El Señor nos sigue preguntando, como a Pedro, si lo amamos de verdad

Viernes I Semana de Cuaresma, 27 de febrero de 2026.

Conclusión Ejercicios Espirituales Presbiterio Diócesis de Ciudad Quesada, Casa Pastoral Hermanas Clarisas, Moravia.

Muy queridos padres y diácono:

Al llegar a la conclusión de estos días de Ejercicios Espirituales, nuestro corazón sacerdotal se reconoce y se siente hondamente agradecido. Estos han sido días de gracia, oración y silencio fecundo, de encuentro renovado con el Señor y también con nosotros mismos. En medio del ritmo exigente del ministerio sacerdotal, el Señor nos ha concedido detenernos estos días para escuchar su voz y dejarnos mirar por Él, como pastores que necesitamos volver una y otra vez a la fuente.

Queremos comenzar dando gracias a Dios por este tiempo santo, enriquecido por la Cuaresma en la cual estamos. Gracias por el silencio que nos ha permitido escuchar lo que normalmente queda ahogado por las urgencias pastorales. Gracias por la oración que nos ha devuelto el gusto por estar con el Señor, no para hacer cosas, sino para profundizar y fortalecer nuestra amistad con Él. Gracias por la fraternidad sacerdotal, que en estos días se ha fortalecido en la convivencia sencilla, en la escucha mutua y en la comunión que nace del compartir una misma vocación y misión.

Agradecemos de manera especial la guía y el acompañamiento de Sor Magdalena Castro Murillo, hija de María Auxiliadora. Sus reflexiones, iluminadas por la Palabra de Dios y nacidas de una profunda experiencia espiritual, nos han ayudado a releer nuestra vida y nuestro ministerio a la luz del amor del Buen Pastor. Con sencillez y profundidad nos ha conducido a lo esencial: volver al primer amor, recordar para quién y desde dónde servimos, y dejarnos sanar por el Señor para poder sanar a otros.

La Palabra de Dios proclamada en estos días del inicio de la Cuaresma ha sido una llamada clara a la conversión del corazón. El profeta Ezequiel nos ha recordado hoy que el Señor no se complace en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva. No se trata de cargar con el peso del pasado ni de instalarnos en la comodidad de lo ya alcanzado, sino de asumir con responsabilidad el hoy de nuestra fidelidad cristiana y sacerdotal. Como presbíteros, ungidos del Señor, también nosotros estamos siempre en camino de conversión; cada día se nos invita a elegir nuevamente la caridad pastoral, la santidad y la fidelidad.

Hemos orado con el salmo 129, y desde lo profundo clamamos al Señor conscientes de nuestras fragilidades, de nuestros cansancios y también de nuestras infidelidades. Pero lo hacemos con esperanza, porque en Señor hay misericordia y redención abundante. Esta certeza es la que sostiene nuestro ministerio: no somos pastores por nuestras fuerzas, sino por la misericordia del Señor que nos llamó amorosamente y nos sostiene fielmente a cada momento.

El Evangelio de San Mateo nos ha confrontado con una exigencia mayor: una justicia que supere el mero cumplimiento externo y el conformismo paralizante. Siempre estamos llamados a más, particularmente como sacerdotes. Por ello, el Señor nos invita a revisar no solo nuestras acciones, sino también nuestras actitudes. Como pastores, estamos llamados a ser hombres integrados, gestores de comunión y ministros de paz. No podemos anunciar un Evangelio de reconciliación si en nuestro corazón hay cabida para divisiones, resentimientos o indiferencias.

A la luz del tema que ha orientado estos Ejercicios, “Apacienta mis ovejas: el arte de servir con amor”, cada uno de nosotros ha podido hacer propósitos concretos. Seguramente hemos sentido la llamada a cuidar más nuestra relación personal con el Señor, a redescubrir el valor de la oración diaria, a celebrar la Eucaristía con mayor conciencia y gratitud. Tal vez hemos renovado el deseo de servir con un corazón más libre y compasivo, menos centrado en nosotros mismos y más atento al dolor y a la esperanza de la gente que se nos ha confiado.

Como Presbiterio de Ciudad Quesada, estos días nos dejan también desafíos claros. Estamos llamados a caminar más unidos, a apoyarnos fraternalmente, a cuidarnos de verdad unos a otros. El estilo pastoral que se nos pide no es el del funcionario ni el del solitario, sino el del pastor que camina con sus hermanos y con su pueblo, que sabe escuchar, acompañar y servir con amor generoso. También se nos desafía a ser un Presbiterio que ora junto, que discierne junto y que asume con corresponsabilidad la misión que la Iglesia nos confía en nuestra Iglesia Particular.

Personalmente, como ungidos del Señor, salimos de estos Ejercicios con la invitación de cuidar el don recibido. La unción que hemos recibido no es un privilegio, sino una misión; no es para nosotros, sino para el pueblo de Dios. El Señor nos sigue preguntando, como a Pedro, si lo amamos de verdad. Y solo desde ese amor podremos apacentar sus ovejas, no como dueños, sino como servidores; no con dureza, sino con ternura; no desde el cansancio amargo, sino desde la alegría de sabernos llamados.

Que al regresar a nuestras comunidades llevemos con nosotros lo que aquí hemos recibido: un corazón más disponible, una mirada más evangélica y un renovado deseo de servir con sincero y generoso amor. Pongamos en manos del Señor nuestros propósitos y nuestros límites, confiando en que Él, que ha comenzado en nosotros esta obra buena, la llevará a término. Que María, Madre de los sacerdotes y modelo de servicio humilde, nos acompañe y nos enseñe a decir cada día: “Hágase en mí según tu palabra”. Y que San Carlos Borromeo interceda por nosotros y nos inspire para encendernos en la caridad pastoral que siempre lo acompañó como pastor generoso, santo y fiel.

El Señor les bendiga hoy y siempre; haga muy fecundo y gozoso el santo ministerio de cada uno, para gloria suya y bien de la Iglesia. Amén.

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