Eucaristía en el Mes del Educador, Viernes 14 de noviembre de 2025.
Parroquia San Agustín, Puerto Viejo de Sarapiquí, 9:00 a.m.
Hermanos educadores:
Nos reunimos hoy, en este mes del educador, para celebrar esta Eucaristía dando gracias a Dios por su presencia constante en la vida de cada uno de ustedes, que han hecho de la educación no solo una tarea o un empleo, sino una verdadera vocación, un camino de entrega y servicio. El lema que nos convoca -“Educadores peregrinos de la esperanza”- resuena profundamente en el corazón del Evangelio y de la Palabra que hoy hemos escuchado.
En la primera lectura, el libro de la Sabiduría nos recordaba que “necios por naturaleza son todos los hombres que ignoraron a Dios, y no fueron capaces de conocer al que es por sus obras”. El sabio bíblico contempla el mundo y ve cómo el ser humano, al admirar la belleza de la creación, puede perderse si no reconoce en ella al Creador. Este texto es una advertencia, pero también una invitación: educar es enseñar a mirar el mundo con ojos capaces de descubrir a Dios en todo, de encontrar sentido, de reconocer el misterio de la vida y de orientarse hacia la verdad.
Queridos educadores, ustedes son, en medio de esta sociedad fragmentada y a veces sin rumbo, testigos de la búsqueda del sentido. No son meros transmisores de conocimientos académicos. Son acompañantes en el camino del conocimiento, guías en la aventura de descubrir la verdad y el bien. La auténtica educación no se limita a preparar una lección, sino que se abre a la trascendencia, enseña a mirar más allá de lo inmediato, a descubrir que el ser humano está hecho para algo más grande: para amar y para ser amado, para servir y hacer el bien.
El salmo 18, que hemos proclamado, canta con fuerza: “El cielo proclama la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Todo educador cristiano está llamado a ser como ese firmamento: un reflejo del amor creador de Dios. Su tarea no consiste solo en hablar de valores o de virtudes, sino también en mostrar con la propia vida la belleza de la verdad, la justicia y la esperanza. En un mundo saturado de ruido, de palabras vacías y de desánimo, el testimonio de un educador que vive con esperanza, que confía, que no se rinde, es más elocuente que mil discursos.
Jesús, en el Evangelio de San Lucas, nos advierte sobre el peligro de vivir distraídos, de dejar que la rutina y la superficialidad nos anestesien. “Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del Hombre”, dice el Señor. La gente comía, bebía, se casaba… hasta que llegó el diluvio. Es una imagen dura, pero profundamente actual. Vivimos tiempos en los que muchos jóvenes -y también adultos- se sienten perdidos, sin esperanza, absorbidos por la inmediatez, por un mundo que promete mucho y deja el corazón vacío. Frente a esa cultura del vacío, ustedes están llamados a ser faros que orientan, maestros que despiertan, peregrinos que caminan junto a sus educandos hacia la esperanza.
Ser “peregrinos” implica no quedarse inmóviles, no acomodarse. Es avanzar con los ojos fijos en una meta, aun en medio de dificultades. El peregrino sabe que el camino es fatigoso, que a veces se oscurece y que hay tramos empinados. Pero también sabe que vale la pena, porque en el horizonte lo espera el encuentro. Así es su vocación, queridos educadores: una peregrinación. En el aula, en los pasillos, en las reuniones, en los patios de los centros educativos, ustedes siembran esperanza. A veces no ven los frutos de inmediato, pero Dios sí los ve, y los cuida. Cada palabra de aliento, cada gesto de paciencia, cada hora extra dedicada a un alumno con dificultades, cada acto de justicia silenciosa, tiene un valor eterno.
Hoy quiero, como obispo, agradecerles de corazón su servicio, su entrega generosa y su perseverancia. Sé que no siempre es fácil. Soy consciente de que a veces el cansancio pesa, que la burocracia, la indiferencia, la falta de apoyo o la violencia de nuestro contexto social pueden desanimar. Pero recuerden, ustedes son “peregrinos de la esperanza”, no caminan solos. Cristo Resucitado camina con ustedes, como caminó con los discípulos de Emaús, explicando el sentido de todo lo vivido, encendiendo el corazón, partiendo el pan. Él es su compañero de viaje, su fuerza y su descanso.
Educar en esperanza significa creer en cada persona, incluso cuando todo parece perdido. Significa mirar al alumno difícil y ver en él un hijo de Dios. Significa enseñar no solo con la mente, sino con el corazón. Significa creer que siempre hay una posibilidad de cambio, una semilla de bien, una chispa divina esperando ser encendida. Y eso es profundamente evangélico. En un tiempo donde tantos jóvenes se sienten sin rumbo, donde la violencia y la desesperanza crecen, el testimonio de ustedes -con su coherencia, su ternura, su alegría y su fe- se convierte en una verdadera profecía.
Ser educador, desde la fe, es vivir una vocación al servicio de la humanidad, no una simple función. No es solo cumplir horarios o impartir programas. Es un modo de participar en la obra creadora de Dios. Cuando enseñan, están colaborando con el Espíritu Santo, que ilumina las inteligencias y abre los corazones. Cuando acompañan a un niño, a un adolescente, a un joven, están tocando una historia sagrada, una vida única que Dios ama y llama por su nombre.
Por eso, queridos educadores, no se desanimen. Sean testigos de la esperanza, aunque el entorno parezca adverso. No dejen que la rutina apague la llama de su vocación. Recuerden que la esperanza cristiana no es un optimismo ingenuo; es una certeza fundada en el amor de Dios, que no falla. Como dice San Pablo, “la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (Rom 5,5).
Que esta Eucaristía renueve su ánimo y su compromiso. Que el Señor les conceda sabiduría, paciencia y alegría en su tarea. Que puedan seguir siendo educadores que no solo enseñan, sino que inspiran, que no solo instruyen, sino que transforman, que no solo informan, sino que forman corazones libres, responsables y solidarios.
Que María, la Virgen Educadora y Maestra del Evangelio, los acompañe siempre en su peregrinar. Ella, que supo acoger la Palabra, guardarla en su corazón y ofrecerla al mundo, los sostenga en su misión. Y que el Espíritu Santo, fuente de toda esperanza, renueve en ustedes el don de la vocación educativa.
Queridos educadores, gracias por su entrega silenciosa, por su paciencia, por su fe. Gracias por seguir creyendo en el valor de cada persona, por ser artesanos de humanidad, sembradores de esperanza. Que Dios los bendiga abundantemente, les dé descanso en el alma y alegría en el corazón. Y que, en cada aula, en cada palabra, en cada gesto, sigan haciendo visible al Dios que educa, que acompaña y que nunca deja de amar. Que así sea, amén.
