San Vicente nos recuerda que la fe tiene que pasar de los labios al corazón y del corazón a las obras

Fiesta patronal San Vidente de Paúl 2026.

Comunidad de San Vicente, Parroquia San Martín de Porres.

XXVI Domingo Ordinario, 27 de setiembre, 11:00 a.m.

En esta celebración de la fiesta de San Vicente de Paúl, el Señor nos reúne como comunidad cristiana para escuchar nuevamente su Palabra y para contemplar en la vida de este gran santo un ejemplo luminoso de lo que significa responder con generosidad a la llamada de Dios. Las lecturas que hemos escuchado nos hacen una pregunta muy concreta: ¿Cómo estamos respondiendo nosotros a la voluntad del Señor? No se trata solamente de lo que decimos creer, ni de las buenas intenciones que podamos tener, sino de aquello que realmente hacemos con nuestra vida. Jesús nos recuerda, mediante la parábola de los dos hijos enviados a trabajar a la viña, que ante Dios no son suficientes las palabras; es necesario que nuestro «sí» se traduzca en obras, conversión, servicio y amor concreto.

Esta enseñanza encuentra un hermoso reflejo en la vida de San Vicente de Paúl. Su historia nos muestra a un hombre que fue descubriendo progresivamente que Dios lo llamaba no solamente a anunciar el Evangelio con palabras, sino a hacerlo presente en la vida de los pobres, los enfermos, los abandonados y de tantas personas que necesitaban experimentar la cercanía y la misericordia del Señor. San Vicente nació en Francia en 1581 y, después de su ordenación sacerdotal, fue descubriendo con mayor profundidad que el sacerdocio y la vida cristiana no podían reducirse a una búsqueda personal, sino que debían convertirse en entrega generosa a los demás.

Es significativo que su vida haya experimentado un proceso de conversión y de transformación. Como el hijo de la parábola que inicialmente dice «no», pero después cambia de actitud y va a trabajar a la viña, también nosotros podemos descubrir que Dios puede transformar nuestro corazón y conducirnos por caminos que quizá inicialmente no habíamos imaginado. San Vicente fue comprendiendo que la verdadera grandeza no estaba en buscar privilegios o seguridades, sino en hacerse servidor de los más necesitados. Por eso llegó a ser conocido como un gran apóstol de la caridad y como un hombre profundamente comprometido con la atención de los pobres.

La vida de San Vicente nos recuerda que la fe tiene que pasar de los labios al corazón y del corazón a las obras. Él no se limitó a hablar de la caridad, sino que organizó iniciativas concretas para atender a los pobres, promovió comunidades dedicadas al servicio y trabajó por una renovación de la vida sacerdotal y de la formación del clero. Su amor a los necesitados no fue simplemente un sentimiento; se convirtió en una forma concreta de vivir el Evangelio. Descubrió que servir al pobre era encontrarse con Cristo mismo.

San Vicente comprendió que la caridad cristiana requiere ojos para descubrir al que sufre y un corazón dispuesto a acercarse. Por eso, para esta comunidad, su testimonio puede convertirse en una invitación muy concreta a no ser una comunidad encerrada en sí misma. Una comunidad que celebra a San Vicente no puede permanecer indiferente ante las necesidades de sus hermanos. La devoción al santo tiene que expresarse en la solidaridad, en la visita a los enfermos, en la ayuda a las familias que atraviesan dificultades, en la cercanía con los adultos mayores, en la atención a quienes viven situaciones de pobreza y, sobre todo, en un trato verdaderamente humano y fraterno.

San Vicente también nos enseña que para servir bien necesitamos humildad. San Pablo, en la segunda lectura de filipenses, nos presenta a Cristo como el modelo perfecto: «Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús». Él, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo, tomó la condición de servidor y se hizo obediente. Esta es la raíz profunda de toda auténtica caridad cristiana. Servir no significa colocarnos por encima de los demás, sino acercarnos a ellos con respeto, compasión y disponibilidad. San Vicente aprendió precisamente esto: que no se sirve buscando reconocimiento, aplausos o protagonismo, sino procurando que el hermano encuentre en nosotros un signo del amor misericordioso de Dios.

También para esta comunidad hay aquí un llamado muy importante. Podemos hacer muchas cosas buenas, organizar actividades, celebrar fiestas, realizar obras y colaborar en diferentes servicios; pero necesitamos preguntarnos siempre desde dónde lo hacemos. ¿Lo hacemos por amor a Cristo y a los hermanos, o buscamos únicamente reconocimiento? ¿Estamos construyendo una comunidad donde todos tienen un lugar, o existen divisiones, protagonismos y resentimientos? El ejemplo de San Vicente nos invita a recuperar la sencillez y a poner nuestros dones al servicio del bien común.

Queridos hermanos, pidamos a San Vicente de Paúl que nos ayude a convertir nuestra comunidad en una verdadera comunidad de caridad. Que nadie que llegue a ella se sienta extraño; que quien sufre encuentre cercanía; que quien está solo encuentre compañía; que quien necesita ayuda encuentre una mano tendida; que quien se ha alejado pueda experimentar una Iglesia que lo recibe con misericordia. Que nuestras celebraciones no se queden únicamente dentro del templo, sino que se prolonguen en la comunidad, en los hogares y en cada realidad donde haya un hermano que necesite nuestra presencia.

La Palabra de Dios nos recuerda que siempre es posible recomenzar. Tal vez alguna vez hemos dicho «no» al Señor con nuestra indiferencia, nuestros egoísmos, nuestras divisiones o nuestra falta de compromiso. Pero Dios no nos encierra en nuestro pasado. Siempre podemos volver a la viña. Siempre podemos cambiar. Siempre podemos comenzar de nuevo. San Vicente también nos enseña que la santidad se construye respondiendo cada día a las necesidades concretas de los hermanos con un corazón dispuesto a servir.

Pidamos, entonces, en esta fiesta, que San Vicente de Paúl interceda

por esta comunidad. Que nos enseñe a mirar con los ojos de Cristo, a amar con el corazón de Cristo y a servir con la humildad de Cristo. Que nos ayude a pasar de las palabras a las obras, de las buenas intenciones al compromiso, de una fe celebrada a una fe vivida.

Que cada uno pueda escuchar hoy nuevamente la voz del Señor que dice: «Ve a trabajar a mi viña». Y que nuestra respuesta no sea solamente un «sí» pronunciado con los labios, sino un «sí» hecho vida en la familia, en la comunidad, en la Iglesia y especialmente en el servicio a los más necesitados. Que, siguiendo el ejemplo de San Vicente, podamos descubrir que, en cada pobre, enfermo o persona que sufre, está presente Cristo que nos espera. Que así sea. amén.

¡San Vicente de Paúl! Ruega por nosotros.

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