Costa Rica atraviesa horas oscuras. La violencia golpea con fuerza y la seguridad se ha convertido en un clamor que no puede seguir siendo ignorado. En medio de esta crisis, los creyentes alzamos la mirada al cielo y decimos con fe: “Sálvanos, Señor, que perecemos”. Es un grito de súplica, pero también de confianza en que Dios no abandona a su pueblo.
La droga se ha infiltrado en nuestras comunidades como un veneno que destruye vidas, familias y sueños. Los homicidios, cada vez más frecuentes, son una herida abierta en lo más profundo de nuestra nación. Cada persona asesinada es un hijo de Dios, una historia truncada, una vida que clama justicia. No podemos acostumbrarnos a este derramamiento de sangre.
Ante este panorama, la tentación es quedarnos en el miedo o en la resignación. Pero el Evangelio nos recuerda que la fe es capaz de transformar las realidades más duras. Cristo calmó la tempestad cuando los discípulos temían morir en medio del mar. Hoy, también nosotros debemos clamar con la misma certeza: el Señor tiene poder para salvarnos, aun en medio de la tormenta de la violencia.
La seguridad no puede convertirse en un botín de politiquería ni en discurso vacío de campaña. Es una decisión responsable y urgente, que exige voluntad seria, políticas coherentes y compromiso real de las autoridades… de todos los sectores de la sociedad. La vida humana es sagrada y defenderla no admite excusas ni retrasos.
El cambio comienza en cada uno: en la familia que educa con amor y firmeza, en la comunidad que se organiza, en la Iglesia que anuncia la esperanza. La seguridad no será posible sin valores, sin solidaridad y sin reconstruir el tejido social que hemos dejado romperse.
El Señor nos pide no ser indiferentes. No basta con lamentarnos frente a los noticieros o comentar en redes sociales o en repartir culpas. Cada cristiano debe ser testigo de paz, sembrador de reconciliación, colaborador activo en la prevención de la violencia y en el cuidado de la juventud.
Hoy, más que nunca, necesitamos que Dios ilumine a nuestras autoridades para actuar con justicia y valentía. La corrupción que abre puertas al crimen debe ser combatida sin titubeos; la infiltración del narcotráfico en diferentes sectores de la sociedad debe ser erradicada. La ley debe cumplirse y debe hacerlo con respeto a la dignidad de todos, pero con firmeza.
Los barrios que viven bajo el miedo, las madres que lloran a sus hijos, los jóvenes tentados por las drogas no pueden seguir esperando. A ellos les debemos respuestas concretas. El silencio y la inacción son cómplices del mal.
Que este tiempo de prueba nos despierte como sociedad. Que no caigamos en la desesperanza. La voz de tantas víctimas nos llama a unirnos como nación, a reconocer que solo caminando con Dios y bajo su Palabra podremos reconstruir la paz.
“Sálvanos, Señor” debe ser hoy la oración de todos los que habitamos este país. Que su fuerza nos devuelva la esperanza y que su gracia sostenga a esta patria que clama por seguridad, justicia y vida en abundancia.
Fermento 389. Martes 9 de setiembre, 2025
