El mandamiento del amor es un desafío diario para despojarnos del egoísmo y reconocer en el prójimo la imagen de Cristo

Misa Vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, 17 de abril de 2025.

Catedral de Ciudad Quesada, 6:00 p.m.

Hermanos todos en el Señor:

En esta tarde y noche tan solemnes, congregados en la intimidad de nuestra iglesia Catedral, nos encontramos en la introducción del Triduo Pascual recordando el amor redentor de Cristo, cuya entrega nos conduce a la nueva vida de la resurrección. En el contexto del Jubileo de la Esperanza, se nos invita a mirar hacia el futuro con la certeza de la misericordia divina, a renovar en nuestro corazón la esperanza y a comprometernos a vivir en amor, entrega y servicio, siguiendo el ejemplo del Maestro. Por ello, comparto con ustedes los siguientes cuatro pensamientos.

1.- El misterio del pasado y del presente: Del Éxodo a la Nueva Alianza:
La primera lectura, tomada del Éxodo, nos remonta al rito de la Pascua hebrea. Los israelitas, al marcar sus casas con la sangre del cordero, recibían la salvación y la liberación de la esclavitud de Egipto. Este gesto prefiguraba la venida del Cordero de Dios, quien, en la noche anterior a su pasión, instituye la cena pascual con un significado totalmente renovado.

Así, al celebrar hoy la Cena del Señor, recordamos que Jesús se hace Él mismo el Cordero pascual, cuya sangre derramada nos libera del pecado y nos abre el camino a la salvación. Este vínculo entre la antigua Pascua y la nueva alianza nos invita a contemplar el amor de Dios que se entrega a sí mismo para darnos vida.

2.- La institución de la Eucaristía: Memoria y mística presencia:
La segunda lectura, de 1 Corintios, nos recuerda el mandato vital de Cristo: “Hagan esto en memoria mía”. En este sencillo, pero profundo gesto, Jesús se entrega a sí mismo, ofreciendo su cuerpo y su sangre como alimento espiritual y señal de la alianza eterna. Por ello, cada celebración eucarística es un encuentro con el misterio del amor: en la Eucaristía se hace presente el sacrificio redentor que nos fortalece y nos une como comunidad de fe. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, «la Eucaristía es la fuente y el culmen de la vida cristiana»,
llamándonos así a vivir en comunión y a ser portadores de esa esperanza transformadora.

3.- El lavatorio de los pies: Un llamado a la humildad, al servicio y al mandamiento del amor:

El impresionante y solemne evangelio de San Juan, nos sitúa en la intimidad y el dramatismo de la última cena, en la cual Jesús, sabiendo que su hora se acercaba, se despoja de su manto y toma una toalla para lavar los pies de sus discípulos. Este acto, en apariencia sencillo, es una manifestación radical de humildad y amor. Al invertir las posiciones y asumir la condición de siervo, Jesús nos revela que la autoridad se funda en el servicio desinteresado y en la entrega total. El mandamiento del amor se hace palpable en este gesto: «Si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros», sin duda una invitación a vivir un amor que se manifiesta en acciones concretas, superando barreras y prejuicios, y que nos llama a servir sin reservas a cada hermano. El mandamiento del amor es un desafío diario para despojarnos del egoísmo y reconocer en el prójimo la imagen de Cristo. El Papa Francisco ha insistido en que el amor cristiano se expresa en actos de servicio humilde y solidario, recordándonos que cada gesto de ayuda es un reflejo del amor salvador de Jesús. Asimismo, el Santo Padre Benedicto XVI subrayó que en el lavatorio de los pies se plasma el misterio del amor de Dios, un amor que se entrega sin condiciones para redimirnos.

4.- El Orden sacerdotal: Vocación de servicio y testimonio de fe:
La institución eucarística y el lavatorio de los pies se unen en la llamada al sacerdocio ministerial, que no es un fin en sí mismo, sino una invitación a seguir a Cristo, “el siervo de todos”. El sacerdocio, como signo y testimonio de la esperanza, se fundamenta en el servicio.
En estos tiempos, en los cuales el desarraigo y la incertidumbre parecen reinar, la vocación sacerdotal brilla como un faro de luz que guía a la comunidad hacia la renovación y la transformación. Tanto los que ejercemos este ministerio como los laicos -cada cual según su condición- estamos llamados a ser “sacerdotes”, es decir, servidores, en nuestros ámbitos, llevando consigo el testimonio del amor de Dios y siendo artífices de una cultura de encuentro, solidaridad y auténtico servicio.

Hermanos, en el contexto del Jubileo de la Esperanza, esta Cena del Señor adquiere una dimensión especial. Es un tiempo para reflexionar sobre la trascendencia del amor sacrificial de Cristo y para reafirmar nuestra confianza en la misericordia divina. El Jubileo nos invita a dejar atrás las cargas del pasado, a perdonar y a renovar nuestra fe, mirando al futuro con la certeza de que Dios siempre está presente para reconstruir y restaurar nuestras vidas. Cada Eucaristía, cada acto de servicio y cada gesto de humildad es un paso hacia ese futuro prometido, donde la esperanza se convierte en la motivación de una transformación personal, comunitaria y eclesial.

Al conmemorar esta noche la Cena del Señor, se nos revela el misterio de una entrega total y de un amor que no conoce límites por parte de Jesús. Recibamos en la Eucaristía el alimento espiritual que nos fortalece, permitiéndonos ser testigos vivos de la redención y de la esperanza que nos ofrece el Señor.

Sigamos el ejemplo del Maestro, que se humilló para lavar los pies de sus discípulos, recordándonos que el amor y el servicio son la esencia de su mensaje. Renovemos, en este Jubileo, nuestro compromiso de vivir como discípulos auténticos, transformando nuestro entorno con actos concretos de amor y solidaridad. Que la luz de Cristo, encarnada en la Eucaristía, ilumine cada rincón de nuestro ser y nos impulse a ser portadores de esperanza en un mundo sediento de paz y reconciliación. Oremos para que, al vivir este misterio, la gracia del Espíritu Santo nos haga dignos herederos de la nueva alianza y nos guíe en el camino del servicio y de la entrega total. Que así sea, amén.

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