María es la estrella que guía los pasos de los creyentes hacia el encuentro con Cristo

Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América y Copatrona de la Diócesis de Ciudad Quesada.

Viernes 12 de diciembre de 2025, Catedral de Ciudad Quesada, 6:00 p.m.

Hermanos en el Señor y en la Virgen María:

En esta solemne fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América y copatrona de nuestra diócesis de Ciudad Quesada, elevamos el corazón en gratitud a Dios, que en su amor providente ha querido acercarse a su pueblo a través de la mirada materna de Santa María. Hoy, a la luz de los textos bíblicos proclamados, y también en el contexto del Adviento, contemplamos el misterio de la presencia de Dios que se encarna, se hace cercano y camina con nosotros, tal como lo hizo en el acontecimiento guadalupano de 1531.

La primera lectura del profeta Isaías nos presenta el signo prometido por Dios a su pueblo: “Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel”. Este anuncio, dirigido inicialmente al rey Acaz, se convierte en una profecía abierta que alcanza su plenitud en María, la Virgen que concibe por obra del Espíritu Santo y da a luz al Salvador, el Enmanuel: “Dios-con-nosotros”. Esta es la certeza que sostiene nuestra fe y que María, más que nadie, llevó en su seno y en su vida.

La afirmación del “Dios-con-nosotros” no puede expresar mejor el sentido profundo del acontecimiento guadalupano. Cuando la Virgen se aparece al humilde San Juan Diego, en el cerro del Tepeyac, en diciembre de 1531, su mensaje no es otro que el del Enmanuel. Ella viene para recordarnos que Dios está con nosotros, que no nos abandona, que acompaña los dolores, búsquedas y esperanzas de sus hijos en esta tierra americana.

El Salmo 66 nos ha invitado a alabar y bendecir a Dios, para que “su rostro brille sobre nosotros”. En el acontecimiento guadalupano, este deseo se hace realidad de modo sorprendente: el rostro materno de María se vuelve hacia nosotros, reflejando la luz del Dios vivo. Su imagen en la tilma es, para el continente entero, un signo de ternura, de consuelo y de esperanza. Dios ilumina, en Cristo, nuestro camino, y María muestra ese resplandor con su presencia maternal.

El Evangelio de San Lucas nos presenta a María que, llevando en su seno al Hijo de Dios, se pone en camino hacia la montaña para visitar a su pariente Isabel. “Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”, proclama María en su Magnificat. Esta escena de la Visitación se refleja también de alguna manera en el acontecimiento guadalupano: María visita a un pueblo que necesitaba consuelo, unidad, identidad y fe; ella viene presurosa como la Madre que no abandona, como la Mujer que pone en marcha la evangelización de todo un continente nuevo.

Hermanos, lo que sucedió en 1531 no fue simplemente una aparición; se trató de un impulso evangelizador sin precedentes. Ante la fragmentación cultural, el dolor por la reciente conquista y la necesidad de fraternidad, Dios quiso hablar en la lengua de los sencillos. María de Guadalupe se muestra como mestiza, puente entre dos mundos, rostro materno que integra y sana. Por eso San Juan Pablo II afirmó: “El acontecimiento guadalupano ha sido un momento determinante en la evangelización del Nuevo Mundo”. Bajo su amparo, millones de hombres y mujeres descubrieron el amor de Dios en Cristo, y América recibió su vocación de ser “continente de la esperanza”.

Los invito a contemplar por un momento la imagen de la Virgen en la tilma de San Juan Diego. Sin duda es un verdadero mensaje en sí misma: María aparece de pie, en actitud orante, cubierta por un manto azul-verdoso adornado con estrellas, signo del cielo y del amor divino. La flor de cuatro pétalos sobre su vientre indica que allí está el “Teotl”, el Dios verdadero. Sus manos juntas indican intercesión; su mirada dulce, cercanía; su postura humilde, servicio. Está vestida como una mujer encinta, como la Mujer del Apocalipsis, pero al mismo tiempo como madre del pueblo que habita esta tierra. Toda esta maravillosa iconografía habla a los corazones y lenguajes indígenas y, al mismo tiempo, trasciende culturas y tiempos.

Hermanos, ¿Qué nos dice hoy a nosotros aquí esta fiesta? Ante todo, que María es modelo de fe, de escucha, de humildad, de caridad misionera y de esperanza. En ella vemos a la creyente que acoge la Palabra sin reservas, que se fía de Dios en la incertidumbre, que se pone en camino para servir, que se mantiene firme ante la cruz y que persevera en oración con la Iglesia naciente.

En este Año Jubilar de la Esperanza, que como Iglesia universal estamos concluyendo, María se nos presenta como la “Madre de la Esperanza”. Ella nos enseña a esperar contra toda esperanza, como lo hizo cuando todo parecía oscuro. Su presencia en el Tepeyac fue para América un grito de esperanza en tiempos de dolor y de fractura. Hoy, en medio de nuestras crisis sociales, culturales y espirituales, nos recuerda que el Enmanuel sigue aquí, que Dios está con nosotros, que la luz brilla aun cuando todo parece opaco.

La Santísima Virgen María siempre nos ilumina e inspira con sus virtudes. De ella aprendemos la escucha, pues acogió el mensaje del ángel y lo meditó en su corazón; también nosotros necesitamos detenernos, abrir el alma a la Palabra de Dios, permitir que Él nos hable y nos guíe. También aprendemos la humildad, María reconoce que todo viene de Dios: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, exclama. Frente a la autosuficiencia y el orgullo que tanto dañan nuestras relaciones, María nos invita a vivir desde la verdad y la sencillez.

Aprendemos, asimismo, la caridad misionera, María va al encuentro de Isabel; vino al encuentro de Juan Diego; viene al encuentro de cada uno de nosotros. Nos impulsa a salir, a visitar, a acompañar, a servir. Aprendemos, finalmente, la esperanza. María, mujer fuerte en la prueba, nos enseña a confiar en la fidelidad de Dios. Ella es la estrella que guía los pasos de los creyentes hacia el encuentro con Cristo.

Hermanos, el pasado 25 de julio hemos celebrado, con alegría y gratitud, treinta años de vida diocesana. ¡Cuántos dones ha derramado el Señor sobre nuestra diócesis a lo largo de estas tres décadas! Santa María de Guadalupe, copatrona nuestra, nos ha acompañado en cada paso, en cada proyecto pastoral y en cada corazón que se abre a la fe. Así como estuvo en los inicios de la evangelización del continente, también ha estado presente en nuestra historia particular diocesana. Hoy, al evocar este XXX aniversario, ella nos llama a renovar nuestra misión: ser Iglesia en salida, Iglesia que escucha, acompaña, acoge y anuncia. Bajo su amparo, queremos seguir construyendo comunidades vivas, fraternas, misericordiosas y llenas de esperanza.

Queridos hermanos diocesanos, que esta fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, la Virgen morena del Tepeyac, nos ayude a abrir el corazón a la presencia del Enmanuel que viene. Que ella nos sostenga en la fe, nos anime en la misión, nos fortalezca en la esperanza y nos enseñe a vivir como verdaderos discípulos de su Hijo. Que bajo su manto encontremos consuelo, unidad y alegría. Y que, como Iglesia diocesana, sigamos avanzando en el camino del Evangelio, sabiendo que Dios está con nosotros y que María siempre nos acompaña. Así sea, amén.

Santa María de Guadalupe, Madre de la esperanza y Estrella de la evangelización. Ruega por nosotros.

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