Resucitar es correr el riesgo de transmitir al mundo vida, alegría y esperanza

Solemnísima Vigilia Pascual,

Sábado Santo, 30 de marzo de 2024. Catedral de Ciudad Quesada, 8:00 p.m.

Desde el inicio de nuestra celebración, se nos decía claramente que estamos en la liturgia más importante y central de todo el año litúrgico, la meta para la cual nos hemos venido preparando durante la Cuaresma, la madre de todas las vigilias de la Iglesia. Estamos en el silencio de la noche contemplando y esperando. Contemplando la obra maravillosa de Dios que actúa en la historia por nuestra salvación. Y estamos esperando, aguardando en vigilante espera el acontecimiento central de nuestra fe cristiana: la resurrección y el triunfo glorioso de Cristo sobre la muerte. Es la aurora de la luz que disipa las tinieblas del miedo, del mal, del pecado y de la muerte. Nuestro Dios es Dios de vivos, no de muertos. No es un Dios fracasado, sino resucitado y glorificado. Por eso no nos quedamos en la oscuridad ni en el silencio del viernes y del sábado santo, estamos pasando hacia la aurora del gran día de la resurrección, del domingo de la victoria, de la luz y la alegría suprema.

Estamos en la vigilia que nos lleva al momento de la resurrección de Cristo, no es simplemente una Misa larga. Es una vigilia que nos hace esperar, orar, contemplar y escuchar. Esta es la noche del paso de Dios, de la pascua del Señor. Hemos comenzado con la bendición del fuego y de la luz que irrumpe en las tinieblas de la muerte. Hemos cantado el pregón pascual que nos ha hablado de la victoria de Cristo en la resurrección y de la redención de la que hemos sido objeto por el misterio pascual. Hemos escuchado bellos e ilustrativos textos de la Palabra de la Palabra de Dios que, paso a paso, momento a momento, nos han llevado por toda la historia de la salvación, desde la creación a la redención, para hacernos ver el paso de Dios, la acción maravillosa de este Dios que nos ha querido salvar y dar vida nueva, teniendo, por supuesto, su culmen y centro, en la resurrección de Jesucristo. Cristo, muerto y resucitado, es el cumplimiento de todo ese camino salvífico. Contemplemos los hechos, los acontecimientos y el paso de Dios en nuestra vida, en nuestra historia.

La primera lectura del Génesis, al narrarnos la creación del mundo y del hombre, pone de manifiesto que Dios nos ha creado para vivir en perfecta comunión con él y esto es posible plenamente gracias al misterio pascual de Cristo. Dios todo lo ha hecho muy bueno y quiere hacer cosas maravillosas con el mundo y nosotros. Este Dios que todo lo ha hecho bueno, nos crea y nos libera al mismo tiempo.

La segunda lectura, también del Génesis, nos presenta el sacrificio de nuestro padre Abraham, que casi inmola a su hijo Isaac. Este es un texto que nos enseña la confianza y la obediencia como expresión de una fe verdadera. Nosotros estamos llamados a esperarlo todo de Dios, sólo en él está nuestra confianza. Esa fue la clave de la vida del Señor Jesús, así asumió la muerte en la cruz como Hijo único del Padre que sí fue sacrificado para darnos vida con su resurrección.

La tercera lectura del Éxodo nos pone en contacto con la pascua judía que hoy actualizamos en la pascua cristiana. Es una confesión de fe del pueblo de Israel que da testimonio del paso liberador de Dios para su pueblo en Egipto. Liberación de la esclavitud que es sólo posible gracias a la grandeza y a las maravillas de Dios. Vimos cómo aparece el agua como signo destacado. A través del agua, ya en el misterio pascual, Dios nos libera y nos hace renacer gracias a la muerte y resurrección de su Hijo, hecho que se realiza en el bautismo que es liberación y recreación.

La cuarta lectura de Isaías destaca la comunión profunda entre Dios y su pueblo, es una relación matrimonial-esponsal. Estamos inmersos en el amor de Dios que es fiel y eterno, por eso a nada debemos temer, esto debe suscitar en nosotros gran confianza. Pese a darle nuestra espalda a Dios por nuestra infidelidad, el Señor nunca nos abandona ni nos rechaza, al contrario, nos hace participar de su amor y santidad, y esta realidad llega a plenitud en Cristo resucitado.

