De manera preocupante, una cifra, pero, ante todo, una actitud golpea a nuestra sociedad, y es la que tiene que ver con el abandono de nuestros adultos mayores. Según el Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM) hay un incremento alarmante en los casos de abandono de esta población atendida mediante sus programas de reubicación y protección.
Según indican, al año 2014 se registraban 150 casos de abandono, sin embargo, para octubre de 2024 la cifra ascendió a 1.050 personas en esta condición, lo que representa un aumento de más del 600% en una década.
En una sociedad que presume de progreso, el abandono a los adultos mayores es una herida moral que nos delata. No se trata solo de una injusticia, sino de una traición a nuestra propia historia. Olvidarlos, relegarlos o dejarlos en soledad es negar la raíz que nos sostiene.
El abandono no siempre se mide en términos físicos. A veces, la indiferencia pesa más que el olvido. Un adulto mayor puede estar rodeado de gente y sentirse completamente solo si no recibe atención, cariño y escucha. No basta con cubrir sus necesidades materiales; necesitan la presencia, el afecto y el reconocimiento que dignifican esta etapa de sus vidas.
Dejar que su vida se apague en la indiferencia es condenarnos como sociedad a perder la memoria y el sentido de humanidad. Cuidar de nuestros mayores es un acto de justicia. Ellos sembraron para que nosotros cosecháramos en tiempos mejores; nos enseñaron valores, nos dieron techo, educación y principios. Ahora nos toca a nosotros ser el amparo, la voz y el sostén que ellos necesitan. Un país que respeta y cuida a sus adultos mayores demuestra que tiene corazón y que no ha perdido su brújula moral.
Recientemente la Iglesia celebró la V Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, el pasado 27 de julio. Para esa fecha, el Santo Padre emitió un sentido mensaje.
“La fidelidad de Dios a sus promesas nos enseña que hay una bienaventuranza en la ancianidad, una alegría auténticamente evangélica, que nos pide derribar los muros de la indiferencia, que con frecuencia aprisionan a los ancianos. Nuestras sociedades, en todas sus latitudes, se están acostumbrando con demasiada frecuencia a dejar que una parte tan importante y rica de su tejido sea marginada y olvidada”, advirtió el Papa León XIV.
Debemos actuar hoy ciertamente en diferentes planos de la sociedad y en distintas circunstancias. Es imprescindible que la persona humana esté en el centro de nuestras decisiones y prioridades.
Si hablamos de la población adulta mayor sabemos que cada vez más se va convirtiendo en una porción más grande de nuestra sociedad, por tanto, debemos estar preparados para su cuidado.
Debemos visitar, escuchar, abrazar, integrar, defender sus derechos y luchar contra cualquier forma de abandono o maltrato. El respeto y el cuidado hacia los adultos mayores es una deuda sagrada que no podemos seguir posponiendo. Dios nos ayude a actuar con caridad, comprensión y atención efectiva.
Fermento 386. Martes 19 de agosto, 2025
