Educación cristiana

El mes de noviembre es dedicado a los educadores; esos hombres y mujeres que dedican su vida, con verdadera vocación, a enseñar integralmente a los demás, no solo con conocimientos académicos, sino también con valores.

Valga el reconocimiento para quienes dedican su vida para que otros aprendan y se desarrollen, para llevar de la mano a niños y a jóvenes que se convertirán con los años en el futuro de la sociedad y que hacen cumplir un derecho inalienable como lo es el de la educación. Aún más, valga el reconocimiento para quienes con su testimonio ayudan a otros a crecer para convertirse en buenas personas y ciudadanos.

Quisiera también aprovechar esta oportunidad para hablar de la educación cristiana, la cual compete a la Iglesia, y que es un derecho para quienes viven la fe. Sabemos de los cambios que se han dado en materia de educación religiosa, y que se ha acomodado a otros principios muy distintos a los que se concibieron desde su creación, en nuestro país.

No obstante, esto no quita que como cristianos busquemos los caminos de formarnos en la fe, deber que desde luego recae primero que nada en nosotros los pastores, pero también en los padres de familia que se han comprometido a educar en la fe a sus hijos.

En las últimas visitas pastorales que he desarrollado en distintas comunidades, reflexionamos sobre lo que hemos perdido en materia de valores y en esa formación que desde el hogar se daba a los niños.

Pareciera que este compromiso ha quedado de lado. Pareciera que muchos solo procuran alcanzar un sacramento como si fuera un título académico, pero no se vive la fe como una experiencia integral y permanente.

“En el cumplimiento de la función de educar, la Iglesia se preocupa de todos los medios aptos, sobre todo de los que le son propios, el primero de los cuales es la instrucción catequética, que ilumina y robustece la fe, anima la vida con el espíritu de Cristo, lleva a una consciente y activa participación del misterio litúrgico y alienta a una acción apostólica”, nos dice la Declaración del Concilio Vaticano II Gravissimum Educationis, n. 4.

Vivir el proceso permanente de catequesis como un itinerario auténtico de maduración en la fe y no como un ciclo para alcanzar un certificado, debe ser el ideal de la comunidad cristiana.

A un lado debe quedar la preocupación que muchas veces se manifiesta en nuestras parroquias sobre la duración de un “curso” o de una catequesis como tal. La pereza, el desánimo y por qué no decirlo, la ignorancia que muchas veces se tiene de los asuntos de la fe, deben quedar atrás.

Si realmente nos decimos creyentes debemos educarnos y prepararnos de una mejor manera. Animo a los educadores católicos para que con su testimonio y ejemplo sigan transmitiendo una educación cristiana y de valores. Exhorto a los sacerdotes y padres de familia a redoblar esfuerzos para llevar una educación cristiana que inspire a nuestros fieles.

Pidamos a Dios que nos ilumine para encontrar mejores mecanismos de educación cristiana en medio de una sociedad que lamentablemente busca apagarla.

Fermento 295. Martes 21 de noviembre, 2023