Solemnidad de San Carlos Borromeo y ordenación presbiteral de Daniel Enrique Ulate Conejo y Fernando Vásquez Vargas.
Lunes 4 de noviembre de 2024. Catedral de Ciudad Quesada, 6:00 p.m.
La solemnidad anual de San Carlos Borromeo, patrono principal de nuestra diócesis, es motivo de renovada alegría para todos nosotros. Hoy es urgente renovar la alegría; pero no con una alegría pasajera o efímera, sino de la alegría del discípulo que constata la fidelidad del Señor Resucitado en todas las circunstancias de la vida y que, convencido de ello, haciendo experiencia personal y comunitaria de esta fidelidad del amor gratuito y misericordioso de Dios, decide convertirse en testigo de la vida del Señor Resucitado, tal y como lo han hecho los santos. Nuestra alegría se acrecienta esta noche con la ordenación presbiteral de dos nuevos sacerdotes, que llamados por el Buen Pastor al servicio del Evangelio han respondido con generosidad al Señor a través de su Iglesia, y enriquecen con su vocación y ministerio presbiteral a la Diócesis que todos conformamos.
Nuestra alegría tiene como fuente la riqueza de la Palabra proclamada en esta celebración eucarística, y esta fuente es un manantial que ilumina la vida de nuestra Iglesia Particular de Ciudad Quesada. Celebramos al Pastor por excelencia, que es Jesucristo, de quien encontramos en la primera lectura una descripción profunda realizada por Ezequiel. El pastor descrito por el profeta realiza tres acciones portadoras de esperanza: en medio del destierro y del desaliento, irá en persona a buscar a las ovejas, luego velará por ellas haciéndolas pastar y, por último, les curará sus heridas y las robustecerá. Estas tres acciones nos muestran la pedagogía de Dios y su fidelidad que nos renueva en la esperanza. Nuestro Dios es cercano, inspirador de comunión y gestor de esperanza. Hoy en día es preciso que el creyente haga experiencia de este amor gratuito que sana y cura con el bálsamo de la compasión y la misericordia, como lo vivió, a lo largo de su episcopado, en la sede de Milán, San Carlos Borromeo, nuestro patrono.
No siempre es fácil para el creyente, testigo de la buena noticia del Evangelio, compartir y testificar la pedagogía de la que hablamos. La segunda lectura nos muestra el realismo de la evangelización. No siempre es aceptada la iniciativa de la salvación, porque, como dice San Pablo: “El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; pero para los que están en vías de salvación, para nosotros, es fuerza de salvación”. Este mensaje de salvación y esta fuerza de Dios requieren, en quien se hace su destinatario, una sabiduría nueva y verdadera, que no es “sabiduría de palabras”, sino la experiencia de Jesucristo crucificado. He aquí la verdadera sabiduría: la locura de la cruz. Por ello, el anuncio cristiano conlleva en sí mismo ser signos de contradicción, como Jesús, y asumir su suerte, que es beber su cáliz y entrar con él en el abajamiento del servicio y la entrega sin esperar retribución humana, esperándolo todo solamente del Señor. La cruz es necesaria; no hay verdadera vida de fe sin ella. No amamos el sufrimiento y el dolor en sí mismos, pero ambos nos educan en lo que es esencial para el discípulo: el arte del amor que se entrega para dar vida al estilo del Maestro.
Si entramos en la dinámica evangélica de vida y muerte, cruz y resurrección, entenderemos el texto del evangelio de San Juan sobre el Buen Pastor. Un creyente que ha conocido al Señor y tiene experiencia suya, ya no existe más para sí, sino solamente para Jesucristo y la comunidad cristiana. Se olvida de sí, como lo hizo San Carlos Borromeo al servir a los apestados de Milán, y lejos de medir y calcular su propio beneficio, solamente buscó dar a conocer al Señor haciendo el bien a sus hermanos. Esa es la medida de un amor asumido hasta las últimas consecuencias en clave de servicio generoso y entrega ilimitada. En un mundo marcado por el cálculo, la retribución, la cultura de la imagen y del hedonismo, del egoísmo desmedido y del afán materialista por el poseer y el poder, emerge la belleza atractiva e imperecedera del amor extremo del Buen Pastor. Qué bien lo entendió y vivió San Carlos Borromeo que se enamoró de Jesucristo y nunca más tuvo voluntad propia, sino únicamente la de Jesús crucificado. Nos desconcierta este lenguaje, y no es otro lenguaje que el del Evangelio de Jesucristo, que “es el mismo, ayer, hoy y siempre”; “camino, verdad y vida”, que nos sigue invitando a amar hasta el extremo.
Queridos Daniel y Fernando, si la Palabra proclamada ha sido iluminadora para todos nosotros, cuánto más lo será para ustedes que en pocos minutos serán ungidos como ministros de la nueva alianza que nace de la sangre del Cordero inmolado. Los ha llamado el amor de Jesucristo para ser sus ministros y este mismo amor los ha configurado con el estilo del Buen Pastor que da la vida por los que ama. En el momento sublime de la ordenación, que los marcará para siempre a través de la imposición de mis manos y de la oración consecratoria, convertidos en sacerdotes hasta la eternidad, no olviden nunca que sus ojos, y más aún sus corazones, han de estar fijos en el Señor a quien en libertad han seguido, y a quien han querido entregar sus vidas, sirviéndole y amándole en los múltiples rostros e historias del Pueblo de Dios, al cual, ahora en el ejercicio del sacerdocio eterno de Jesucristo, le deben exclusivamente sus existencias, su tiempo y todos sus afanes, ya que siendo ministros de la gracia en los sacramentos y en el anuncio del Evangelio, solamente tendrán una meta: dar a conocer a Jesucristo, muerto y resucitado. Este anuncio, queridos ordenandos, sólo puede ser válido y fecundo cuando se ama de verdad a la Iglesia y a sus Pastores y, en comunión y obediencia con ellos, se sirve a las comunidades cristianas con entrañas de misericordia.
Queridos hermanos todos, renovemos nuestra alegría porque “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. La alegría nos renueva en la esperanza que no defrauda, y ambas nos conducen a la experiencia del salmista: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”. Nos encomendamos a la protección de San Carlos Borromeo y de Nuestra Señora de Guadalupe, y a ellos confiamos el ministerio sagrado de los nuevos sacerdotes, Daniel y Fernando, para que sea siempre fiel, santo y fecundo. Amén.
