Monseñor Garita: aprendamos a corregir desde el amor

“La enseñanza es clara: no podemos permanecer indiferentes ante el mal que afecta a nuestros hermanos”, dijo en su mensaje dominical el Obispo de Ciudad Quesada.

En el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, el Obispo de Ciudad Quesada nos dice: “la fe nunca puede vivirse desde la indiferencia, porque quien ama se siente responsable del bien de los demás”.

“Jesús nos recuerda que somos hermanos, que formamos una comunidad y que nuestra vida está vinculada a la vida de los demás. Por eso, el tema central que atraviesa las lecturas de hoy es la corrección fraterna como expresión concreta del amor y de la corresponsabilidad en la fe”, dijo Mons. José Manuel Garita Herrera.

En la Primera Lectura, el profeta Ezequiel recibe del Señor la misión de ser centinela, vigilante y guardián del pueblo. “El centinela no está para observar pasivamente lo que sucede, sino para advertir del peligro y procurar el bien de todos”, se señaló en la homilía.

“La enseñanza es clara: no podemos permanecer indiferentes ante el mal que afecta a nuestros hermanos. Somos responsables unos de otros. El silencio puede convertirse incluso en una forma de omisión y complicidad, cuando debimos hablar y actuar”, agregó el prelado.

Al destacar la enseñanza del Evangelio de San Mateo, el propio Jesús indica “Si tu hermano peca o falla, corrígelo”.

“Atención en primer lugar: no se trata de convertirnos en jueces de los demás ni de estar mirando sus defectos. Tampoco significa humillar, señalar, criticar o hacer sentir mal al otro”, comentó el pastor diocesano.

Monseñor enfatizó “que la corrección fraterna auténticamente cristiana nace del amor y busca recuperar al hermano, ayudarlo a crecer y favorecer la armonía, la reconciliación, la paz y la comunión”.

Igualmente, San Pablo, en la Segunda Lectura de Romanos, sentencia: “no tengan con nadie una deuda más que la del amor mutuo”.

“Por lo tanto, corregir con amor y desde el amor es la verdadera actitud cristiana”, agregó el Obispo de Ciudad Quesada.

Como parte de la enseñanza de nuestro pastor diocesano, ofrece en su homilía tres aplicaciones concretas para vivir nuestra experiencia de fe.

Primera. Vencer la indiferencia: preguntémonos si realmente nos importa la vida espiritual de quienes tenemos cerca: de nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo, miembros de la comunidad. La fe no puede reducirse a “yo estoy bien con Dios y nada más”. Somos Iglesia y, por tanto, nos necesitamos unos a otros.

Segunda. Aprender a corregir desde el amor y no desde la superioridad: antes de hablar, necesitamos oración, prudencia, caridad y humildad. La corrección fraterna no puede convertirse en chisme, crítica destructiva o condena. Hay que preguntarse: ¿lo que voy a decir ayudará realmente a esta persona?, ¿es el momento adecuado?, ¿lo haré con respeto?, ¿busco su bien o simplemente quiero demostrar que tengo razón? La corrección cristiana debe ser discreta, prudente y misericordiosa.

Tercera. Aprender también a recibir la corrección: no solamente necesitamos saber hablar; necesitamos saber escuchar. A veces nuestro orgullo, nuestro hermetismo o nuestra dificultad para reconocer los errores nos hacen rechazar cualquier observación. Pero nadie crece sin reconocer aquello que necesita cambiar. La corrección recibida con humildad puede convertirse en una oportunidad de maduración humana y espiritual enorme.

“Hermanos, pidamos hoy al Señor que nuestras comunidades, familias y ámbitos de trabajo sean espacios donde nadie se sienta juzgado ni abandonado, sino acompañado y ayudado a crecer. Que sepamos cuidar unos de otros, advertir con caridad, corregir con prudencia y recibir con humildad”, finalizó Monseñor Garita.

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