Queridos catequistas, permanezcan siempre unidos a Jesús, para que la catequesis sea fecunda y feliz

XXIII Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo C.

7 de setiembre de 2025. Día Diocesano del Catequista, 9:00 a.m.

Queridos catequistas, hermanos todos en el Señor:

Hoy, en este Día Diocesano del Catequista, damos gracias a Dios por reunirnos entorno a la Eucaristía. Este es un momento privilegiado para reconocer y agradecer la vocación y la entrega de quienes, con gran generosidad, se dedican a transmitir la fe en nuestras comunidades parroquiales. La Palabra de Dios que hemos escuchado, correspondiente al XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, ilumina la vocación de los catequistas y nos recuerda la seriedad y belleza de seguir a Cristo y transmitirlo a los demás, especialmente a los distintos destinatarios de los procesos catequéticos.

Ante todo, hemos de recordar y tener muy claro que el catequista tiene la importante y delicada misión de transmitir el contenido y la experiencia de la fe a los niños, jóvenes y adultos. Sin duda es una misión que requiere del auxilio del Señor, porque, como escuchamos en la primera lectura del libro de la Sabiduría: “¿quién conocerá los designios del Señor, si tú no le das sabiduría y le envías tu santo espíritu?”

Por lo tanto, con verdadera humildad tenemos que pedir a Dios Padre que nos dé su Sabiduría (con mayúscula), es decir, a su Hijo Jesucristo, y que nos asista con su Espíritu Santo, a fin de cumplir esta misión trascendental para la Iglesia y para la vida de muchas personas a quienes servimos desde la catequesis. Nuestro servicio no puede hacerse solo con esfuerzo humano, es preciso que surja y nazca desde la oración, el estudio, la vida sacramental y, sobre todo, de una amistad viva, profunda y permanente con Jesús.

Fiel a esta misión y servicio, el catequista no ha de enseñar sus ideas propias, sino la fe de la Iglesia; ha de ser muy responsable y honesto en este servicio delicado e importante que se le confía. Por ello, ha de utilizar los subsidios que la Iglesia ha preparado formalmente para transmitir la fe de manera más eficiente, pedagógica y fiel a la revelación.

Por otra parte, en la oración colecta -que hicimos al iniciar esta celebración- pedíamos a Dios que, por medio de la fe, nos concediera “la libertad verdadera y la herencia eterna”. Esta libertad verdadera y esta herencia eterna son dos tesoros que Dios quiere poner en nuestras manos. Pero para gozar de ellos, es necesario vivir la radicalidad del Evangelio de San Lucas que escuchamos hoy, y en el cual Jesús nos habla muy claro, y nos dice:

– “Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, […] e incluso a sí mismo, […] NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO;

– Quien no carga con su cruz […] NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO;

– Todo aquel que […] no renuncia a todos sus bienes… NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO”.

Estas palabras nos pueden sonar duras y fuertes, pero son la clave para entender nuestra vocación como cristianos. En este sentido, y de manera particular, el catequista está llamado a:

– Poner a Jesús en el centro de su vida.

– Cargar con la cruz de las dificultades y cansancios.

– Renunciar a todo aquello que lo aleje del Señor.

– Vivir en comunión con la enseñanza de la Iglesia.

Y esto no es teoría, es parte de la experiencia viva de ustedes. Ustedes saben bien que ello es muy cierto cuando preparan los encuentros de la catequesis después de una larga jornada de trabajo, cuando un niño no presta atención, o cuando un joven llega con dudas y críticas; cuando parece que los padres de familia no se involucran. Allí, en todo ello, es cuando Jesús nos pide que carguemos la cruz con amor y esperanza, que demos la vida por Él.

Pero, recordemos que -como decía el salmista- en medio de nuestras fatigas y sacrificios, el Señor es nuestro refugio; Él nos sacia con su misericordia, es la fuente de nuestra alegría, y, sobre todo, Él hace prósperas las obras de nuestras manos.

Por lo tanto, hermanos catequistas, nuestros esfuerzos darán su fruto tarde o temprano, porque esta obra es de Dios y Él la llevará a buen término. A nosotros lo que nos toca es esperar, confiar y poner de nuestra parte en lo que nos corresponda como parte de la misión.

Para que el servicio como catequistas sea eficaz, será necesario recordar muy bien las importantes y sinceras palabras de Jesús: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Juan 15,5). Por lo tanto, queridos catequistas, permanezcan siempre unidos a Jesús, para que la catequesis sea fecunda y feliz, y no se desanimen cuando las cosas no salen como esperaban. El Señor sabrá recompensar ese esfuerzo y dedicación de ustedes.

Por mi parte, como obispo diocesano, soy el primero en reconocer y agradecer vivamente la entrega, disponibilidad, sacrificio, abnegación, paciencia y perseverancia de todos ustedes en este precioso y valioso servicio de la catequesis que ustedes prestan en todas las parroquias de la diócesis. ¡Sigan adelante con la esperanza puesta en el Señor! Y que el alimento y fuerza de la Eucaristía nos fortalezca a todos para responder con generosidad y confianza al llamado que Jesús nos hace en su Iglesia al servicio de la catequesis. Estén seguros, no duden que el premio será alcanzar la libertad verdadera y la herencia eterna prometida para los que creen en Él.

María Santísima, mujer de fe y dócil al Espíritu; ella, la primera catequista, los acompañe, cuide y anime siempre en esta experiencia maravillosa de transmitir, compartir y testimoniar la fe a todos aquellos que se les ha encomendado como parte de la misión que tan generosamente llevan adelante. Que Jesús, el Maestro, los sostenga, anime y fortalezca siempre con su gracia. Que así sea, amén.

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