La creación que recibimos, la creación que debemos cuidar

La celebración de la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, el pasado 1º de setiembre, nos ofreció una oportunidad para detenernos a contemplar con mayor profundidad el mundo que hemos recibido. La creación no es simplemente el escenario donde transcurre nuestra vida; es un don que nos ha sido confiado y que nos recuerda que nuestra existencia está vinculada a la de los demás y a la de toda la obra creada.

Cuidar la creación nace de reconocer a Dios como su autor y al ser humano como responsable de ella. No somos dueños absolutos de cuanto existe. Hemos recibido la tierra, el agua, los bosques, los animales y los recursos naturales como bienes que debemos utilizar con responsabilidad, procurando que también puedan disfrutarlos quienes vendrán después de nosotros.

Costa Rica tiene razones para sentirse orgullosa de su riqueza natural. Nuestros bosques, ríos, mares y una extraordinaria biodiversidad forman parte de un patrimonio que trasciende generaciones. Sin embargo, esa riqueza también nos plantea una responsabilidad. No basta con admirar nuestra naturaleza o mostrarla al mundo; debemos preguntarnos qué estamos haciendo para protegerla y qué decisiones estamos tomando para garantizar su conservación.

El cuidado de la creación tampoco puede entenderse como una tarea exclusiva de quienes trabajan en temas ambientales. Nos corresponde a todos. Está presente en la manera en que utilizamos el agua, manejamos nuestros residuos, consumimos, producimos y aprovechamos los recursos que tenemos a nuestro alcance. También está presente en las decisiones de las instituciones públicas, de las empresas y de quienes tienen en sus manos la posibilidad de orientar el desarrollo de nuestras comunidades.

Particularmente, en nuestras comunidades rurales, sabemos que existe una relación profunda entre la naturaleza y el trabajo de muchas familias. La agricultura, la ganadería y otras actividades productivas dependen directamente de la tierra y del agua. Por eso, proteger el ambiente y promover el desarrollo no deberían presentarse como caminos necesariamente opuestos. El verdadero desarrollo es aquel que permite producir, generar oportunidades y mejorar la calidad de vida.

El agua merece una atención especial. A veces solo comprendemos su verdadero valor cuando falta. Cada río, naciente y fuente de agua que protegemos representa una responsabilidad asumida con el presente y con el futuro. Cuidar el agua significa también cuidar a las personas, porque cuando los recursos naturales se deterioran, las consecuencias terminan afectando de manera particular a quienes cuentan con menos posibilidades para enfrentar esas dificultades.

Necesitamos educar para el cuidado de la creación. Todos estamos llamados a aprender que proteger el ambiente no consiste únicamente en cumplir determinadas prácticas, sino en desarrollar una verdadera cultura del cuidado. Cuando enseñamos a un niño a respetar un árbol, a no desperdiciar el agua o a valorar un río, estamos formando una persona capaz de comprender que el bienestar propio nunca puede construirse a costa del bienestar de las demás personas.

La Iglesia tiene una responsabilidad en esta tarea. Anunciar el Evangelio implica recordar que la vida es un don y que todo cuanto Dios ha creado merece nuestro respeto. El cuidado de la casa común forma parte de una mirada integral sobre la persona humana: no podemos preocuparnos por el ambiente mientras ignoramos al ser humano, ni podemos defender la dignidad de las personas destruyendo las condiciones naturales que hacen posible su vida.

Fermento 443. Martes 22 de setiembre, 2026

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