Navidad: “Necesitamos un alma pobre para vaciarnos de nosotros mismos y poder llenarnos de Dios”

Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, Misa de Medianoche, martes 24 de diciembre de 2024.

Catedral de Ciudad Quesada, 7:00 p.m.

La respuesta que hemos dado al salmo 95 en esta celebración eucarística resume el misterio entrañable de amor, salvación, luz y alegría que celebramos en esta noche santa: “Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”. El eterno nace entre nosotros, se nos hace visible y extremadamente cercano en nuestra propia humanidad. Nace en el tiempo y en un lugar determinado para hacernos renacer a través de la restauración de nuestra humanidad caída y enferma a causa del mal y el pecado. Nace, toma un cuerpo y asume nuestra carne pobre y débil para entregarse hasta la muerte por nuestra salvación y redención. Qué misterio más admirable y conmovedor de amor y salvación el que Dios pone hoy ante nuestros ojos con el nacimiento de su Unigénito.

Dios nace en medio de la noche y de la oscuridad, en medio de las tinieblas que cercaban entonces y cercan todavía hoy en día al hombre, para transformar en luz y gozo la oscuridad y el dolor. La primera lectura de Isaías, un himno para la coronación de un rey en Jerusalén, rebosa toda ella de esperanza, alegría, gozo y luz. La causa del gozo y la alegría es el nacimiento de un niño, que en perspectiva mesiánica se cumple en Jesús, Mesías y Salvador nuestro. Por ello, esta noche vemos una luz grande los que caminábamos en las tinieblas del mal, del pecado y del error. Una luz nos ha brillado; es el mismo Jesús, el niño, el hijo que se nos ha dado como “Maravilla de Consejero, Dios Fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz”. Por ser Dios quien nace, solamente Él puede dar al mundo las ansiadas paz y justicia que tanto necesitamos. Pero muchos, todavía hoy, prefieren vivir en la oscuridad nocturna de las tinieblas, y no en medio de la luz grande que nos ha brillado.

Para que el ser humano viva de una manera diferente, con San Pablo, en la segunda lectura de su carta a Tito, diríamos que en esta noche santa de Navidad “se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación a los hombres”. Esa manifestación es el nacimiento en carne del Mesías y Salvador, que viene a entregarse hasta la muerte para rescatarnos y purificarnos, sacándonos de deseos y actos mundanos. Por ello la imperiosa necesidad de una vida religiosa, sobria, justa y piadosa como decía el apóstol. Dios ha nacido para divinizarnos y liberarnos definitivamente de la mundanización.

San Lucas, en su evangelio, nos ha dejado claro que Dios ha nacido en el tiempo, en la historia y en un lugar determinado: nació en tiempos del emperador Augusto y del gobernador Cirino; en Belén de Judá como estaba anunciado desde antiguo. Nace en la soledad de la noche y en la pobreza de un pesebre, apenas envuelto en pañales. Pero su nacimiento lo transforma todo en luz gloriosa y en riqueza de amor, en gracia y paz de Dios. Nace Dios para alejar de nosotros el temor al mal, al pecado y a la muerte eterna. Por ello, el ángel da el gran anuncio a los pastores: “No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Luz en vez de tinieblas; alegría en vez de temor, éste es el mensaje de la Navidad para quienes viven esclavos del temor por las cosas de este mundo y para quienes viven en las tinieblas del error, la vaciedad de los criterios y la falta de valores eternos. La sobriedad del relato del nacimiento de Jesús debería orientar e inspirar nuestra Navidad tan marcada y profanada por derroches y excesos. Navidad es luz, alegría, pobreza, sencillez y humildad; todo lo contrario que vemos a nuestro alrededor. El ángel anuncia el nacimiento de un pobre a unos pobres, en la persona de los pastores, quienes estaban en la oscuridad de la noche, pero para quienes ahora todo es resplandor, luz y gloria. Ojalá nos dejáramos envolver nosotros ahora por la luz y la gloria del Dios que ha nacido para sacarnos de las tinieblas de nuestras noches y oscuridades personales y colectivas.

Decía San León Magno que “No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la Vida”. En medio de las tristezas de este mundo -causadas por el mal, la injusticia y la muerte que fabrica el ser humano- Navidad es anuncio esperanzador de salvación, alegría, gozo y paz que sólo pueden venir de Jesús, cuyo nombre es y significa “Dios salva”. Celebrar la Navidad en cristiano -como deber ser- es abrir el corazón al gozo de Dios y de los hermanos, como los sencillos de corazón, que son quienes mejor captan y aceptan las señales de Dios. El Dios que nos ha nacido es totalmente gratuito y sin complicaciones: un Dios que se manifiesta visiblemente y se entrega para amar hasta el extremo; por ello, este misterio lo captan y aceptan quienes tienen necesidad de Dios, y no aquellos que están llenos de sí mismos y de cosas mundanas y pasajeras. Necesitamos un alma pobre para vaciarnos de nosotros mismos y poder llenarnos de Dios. Esta es la gran invitación de la Navidad; pero no habrá Navidad verdadera hasta que nos dejemos liberar por Jesús de tanta miseria, hambre, dolor, injusticia, egoísmo, violencia, corrupción e irrespetos flagrantes a la dignidad humana que tanto hay en medio nuestro; todo esto es anti-Navidad. Celebremos en cristiano la Navidad para suscitar entre nosotros y para nosotros el amor, la justicia y la paz que nos ha traído Dios con su encarnación y nacimiento. Navidad es Jesús, él es el amor mismo, y nosotros hemos sido creados y redimidos para vivir amando. Navidad es amor porque Dios es amor.

Hoy, el Santo Padre ha inaugurado el Año Santo Ordinario, Jubileo de la Esperanza, que abriremos acá, en la diócesis, el próximo domingo 29, Dios mediante. Que este tiempo de gracia que nos regala la Iglesia lo aprovechemos para reafirmarnos en la esperanza que tanto necesitamos contra el pesimismo, el sinsentido y el derrotismo que muchas veces nos quieren dominar. Seamos testimonio de esperanza como fruto de nuestra fe y caridad cristianas. Que esta Navidad y el Año Santo Jubilar hagan renacer la esperanza en cada uno de nosotros, en nuestras familias, en la diócesis, en nuestro país y en el mundo entero. En la Eucaristía siempre se nos da al Dios vivo nacido en Belén, la casa del pan. Él, en su cuerpo y sangre, es alimento de vida eterna para que un día gocemos de la gloria y de la luz perpetua de Dios que brillaron con el nacimiento de su Hijo en esta noche santa. Así sea, amén.

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