“Familias que sanan” significa familias que aprenden a confiar en Dios

Encuentro Diocesano de Pastoral Familiar, “Familias que sanan”.

Domingo 23 de agosto de 2026, XXI Tiempo Ordinario.

Colegio Diocesano P. Eladio Sancho, 3:00 p.m.

Queridas familias, queridos matrimonios, hermanos todos:

Con esta Eucaristía, estamos concluyendo este Encuentro Diocesano de Pastoral Familiar, bajo un lema hermoso, desafiante y profundamente necesario: “Familias que sanan”. La familia necesita sanar y, al mismo tiempo, está llamada a convertirse en espacio de sanación para tantas personas heridas. En nuestras familias hay alegrías y esperanzas, pero también cansancios, heridas, incomprensiones, pérdidas, dificultades matrimoniales y situaciones que dejan huellas. Por eso, hablar de familias que sanan significa reconocer que Dios puede transformar nuestras heridas en oportunidades de crecimiento, reconciliación y amor, cuando ponemos nuestra vida familiar en sus manos.

La Palabra de Dios de este XXI Domingo del Tiempo Ordinario nos conduce al centro de toda verdadera renovación: Jesucristo. El evangelio de San Mateo nos presenta la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» y, después, la pregunta personal y decisiva: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Esta confesión de Pedro no es solamente una afirmación doctrinal; es el reconocimiento de que Jesús es el centro de su existencia. También nosotros, como familias cristianas, necesitamos responder hoy: ¿quién es Jesús para nuestra familia? ¿Es solamente una tradición que hemos recibido? ¿Es alguien a quien buscamos cuando tenemos problemas? ¿O es verdaderamente el Señor que orienta nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestros proyectos, nuestros dolores y nuestras esperanzas?

El contenido de la Palabra de Dios para este domingo nos recuerda que la fe comienza cuando nos encontramos con Cristo, lo conocemos, lo confesamos y permitimos que su presencia transforme nuestra manera de vivir. Y aquí encontramos el primer gran desafío para nuestras familias: volver a poner a Jesucristo en el centro del hogar. Una familia sana no es una familia sin problemas, sino una familia que aprende a afrontar sus problemas con Cristo, que sabe acudir a Él, que ora, que escucha su Palabra, que celebra la Eucaristía y que busca en el Evangelio la luz para sus decisiones.

El evangelio continúa mostrando cómo Jesús edifica su Iglesia sobre Pedro y le confía las llaves del Reino. La autoridad que recibe Pedro no es dominio ni poder, sino responsabilidad y servicio. La autoridad en Cristo tiene rostro de amor, entrega y servicio. Esta enseñanza tiene una aplicación muy profunda para los matrimonios y las familias. En el hogar, la autoridad no puede entenderse como imposición, control o superioridad, sino que laautoridad familiar tiene que ser servicio. El esposo está llamado a servir a su esposa; la esposa, a servir a su esposo; los padres, a servir la vida y el crecimiento de sus hijos. Y los hijos también están llamados a aprender el lenguaje del respeto, de la gratitud y del servicio.

Aquí aparece una clave fundamental para el lema de este encuentro: una familia sana es aquella que aprende a servirse mutuamente. Muchas heridas familiares nacen cuando dejamos de escucharnos, cuando cada uno busca tener la razón, cuando se acumulan resentimientos, cuando se pierde el diálogo o cuando las diferencias se convierten en enfrentamientos. Por eso, necesitamos recuperar gestos sencillos pero profundos: escucharnos sin interrumpir, pedir perdón, saber agradecer, hablar con respeto, dedicar tiempo de calidad a los hijos, cuidar la relación matrimonial y no permitir que el teléfono, las pantallas, el trabajo o las preocupaciones nos roben la presencia y el encuentro.

