El que está centrado en la llamada y convencido de ella es verdaderamente sabio al saberse sólo del Señor

Jueves de la XXII Semana Tiempo Ordinario, 5 de septiembre de 2024.

Misa Vocacional Diócesis de Ciudad Quesada, Seminario Nacional Nuestra Señora de los Ángeles, 6:00 p.m.

En el contexto de este primer jueves vocacional, celebramos el misterio eucarístico, centro de la vida eclesial. Nos convoca el Padre para darnos, en la doble mesa de la Palabra y la Eucaristía, el don de su Hijo muerto y resucitado, a quien, en este Año de la Oración camino al Jubileo de 2025, descubrimos como maestro de vida eterna que nos anima a crecer en su amistad a través del diálogo fecundo de la plegaria y en la escucha de su Palabra, especialmente en este mes de la Biblia.

El Evangelio proclamado nos describe la fuerza de la Palabra anunciada por Jesús, una palabra que permea todo cuanto toca y lo transforma en algo nuevo. Una palabra que convoca a la multitud dándole vida y esperanza; una palabra que renueva en Pedro la confianza ante el aparente fracaso; y, por último, una palabra que exhorta al seguimiento de Jesús de forma radical y permanente.

El primer jueves de cada mes es una ocasión propicia y bendita para detenernos ante la persona del Señor, ya no junto al lago, sino en el marco existencial de nuestra propia historia y discernir nuestra respuesta ante la llamada de Jesús. La llamada siempre es directa, personal y en el escenario de nuestra cotidianidad; en el silencio de la fe, sin aparatosidad ni contundencia, todo lo contrario, la llamada es en el silencio profundo e interno, esperando nuestra respuesta, libre, responsable y comprometida, en un auténtico y sincero proceso de crecimiento de adhesión total al don recibido.

Es exigencia de todo proceso humano, cuánto más en el orden de la fe, contar con las necesarias rupturas y límites para responder de verdad al llamado del Señor. Ayer, los discípulos de Jesús dejaron redes, peces, barcas y lago, en el orden exterior de su entorno laboral y de su pequeño mundo en Cafarnaúm. Pero también establecieron límites afectivos con su padre, sus familias y sus compañeros de trabajo. Por Jesús bien vale la pena dejarlo todo, pero antes, es preciso dejarnos a nosotros mismos, dejar tantas cosas nuestras que muchas veces pueden ser obstáculo y hasta dar al traste con la experiencia vocacional tal y como la quiere el Señor, y no al modo e interés nuestro. Solamente así, dejándolo todo, podremos crecer en la necesaria libertad interior para responder, en un profundo y serio discernimiento vocacional, y aprender de verdad a escuchar la voz de Jesús, Buen Pastor. El espacio de la oración y el contacto con la Palabra orada y contemplada nos permite avanzar en el sí radical y renovado de cada día.

Queridos seminaristas y hermanos todos, es un verdadero arte saber escuchar. Hoy en día es uno de los grandes retos de nuestra vida de fe, máxime para quien quiere seguir de manera radical y total a Jesús. En un mundo de ruido y de tantas voces se necesita saber escuchar al Señor en el espacio silencioso de la oración personal y litúrgica, pero también en la convivencia fraterna y en el servicio evangelizador. Saber escuchar es salir de nosotros mismos y crear un espacio de acogida y de encuentro con el Señor y los hermanos. Aquí se encuentra la verdadera sabiduría de la primera lectura de Pablo a los corintios, que no es otra cosa que sabernos solamente de Jesucristo, y no de éste o de aquél, de esto o de lo otro. El que está centrado en la llamada y convencido de ella es verdaderamente sabio al saberse sólo del Señor, de nada ni de nadie más.

Hermanos, toda vocación en la Iglesia es una llamada a la santidad y a la radicalidad. Para alcanzarla es necesario empequeñecernos. Es pequeño quien tiene la certeza de lo que resume el salmo responsorial: “del Señor es la tierra y cuánto la llena”. Qué importante es no perder de vista esta relación de pertenencia exclusiva con respecto del Señor. De ella brota la fortaleza para proseguir en el camino, responder a la llamada y entregamos total y solamente al Señor. Nunca estamos solos; Aquél que nos llamó nunca nos deja. Él está junto a nosotros siempre, especialmente cuando dejamos de escucharle y cuando parece que perdemos el sendero. “Su fidelidad alcanza las nubes”, nos dice también el salmista. Experimentando esta fidelidad construimos nuestra respuesta a su llamado. Que no dejemos de escuchar su voz; él es quien nos invita: “duc in altum”. Echemos pues las redes de la confianza y de la esperanza en medio de un mundo de increencia y llevemos a otros al encuentro del Señor que nos sigue invitando a dejarlo todo para seguirle.

Nos acompaña en este camino de respuesta la Madre de Jesús, primera vocacionada por el Reino, a quien el Padre invitó a colaborar con su plan de salvación, así como nos sigue invitando hoy a nosotros. Recordamos al Papa Benedicto XVI que decía a los jóvenes: “Dios cuando llama no nos quita nada, nos ha capacitado para darlo todo”, y esto se logra en la oración, en el encuentro íntimo, profundo y constante con él. San Carlos Borromeo, modelo de pastor santo, fiel y generoso, interceda por nosotros para escuchar siempre atentos la palabra de Jesús, aceptar dócilmente su llamado, dejar todo lo que tengamos que dejar por él y responder con grandeza, generosidad y radicalidad de corazón. Nos ayude e inspire también el ejemplo de respuesta total y caridad consumada de Santa Teresa de Calcuta. Amén.

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