Que el fuego de Pentecostés les abrace y transforme para anunciar con alegría el Evangelio como auténticos y valientes testigos de esperanza

Solemnidad de Pentecostés 2025.

Confirmaciones Catedral de Ciudad Quesada, domingo 8 de junio, 10:00 a.m. y 4:00 p.m.

Hermanos todos en el Señor, especialmente queridos confirmandos:

Celebramos la solemnidad de Pentecostés, culminación de nuestro tiempo pascual e inicio de la misión de la Iglesia en el Espíritu Santo. En la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles hemos escuchado que, “Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo como de un viento violento que llenó toda la casa donde estaban reunidos”. Aquel viento fuerte trajo el fuego purificador que transformó el miedo de los discípulos en misión valiente, y la confusión de lenguas de las naciones en unidad de un solo corazón. Así, el Espíritu imprimió en ellos el impulso de evangelizar, derribando los muros de la incomprensión y sembrando unidad y comunión.

Con el salmo 103 hemos proclamado: “Envía tu Espíritu y repuebla la faz de la tierra”. Esta exclamación nos recuerda que sin el soplo divino nada perdura; pero que todo renace cuando Dios sopla su Espíritu en nosotros. San Gregorio Nacianceno, en sus Sermones sobre el Espíritu Santo, afirma que “el Espíritu procede del Padre y participa de la gloria del Hijo, como el fuego participa de la luz”. De esta manera, el Espíritu Santo es vínculo vivificante entre el Padre y el Hijo, y también entre nosotros es amor que nos une, renueva y santifica.

En la segunda lectura de su primera carta a los Corintios, San Pablo nos ha dicho que “a cada uno se le manifiesta el Espíritu para provecho de todos”. Todos hemos sido bautizados y ungidos para edificar la Iglesia, Cuerpo de Cristo, con los dones del Espíritu: sabiduría, consejo, fortaleza, ciencia, piedad… No existe carisma pequeño o sin importancia; cada uno, con su gracia particular, contribuye al crecimiento de la comunidad eclesial. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II: “El Espíritu Santo congrega a la Iglesia; la hace crecer a través de los sacramentos y los carismas”. (Lumen gentium 4).

El evangelio de San Juan, que hemos escuchado, nos sitúa en la tarde del Domingo de Pascua cuando el Señor Resucitado “exhaló y sopló” sobre los Apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo” les dijo, otorgándoles también el don de perdonar pecados. Ese soplo y aliento del Espíritu anticipa y sostiene la misión de la Iglesia: ser sacramento, signo visible del amor y la misericordia divina.

En este contexto celebramos el sacramento de la Confirmación para este grupo de hermanos nuestros de esta comunidad parroquial de la Catedral de Ciudad Quesada. A través de este sacramento, el Espíritu Santo desciende con plenitud sobre ellos, confirmándolos en su fe y capacitándolos para testimoniar a Cristo con valentía y determinación. Este llamado y desafío se hace más actual que nunca, hoy, en esta celebración, para ustedes que recibirán la Confirmación. Necesitamos cristianos, miembros de la Iglesia con verdadero impulso evangelizador y ardor misionero para llevar el fuego del Espíritu Santo a sus distintos ambientes: familias, amigos, centros educativos, barrios e incluso redes sociales.

Queridos confirmandos, al prepararse para recibir este don maravilloso, en el día de su propio Pentecostés, recuerden las palabras de Jesús: “El Espíritu Santo les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn 14,26). Sean humildes para acoger a ese Maestro interior que es el Espíritu Santo, sean generosos para servir con sus carismas y actúen con valentía para alzar la voz en defensa de las cosas de Dios, de los valores cristianos y de sus convicciones de fe más profundas.

Como los apóstoles en su tiempo, los desafíos que han de enfrentar ustedes hoy son muchos: el relativismo moral, la indiferencia religiosa, el uso inadecuado de las redes sociales, el consumismo y el placer sin límites. No teman, el Espíritu que animó a los primeros cristianos sigue vivo y actuando entre nosotros hoy. San Agustín afirmaba: “Sin el Espíritu Santo, no logramos nada. Con Él, podemos remover montañas” (Comentario Salmo 65). Por ello, abran el corazón a su acción y permitan que el fuego divino purifique los miedos, las vergüenzas, los egoísmos y las comodidades que les pueda aquejar. Déjense inspirar y llevar dócilmente por este Espíritu; Él los guiará siempre por los caminos de la fe, la verdad y el amor; nunca por caminos falsos y torcidos como bien saben ustedes que existen y que les tientan a menudo.

La Iglesia, al darles hoy la Confirmación, les confía una misión esencial: ser testigos del Evangelio, vivir como hijos de Dios y verdaderos cristianos, ser diferentes en medio del mundo, ser fermento de comunión y defensores de los valores que dan sentido y los realiza plenamente como personas y como cristianos. En la diversidad de carismas, construyan puentes de entendimiento; en la participación de la Eucaristía, encuentren fuerza; en la oración diaria, mantengan viva la llama; y en el servicio a los más pobres y necesitados, vean al rostro vivo y cercano de Cristo.

La riqueza y la gracia del sacramento de la Confirmación, hoy, solemnidad de Pentecostés, se les comunicará a través de sus signos propios y característicos: la oración e imposición de manos del obispo sobre ustedes, y la unción con el santo crisma en sus frentes. El primer signo les comunica la maravilla del Espíritu Santo y la riqueza de sus dones. El segundo es el sello indeleble del Espíritu en sus corazones, a través de las palabras del obispo: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”. El sello con el santo crisma es una marca de consagración y pertenencia al Señor; en adelante, habrán de vivir dedicados a Él y no pertenecerán a nada ni a nadie más que a Él. Así de seria y profunda es la Confirmación que hoy reciben en el propio día de Pentecostés, la misma efusión del Espíritu representada por el viento y el fuego, que purifican y animan la vida del cristiano testigo, discípulo, misionero y llamado a la santidad como vocación propia.

La Virgen María, que estuvo junto a los apóstoles el día de Pentecostés en la espera del Espíritu, interceda por ustedes y les obtenga siempre la gracia de perseverar en el amor de Dios y en la vida de la Iglesia. Que el fuego de Pentecostés les abrace y transforme para anunciar con alegría el Evangelio como auténticos y valientes testigos de esperanza donde quiera que estén y en medio de lo que hagan. Que así sea, amén.

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