Jueves 22 de enero de 2026, Colegiata de San Isidro Labrador, Madrid, 10:00 a.m.
Con inmensa gratitud a Dios llegamos hoy al final de nuestra peregrinación diocesana, celebrando la Eucaristía en este lugar tan significativo, la Colegiata de San Isidro Labrador, corazón espiritual de Madrid y memoria viva de un santo laico que supo hacer de su trabajo, de su familia y de su fe un verdadero camino de santidad. Aquí, donde la historia y la fe se entrelazan, damos gracias por todo lo que el Señor nos ha concedido vivir en estas semanas, desde nuestra estancia en Roma para la clausura del Jubileo de la Esperanza, el encuentro tan cercano y entrañable con el Papa León XIV, hasta la visita a tantos lugares santos que han renovado nuestra fe y ensanchado nuestro corazón.
La Palabra de Dios que hoy hemos escuchado ilumina profundamente lo que hemos vivido. En el primer libro de Samuel, vemos cómo Saúl, dominado por los celos y el miedo, comienza a mirar a David como enemigo. El éxito del otro se convierte en amenaza, y el corazón se va cerrando poco a poco. Esta escena nos recuerda que el mal no siempre comienza con grandes gestos, sino con pequeños resentimientos que, si no se sanan, terminan por destruir la fraternidad. En cambio, Jonatán aparece como figura de amistad verdadera, capaz de interceder, proteger y tender puentes. También nosotros, como Iglesia peregrina, estamos llamados a ser artesanos de comunión, a no dejarnos dominar por la sospecha o la competencia, sino a caminar juntos, cuidándonos unos a otros.
El salmo 55 nos ha puesto en los labios un grito lleno de confianza: “En Dios confío y no temo”. ¡Cuántas veces esta oración ha resonado en nuestro interior durante estos días! Hemos caminado, visitado templos, rezado, compartido, reído, quizá también nos hemos cansado. Pero en todo momento hemos podido experimentar que no caminamos solos. Dios ha contado nuestros pasos, ha recogido nuestras lágrimas, ha sostenido nuestras debilidades. La peregrinación no es solo un desplazamiento físico, sino una experiencia espiritual: es aprender a poner la vida en manos de Dios, a fiarnos de Él, a reconocer que somos necesitados de su gracia.
En el Evangelio de Marcos, vemos a Jesús rodeado por multitudes que buscan alivio, sanación y esperanza. Él no rechaza a nadie, pero tampoco se deja atrapar por la fama o el entusiasmo superficial. Jesús quiere algo más profundo: desea corazones transformados, discípulos que no solo lo sigan por los milagros, sino por amor. Nuestra peregrinación ha sido también un tiempo para dejarnos tocar por Él, para escuchar su voz en medio del ruido, para redescubrir que seguir a Cristo es un camino exigente, pero lleno de sentido.
Celebrar esta Eucaristía en esta Colegiata de San Isidro Labrador nos recuerda que la santidad es posible en lo cotidiano. San Isidro no fue un obispo, ni un teólogo famoso, ni un mártir valiente; fue un campesino fiel, un esposo, un hombre de oración. Su vida nos dice que la fe no se queda en los grandes momentos, sino que se traduce en pequeños gestos de amor, de justicia y de servicio.
Hoy, al concluir esta peregrinación, no solo miramos hacia atrás con gratitud, sino también hacia adelante con responsabilidad. ¿Qué nos llevamos en el corazón? ¿Qué cambios concretos quiere Dios que hagamos? Que esta experiencia no quede como un bonito recuerdo, sino como un impulso nuevo para nuestra vida cristiana. Que volvamos a nuestras comunidades con más deseo de orar, de participar en la vida de la Iglesia, de servir a los más necesitados, de ser testigos de esperanza en un mundo cansado y herido.
Pidamos al Señor, por intercesión de San Vicente, diácono y mártir, y de San Isidro Labrador, que nos conceda la gracia de ser fieles hasta el final, valientes en la fe, humildes en el servicio y alegres en la esperanza. Que esta peregrinación no termine aquí, sino que continúe en el camino de cada día, hasta que un día lleguemos a la meta definitiva: el encuentro eterno con Dios en el cielo. Amén.
