Solemnidad de San Carlos Borromeo, obispo y patrono diocesano.
Martes 4 de noviembre de 2025, Catedral de Ciudad Quesada, 6:00 p.m.
Hermanos todos en el Señor:
Celebramos con alegría y gratitud la solemnidad de nuestro patrono diocesano, San Carlos Borromeo, obispo. Esta fiesta nos une como diócesis y nos invita a renovar el espíritu de comunión que él vivió con entrega ejemplar. En este año del Señor 2025, cuando vivimos el Jubileo de la Esperanza y conmemoramos el XXX aniversario de la erección de nuestra diócesis de Ciudad Quesada, reconocemos la acción constante de Dios en nuestra historia y su fidelidad que no se interrumpe. Es tiempo de alabarlo por los dones recibidos y de disponernos, con renovado ardor pastoral, a seguir cumpliendo la misión que Él nos confía.
La Palabra proclamada en esta celebración nos revela el rostro de un Dios que es pastor cercano. El profeta Ezequiel, en la primera lectura, lo describe atento a su rebaño, buscando a las ovejas dispersas, curando a las heridas y cuidando a las débiles. Es un Dios que se involucra, que no se desentiende del sufrimiento de su pueblo. En San Carlos Borromeo esa solicitud divina se hizo visible y patente. Fue un pastor que no midió esfuerzos, que acompañó con caridad y humildad, pero, al mismo tiempo con firmeza y claridad, hecho que le generó rechazo, incomprensión, persecución y hasta un atentado contra su vida; todo ello por ser un reformador. Buscar el bien de la Iglesia, poner orden y llamar las cosas por su nombre -en aras de la verdad- ayer, hoy y siempre provocará ese tipo de reacciones de parte de algunos.
El salmo 88 nos ha invitado a cantar la fidelidad y las misericordias del Señor. Esa fidelidad fue la roca sobre la cual San Carlos sostuvo su ministerio. No faltaron las pruebas, hubo quienes lo malinterpretaron, pero él permaneció sereno y obediente al llamado de Dios. No buscó el reconocimiento humano; su fortaleza no brotó del orgullo, sino de la oración humilde y de una confianza inquebrantable en la gracia del Señor que es fiel y misericordioso siempre.
Por su lado, San Pablo, en la segunda lectura de su primera carta a los corintios, nos recuerda que la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad y que la sabiduría del Evangelio supera la lógica del mundo. San Carlos vivió esa paradoja con claridad. En una época en que la Iglesia necesitaba reforma y testimonio, eligió el camino de la humildad y del sacrificio. Rechazó la comodidad de los privilegios de su condición nobiliaria para abrazar la sencillez de quien sirve con grandeza y generosidad de corazón. En la cruz de Cristo encontró su fuerza y en la obediencia su paz. Este es el camino y el misterio que muchos no entienden ni mucho menos aceptan.
El Evangelio de San Juan nos presenta a Jesús como el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas. En esta entrañable imagen se resume la vocación de San Carlos. Su vida fue una continua entrega a Dios y a la Iglesia, a través de una extraordinaria caridad pastoral. Amó y sirvió con la pasión del pastor que se deja consumir por sus ovejas. Por ello, nunca buscó descanso cuando había almas que cuidar. Se donó por entero y así se convirtió en signo de esa caridad pastoral que sostiene y anima a la Iglesia. Como sabemos, murió consumido por la entrega a los 46 años.
San Carlos fue, sobre todo, un obispo y pastor que trabajó por la comunión. En su diócesis promovió la unidad cuando algunos preferían la división, la polémica, la crítica malsana y los ataques. Su constancia, humildad y silencio fueron su mejor respuesta ante las resistencias. Por ello, hoy, especialmente, pedimos con la oración de la Misa: “Conserva, Señor, en tu pueblo el espíritu que infundiste en San Carlos Borromeo, para que tu Iglesia se renueve sin cesar y, transformada en imagen de Cristo, pueda presentar ante el mundo el verdadero rostro de tu Hijo”. Esa es nuestra misión hoy y siempre: ¡mostrar el rostro de Jesucristo!
Hermanos, el testimonio de nuestro santo patrono interpela hoy más que nunca a nuestra Iglesia diocesana. Vivimos tiempos en los que la soberbia, la desconfianza y la palabra ligera pueden herir -grave y grandemente- la comunión eclesial. San Carlos nos recuerda que el verdadero discípulo de Cristo no murmura ni divide.
Su figura es también una referencia para nosotros sacerdotes: fue guía, hermano y formador; fundó seminarios, acompañó con cercanía a su clero y cuidó la vida espiritual de sus presbíteros. Su entrega invita a vivir el ministerio sagrado con alegría, sin reservas y con indiscutible sentido de pertenencia al pueblo de Dios. Ser sacerdote, como él lo entendió, es gastar la vida por la evangelización, una de nuestras prioridades pastorales diocesanas renovadas así en los últimos meses.
En este Año Jubilar de la Esperanza, la memoria de nuestro patrono nos llama a renovar el corazón. La esperanza cristiana no es un vago sentimiento humano, es esa virtud que nos da la certeza de que Dios sigue actuando en su Iglesia. Esa esperanza debe traducirse en obras concretas, en un servicio alegre y en una fe que sostiene y acompaña siempre.
Hoy también reafirmamos, como decía, nuestras Prioridades pastorales diocesanas: la evangelización en clave de primer anuncio, la pastoral familiar y el acompañamiento de la juventud. Son caminos en los cuales se expresa la misión que el Señor nos confía aquí y ahora. San Carlos fue misionero incansable, promotor del amor en las familias y maestro para los jóvenes.
Hermanos, siguiendo su ejemplo continuemos anunciando el Evangelio con creatividad, fidelidad, generosidad y compromiso. Pidamos al Señor que nos conceda un corazón humilde para vencer todo aquello que nos separa de su camino, que nos dé un espíritu fuerte para trabajar por la comunión y una fe viva para servir con generosidad.
Que la intercesión de San Carlos Borromeo nos ayude a mantenernos fieles en el camino, y que nuestra diócesis de Ciudad Quesada siga siendo una Iglesia de esperanza, unidad y caridad. Que así sea, amén.
¡San Carlos Borromeo! Ruega por nosotros.
