Vigilia Pascual,

Sábado Santo, 11 de abril 2020,

Catedral de Ciudad Quesada, 8:00 p.m.

A pesar de las limitaciones de la emergencia que vivimos, nos alegramos y exultamos grandemente con el mundo entero y con la Iglesia por esta noche santísima que constituye la fiesta de las fiestas de la fe cristiana y la madre de todas las vigilias de la liturgia eclesial. Por tanto, estamos en la liturgia más importante y central de esta Semana Santa y de todo el año litúrgico, la meta para la que nos hemos venido preparando durante la Cuaresma tan probada y particular que hemos vivido. Estamos en el silencio de la noche contemplando y esperando. Contemplando la obra maravillosa de Dios que pasa y actúa en la historia por nuestra salvación. Y estamos esperando, aguardando en vigilante espera el acontecimiento central de nuestra fe cristiana: la resurrección y el triunfo glorioso de Cristo sobre la muerte.

Esta es también la aurora de la luz que disipa las tinieblas del miedo, del mal, del pecado y de la muerte. Nuestro Dios es Dios de vivos, no de muertos. No es un Dios fracasado, sino resucitado y glorificado. Por eso no nos quedamos en la oscuridad ni en el silencio del viernes y del sábado santo, pues estamos pasando hacia la aurora del gran día de la resurrección, del domingo de la victoria, de la luz y la alegría suprema. Esta es la noche del paso de Dios, es la pascua del Señor.

Por la simplificación del rito, a causa de la situación en que estamos, no hemos hecho la habitual bendición del fuego en el lucernario, pero sí hemos preparado el cirio pascual, signo y elemento esencial de esta noche, porque representa al mismo Cristo Resucitado como fuego y luz que irrumpe en medio de las tinieblas para vencer a la muerte. Asimismo, hemos cantado el pregón pascual que expresa elocuentemente la victoria de Cristo en la resurrección y el misterio de la redención de la que hemos sido objeto por el misterio pascual.

Asimismo, por las circunstancias actuales, los textos de la Palabra de Dios se han reducido, pero las lecturas que hemos escuchado nos relatan las maravillas de la historia de salvación y de la redención.

La primera lectura del libro del Génesis nos narra la creación del mundo y del ser humano. Una creación toda buena y maravillosa; el mismo Dios, contemplando su obra, vio que todo era bueno, pues él es el sumo bien. Y esa creación tiene como culmen al hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, pues lo hizo partícipe de su misma vida. Si esa creación primera fue maravillosa, cuánto más lo será la recreación que hemos recibido en virtud del misterio pascual de Cristo, de su resurrección, que nos ha dado la posibilidad de una vida nueva, vida eterna en la esperanza de la resurrección.

El texto del libro de Éxodo, que escuchamos en segundo lugar, es el maravilloso relato del paso de Israel por el Mar Rojo en su salida de la esclavitud de Egipto. Queda patente la fuerza liberadora de Dios, de su mano poderosa que derrota también al enemigo cuando los egipcios mueren en el mar. La mano poderosa del Señor rescató a sus hijos de la muerte, igual que lo ha hecho con nosotros en las aguas del bautismo. Como en tiempos de Moisés, el Señor se cubrió de gloria al derrotar al Faraón; ahora nosotros somos salvados, rescatados y cubiertos de la misma gloria de Aquel que resucitó de entre los muertos. A manera de salmo, nos unimos a los israelitas en el cántico que exalta esa grandeza y el poder liberador de Dios ahora manifestado en Cristo que nos ha salvado de la muerte por su resurrección.

La tercera lectura que escuchamos fue el profeta Ezequiel, en ella se pone la manifiesto la paciencia siempre misericordiosa de Dios con su pueblo Israel y con nosotros también. Pese a la infidelidad, Dios quiere restablecer su alianza con su pueblo que muchas veces le hemos dicho no. Pero esa renovación de la alianza no será algo puramente externo, sino una realidad profunda e interior. El Señor, por medio del profeta, ha dicho: “les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; les arrancaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne … los purificaré de todas sus inmundicias e idolatrías”. Esta nueva alianza se ha renovado y se ha producido definitivamente gracias al misterio pascual de Cristo, el hombre nuevo, que por su resurrección nos ha limpiado y purificado, nos ha dado un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Es decir, somos creaturas nuevas en Cristo.

