El 25 de diciembre no es una fecha que se consume en actividades sociales ni en afectos pasajeros. Es el punto en que la eternidad irrumpe en el tiempo y el misterio de Dios se encarna para hacerse presente en medio de nosotros. Navidad no evoca una emoción nostálgica: proclama que el Creador asumió nuestra condición humana y entró en un momento concreto de la historia para darnos la salvación. En el silencio de Belén se abre un horizonte nuevo para el mundo y para nuestra nación, donde la fe no es consuelo, sino un modo de vida que nos sitúa frente a Dios.
La escena de Belén, silenciosa y sin honores, revela dónde está la transformación auténtica de la vida. Dios elige lo pequeño, lo frágil y lo inadvertido. En un niño indefenso se manifiesta un poder que no oprime ni aplasta, sino que sana y reconcilia. Esta elección desconcierta, pero fija el camino que debe seguir la sociedad por medio de la capacidad para cuidarse mutuamente, especialmente a quienes el sistema descarta en la soledad y el olvido.
Celebrar la Navidad es aprender a mirar. Es reconocer en cada rostro herido, en cada familia que lucha, en cada joven sin rumbo y en cada adulto mayor relegado, una llamada del Dios que se hizo carne. Sin esa mirada encarnada, la Navidad se diluye en costumbre y pierde su sentido, sería solamente una festividad emocional o comercial… sería una fecha más en el calendario. Quien contempla el Pesebre descubre que la ternura es más exigente que la indiferencia, y que la fe no es un adorno en la vida.
El anuncio de los ángeles es tan antiguo como actual: paz para quienes se abren a la voluntad de Dios. Costa Rica necesita esa paz con urgencia, no como una frase repetitiva que tranquiliza la conciencia, sino como un fruto de decisiones responsables, honestas y valientes. La violencia, la corrupción, la desconfianza y el deterioro social requieren la decisión de quienes creen en la salvación para todos y no para unos cuantos.
El Niño en el Pesebre no viene a adornar nuestras fiestas, sino a darle dirección a nuestra vida. Él es la respuesta a la espera del Adviento, porque convierte la fe en compromiso, porque debemos vivir la fe en la vida pública y ser signo de esperanza para los demás. La luz que nace en el Pesebre da claridad para mirar de frente a los retos que enfrentamos.
Hoy extendemos nuestros mejores deseos a cada familia costarricense. Que la luz de Belén inspire conversaciones más sanas, relaciones más justas y decisiones más nobles. Navidad nos recuerda que la fraternidad es un deber diario, implica tender la mano, respetar la verdad, cuidar la palabra y reconocer que el otro nunca es un enemigo, sino parte del mismo destino común.
Que esta Navidad abra caminos donde parecía haber muros, despierte la responsabilidad común y renueve el compromiso de ser un país donde valga la pena soñar juntos.
Que Belén, donde nació el Hijo del hombre hace más de dos mil años, nos inspire a vivir la esperanza en que un mundo mejor es posible, en que él tiene el control de nuestras vidas y en que podemos servir al anuncio de la Buena Nueva para que realmente reine la paz y podamos dar gloria al Señor.
Fermento 404. Martes 23 de diciembre, 2025
