“Todos tenemos un tesoro, todos ponemos el corazón en algo o en alguien. Para unos puede ser el trabajo, para otros el dinero, la familia, el prestigio, la salud o los proyectos personales. La pregunta es si ese tesoro de verdad llena el corazón y si dura para siempre”.
De esta manera Monseñor José Manuel Garita Herrera exhortó a los fieles a reflexionar para comprender a la luz de la Palabra “que el verdadero tesoro no consiste en acumular cosas, sino en vivir según la sabiduría de Dios y buscar, por encima de todo, su Reino”.
En la Primera Lectura del I Libro de los Reyes se presenta al joven rey Salomón. “Dios le concede una oportunidad única: puede pedir lo que quiera. Cualquiera de nosotros quizá habría pedido salud, éxito, riqueza, seguridad o una larga vida. Sin embargo, Salomón sorprende incluso al mismo Dios, pues le pide un corazón sabio para distinguir el bien del mal y para gobernar con justicia”.
“Salomón pide saber vivir como Dios quiere. Esa es la verdadera sabiduría, el tesoro que deberíamos tener y no dejar por nada: ser creyentes, tener fe, vivir según Dios”, destacó el Obispo de Ciudad Quesada.
El Salmo 118 continúa esa misma idea y señala que los mandamientos del Señor son más valiosos que el oro y la plata.
“Quien ha experimentado la paz de vivir según el Evangelio sabe que ninguna riqueza puede comprar una conciencia tranquila, una familia reconciliada o un corazón en paz con Dios. La voluntad del Señor no es una carga, sino un camino de libertad y de felicidad verdadera”, dijo el prelado en la Misa de 8:00 a.m., en la Catedral de Ciudad Quesada.
Asimismo, en el Evangelio de San Mateo, Jesús utiliza imágenes muy sencillas. Se habla de un hombre que encuentra un tesoro escondido y de un comerciante que descubre una perla de gran valor. Ambos hacen exactamente lo mismo: venden todo para adquirir aquello que han encontrado.
“Ese tesoro y esa perla representan el Reino de Dios. Cuando una persona descubre de verdad a Cristo, cambia completamente su escala de valores. Esto no significa despreciar las cosas buenas de este mundo, sino colocarlas en el lugar que les corresponde. El dinero sirve, pero no puede convertirse en el dueño del corazón. El trabajo es importante, pero no puede ocupar el lugar de Dios ni de la familia. Los bienes materiales son útiles, pero ninguno puede dar la felicidad definitiva”, meditó Monseñor Garita.
Durante la Eucaristía se resaltaron las palabras de San Pablo, en la Segunda Lectura de la Carta a los Romanos: “Todo sirve para el bien de los que aman a Dios”.
“Esto no significa que todo lo que sucede sea bueno, sino que Dios es capaz de sacar bien incluso de las dificultades, de los fracasos y de los momentos de dolor. Cuando el Señor es nuestro verdadero tesoro, incluso las pruebas pueden convertirse en ocasiones para crecer en la fe, en la confianza y en el amor”, se subrayó en la homilía.
Al exhortar a los fieles, el pastor diocesano pregunta: ¿Dónde está nuestro tesoro? ¿Qué ocupa nuestros pensamientos durante el día? ¿Qué es lo primero que buscamos cuando tomamos decisiones importantes? ¿Qué estamos enseñando con nuestro ejemplo a los hijos, a los nietos o a quienes nos rodean?
Monseñor Garita responde con tres tareas concretas para practicar en la vida cotidiana.
Primero. Dedicar unos minutos cada día para pedir al Señor la misma gracia que pidió Salomón: un corazón sabio que sepa distinguir el bien del mal y elegir siempre lo que agrada a Dios.
Segundo. Hacer una revisión de nuestras prioridades. Preguntémonos con sinceridad si estamos dedicando tiempo a Dios, a la oración, a la familia y al servicio de los demás, o si estamos demasiado absorbidos por preocupaciones materiales y egoístas.
Tercero. Realizar una renuncia concreta por amor al Reino de Dios. Tal vez apagar un rato el teléfono para conversar con la familia, perdonar a quien nos ha ofendido, visitar a un enfermo, participar en la Eucaristía con mayor atención o compartir algo con quien lo necesita. Son pequeños gestos que muestran dónde está realmente nuestro tesoro.
