruidos que confunden, es necesario hacer silencio para escuchar la voz que no grita, pero que permanece. Dios no juega con la vida de nadie; cuando llama, sostiene, acompaña y da la gracia necesaria para responder con generosidad y confianza”.
Vivimos en medio de una creciente secularización y una cultura en la que Dios puede llegar a ser considerado innecesario o relegado al ámbito privado. También encontramos una tendencia a valorar a las personas desde categorías parciales: lo que producen, lo que poseen, la imagen que proyectan o la utilidad que tienen. Cuando la vida se reduce a funcionar, producir o alcanzar determinados resultados, la pregunta por la vocación pierde sentido. Frente a ello, esta Carta quiere reafirmar que cada vida tiene dignidad, que cada persona tiene un lugar y cada existencia está llamada a dar fruto.
En este contexto, la Carta nos invita a mirar nuevamente a Jesucristo. Toda vocación nace de Él. La Sagrada Escritura está llena de hombres y mujeres llamados por Dios: Abraham, Moisés, los profetas, los apóstoles y tantos otros. Entre ellos encontramos a Samuel, quien en medio de la noche escucha su nombre, pero necesita de Elí para comprender que es Dios quien lo llama. Escenas como estas nos iluminan profundamente para aprender a escuchar, para abandonar nuestras seguridades y adentrarnos en la profundidad de la llamada.
Atención a esto: si Dios continúa llamando, la responsabilidad no recae únicamente sobre quien recibe la llamada. También toda la comunidad cristiana tiene una responsabilidad en el nacimiento, acompañamiento y maduración de las vocaciones. De ahí surge uno de los conceptos centrales de esta Carta: la cultura vocacional. No podemos entender la pastoral vocacional como una tarea aislada de un grupo o de una comisión. Toda pastoral debe ayudar a la persona a encontrarse con Cristo, a escuchar su voz y a preguntarse por el proyecto de Dios para su vida.
En este proceso, nuestras parroquias tienen una responsabilidad fundamental. Una comunidad cristiana debe ser un lugar donde las personas puedan sentirse acogidas, escuchadas y acompañadas. En la Carta reconozco y animo el trabajo que ya realizan los Grupos de Animación Vocacional, los GAV, y hago un llamado a fortalecer la oración por las vocaciones.
Quiero destacar especialmente el papel de las familias. La familia es la primera Iglesia doméstica y un verdadero santuario vocacional. Es allí donde una persona aprende inicialmente a amar, servir, creer y entregarse. Por eso, los padres están llamados no solamente a transmitir determinados contenidos religiosos, sino a crear hogares donde se pueda hablar de Dios con naturalidad y donde los hijos puedan preguntarse libremente qué espera el Señor de sus vidas.
A nuestros jóvenes les digo de manera particular: no tengan miedo de preguntarle al Señor qué quiere de ustedes. En una cultura que muchas veces invita a vivir solamente para uno mismo, Jesús continúa mostrando que la verdadera vida se encuentra en el don sincero de sí. No desperdicien la vida buscando únicamente aquello que satisface de manera inmediata. Atrévanse a descubrir una vida grande, una vida entregada, una vida capaz de servir.
También esta Carta dirige una palabra especial a quienes ya han respondido a una vocación: sacerdotes, consagrados y matrimonios cristianos. Nuestra primera promoción vocacional es a través de nuestro propio testimonio. Una vocación vivida con alegría, fidelidad y autenticidad puede despertar en otros el deseo de seguir a Cristo.
Finalmente, recordemos que ninguna vocación existe para sí misma. Toda llamada encuentra su plenitud en el servicio. El sacerdote sirve al Pueblo de Dios; la persona consagrada testimonia la primacía de Dios; los esposos cristianos hacen visible el amor fiel; y los laicos están llamados a transformar desde dentro las realidades de la familia, el trabajo, la cultura, la educación y la vida social. En la diversidad de estas vocaciones no existe competencia ni superioridad, sino la riqueza de una Iglesia en la que cada miembro aporta su propio don para la edificación del único Cuerpo de Cristo.
Queridos hermanos: la Carta Pastoral “Llamados en tierra fértil” quiere ser, finalmente, una invitación a la esperanza. Dios sigue llamando. Nuestra tarea es preparar la tierra: orar, acompañar, formar, escuchar, dar testimonio y crear comunidades donde la semilla pueda crecer. Que esta X Carta Pastoral nos ayude a reconocer que cada uno de nosotros ha recibido una llamada y que la Iglesia Particular de Ciudad Quesada está llamada a ser verdaderamente una tierra fértil, donde abundan los frutos de santidad, de servicio y de nuevas vocaciones. Que nunca falten entre nosotros corazones dispuestos a responder como María: “Hágase en mí según tu palabra”. Que así sea.
Muchas gracias.
