Natividad de nuestro Señor Jesucristo, Misa del día, miércoles 25 de diciembre de 2024.
Catedral de Ciudad Quesada, 10:00 a.m.
Hemos escuchado en el solemne evangelio de este glorioso día: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria”. La oscuridad y el silencio de la noche santa anterior fueron testigos del nacimiento de Dios entre los hombres. Dios ha nacido en el tiempo, en la historia y en un lugar concreto. En este día glorioso, alegre y gozoso contemplamos reverentes este abajamiento de Dios que -siendo eterno y omnipotente- se une admirablemente a nuestra carne temporal y débil, al punto de que San Agustín nos dice: “Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti”. Se ha hecho hombre y nace para levantar a nuestra humanidad caída por el pecado y el mal; se ha hecho hombre y nace para entregarse hasta la muerte por nuestra salvación y redención. Qué misterio más entrañable de salvación, amor y paz del cual Dios nos participa por el nacimiento de su Hijo.
El Dios que nos ha nacido es el mensajero de paz anunciado por Isaías en la primera lectura. El texto se trata de un mensaje de consuelo y esperanza para Israel que estaba en el exilio; es la promesa de un futuro de libertad y de salvación. El consuelo, la libertad y la salvación las traerá un mensajero de paz y justicia cuya venida se anuncia en la lectura. El cumplimiento de este anuncio y promesa lo descubrimos en la persona y en el nacimiento de nuestro Mesías y Salvador, Jesús nacido en Belén. De verdad que él es mensajero que no solo trae paz y justicia al mundo, sino, sobre todo la salvación. A un mundo egoísta y autosuficiente, el nacimiento de Jesús le dice que solamente Dios le pueda dar paz, justicia y salvación verdaderas. Nada que pueda hacer el hombre -por más medios y recursos que tenga- podrá proporcionar paz y justicia perdurables. Y más contundentemente hay que decir que fuera de Dios no hay salvación.
El Dios que nos ha nacido es quien nos ha hablado definitivamente en nombre del Padre, pues como decía el autor de la carta a los hebreos en la segunda lectura “En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo”. Este hablar definitivo y comunicación de Dios se ha dado y se ha puesto de manifiesto con el nacimiento del Hijo en nuestra carne, al punto de que Él es reflejo de la gloria del Padre e impronta de su propio ser. Con el nacimiento de Jesús, Dios nos ha hablado desde nuestra propia humanidad, desde la cercanía de nuestra propia carne y realidad. Dios se comunica y se sigue comunicando con nosotros en su Hijo para darnos vida eterna por el misterio de la redención que supuso la encarnación y el nacimiento de Jesús. Navidad nos pide comunicar a los demás las cosas de Dios: su evangelio que es buena noticia de salvación, así como también su verdad, caridad y gracia tan necesarias para todos los hombres.
El Dios que nos ha nacido es la Palabra, el Verbo de Dios, como queda de manifiesto en el evangelio de San Juan, que es su prólogo o introducción. Sublime, profundo y denso texto que nos revela la eternidad de la Palabra que existía desde el principio, que estaba en Dios y que era Dios. Por tanto, Jesús es la Palabra y esta Palabra se hace carne, no solo se comunica, sino que se hace visible y cercana hasta el punto de poder contemplar su gloria que se manifestó en la noche santa de Navidad en Belén. Jesús vivió como nosotros, fue uno de nosotros, por ello, también nosotros debemos encarnarnos en la realidad del mundo, en la historia y en la Iglesia para continuar la vida y obra de Jesús que nos ha nacido. Este es el gran reto y desafío de la Navidad para nosotros: encarnar y visibilizar a Dios en la persona de su Hijo, a través del testimonio de fe y amor que estamos llamados a dar.
Por la gran verdad de fe que celebramos hoy, que Dios se ha hecho hombre y ha nacido entre nosotros, los cristianos nos alegramos y gozamos grandemente, porque Dios ha querido ser parte de nuestra familia y de nuestra historia. Navidad nos pide compartir la alegría y el gozo de Dios con todos, en medio de un mundo muchas veces marcado por la tristeza, la angustia y el dolor.
Navidad es un llamado a la paz y a la armonía entre nosotros, cuando todavía hoy el ser humano no ha entendido ni aceptado el mensaje del amor de Dios, y sigue viviendo en medio de guerras, luchas y violencias. La paz y el amor de Dios son absolutamente necesarios -ante todo y en primer lugar- en el corazón de cada persona. Sin paz y amor en nosotros mismos, no será posible la convivencia pacífica y fraterna de la humanidad en la sociedad.
Navidad es un llamado a la solidaridad y a la fraternidad concretas, visibles testimonialmente. Jesús se ha hecho solidario y hermano en extremo al nacer y compartir nuestra carne, para sanar nuestras dolencias y enfermedades, para darnos el regalo de su amor, gracia y salvación. Tenemos que hacernos solidarios con tantos hermanos que viven en pobreza, soledad, abandono, enfermedad, sufrimiento y dolor. Dios ha nacido y se ha hecho hombre para levantarnos de todas esas postraciones que ofenden la dignidad de la persona humana.
Hermanos, alegrémonos y gocémonos en este día glorioso. Dios ha nacido por nuestra salvación y redención. El Niño pobre y humilde que contemplamos en el pesebre de Belén es el regalo más grande y extraordinario del amor de Dios que ha llegado al extremo por y para nosotros. La Eucaristía de hoy la celebramos con gratitud especial, pues el que nació de la Virgen María, en la primera Navidad, se hace para nosotros alimento de vida eterna para fortalecer nuestro camino de fe. Estamos celebrando al Salvador que nos ha nacido para hacernos partícipes de la vida de Dios, especialmente a través de su palabra y del alimento eucarístico.
La Virgen María, que recibió gozosa y agradecida al fruto bendito de su vientre, nos ayude a acoger a Jesús para que renazca en nuestro corazón con su paz, alegría y amor, dones maravillosos que queremos comunicar y compartir con todos y con todo el mundo. Navidad es dar y compartir el mismo amor de Dios. Que así sea, amén.
