El Año Santo Jubilar debe ser para todos un momento de encuentro vivo y personal con el Señor Jesús

Tiempo de Navidad. Fiesta de la Sagrada Familia.

Apertura diocesana del Año Santo Ordinario 2025. Jubileo de la Esperanza.

Domingo 29 de diciembre de 2024. Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Como parte de la Octava de Navidad, celebramos esta importante y significativa fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José; la santa familia de Nazaret. Al mismo tiempo, con gran alegría y gozo, abrimos, como familia eclesial y a nivel diocesano de Ciudad Quesada, el Año Santo Ordinario 2025, Jubileo de la Esperanza, en comunión con la Iglesia universal. Esperamos abundantes y bendecidos frutos de este tiempo de gracia que nos regala nuestra santa madre Iglesia.

El hecho de que Jesús haya pertenecido a una familia humana, y de que haya vivido en ella, es una consecuencia lógica e inmediata del misterio de su encarnación. Con su nacimiento entre nosotros, el Hijo de Dios ha entrado en nuestra humanidad e historia, ha querido asumir una cultura, un pueblo, una familia y una historia. En este sentido, bien decía San Pablo VI que “la familia de Nazaret es la escuela donde se empieza a entender la vida de Jesús”.

Nuestra vida, historia, desarrollo y realización empiezan y se gestan en la familia, de allí que su existencia y función tiene gran importancia para la enseñanza de la Iglesia y para la vida social. La familia es célula fundamental de la sociedad y lugar donde se manifiestan los principales acontecimientos sociales. Y desde nuestra perspectiva religiosa, nosotros creemos y asumimos que la familia es Iglesia doméstica, en la cual se recibe, experimenta, transmite y testimonia la fe.

Los textos de la palabra de Dios nos han instruido en el significado, importancia y experiencia de la familia desde una visión de fe. La primera lectura, del libro del Eclesiástico, es la enseñanza de un sabio y experimentado anciano dirigida a las generaciones jóvenes que se abren paso en la vida. Es deber de los hijos, en el seno de la familia, honrar y respetar a los padres. Honra y respeto que tiene múltiples bendiciones de Dios: perdón de los pecados, escucha de la oración, vida larga y tranquila para quien actúa con comprensión, indulgencia y cuidado con sus padres, por medio de quienes Dios nos ha dado la vida.

San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los colosenses, nos hace ver que los deberes en la familia son mutuos: de padres a hijos y de hijos a padres por igual. En la familia cristiana han de vivirse y practicarse los valores del hombre nuevo en Cristo: misericordia, bondad, dulzura, comprensión, aceptación mutua. Pero, por encima de todo, debemos vivir el amor y la paz que nos unen en Cristo. La familia cristiana tiene en la fe una fuente inagotable de valores para su auténtica realización y felicidad.

El evangelio de San Lucas nos narra una escena y un acontecimiento importantes de la familia de Nazaret. Cuando Jesús tenía ya doce años, sus padres lo llevan a las festividades de Pascua en Jerusalén. De esta forma, notemos, en primer lugar, que la familia de Nazaret se presenta como una familia religiosa y piadosa; ellos tienen a Dios como centro de sus vidas, cumplen sus mandamientos, le rinden el culto debido. Asimismo, como toda familia, la familia de Nazaret comparte experiencias, acontecimientos e incluso sufrimientos y angustias, sobre todo cuando Jesús se separa de sus padres sin saberlo ellos, y se queda con los doctores del templo. Jesús respeta y obedece a sus padres, pero su relación con Dios es fundamental y prioritaria. Jesús toma conciencia de que las cosas de Dios deben estar en primer lugar. Al mismo tiempo, queda claro que Jesús crecía en saber, estatura y favor de Dios al interno de la familia santa de la cual formó parte.

Hermanos, como familia de Iglesia diocesana estamos reunidos en esta celebración para abrir e inaugurar el Año Santo Ordinario 2025, Jubileo de la Esperanza, como tiempo de gracia de Dios y de maternidad de la Iglesia. Nos corresponde vivir nuestra fe en un cambio de época muy drástico y dramático, el cual, entre muchas otras consecuencias, ha provocado que nos encontremos con frecuencia con personas desanimadas, que miran el futuro con escepticismo y pesimismo, como si nada pudiera ofrecerles realización y felicidad.

El Año Santo Jubilar estará caracterizado por la esperanza que no defrauda; la esperanza en Dios que nos llevará a recuperar la confianza necesaria -tanto en la Iglesia como en la sociedad- en los vínculos interpersonales, en las relaciones internacionales, en la promoción de la dignidad de toda persona y en el respeto de la creación.

El Año Santo Jubilar debe ser para todos un momento de encuentro vivo y personal con el Señor Jesús, «puerta» de salvación (cf. Jn 10,7.9); con Él, a quien la Iglesia tiene la misión de anunciar siempre, en todas partes y a todos como «nuestra esperanza» (1 Tm 1,1). La peregrinación de cada uno de nosotros hacia los templos designados en nuestra diócesis será expresión de nuestro caminar hacia la vida eterna que debe ser nuestra esperanza última como discípulos misioneros de Jesucristo. Ponerse en camino es un gesto típico de quienes buscan el sentido de la vida y la eternidad.

Estamos llamados a redescubrir la esperanza en los signos de los tiempos que el Señor nos ofrece, por ello, es necesario atender a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia. En este sentido, los signos de los tiempos, que contienen el anhelo del corazón humano necesitado de la presencia salvífica de Dios, requieren ser transformados en signos de esperanza, entre ellos señalamos:

1. Tener y vivir en paz en todo el mundo.

2. Superar la pérdida del deseo de transmitir la vida, traducido en un apoyo real a las generaciones jóvenes para engendrar hijos como fruto de la fecundidad de su amor.

3. Recuperar la alegría de vivir, porque el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26), no puede conformarse con sobrevivir o subsistir mediocremente, amoldándose al momento presente y dejándose satisfacer solamente por realidades materiales.

4. Ser signos visibles de esperanza para tantos hermanos que viven en condiciones de penuria como los presos, los enfermos que están en sus casas o en los hospitales, los jóvenes sin esperanza, los migrantes, los ancianos, los pobres.

5. Concretizar que todos los bautizados, cada uno con su propio carisma y ministerio, somos corresponsables de la evangelización. En nuestra diócesis, será un gran signo de esperanza caminar juntos en las decisiones tomadas en la reciente Asamblea diocesana de pastoral, en la cual definimos el norte diocesano de pastoral y las tres prioridades pastorales: evangelización-kerigma-misión; pastoral familiar y acompañamiento de la juventud.

Finalmente, hermanos, la indulgencia es una gracia jubilar que nos permite descubrir cuán grande es la misericordia de Dios. Por este motivo, también con ocasión del Jubileo Ordinario de 2025, por voluntad del Santo Padre, los fieles, peregrinos de esperanza, podrán conseguir la indulgencia jubilar llevando a cabo una peregrinación a los lugares autorizados.

Vamos a pedir en esta Eucaristía que Jesús, María y José nos ayuden a comprender y a poner en práctica el proyecto de Dios sobre la familia. Valoremos y cuidemos el don y el regalo de nuestras familias. Asimismo, oremos para que el Señor nos ayude a obtener abundante fruto espiritual del Año Santo Jubilar de la Esperanza que hemos iniciado por gracia suya. Que así sea, amén.

ÚLTIMAS NOTICIAS