La familia es el primer espacio en el cual la persona aprende a vivir con otros. Antes de cualquier ley, institución o proceso electoral, es en el hogar donde se siembran los valores que luego sostienen la vida social. Por eso, hablar de ciudadanía sin mirar a la familia sería desconocer el origen de nuestras actitudes como país.
En la familia se aprende el respeto, a escuchar, a dialogar y a asumir responsabilidades. Allí se descubre que la libertad no es hacer lo que se quiere, sino convivir con otros reconociendo límites y deberes. Estas lecciones silenciosas son la base de una democracia sana y participativa.
Cuando la familia se debilita, también se resiente el tejido social. Como célula fundamental de la sociedad, la familia necesita condiciones dignas para cumplir su misión formadora. Hogares marcados por la violencia, la precariedad o la ausencia de acompañamiento difícilmente pueden transmitir esperanza y sentido de pertenencia.
En un año de decisiones para el país, conviene recordar que la ciudadanía no comienza en las urnas, sino en la mesa que se comparte en la familia, en la conversación cotidiana y en el ejemplo de los adultos. Allí se aprende a cumplir y cuidar normas y a preocuparse por el bien común.
La familia es también el primer espacio de solidaridad. En ella se aprende a cuidar al más débil, a acompañar al enfermo, a sostener al que falla. Estos gestos, aparentemente pequeños, forman ciudadanos sensibles al dolor ajeno y capaces de construir una sociedad más justa y fraterna.
Educar para la ciudadanía implica enseñar a discernir, a no dejarse llevar por el impulso, la mentira o el odio. Las familias están llamadas a fomentar el pensamiento crítico, el respeto por la verdad y la responsabilidad en el uso de la palabra, especialmente en tiempos de polarización y desinformación.
Como Iglesia, no podemos ser indiferentes al sufrimiento de tantas familias que luchan por salir adelante. Defender la familia es también exigir políticas públicas que la protejan, acompañen y fortalezcan, especialmente a aquellas más vulnerables. No se trata de ideología ni de modas, debe prevalecer la dignidad humana.
El futuro del país se juega en gran medida en los hogares. Allí se forman las conciencias, se transmiten los valores y se cultiva el amor por la patria entendida como comunidad de personas y no como un simple territorio marcado por fronteras.
Al iniciar este año nuevo, hacemos un llamado a fortalecer el compromiso que nace en la familia, para que desde ella contribuyamos a la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Invitamos a las familias a involucrarse con responsabilidad y conciencia en las decisiones que orientan el rumbo del país, convencidos de que solo desde los hogares unidos, participativos y fieles a sus valores, podremos seguir construyendo una Costa Rica que se reconozca y se sienta orgullosa de lo que es.
Que este año nos encuentre fortaleciendo a las familias como verdaderas escuelas de ciudadanía. Desde allí podremos construir un país más justo y más humano, donde la participación y el respeto sean frutos de una formación vivida desde el hogar.
Fermento 407. Martes 13 de enero, 2026
