El cristiano ha de estar en un camino constante de conversión y renovación interior

Miércoles de Ceniza, 18 de febrero de 2026.

Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Hermanos todos en el Señor:

Con el signo austero y elocuente de la ceniza iniciamos hoy el santo tiempo de la Cuaresma, un itinerario espiritual que la Iglesia nos ofrece cada año para disponernos interiormente a celebrar la Pascua del Señor, corazón y culmen de nuestra fe cristiana. No se trata simplemente de un tiempo litúrgico más, sino de un verdadero “Kairós”, es decir, de un tiempo favorable, una oportunidad de gracia en la que Dios sale a nuestro encuentro y nos llama a volver a Él con todo el corazón.

En la primera lectura, el profeta Joel nos lo ha recordado con palabras fuertes y directas a la vez: “Convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto y con luto; rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos”. Notemos que no se trata de un llamado a la apariencia externa ni a gestos vacíos, sino a una conversión auténtica y profunda, que brote del interior. Dios no se deja impresionar por ritos sin alma; Él mira el corazón. Y el motivo de esta llamada a la conversión no es el miedo, sino la confianza: “porque el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor”. La Cuaresma comienza, pues, no con una amenaza, sino con una promesa de misericordia.

El célebre y sublime Salmo 50 prolonga este clamor del corazón humano que reconoce su fragilidad y su pecado, pero que se abandona con esperanza en el amor de Dios: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Esta súplica y exclamación del salmista resume bien la actitud cuaresmal: no pretendemos salvarnos por nuestras propias fuerzas, sino dejarnos recrear por Dios. La ceniza que recibiremos sobre la cabeza nos recuerda que somos polvo, pero también que ese polvo está llamado a ser transformado por la gracia del Señor.

San Pablo, en la segunda lectura de su segunda carta a los Corintios, eleva aún más el tono del mensaje de hoy y nos presenta la Cuaresma como un tiempo de reconciliación: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. No somos nosotros los que tomamos la iniciativa; es Dios quien, en Cristo, se ha acercado a nosotros. Y el apóstol insiste: “Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación”. No mañana, no cuando tengamos más tiempo o estemos mejor dispuestos, sino hoy; ya. La Cuaresma nos urge a no postergar la conversión, a no acostumbrarnos a una fe tibia, superficial o de rutina. El cristiano ha de estar en un camino constante de conversión y renovación interior.

El Evangelio según San Mateo nos ofrece las coordenadas concretas para vivir este camino espiritual: la limosna, la oración y el ayuno. Jesús no las presenta como prácticas opcionales, sino como expresiones normales de una vida de fe. Sin embargo, nos advierte con claridad sobre el riesgo de la hipocresía religiosa: hacer el bien para ser vistos, orar para recibir aplausos, ayunar para exhibir sacrificios. El criterio decisivo es la relación con el Padre, “que ve en lo secreto”. La Cuaresma nos invita a purificar nuestras motivaciones, a vivir nuestra fe desde la verdad y la humildad más profundas.

Hermanos, ¿Cómo vivir entonces este santo tiempo de gracia? En primer lugar, cultivando una oración más intensa y sincera, no como obligación, sino como encuentro personal, comunitario y profundo con el Señor. Buscar momentos de silencio, escuchar la Palabra de Dios, dejar que Él nos hable y nos sane interiormente. En segundo lugar, practicando una caridad concreta, que no se quede en buenos deseos, sino que se traduzca en gestos de solidaridad, perdón y cercanía con quienes sufren. Y finalmente, en tercer lugar, recuperando el sentido cristiano del ayuno, no solo como abstinencia de alimentos, sino como ejercicio de libertad interior frente al consumismo, el egoísmo, la indiferencia y la propia autosuficiencia.

En su Mensaje para esta Cuaresma de 2026, el Papa León XIV nos presenta una forma muy concreta, actual y necesaria de ayuno, que él califica de abstinencia. Al respecto nos dice: “Me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”. Notemos cómo el Papa nos propone entonces un ayuno o abstinencia espiritual que tenga incidencia en nuestras relaciones interpersonales, en la manera de tratarnos unos a otros y de vivir puntual y concretamente la caridad cristiana.

Queridos hermanos, la Cuaresma es un camino que no recorremos solos. La Iglesia, como madre y maestra, nos acompaña y nos sostiene. Caminamos hacia la Pascua, hacia la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el pecado. Que este Miércoles de Ceniza sea un verdadero punto de partida, no solo en este tiempo, sino en el corazón. Dejémonos reconciliar con Dios, rasguemos el corazón y abramos de par en par nuestra vida a la gracia. Entonces, cuando lleguemos a la Pascua, podremos cantar de verdad que el Señor ha hecho maravillas en nosotros. Que la gracia de Dios haga muy fecundo en frutos de conversión este santo tiempo, que lo recorramos con fe y esperanza, que el Señor nos recree, transforme y renueve desde lo más profundo de nuestro ser. Así sea. Amén.

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