Misa de la Cena del Señor,

Jueves Santo, 9 de abril, Catedral de Ciudad Quesada, 6:00 p.m.

Pese a la lamentable ausencia de fieles, en esta celebración tan significativa, íntima y sublime de la Cena del Señor conmemoramos tres acontecimientos fundamentales: la institución de la Eucaristía, la entrega del mandamiento del amor y la institución también del sacerdocio ministerial. Con este trasfondo, tengamos muy presente que la palabra y contenido clave de esta celebración es la entrega; entrega de Jesús, entrega de sí mismo, entrega de la propia vida. Con estos gestos propios de este Jueves Santo, Jesús preanuncia y adelanta su entrega en la cruz, en el acto de amor más grande, por ello, el evangelio de hoy dice que “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”, y este extremo, sin duda, es la entrega total de sí mismo como víctima salvadora.

Los textos de la Palabra de Dios que hemos escuchado, por decirlo así, nos van llevando poco a poco, y nos van presentando los elementos y gestos esenciales de la entrega de Jesús que hoy conmemoramos.

La primera lectura del libro del Éxodo nos narra cómo celebraron los judíos la primera cena pascual en Egipto, antes de la liberación de la esclavitud. Se dan indicaciones muy precisas del ritual, pero destacan dos elementos fundamentales: la inmolación de un cordero y su sangre que se debía rociar en las puertas. Esta cena pascual de los israelitas sin duda prefigura la cena pascual y el sacrificio de Jesús: él es el nuevo cordero que se inmola en Eucaristía verdadera cena pascual; Cristo es el verdadero cordero pascual que se inmola en la cruz y su sangre se derrama ahora por nuestra salvación. Queda así sellada la entrega total del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El evangelio de San Juan nos coloca en el contexto de la cena pascual de Jesús con sus discípulos. Antes de su entrega, dice el evangelista que “sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo a su Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Dos detalles impresionantes de esta afirmación: “la hora” que se refiere a su entrega en la cruz a través de la muerte; y “amar al extremo” que es sinónimo de la entrega total de sí mismo, de su vida por nosotros y nuestra salvación.

Con este preámbulo y en la intimidad de la cena pascual, Jesús cumple el gesto de lavar los pies a sus discípulos, actitud que los escandaliza, pues para ellos él es el Maestro y el Señor, no un esclavo a quien estaba mandado lavar los pies de sus señores. Pero recordemos que Jesús es el siervo de Dios, el siervo que ha venido a entregar su vida por nuestra redención. El siervo que, como él mismo decía, “no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos”. Esta es la verdadera y más profunda entrega de Jesús, este es el sentido más íntimo de lavar los pies a sus discípulos: que entendieran ellos entonces, y ahora nosotros, que lavar los pies es servir y que servir es entregarse dando la vida. Por ello, el mismo Señor dirá también “ámense los unos a los otros como yo los he amado”; así como él, hasta el extremo de la entrega. Y también nos recordará que “si se aman, los demás reconocerán que ustedes son mis discípulos”. Amor, servicio, entrega, dar la vida. Todo está implicado, allí está la identidad más profunda del siervo Jesús que se entrega, y debería estar también la identidad nuestra como discípulos suyos. Qué misterio de amor tan grande. Y todo por nosotros.

San Pablo, en la segunda lectura de su 1 carta a los corintios, en uno de los textos más antiguos sobre la Eucaristía, deja patente el sentido más profundo de la última cena y lo que hizo Jesús en ella: “la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre’. Hagan esto en memoria mía”. Pan partido que es el cuerpo de Jesús que se entrega, y vino compartido que es la sangre de Cristo que se derrama en la cruz. Se trata de su entrega a través de la muerte, pero también de su entrega en la Eucaristía que se sigue dando cada vez que celebramos el memorial de la muerte del Señor hasta que él vuelva. Entrega en la última cena el jueves santo, entrega en la cruz el viernes santo, y entrega constante en la Eucaristía, el sacramento que nos fortalece y nos nutre con el cuerpo y la sangre de Cristo, el verdadero banquete pascual que nos alimenta ahora y que nos lleva a la vida eterna. Hermanos, ¡qué misterio más grande, sublime e inabarcable el de la entrega del Señor! No olvidemos: la entrega consiste en dar la vida; por ello, no hay amor más grande que ese.

Por las circunstancias en que nos entramos, hoy no reviviremos aquí el gesto del lavatorio de los pies ni tendremos la reserva y adoración de la Eucaristía en el santo monumento, pero, hermanos, no olvidemos las lecciones supremas de la entrega del Señor:

  1. Lavarnos los pies los unos a los otros a través del servicio, de la solidaridad, de la práctica del bien, de la capacidad de hacer vida el mandamiento del amor siempre, pero sobre todo ahora, por ejemplo, cuando no pocos han perdido el trabajo, no tienen qué comer, están enfermos o angustiados por lo que estamos viviendo. Qué hermosos y elocuentes ejemplos de servicio y entrega hemos visto en el mundo y en nuestro país con motivo de la pandemia. Queda así demostrado que el amor es posible, que el servicio y la solidaridad es propio de los seres humanos, en particular de los cristianos. El amor es lo que más nos acerca y asemeja a Dios.
  2. Reconocer, alimentarnos y adorar al Señor en la Eucaristía que se sigue entregando sacramentalmente por nosotros. La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía. La Eucaristía es “fuente y culmen de toda la vida de la Iglesia”. Sin Eucaristía no hay vida cristiana, no hay impulso ni fruto apostólico, sin ella no se da la santificación de cada uno de nosotros. La Eucaristía es Cristo mismo que se sigue entregando por nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Hermanos, en esta noche memorable y en esta cena entrañable, demos gracias a Jesús por ese amor tan grande y extremo que nos ha mostrado con la entrega de sí mismo. Que sepamos imitar su ejemplo de humildad, de servicio, de entrega, de caridad y amor total a través de la vivencia auténtica de nuestra fe, reconociendo la presencia del Señor en la persona de los hermanos con quienes hemos de practicar el servicio, el mandamiento del amor y la entrega a semejanza de Jesús que nos amó y nos ama hasta el extremo.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Obispo de Ciudad Quesada