La vida no termina con la muerte, sino que se transforma en Cristo resucitado

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, Domingo 2 de noviembre de 2025.

Catedral de Ciudad Quesada, 8:00 a.m.


Con fe y esperanza, hoy la Iglesia nos invita a orar por todos los fieles difuntos. En nuestro caso, lo hacemos especialmente por nuestro II obispo, Mons. Ramón Oswaldo Brenes Álvarez, y por los sacerdotes diocesanos fallecidos en los últimos años.

Esta celebración, que sigue inmediatamente a la solemnidad de Todos los Santos del día de ayer, nos introduce en el misterio profundo de la comunión de los santos: la unión viva entre quienes peregrinamos todavía en este mundo, quienes gozan ya de la visión de Dios, y quienes se purifican para entrar plenamente en su gloria. Si ayer mirábamos el cielo para contemplar la meta, hoy miramos la tierra, el cementerio, la memoria de nuestros seres queridos, y los encomendamos a la misericordia divina. Ambas celebraciones forman una unidad de amor y esperanza: la certeza de que la vida no termina con la muerte, sino que se transforma en Cristo resucitado.

Las lecturas de hoy nos colocan ante el misterio de la muerte sin negarlo ni disimularlo. El libro de las Lamentaciones, en la primera lectura, expresa con profundidad el sufrimiento humano: “Mi alma está privada de la paz, he olvidado la dicha…”. Son palabras que cualquiera de nosotros podría pronunciar ante la pérdida de un ser amado. La muerte nos confronta con nuestra fragilidad, con el límite de nuestra existencia. Es un hecho real, inevitable y universal. Pero el mismo texto bíblico da un giro decisivo hacia la esperanza: “Esto traigo a la memoria y me da esperanza: que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia”. La fe nos enseña que, aun en medio del dolor y la oscuridad, el amor de Dios permanece fiel, su compasión no se acaba, y su misericordia se renueva cada mañana.

El Salmo 129 “Desde lo hondo a ti grito, Señor”, es la oración de quien, desde la profundidad del dolor y del pecado, eleva su súplica confiada al Señor: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?”. Este salmo se convierte en un grito de esperanza: confiamos no en nuestros méritos, sino en la misericordia del Dios que perdona, que rescata y redime. Por eso, orar por los difuntos es un acto de amor y de fe: los confiamos a la bondad infinita de Dios, que puede purificar, sanar y llevar a la plenitud de la salvación lo que aquí quedó incompleto.

San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los Romanos, nos recuerda el núcleo de nuestra esperanza: “Si hemos sido incorporados a Cristo por un bautismo semejante a su muerte, también lo seremos por una resurrección como la suya”. Nuestra fe no se fundamenta en un consuelo psicológico, sino en un hecho histórico y salvador: Cristo ha resucitado de entre los muertos, y con Él la muerte ha sido vencida. Desde el día de nuestro bautismo, participamos ya de esa victoria. Morimos al pecado, y nuestra vida queda escondida con Cristo en Dios. Por eso, para el cristiano, la muerte no es el final, sino el paso, el “éxodo” hacia la plenitud de la vida. No es aniquilación, sino transformación; no es ruptura, sino cumplimiento.

Hermanos, este es el motivo por el cual la Iglesia celebra la conmemoración de los difuntos con una mezcla de tristeza y esperanza: tristeza humana por la ausencia de quienes amamos, pero esperanza firme en la promesa de Cristo. En el Evangelio según San Juan, Jesús consuela a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas…”. El Señor va a prepararnos un lugar, y nos asegura: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. En estas palabras encontramos la respuesta a nuestro sufrimiento y dolor.

Celebrar hoy a los fieles difuntos no es solo mirar hacia atrás, sino también hacia adelante. La liturgia nos invita a contemplar nuestra propia existencia a la luz de la eternidad. Vivir preparados y vigilantes significa reconocer cada día como una oportunidad para acercarnos más a Dios, para reconciliarnos, para sembrar el bien y dejar huellas de amor. Nadie sabe el día ni la hora, pero quien vive en Cristo no teme la muerte, porque sabe en quién ha puesto su confianza.

La oración por los difuntos es expresión concreta de la comunión de los santos. No los olvidamos, porque el amor no muere. La Iglesia, desde sus orígenes, ha ofrecido oraciones, sufragios y sobre todo la Eucaristía por aquellos que han partido. Creemos que nuestras plegarias pueden ayudarles en su purificación, y al mismo tiempo fortalecen nuestra esperanza. Cuando recordamos a nuestros difuntos, no solo recordamos su ausencia, sino que afirmamos su presencia misteriosa en Cristo. Ellos siguen vivos en el amor de Dios y nos esperan. En cada Eucaristía, el cielo y la tierra se unen, y sentimos que nuestros seres queridos están ahí, en esa comunión invisible pero real.

Hermanos, esta Conmemoración nos deja varias enseñanzas. Primera, redescubrir el valor de la esperanza cristiana frente a una cultura que teme hablar de la muerte, la disfraza o la niega. El cristiano no huye de esta realidad, sino que la enfrenta desde la fe en la resurrección. Segunda, renovar nuestra confianza en la misericordia de Dios: nadie está perdido para siempre si se abre al amor de Dios. Tercera, mantener viva la práctica de orar por los difuntos, visitar los cementerios con fe, y ofrecer Misas en sufragio de quienes amamos. Y finalmente, vivir con los ojos puestos en la eternidad, conscientes de que la vida presente es camino y preparación para el encuentro definitivo con Dios.

Queridos hermanos, hoy, al recordar a nuestros difuntos, pongamos en las manos de Dios sus nombres, sus rostros, sus historias. Demos gracias por lo que significaron en nuestra vida. Y renovemos nuestra fe en Cristo resucitado, que nos dice: “No se turbe vuestro corazón”. La muerte no tiene la última palabra; la última palabra la tiene el amor de Dios. Que la Virgen María, Madre de los vivos y consuelo de los que lloran, interceda por nosotros y por todos los fieles difuntos, para que un día nos reencontremos en la casa del Padre, donde ya no habrá llanto, ni dolor, ni muerte, sino la alegría eterna de los santos. Que así sea, amén.

¡Concédeles, Señor!, el descanso eterno. Y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz, amén.

ÚLTIMAS NOTICIAS