El diácono no cesa de “anunciar a tiempo y a destiempo” la fuerza transformadora de la vida del Resucitado

Ordenación diaconal de los acólitos Daniel Enrique Ulate Conejo y Fernando Vásquez Vargas.

Sábado de la Octava de Pascua, 6 de abril de 2024, Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Queridos hermanos todos en el Señor Resucitado:

En medio de la inmensa alegría por la Resurrección del Señor Jesús, y con el gozo de encontrarnos como Iglesia diocesana de Ciudad Quesada, nos reunimos entorno a la doble mesa de la Palabra y de la Eucaristía, para celebrar la feliz ordenación diaconal de los acólitos Daniel Enrique Ulate Conejo y Fernando Vázquez Vargas, hermanos nuestros y miembros de esta Iglesia Particular. En este momento, especial recuerdo y nuestra enorme gratitud para la diócesis de Matagalpa, Nicaragua, y para mi muy querido hermano Mons. Rolando José Álvarez Lagos, que nos han dado a Fernando para el servicio de nuestra diócesis.

La liturgia de la Octava de la Pascua, que estamos celebrando, nos permite entrar en la dinámica del acontecimiento central de nuestra fe, que es la Resurrección del Señor, a la vez que nos hace partícipes del estupor del misterio del que somos parte por el bautismo, ser testigos del Resucitado. El sagrado rito de la ordenación diaconal nos abre las puertas al misterio de la Pascua de Jesucristo, porque precisamente el diaconado en la Iglesia es una llamada al servicio de la doble mesa celebrativa, mesa de la Palabra y de la Eucaristía, las cuales tienen como fuente el Misterio Pascual.

El diácono es el hombre que, en primer lugar, está al servicio del “misterio”. Es el creyente que ha tenido contacto con el misterio fascinante de la persona de Jesucristo, crucificado y resucitado, y el que al escuchar su voz de Buen Pastor le ha seguido en libertad y totalidad con el único deseo de que el Señor pueda llegar al mayor número de personas a través de su servicio desde la Palabra que proclama y desde el altar eucarístico en el que sirve. La fuerza de su ministerio radica en la convicción de lo que testimoniaban Pedro y Juan en la primera lectura: “No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”. Esta certeza envuelve y transforma al ministro sagrado, en este caso, al diácono, y le capacita para ser creíble en el anuncio del Evangelio. Sin duda alguna, esta credibilidad brota de un auténtico encuentro con la persona de Jesús Resucitado. El ministro sagrado sirve con todo su ser al “misterio” que le ha cautivado y no cesa nunca de anunciar el gozo del Reino de Dios, porque esta experiencia se ha convertido dentro de sí en pasión que le devora, como al apóstol Pablo, cuando dice: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”.

El ministerio confiado al orden de los diáconos está profundamente unido al testimonio que, con su vida, más que con sus palabras, debe prestar al Pueblo de Dios. La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles ha evidenciado la audacia que debe tener el testigo de Jesucristo. No se deja atrapar por criterios humanos de complacencia y aceptación, huye de la trampa de quien cultiva una imagen centrada en sí mismo, es capaz de ir contra corriente cuando hay que anunciar y denunciar desde el Evangelio, porque siempre habrá que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Solamente así será creíble, cuando abrazado a la cruz del Señor, como los apóstoles en el texto de los Hechos, no tema cárceles, azotes, persecuciones, calumnias, difamaciones, señalamientos y burlas a causa del Evangelio. Entonces, en la prueba y en la persecución, dará “gloria a Dios por lo sucedido”, y fortalecido por la comunión que genera la fraternidad en el Presbiterio de la diócesis encontrará una nueva familia que le acompaña y estimula en la vivencia de la fidelidad a su ministerio sagrado. Signo manifiesto de esta comunión es la promesa de obediencia al Obispo que, en pocos momentos, realizarán nuestros hermanos Daniel Enrique y Fernando.

El texto del Evangelio de San Marcos, que se ha proclamado, concluye con un envío: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación”. La Iglesia tiene conciencia de que el anuncio profético que le ha sido confiado por su Señor la convierte en “signo de contradicción”. Por ello, la constatación de las consecuencias de esta misión no la atemoriza, todo lo contrario, la lanza con “parresía” al amplio escenario de la historia para anunciar la buena noticia de la salvación. Unido a la Iglesia, el diácono no cesa de “anunciar a tiempo y a destiempo” la fuerza transformadora de la vida del Resucitado, que ofrece vida eterna a todo hombre y mujer de buena voluntad. Este empeño pastoral lo acerca al misterio del dolor del corazón humano, a los rostros de pobreza y soledad que se multiplican cada vez más en nuestra sociedad post moderna, a la constatación de las consecuencias del egoísmo, del ansia de poder y de la discriminación; lo acerca al mundo de los migrantes y a la cultura de la imagen, marcada por la autosuficiencia, la vaciedad, el narcisismo y la indiferencia.

Quiero recordar lo que he dicho desde el inicio de la homilía, el diácono debe ser testigo del “misterio”. Siendo así, nutriendo su vida del contacto con Dios en la oración, litúrgica y personal, de su relación con los sacramentos, especialmente del bautismo que puede celebrar, de la Palabra que anuncia y de la caridad solidaria con los diversos rostros de pobreza que le rodean, el diácono, hombre de Dios para el servicio del Pueblo Santo, llevará a cabo el ministerio a él confiado con la certeza que nos ofrece hoy el salmista: “El Señor es mi fuerza y mi energía”. Así, con un corazón indiviso, asumiendo la belleza del celibato por el Reino de los Cielos, será libre para amar y dispuesto para servir, porque desposeído de sí, se ha centrado en Jesucristo, y desde Él, puede confesar con el salmo 117, proclamado en esta celebración eucarística: “Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación”.

En este día, nuestra Iglesia de Ciudad Quesada se llena de alegría con la ordenación diaconal de estos dos hermanos nuestros, Daniel y Fernando, y los confía a la protección maternal de Nuestra Señora de Guadalupe, y al cuidado solícito del gran modelo de pastor que fue San Carlos Borromeo, nuestro Patrono. Que el Resucitado haga muy fecundo, gozoso y feliz el ministerio de estos hermanos que enseguida serán ordenados diáconos para gloria de Dios y bien de la Santa Iglesia. Que así sea, amén.