El 1 de noviembre, la Iglesia Católica celebra la solemnidad de Todos los Santos que nos invita a recordar a aquellos que, aun sin estar formalmente inscritos en el canon de los santos, llevaron una vida de santidad. Recordamos a todos los hombres y mujeres que, de manera silenciosa, han alcanzado la gloria eterna por su fidelidad a Dios. Es una fecha que nos recuerda la universalidad del llamado a la santidad.
La Iglesia, a lo largo de su historia, ha enseñado que la santidad no está reservada para unos pocos, sino que todos, sin excepción, estamos llamados a ser santos. Como dijo el Papa Francisco en Gaudete et Exsultate, n. 14: “Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así”.
El mundo actual nos empuja hacia el materialismo, hacia la búsqueda del éxito y el reconocimiento inmediato, olvidando que nuestra verdadera meta es la vida eterna. La celebración de Todos los Santos nos recuerda la importancia de tener siempre presente la vida trascendente. El pensamiento en lo eterno nos ayuda a relativizar las preocupaciones diarias y a vivir de manera más auténtica con los ojos puestos en el cielo.
Se nos invita a “correr con perseverancia la carrera que tenemos por delante, poniendo la mirada en Jesús” (cfr. Hebreos 12, 1-2). Esta imagen de una carrera espiritual nos invita a vivir en función de la meta final: estar junto a Dios por toda la eternidad. Los santos que celebramos son testigos de que este camino es posible, a pesar de las dificultades y retos que presenta la vida terrenal.
Pensar en la vida trascendente nos aleja del relativismo que, en muchas ocasiones, nos lleva a ver la vida terrenal como el único horizonte.
La santidad, lejos de ser una idea abstracta, es una realidad concreta que se vive en la familia, en el trabajo, en las relaciones con los demás. Es la forma en que respondemos a las exigencias del Evangelio en nuestra vida diaria. La celebración de Todos los Santos es una ocasión propicia para recordar que la vida cristiana está marcada por el esfuerzo de vivir conforme al ejemplo de Cristo.
Por otro lado, recordar a los santos es un signo de esperanza. Nos dice que el cielo está lleno de personas ordinarias que, en su día a día, respondieron al llamado de Dios con amor y humildad. Este mensaje es particularmente relevante en un mundo donde el poder, la fama y el reconocimiento nos desvían del llamado del Señor.
La vida de los santos nos muestra que el verdadero éxito no se mide en términos humanos, sino en valores divinos. La santidad es, en última instancia, un reflejo de la voluntad de Dios cumplida en nuestras vidas.
Es importante que, en estos tiempos, recordemos que la meta de nuestra existencia no es acumular bienes o lograr poder, sino vivir de manera que podamos alcanzar la vida eterna.
Renovemos nuestro compromiso de seguir a Cristo con mayor fidelidad, y pidamos la gracia de vivir como santos, conscientes de que nuestra vida no termina aquí, sino que continúa en la plenitud del amor de Dios. Que todos, en nuestra vida ordinaria, respondamos con generosidad al llamado de la santidad, cumpliendo fielmente la voluntad del Señor en cada momento, lugar y circunstancia de nuestra vida. De este modo nos vamos santificando y respondiendo a la multiforme gracia de Dios.
Fermento 344. Martes 29 de octubre, 2024