Precisamente, esta nueva realidad de vida, en nosotros los bautizados, la pone de relieve muy claramente San Pablo en la lectura de su carta a los romanos. Hemos sido liberados del pecado en el bautismo que nos ha sepultado con Cristo en su muerte y nos ha hecho renacer por el agua para resucitar a una vida nueva. Liberados y vivificados a fin de que ya no sirvamos al pecado; por ello, la muerte ya no tiene dominio en aquellos que hemos sido incorporados a Cristo por medio del bautismo.

Todo este recorrido histórico y de salvación, todo este camino de las maravillas de Dios, por supuesto tiene su culmen en el acontecimiento central que celebramos esta noche: el hecho salvífico de la plenitud de los tiempos, el acontecimiento que es la maravilla suprema de la redención: Cristo que vence la muerte y resucita glorioso del sepulcro. San Mateo, en su evangelio, deja patente que, el primer día de la semana, Cristo triunfa definitivamente sobre el pecado y la muerte. Por ello, este es un día de fiesta, victoria, alegría y regocijo. Como a la Magdalena y a la otra María, Jesús nos dice que no tengamos miedo, que él está vivo y está con nosotros, es más, que siempre va delante de nosotros. Pero también, Mateo nos invita a seguir el ejemplo de aquellas mujeres: el amor que tenían por Cristo las hizo correr para llevar a los discípulos la gran noticia de la resurrección. Estamos llamados a proclamar vivamente y dar testimonio convincente de que Cristo está vivo, que está a nuestro lado y con nosotros siempre, pero sobre todo en momentos de prueba, oscuridad, enfermedad y muerte. Esta es la certeza de la resurrección.

Más adelante, y continuando con esta celebración, tampoco tendremos la bella y significativa liturgia bautismal y de iniciación cristiana en esta noche; sin embargo, vamos a renovar activa y conscientemente los compromisos que comporta nuestra condición de bautizados e hijos de Dios: vamos a decir no al mal y al pecado, y diremos sí a la vida nueva que Cristo nos ha traído con su resurrección.

Vida nueva es la consigna, este es el compromiso y la tarea. Confiando en Dios que superaremos esta prueba de la pandemia, a la luz de la resurrección de Cristo tendremos, hermanos, que cambiar y renovar muchas cosas en nuestra vida y en nuestro mundo. Esta experiencia dura y difícil nos está dejando muchas lecciones. Tenemos que aprender y cambiar para ser nuevos y diferentes que antes. Sin duda, el modelo nuevo es Cristo Resucitado que ha vencido el mal, el pecado, el egoísmo y la injusticia. Con su ayuda tenemos que vencer todo esto que tanto mal ha hecho al mundo y a la humanidad. Hagamos pascua, demos el paso a lo mucho nuevo que necesitamos. Cristo es nuestra pascua, nuestra victoria, él es la realidad misma de una vida nueva.

Estamos celebrando la Eucaristía. En ella se renueva por excelencia la pascua, en ella proclamamos la muerte del Señor y celebramos su victoria en la resurrección.  Que esta Eucaristía produzca en nosotros los frutos de la pascua salvadora de Jesucristo: vida nueva, solidaridad, pero, sobre todo, crecimiento en el verdadero amor de Dios en el que vivimos y del cual hemos de dar testimonio por la vida nueva en Cristo Resucitado que queremos anunciar y compartir con un mundo y una humanidad que siempre están llamados a renovarse en el Señor.

¡Aleluya, aleluya! Que así sea.

Monseñor José Manuel Garita Herrera

Obispo de Ciudad Quesada