Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
Viernes 27 de junio de 2025.
Jornada de Oración por la Santificación de los Sacerdotes. Catedral de Ciudad Quesada, 6:00 p.m.
Hermanos todos en el Señor:
En esta Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, la liturgia nos invita a contemplar el misterio del amor divino que brota del Corazón traspasado de Cristo. Una solemnidad, a diferencia de las fiestas y las memorias, celebra con máxima exaltación un misterio central de la fe. Hoy glorificamos ese Corazón abierto que revela la infinita misericordia de Dios. Al mismo tiempo, en la Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes, unimos nuestra plegaria al Corazón de Cristo para que, en comunión con Él, nuestros presbíteros sean configurados más plenamente a su imagen.
El profeta Ezequiel, en la primera lectura, nos presenta al Dios-Pastor que cuida de sus ovejas con ternura: “Buscaré mis ovejas; salvaré las perdidas, traeré las descarriadas, vendaré a las heridas…” Este texto profético subraya que el Corazón de Jesús padece por cada uno de nosotros, y que su compromiso es reavivar nuestra esperanza. El salmo responsorial glorifica a ese Pastor misericordioso: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Es el Dios paciente que nos conduce a reposo, que restaura nuestras fuerzas y nos guía por sendas de justicia.
La segunda lectura de la carta de san Pablo a los Romanos profundiza la forma de ser de ese Corazón: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Este amor no es una idea abstracta, sino una presencia viva que transforma el interior del creyente y hace de nosotros testigos audaces de la misericordia divina. Por su parte, el Evangelio de san Lucas nos presenta la alegría de Dios por la oveja recuperada: “Os digo que así habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta…” El Corazón de Jesús late por cada alma, y su júbilo se desborda cuando nos volvemos y convertimos a Él.
Frente a este misterio de amor y misericordia, nos preguntamos: ¿Cómo imitar los sentimientos y las actitudes del Corazón de Cristo hoy? Ante todo, cultivando el amor compasivo: abrir el oído y el corazón a los sufrimientos ajenos, defender la dignidad de los débiles y compartir el pan, el consuelo y la esperanza. También, practicando el perdón generoso: así como el Corazón de Jesús abraza al pecador arrepentido, nosotros debemos ofrecer trato misericordioso en lugar de juicio rígido. Finalmente, involucrándonos en la reparación y la adoración con actos concretos de amor (ayuno, oración, limosna) y con el cultivo de la devoción al Corazón de Jesús, fuente viva de gracia, reparamos tantas ofensas al amor de Dios.
Hermanos, también conviene que nos detengamos a considerar algunas características esenciales del Corazón de Jesús, pues en ellas encontramos un modelo concreto para nuestras vidas.
1.- El Corazón de Jesús es un Corazón humilde y obediente:
Cristo no vino a hacer su propia voluntad, sino la del Padre que lo envió. Su Corazón está enteramente abierto a la voluntad divina, incluso cuando esta voluntad significa cruz y sufrimiento. Esta actitud de obediencia amorosa es esencial para todo cristiano: no buscar el propio interés, sino dejarse conducir por la voluntad de Dios, confiando en que su designio es siempre salvación y vida.
2.- El Corazón de Jesús es un Corazón compasivo y misericordioso:
Cada página del Evangelio muestra a Jesús conmovido ante el dolor humano. Este Corazón compasivo es refugio para el pecador arrepentido y fortaleza para el cansado. Así hemos de actuar nosotros.
3.- El Corazón de Jesús es un Corazón ardiente de amor:
Él mismo declara: “He venido a prender fuego en el mundo y ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lucas 12,49). El fuego que arde en su Corazón es el amor que quiere abrazar toda la creación, purificar lo impuro, derretir el odio, deshacer las indiferencias.
4.- El Corazón de Jesús es un Corazón paciente:
Cuántas veces los discípulos no comprendieron su mensaje, discutieron entre sí, dudaron y huyeron. Sin embargo, Jesús no los rechazó. Les corrigió con amor y esperó con paciencia su conversión. Así nos trata también a nosotros y espera que tratemos igualmente a los demás.
5.- El Corazón de Jesús es un Corazón herido, pero victorioso:
Del costado abierto por la lanza brotaron sangre y agua, signo de los sacramentos que vivifican a la Iglesia. Cristo no ha amado con palabras sino con hechos, y ha llevado en su carne las señales de su amor. Sus heridas son hoy fuente de vida. Como decía san Agustín: “El costado abierto de Cristo es la puerta de la vida”.
Hermanos, en la Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes elevamos súplicas para que su ministerio no sea solo una función externa, sino una ofrenda de amor configurada con el Corazón de Jesús. El sacerdote es, por su ordenación, “alter Christus”, “otro Cristo”. Su fidelidad a la llamada requiere, ante todo, la gracia de la santidad interior. Oramos para que ejerzamos nuestro ministerio con fidelidad, dignidad y santidad, haciendo creíble y confiable así el servicio que prestamos a la Iglesia.
¿Por qué es necesario orar por la santidad de los sacerdotes? Porque un sacerdote santo refleja al mismo Cristo y atrae las personas a Dios. Oramos por los sacerdotes porque en sus fragilidades humanas, expuestas a las pruebas del tiempo y de la cultura secularizada, necesitan la protección de ese Corazón traspasado. Oramos por los sacerdotes porque la Iglesia se enriquece de la fidelidad y santidad de sus pastores. Orar por ellos es, por tanto, colaborar con la obra redentora de Cristo, que “con un solo sacrificio llevó a la perfección, para siempre, a los santificados” (Hebreos 10,14).
Al ofrecer en esta solemnidad el Sacrificio Eucarístico, renovemos nuestra consagración al Corazón de Jesús. Implorémosle, como comunidad eclesial, la santidad de nuestros sacerdotes para que, configurados al Buen Pastor, guíen con celo y ternura a sus fieles; para que su vida sea un testimonio vivo de la caridad y de la entrega total; para que nunca falte en sus manos el bálsamo de la misericordia, la palabra que sana y el pan que fortalece. Así, la Iglesia avanzará junto al Pastor divino y la alegría del cielo resonará en la tierra por cada persona que, al amparo de este Corazón, descubra el rostro compasivo de Dios. Así sea, amén.
¡Sagrado Corazón de Jesús! En Vos confío. ¡Jesús, manso y humilde de corazón! Haz mi corazón semejante al tuyo.