“Familias que sanan” significa, entonces, familias que aprenden a confiar en Dios y que permiten que Él sane aquello que nosotros no podemos sanar por nuestras propias fuerzas. Pero también significa familias que saben reconocer cuándo necesitan ayuda. Pedir acompañamiento no es fracasar. Buscar orientación espiritual, pastoral o profesional cuando existe una dificultad seria es una expresión de responsabilidad y amor. En este sentido, quiero agradecer de corazón el valioso aporte que en este Encuentro han brindado los psicólogos Fernando Aparicio, de Honduras, y Khristian Chaves, de Costa Rica. Su servicio y sus conocimientos enriquecen nuestra pastoral familiar y nos ayudan a comprender que acompañar a las familias supone también escuchar sus realidades concretas, sus heridas y sus necesidades.

Quiero expresar también un especial agradecimiento a Fray Francisco Fabián Robles, P. Paco, responsable diocesano de Pastoral Familiar, por su dedicación, entrega y compromiso en la animación de esta pastoral. Gracias, Padre Paco, por ayudar a que nuestra Diócesis mire a las familias no solamente como destinatarias de la evangelización, sino como verdaderas protagonistas de la misión de la Iglesia. La familia no es solamente un “sector” de la pastoral, sino elsujeto y protagonista de evangelización, porque en ella se aprende a amar, a perdonar, a servir, a creer y a vivir la fe.

El lema de este encuentro nos plantea varios desafíos concretos. Primero, sanar la comunicación: hay matrimonios y familias que viven bajo el mismo techo, pero han dejado de encontrarse. Necesitamos recuperar el diálogo. Segundo, sanar las heridas mediante el perdón: no podemos construir una familia nueva acumulando resentimientos viejos. Perdonar no significa negar el daño, sino decidir que la herida no tenga la última palabra. Tercero, cuidar el matrimonio: los esposos necesitan tiempo para ellos, espacios para conversar, rezar juntos y renovar su amor. Un matrimonio bien cuidado se convierte en fuente de seguridad y esperanza para los hijos.

Cuarto, acompañar a los hijos: nuestros niños y jóvenes necesitan padres presentes, no solamente proveedores. Necesitan límites, pero también ternura; necesitan orientación, pero también escucha; necesitan normas, pero sobre todo necesitan experimentar que son amados. Quinto, abrir las puertas a las familias heridas: una Iglesia que anuncia el Evangelio debe ser también una Iglesia que sabe acompañar, acoger y ayudar a levantarse. Hay familias que necesitan una segunda oportunidad, una palabra de esperanza, un espacio donde no sean juzgadas sino acompañadas.

Y hay un desafío que atraviesa todos los demás: dar testimonio. El mundo necesita familias cristianas que muestren que es posible amar para siempre, perdonar, comenzar de nuevo, permanecer unidos en las dificultades y educar a los hijos en la fe. La verdadera evangelización familiar se realiza cuando un esposo sabe pedir perdón, cuando una esposa sabe acompañar, cuando los padres rezan con sus hijos, cuando una familia abre su casa al necesitado, cuando se cuida a un enfermo, cuando se visita a un adulto mayor, cuando se acoge a quien está solo. La fe, como nos recuerda la reflexión de este domingo, no puede quedarse en los labios, tiene que transformar la vida.

Queridos hermanos, al celebrar esta Eucaristía, pidamos al Señor que haga de nuestras familias verdaderos lugares de sanación. Que sane las palabras que han herido, los silencios que han separado, los resentimientos que han endurecido el corazón, los cansancios que han debilitado el amor y las situaciones que han puesto a prueba la fidelidad. Pidámosle que nuestros hogares sean espacios donde cada persona pueda decir: “Aquí soy amado, aquí soy escuchado, aquí puedo equivocarme y volver a empezar, aquí encuentro a Dios”.

Que cada matrimonio y familia se lleve de este Encuentro un compromiso concreto; que cada familia decida una acción que ayude a sanar; que nuestras parroquias fortalezcan el acompañamiento a los matrimonios y a las familias; y que nuestra Diócesis continúe construyendo una pastoral familiar cercana, misericordiosa, competente y profundamente evangelizadora.

Así sea, amén.

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