“Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió”, Juan 21, 11

Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Domingo 24 de mayo de 2020, Solemnidad de la Ascensión del Señor.

Con motivo de la 54 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, nos dice el Papa Francisco: “La historia de Cristo no es patrimonio del pasado, es nuestra historia, siempre actual. Nos muestra que a Dios le importa tanto el hombre, nuestra carne, nuestra historia, hasta el punto de hacerse hombre, carne e historia. También nos dice que no hay historias humanas insignificantes o pequeñas (…) Toda historia humana tiene una dignidad que no puede suprimirse”.

Nos encontramos en un momento de la historia humana que es trascendental y ante un hecho que no conoce precedentes, por la magnitud del daño que ha causado la pandemia provocada por el COVID-19, a un mismo tiempo y casi que a todas las naciones. La pandemia no ha conocido límites fronterizos o raciales o económicos o sociales. Con ello, también hay que decir ¡que cada vida cuenta! Así lo señala el Santo Padre.

En “tiempo real”, como nunca antes, gracias al alcance de los medios de comunicación, contabilizamos los afectados por minutos, tanto a nivel de contagios, como de decesos. Y de la mano con la problemática sanitaria, los efectos directos a la economía, la empleabilidad y la forma de vida de la humanidad, son tan solo algunos de los daños que seguimos contando.

La tecnología, por su parte, nos ha acercado al dolor que está presente en diferentes países. Hoy, cuando el distanciamiento social es necesario para evitar el contagio por el COVID-19, son los medios de comunicación los que han ocupado un espacio vital de información y de cercanía, para darnos cuenta que necesitamos unos de otros.

Ya el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Católica nos decía en su numeral 192: “La vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios de comunicación ‘en tiempo real’, como las telecomunicaciones, los extraordinarios progresos de la informática, el aumento de los intercambios comerciales y de las informaciones son testimonio de que por primera vez desde el inicio de la historia de la humanidad ahora es posible, al menos técnicamente, establecer relaciones aun entre personas lejanas o desconocidas”.

Sin embargo, un uso inadecuado de estas técnicas, provocaron también que “deshumanizáramos” esos recursos al servicio del hombre, que abusáramos incluso falseando la propia identidad para crear “perfiles” falsos y termináramos desviando los buenos fines que pudieran tener las nuevas tecnologías.

En medio de la pandemia, hemos visto que personas enfermas en hospitales puedan estar en contacto con sus familiares, la educación hoy más que nunca depende de un adecuado uso de recursos para mantener la formación a distancia, nuestra Iglesia Católica, como nunca antes, ha podido realzar el uso de la tecnología para continuar su cercanía espiritual con tantos y tantos fieles en el mundo. Así también, a un “click” de distancia y con un teléfono móvil, las muestras de solidaridad se contabilizan en distintas entidades (la Iglesia también) para hacer llegar apoyo material a quienes pasan hambre.

Este es un momento único para tomar conciencia de los grandes avances de la ciencia, la tecnología y la comunicación. Estar más lejos nunca nos acercó tanto por medio de dispositivos y la internet. La soledad misma, que también golpea a muchos, se ha visto llena por mensajes instantáneos que acompañan como un verdadero gesto de humanidad. ¡Humanicemos las comunicaciones! ¡Humanicemos la tecnología!

Si ponemos nuestra mirada en el pasaje bíblico de Hechos 2, 44, veremos que los primeros cristianos se mantenían unidos, todo lo ponían en común, compartían sus bienes y solventaban las necesidades de cada uno.

En redes sociales, durante mucho tiempo (y siempre corremos el riesgo), fácilmente se rompe la comunión, bloqueamos al hermano y hasta “denunciamos” a quien no nos cae bien para que lo “eliminen” de estos espacios.

En medio de la pandemia, hemos sido testigos de grandes gestos de humanismo utilizando las redes sociales y las nuevas tecnologías. Ojalá que esto no cambie, que conservemos y potenciemos esta lección. Ojalá aprendamos y demos cada vez más un uso responsable a estos recursos que deben ser para el servicio del ser humano.

El 27 de marzo, en un momento extraordinario de oración que encabezó el Papa Francisco, en el atrio de la Basílica de San Pedro, manifestó: “con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”.

Somos una familia, hijos de un mismo Padre. Jesucristo, con su Resurrección, nos ha salvado a todos. Corresponde a nosotros comunicarnos como somos, sin “filtros” que cambien nuestra apariencia ni con falsas emociones. Es tiempo de ser solidarios, de poner todo en común porque como se nos muestra en el Evangelio “a pesar de ser tantos, la red no se rompió” (Juan 21, 11).

Hoy, más que nunca, estamos llamados a conformar una sola red, para que nadie quede fuera de ella, para que juntos salgamos de esta y cualquiera otra crisis. La comunión nos ayudará a salir adelante. Aprovechemos también los diferentes medios tecnológicos para comunicar a Cristo y su Buena Noticia de salvación.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Obispo de Ciudad Quesada