En Costa Rica, y en el mundo, esta época se inunda de un profundo sentimiento de esperanza y expectativa, anhelando un tiempo de encuentro y celebración familiar. Para muchos es descanso y vacaciones, coincide, a la vez, con una pausa laboral y desde luego, con mirada de fe, nos preparamos para recibir al Señor Jesús. Esta alegría que brota en el ambiente, más allá de cualquier festividad particular, debe servir para la construcción de relaciones más humanas y fraternas.
La verdadera alegría que promueve la fe y la moral no es un sentimiento superficial ni una simple distracción frente a los problemas; es la fuerza interior que nace de la convicción de que la vida tiene sentido y valor, y que el futuro es posible. Esta certeza moral nos impulsa a la construcción de un bien común más justo y fraterno, demostrando que la esperanza no es una virtud que se vive en privado, sino una virtud que puede transformar la sociedad.
La reflexión de estas semanas adquiere una especial relevancia al considerar que estamos culminando el Año Jubilar de la Esperanza, un tiempo que nos ha invitado a mirar nuestro futuro con renovado optimismo, pero con profunda responsabilidad.
La esperanza no es un sentimiento pasivo ni una simple espera de que las cosas mejoren por sí solas; es la convicción de que nuestra vida está en manos del Señor y que debemos actuar conforme a la fe que profesamos.
Por ejemplo, la celebración de que un mundo mejor está a nuestro alcance es incompatible con la indiferencia ante el sufrimiento de nuestro prójimo. El gozo del ciudadano no puede ser egoísta; debe transformarse en una fuerza que nos mueva a extender la mano con solidaridad y eficacia.
La inminencia de las fiestas del fin de año civil también nos obliga a confrontar el consumismo desmedido. En un país donde la desigualdad sigue siendo un desafío, promover el gasto superfluo y el derroche resulta éticamente cuestionable. Desde la esperanza podemos promover mayor sobriedad, para descubrir que lo importante y esencial no se esconde en lo material.
La alegría genuina se alimenta de la justicia. No podemos aspirar a una paz social duradera mientras persistan estructuras que niegan oportunidades y fomentan la exclusión. Desde la esperanza debemos trabajar por la paz, defender la vida, promover la equidad y luchar por el bien común con ahínco y valentía.
El final de este Año de la Esperanza no marca el fin de la tarea. La verdadera herencia que debemos llevarnos, tras esta vivencia de fe, es la firme decisión de traducir esa esperanza en hechos concretos: en el combate frontal a la pobreza, en la promoción de la transparencia en nuestros espacios de trabajo y en el cultivo diario del diálogo y la paz.
Nosotros como hijos de Dios fuimos creados para la eternidad, esa esperanza es la que debe impulsarnos a construir desde el Evangelio el tiempo que nos toca permanecer en este mundo.
Que el ambiente que se vive en estas fechas nos encuentre unidos, trabajando juntos con honestidad y amor. Que la esperanza se manifieste en la caridad y la justicia. En el Señor, que viene a nuestro encuentro, depositemos esa fe que ilumina toda nuestra vida.
Fermento 403. Martes 16 de diciembre, 2025