Siguiendo adelante, en esta contemplación de los hechos salvíficos de Dios, la quinta lectura, también de Isaías, nos consuela y nos llena de esperanza en esa obra recreadora que Dios tiene para nosotros. Se nos habla de un nuevo éxodo, de la llamada constante de Dios, del camino de búsqueda que tenemos que hacer de Él, del perdón que Dios nos da. Pero, sobre todo, se nos habla de la promesa de una alianza perpetua que Dios quiere sellar con nosotros su pueblo. Y se compara a un banquete que nos saciará plenamente para quedar colmados de los dones y gracias de Dios. Por supuesto, esto se realiza en la alianza nueva y eterna que Cristo sella en el misterio pascual, es el culmen, es el centro de toda la acción maravillosa y salvadora de Dios.

En la sexta lectura, nos habla el profeta Baruc que también nos invita a la esperanza porque Dios quiere cambiar el destino de su pueblo que se ha alejado de Él. Y esto será posible solamente a través de un camino que nos conduce a la luz del Señor. Y es una promesa que se abre a otros pueblos más allá de Israel, aquí estamos incluidos nosotros. Por consiguiente, ese cambio, esa novedad radical y esa luz plena se cumplen en la resurrección gloriosa de Cristo.

La sétima y última lectura del Antiguo Testamento es del profeta Ezequiel. Bellísimo y esperanzador texto. Al pueblo rebelde Dios lo va a purificar con agua y le dará un corazón nuevo. La acción del Espíritu de Dios nos va a purificar y vivificar. Por supuesto, hemos sido purificados por la sangre de Cristo, hemos sido lavados por el agua del bautismo que nos ha dado vida nueva, la vida de Dios, por eso debemos tener un corazón nuevo.

La lectura de la carta a los Romanos nos pone de manifiesto la justificación y la redención en Cristo, gracias a su misterio pascual. Hemos sido liberados del pecado en el bautismo que nos ha sepultado con Cristo en su muerte y nos ha hecho renacer por el agua para resucitar.

Finalmente, el evangelio de Marcos da testimonio del gran acontecimiento y del gran paso de Dios en una noche como esta. Lo que descubrieron las mujeres en la mañana del domingo, piedra corrida del sepulcro, tumba vacía y testimonio del ángel, es el gran anuncio del triunfo de Jesús que ya no está en el sepulcro porque ha resucitado. Se ha manifestado la omnipotencia de Dios en la pascua de su Hijo. Levantado y victorioso del sepulcro, Jesús nos da una vida radicalmente nueva y luminosa. Hemos recorrido y contemplado acontecimientos maravillosos en esta Vigilia. Con la resurrección y el triunfo de Jesucristo con su resurrección se cumplen, se hacen presentes todas las promesas y todo este camino adquiere pleno sentido.

La palabra anunciada se realiza en el sacramento, por ello, enseguida tendremos la liturgia sacramental. La fuente sacramental inicial de vida nueva y salvación es sin duda el bautismo. Vida nueva para quienes hemos recibido ya el don inmenso del bautismo, y cuyas promesas renovaremos hoy. Vida nueva para estos hermanos catecúmenos adultos que reciben esta noche la riqueza de la iniciación cristiana. La Pascua es el ofrecimiento y la posibilidad de una vida nueva para un mundo descreído, egoísta, violento e indiferente, que muchas veces vive y actúa como si Dios no existiera.

Hermanos, la Pascua de resurrección nos invita a ser hombres y mujeres nuevos en Cristo, con nuevos criterios y motivaciones, con deseos de transformar el mundo y la sociedad, pasando del egoísmo y la violencia a la fraternidad y la paz. Una humanidad nueva que se centre en valores morales y espirituales y no simplemente en los criterios pasajeros de materialismo y placer. Resucitar con Cristo es darnos el chance a ser diferentes y renovados. Resucitar es correr el riesgo de transmitir al mundo vida, alegría y esperanza en medio de tantos signos de muerte, tristeza y pesimismo. Vayamos a anunciar que Cristo está vivo, que Él quiere cambiar y transformar el mundo.

Estamos celebrando la Eucaristía. En ella se renueva la pascua, en ella proclamamos la muerte del Señor y celebramos su victoria en la resurrección.  Nosotros, los regenerados por el bautismo, somos convocados a este banquete para que la celebración de la Eucaristía produzca en nosotros los frutos de la pascua salvadora de Jesucristo: vida nueva, santidad, fidelidad, transparencia, superación del pecado y del mal, pero, sobre todo, crecimiento en la gracia por el amor de Dios en el que vivimos y del cual hemos de dar testimonio por la vida nueva en Cristo Resucitado que queremos anunciar y compartir con todo el mundo. ¡Aleluya, aleluya, aleluya! Amén.