María no quita las dificultades del camino, pero camina con nosotros

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, Jornada Mundial de oración por la paz.

Jueves 1 de enero de 2026, Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.

Hermanos en el Señor:

Al comenzar este nuevo año 2026, la Iglesia nos convoca para celebrar una de las solemnidades más entrañables de nuestra fe, como lo es Santa María, Madre de Dios. No es casualidad que esta celebración, en la Octava de Navidad, abra el calendario civil, porque poner a María al inicio del año es colocar a Cristo en el centro de nuestra vida y de nuestra historia. Iniciamos el año nuevo bajo la bendición de Dios, acompañados por la ternura de una Madre, y con el corazón aún marcado por la gracia del Año Santo Jubilar de la Esperanza, que llegará a su conclusión el próximo 6 de enero.

La solemnidad que hoy celebramos tiene un significativo origen litúrgico y teológico. Desde los primeros siglos, la Iglesia confesó con firmeza que María es verdaderamente Madre de Dios, porque el Hijo que engendró en su seno por obra del Espíritu Santo es verdadero Dios y verdadero hombre. El Concilio de Éfeso, en el año 431, proclamó esta verdad para salvaguardar el misterio central de nuestra fe: Jesucristo es una sola persona, el Hijo eterno del Padre, que asumió nuestra carne en el seno de María.

La Palabra de Dios, que hoy hemos escuchado, ilumina este misterio y lo conecta de modo providencial con el inicio del año nuevo. En la primera lectura, tomada del libro de los Números, resuena la bendición sacerdotal: “El Señor te bendiga y te proteja; ilumine su rostro sobre ti y te conceda la paz”. Esta bendición, tan antigua y actual, expresa el deseo más profundo de Dios para su pueblo: protección, cercanía, misericordia y paz. No comenzamos el año solos, sino bendecidos por Dios. Y esta bendición se hace concreta y visible en María, en cuyo rostro Dios ha iluminado definitivamente su amor para la humanidad.

El Salmo responsorial prolonga esta súplica confiada: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga, que haga brillar su rostro sobre nosotros”. Cuando pedimos que el rostro de Dios brille sobre nosotros, estamos pidiendo que su presencia nos acompañe, que su favor nos sostenga y que su salvación alcance a todos los pueblos. María es, en este sentido, la mujer sobre la cual ha brillado de manera única el rostro de Dios, y por medio de ella esa luz ha llegado al mundo entero.

San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los Gálatas, nos recuerda el núcleo del misterio que celebramos: “Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer”. Estas palabras son de una densidad extraordinaria. Dios no salvó al mundo desde lejos, sino que entró en nuestra historia, asumió nuestra condición, y lo hizo naciendo de una mujer concreta, con un nombre y una historia: María de Nazaret. Gracias a su “sí” humilde y valiente, nosotros ya no somos esclavos, sino hijos, y podemos llamar a Dios “Abbá, Padre”.

El Evangelio según san Lucas nos presenta a María en actitud contemplativa: “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Los pastores regresan glorificando a Dios, y María guarda, protege y acoge el misterio. Aquí descubrimos el significado existencial de su maternidad divina: María no solo dio a luz a Cristo, sino que lo acompañó, cuidó, protegió y lo ofreció al mundo. Por eso, cuando la Iglesia la invoca como Madre, reconoce en ella un signo de cercanía, seguridad, consuelo y esperanza. Como Madre, María no quita las dificultades del camino, pero camina con nosotros; no elimina los temores, pero los envuelve con su ternura; no sustituye nuestra responsabilidad, pero nos sostiene con su intercesión.

Celebrar esta solemnidad al inicio del año nos invita a mirar el futuro con fe y esperanza. El nuevo año trae consigo retos personales, familiares, sociales y eclesiales. Hay incertidumbres, conflictos, fragilidades económicas, tensiones sociales, heridas abiertas en nuestro mundo y también en nuestra Iglesia. Pero hoy proclamamos que la historia está en manos de Dios, y que esas manos tienen el rostro maternal de María. Ella nos enseña a comenzar el año escuchando la Palabra, acogiendo la voluntad de Dios y confiando incluso cuando no entendemos todo.

Hoy también celebramos la LIX Jornada Mundial de Oración por la Paz. En su primer mensaje para esta Jornada, el Papa León XIV nos invita a no resignarnos ante la violencia ni la indiferencia, y a convertirnos en artesanos de paz desde lo cotidiano, desde nuestras palabras, decisiones y relaciones. María, Reina de la Paz, nos educa en esta tarea, porque ella acogió al Príncipe de la Paz y lo ofreció al mundo con humildad y generosidad.

No puede faltar en este momento una palabra sobre la coyuntura actual y futura de Costa Rica. Este 2026 se presenta para nuestro país como un año decisivo, marcado por retos que exigirán madurez democrática y sentido de responsabilidad colectiva. En medio de la campaña electoral, el país necesita elevar el nivel del diálogo público, alejándose de la confrontación estéril y apostando por propuestas serias, viables y centradas en el bien común. La ciudadanía espera procesos transparentes, liderazgos capaces de escuchar y una política que recupere la confianza, fortaleciendo las instituciones y la convivencia democrática.

Al mismo tiempo, persisten desafíos estructurales que no admiten más postergaciones: las listas de espera de la Caja Costarricense de Seguro Social siguen siendo una herida abierta que reclama soluciones; la mora judicial continúa afectando el acceso oportuno a la justicia; y la urgencia de frenar la ola de homicidios demanda acciones integrales que combinen seguridad, prevención y oportunidades reales para las comunidades más vulnerables. El año 2026 debe ser un año para pasar del diagnóstico a las decisiones valientes, poniendo a la persona en el centro y reafirmando el compromiso con la paz social que históricamente ha caracterizado a Costa Rica.

Hermanos, en este contexto de gratitud y esperanza, encomendamos a Dios y a la Virgen María el año nuevo que comenzamos, con sus proyectos, trabajos, alegrías y esperanzas. De manera especial, ponemos bajo su protección la peregrinación diocesana de clausura del Año Jubilar, que nos llevará mañana a Roma, y a distintos lugares de Italia y España del 2 al 23 de enero. Que este camino sea una experiencia de fe, de comunión eclesial y de renovación espiritual. Llevaremos con fe y confianza las intenciones de oración y necesidades de nuestra diócesis y de todos ustedes.

Que María, Madre de Dios y Madre nuestra, nos cubra con su manto al comenzar este nuevo año. Que nos enseñe a confiar, perseverar y esperar con toda esperanza. Y que, bajo su mirada maternal, podamos vivir serenamente el año 2026 como un tiempo de bendición y paz del Señor que ha querido habitar entre nosotros.

Así sea, amén.

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