La vida no termina acá, sino que continúa en Dios y en la eternidad, donde se alcanza la plenitud

Memoria de los santos Marta, María y Lázaro.

Funeral del señor Carlos Mauricio Wauthion Delgado.

Instituto Agropecuario Costarricense S.A. Martes 29 de julio de 2025, 10:00 a.m.

Hermanos todos en el Señor:

El Evangelio que la Iglesia nos propone en esta memoria de los santos Marta, María y Lázaro nos lleva a la aldea de Betania, donde la casa de estos amigos de Jesús se convierte en un lugar de silencio, se manifiesta la tristeza humana, pero también surge la fe. Jesús llega en el momento en que Marta y María más lo necesitan, por la muerte de su hermano. Y es cuando se produce uno de los diálogos más profundos del Evangelio: Marta, en medio del dolor, confiesa su fe con firmeza. No entiende del todo lo que está sucediendo, pero afirma con convicción: “Yo sé que mi hermano resucitará… Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Esa es la fe que hoy también nosotros estamos llamados a proclamar. Una fe que no se apoya en seguridades humanas, sino en la promesa de Cristo. Él no explica la muerte; la asume y al mismo tiempo la vence. Y nos dice: “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”. Esta es la certeza que sostiene nuestro corazón, la que da sentido a nuestra oración y la que nos permite reunirnos hoy, con esperanza, aun en medio de la tristeza.

La fe no suprime el dolor ni evita el sufrimiento que provoca la muerte, pero sí ofrece una luz distinta para vivirlos. Desde la fe comprendemos que quienes han creído y caminado con el Señor no quedan perdidos en el olvido, sino que son acogidos por su misericordia. Esta certeza nos ayuda a vivir este momento con serenidad, con gratitud y con confianza en el Dios de la vida.

En esta Eucaristía elevamos nuestra oración por el eterno descanso de nuestro hermano Carlos Mauricio Wauthion Delgado. Hoy lo recordamos como un hombre creyente, íntegro, entregado con pasión a su familia y al trabajo que se le confió acá por cerca de seis años. Fue esposo, padre, compañero y líder de esta institución. Él asumió con esmero y dedicación la responsabilidad de gerenciar el Instituto Agropecuario Costarricense, no solo con visión administrativa, sino con verdadero compromiso humano y cristiano. Reconozco y agradezco también la entrega, mística y generosidad con las que sirvió en el consejo de asuntos económicos de nuestra diócesis de Ciudad Quesada.

Podemos decir que don Carlos supo sembrar y acompañar. Supo mirar con esperanza. Su testimonio de servicio, de entrega honesta y de cercanía con quienes compartieron su camino, deja una huella que no se borra. Y por eso, hoy, como comunidad, no solo lloramos su partida, sino que le damos gracias a Dios por lo que fue, por lo que dio, y por lo que aún nos sigue inspirando. Como Lázaro, fue amigo del Señor. Era un hombre de fe, se dejó tocar por ella, y la vivió de forma sencilla y auténtica. Supo reflejar con su vida valores que nacen del Evangelio: la entrega, la rectitud, la confianza en que el trabajo bien hecho es también una forma de servir a Dios.

La primera lectura del Éxodo nos presentaba a Moisés hablando con Dios “cara a cara, como quien habla con su amigo”. Es una imagen poderosa de cercanía. Así es Dios con los que lo buscan: no es lejano, no es abstracto, sino un amigo fiel. Es el mismo rostro que nos revela Jesús cuando llora por la muerte de Lázaro, cuando se conmueve con el dolor de los suyos, cuando se acerca a las heridas humanas sin temor. Dios se interesa por nuestra vida, nos conoce y no nos abandona, ni siquiera en el umbral de la muerte.

El salmo con el que hemos orado proclama con claridad quién es Dios: compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Estas no son palabras vacías, son el rostro y acción de Dios en la historia de su pueblo. En medio de la fragilidad humana, del pecado y del límite de la muerte, Dios permanece fiel. A Dios confiamos nuestra vida y la de quienes nos han precedido en la fe, seguros de que el Señor no olvida lo que hemos hecho en su nombre ni cierra su corazón a quienes se han abierto a su voluntad.

Quienes participamos de esta celebración somos invitados a renovar nuestra fe. La muerte de alguien cercano nos confronta con aquello en lo que decimos creer. En medio de la dificultad, afirmamos con serenidad y esperanza que confiamos en las promesas del Señor. Creemos que la vida no termina acá, sino que continúa en Dios y en la eternidad, donde se alcanza la plenitud.

Marta no recurrió a palabras vacías ni a respuestas aprendidas cuando su fe fue puesta a prueba. Ella manifestó una confesión decidida, en un momento difícil. Su actitud nos recuerda que creer es reconocer a Cristo como Señor, incluso cuando todo alrededor parece desmoronarse. También nosotros, al recordar hoy esta escena del Evangelio, somos llamados a responder con una fe madura y confiada. Una fe que no se repliega en la duda, sino que se mantiene firme en la promesa. Que el testimonio de Marta nos impulse a vivir así nuestra fe: con convicción, con fidelidad y con la esperanza puesta en Dios, que no abandona a los suyos.

Que esta Eucaristía nos renueve y que el ejemplo de quienes han vivido con integridad nos inspire. Que el recuerdo de nuestros seres queridos nos recuerde lo que es esencial. Y que el Señor, en quien confiamos, reciba en su presencia a su hijo Carlos Mauricio, lo abrace con su paz, y lo lleve a gozar para siempre de su amor infinito. Paz, fortaleza, consuelo y esperanza para sus familiares; nuestra solidaridad y cercanía espiritual con doña Marielos, sus hijos, nietos y demás familiares.

¡Concédele, Señor, el descanso eterno! Y brille para él la luz perpetua. Descanse en paz, amén.

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