María nos invita a abrir el corazón a la gracia, a la conversión, a la oración y a los sacramentos

Nuestra Señora de las Mercedes
Patronal Comunidad de Platanar, Parroquia de Florencia.
Jueves 24 de setiembre de 2026, 6:00 p.m.

El mensaje de la Palabra de Dios que hemos escuchado nos coloca ante una gran verdad: Dios es el Dios que salva, libera y acompaña a su pueblo. Y María, la Madre del Señor, aparece junto a nosotros como signo de esa misericordia y cercanía divinas. Por eso, celebrar hoy a Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de esta querida comunidad de Platanar, es celebrar la acción liberadora de Dios y renovar nuestra confianza en Cristo, nuestro Redentor, que nos ha llamado a vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios.

El libro de Judit, en la primera lectura, nos presenta al pueblo reconociendo la intervención salvadora de Dios y alabándolo porque su misericordia permanece para siempre. En el canto del Magníficat, que hicimos como salmo, María proclama: «El Señor hizo en mí maravillas». Y al pie de la cruz, el evangelio de San Juan nos muestra a María permaneciendo junto a Jesús en el momento del dolor, cuando el Señor le dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», y al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». María está, por tanto, allí donde Dios salva; está en medio de la alegría y también al pie de la cruz; está junto a Cristo y junto a sus hijos también.

La advocación de Nuestra Señora de las Mercedes tiene precisamente un profundo sentido de liberación. La palabra «merced» nos habla de misericordia, gracia y don recibido gratuitamente. La tradición mercedaria nació en el siglo XIII, en un contexto en el que muchos cristianos eran hechos cautivos y privados de su libertad. San Pedro Nolasco, movido por la caridad de Cristo y bajo la protección de la Virgen María, impulsó la fundación de la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced, con la misión de trabajar por la redención de los cautivos. Aquellos hombres y mujeres que sufrían la esclavitud encontraban en la comunidad mercedaria un signo concreto de que la dignidad humana no podía ser anulada y de que Cristo había venido para liberar.

Pero esta misión conserva hoy toda su actualidad. Existen cautividades que no necesariamente tienen cadenas visibles. Hay personas esclavizadas por el pecado, el rencor, las adicciones, la violencia, la desesperanza, la soledad, el materialismo o por tantas situaciones que terminan robando la libertad y la dignidad. También existen familias cautivas por conflictos que no logran superar, jóvenes que pueden sentirse atrapados por ambientes que los alejan del bien, y personas que viven interiormente heridas y necesitan experimentar la misericordia y la esperanza.

Por eso, la fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes nos recuerda que Cristo es el Redentor que nos libera. La verdadera libertad no consiste simplemente en hacer lo que queremos, sino en poder vivir en la verdad, el amor y el bien. San Pablo nos recordará que Cristo nos ha liberado para que vivamos en libertad. Y María nos conduce precisamente hacia Él. Ella no ocupa el lugar de Cristo, sino que nos lleva a Cristo; no retiene para sí a sus hijos, sino que, como en Caná y al pie de la cruz, nos señala siempre al Señor.

¡Qué hermoso significado tiene, entonces, esta fiesta patronal para la comunidad de Platanar! Una comunidad que se reúne alrededor de su patrona está llamada a reconocerse como una familia de fe. La fiesta patronal no puede reducirse únicamente a actividades externas, por muy bonitas y necesarias que sean. Es una oportunidad para volver al Señor, fortalecer la comunión, agradecer las bendiciones recibidas y renovar el compromiso cristiano. Al mirar hoy a María, esta comunidad puede preguntarse: ¿de qué necesitamos ser liberados? ¿Qué cadenas debemos ayudar a romper? ¿A quiénes necesita nuestra comunidad acercarse con misericordia?

Hermanos, con motivo de esta celebración quisiera proponer tres desafíos concretos. El primero: vivir personalmente la libertad que Cristo nos ofrece: no podemos hablar de liberación si permanecemos voluntariamente atados al pecado o a aquello que nos aparta de Dios. María nos invita a abrir el corazón a la gracia, a la conversión, a la oración y a los sacramentos.

El segundo desafío, ser una comunidad que libera y no que esclaviza: que nadie encuentre aquí rechazo, indiferencia, maltrato o división. Que nuestras palabras, familias, grupos pastorales y nuestras relaciones sean espacios donde las personas puedan experimentar acogida, respeto, perdón y esperanza. La devoción a Nuestra Señora de las Mercedes debe traducirse en obras concretas de misericordia.

El tercer desafío, salir al encuentro de quienes viven nuevas formas de cautividad: la comunidad cristiana no puede encerrarse en sí misma. Hay que acercarse al joven que se aleja, a la familia que atraviesa dificultades, al enfermo, al adulto mayor, al pobre, a quien lucha contra alguna dependencia, a quien se siente solo o ha perdido la esperanza. Allí donde hay una persona que necesita recuperar su dignidad y su esperanza, allí tiene que hacerse presente la Iglesia como signo de la misericordia liberadora de Cristo.

Pidamos hermanos, al celebrar a Nuestra Señora de las Mercedes, que la Virgen acompañe a esta comunidad, proteja a sus familias, sostenga a sus niños y jóvenes, fortalezca a sus adultos mayores y anime a todos a permanecer unidos en la fe. Que María, Madre que Jesús nos entregó al pie de la cruz, nos enseñe a permanecer junto a Cristo y junto a nuestros hermanos. Y que, bajo su maternal protección, esta comunidad pueda ser cada día más una comunidad reconciliada, misericordiosa, misionera y comprometida con la dignidad de cada persona. Que Nuestra Señora de las Mercedes nos ayude a experimentar la libertad que Cristo nos ha conquistado y a convertirnos, también nosotros, en instrumentos de liberación, misericordia y esperanza para los demás. Así sea, amén. 

¡Nuestra Señora de las Mercedes! Ruega por nosotros.

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