Si somos coherentes tenemos que defender los valores y principios de nuestra fe cuando son atacados, negados, falseados o distorsionados

San Antonio de Padua, Fiesta patronal Parroquia de Pital.

Jueves 13 de junio de 2024.

Hermanos todos en el Señor:

En comunión con toda la Iglesia, y especialmente en comunión con esta comunidad cristiana de Pital, celebramos un año más esta fiesta en honor de San Antonio de Padua, presbítero y doctor de la Iglesia, eximio y prodigioso patrono de esta parroquia de Pital. Agradezco viva y sinceramente al P. Félix y al P. Greivin por la amable invitación que me han hecho para compartir con ustedes esta Eucaristía. Ruego al Señor por ustedes y ofrezco esta Eucaristía por toda la comunidad parroquial, a fin de que renueven, día a día, su seguimiento fiel del Señor, su amor sincero a la Iglesia y la firme resolución de conocer más e imitar cada vez mejor las virtudes del gran Santo de Padua.

A San Antonio lo conocemos fundamentalmente por su condición de fiel e incasable predicador. Al recordar hoy su legado y ejemplo, nosotros deberíamos tomar conciencia y convencimiento de nuestra fe, cuyo testimonio necesariamente tiene que llevarnos a hablar de Dios, de su palabra y de los valores evangélicos que hemos recibido desde el bautismo. Preguntémonos hoy y hagamos examen: ¿Cuánto hablamos de Dios, de su palabra y de nuestra fe? ¿Lo hacemos con convicción, seguridad y valentía? Sin duda alguna, en este sentido San Antonio nos reta a hacerlo: él predicó a tiempo y a destiempo, anunció a Jesucristo a propios y a extraños, no se echó atrás ante las dificultades y pruebas. Por ello, no se entiende un cristiano -discípulo de Jesucristo- callado e inmóvil. Con su predicación, San Antonio evangelizó, anunció y corrigió también errores de la época. Cuánto necesitamos de todo ello hoy en día de cara a los retos que tenemos como sociedad y como Iglesia. San Antonio tomó en serio la palabra del profeta Isaías, que escuchamos en la primera lectura, y que fue asumida luego por Jesús, “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar la buena noticia …”

Si nosotros tuviéramos verdadera conciencia de nuestra fe y del compromiso testimonial que hemos de vivir, cuánto bien, novedad y transformación podríamos aportar a una cultura que cada vez es menos humana y menos cristiana, lamentablemente. Hoy muchos viven como si Dios no existiera. Ahí está el reto; acá tenemos un campo concreto para imitar a San Antonio, aquí y ahora. Sintámonos elegidos y enviados como los 72 de los cuales nos hablaba el evangelio de Lucas: Jesús los envía a predicar y a hacer maravillas. Nos ha dicho el texto que se pusieron en marcha y en camino; cumplieron la misión como corderos en medio de lobos; no llevaban ninguna seguridad material, solamente llevaban su confianza en la providencia de Dios. Así lo entendió, creyó e hizo San Antonio; le bastaron para ello tan solo 36 años de vida para cumplir y ser fiel hasta el final. Ahora nos toca a nosotros el desafío y la misión en nuestros tiempos y coyunturas actuales.

Les decía anteriormente, junto a la capacidad de hablar de Dios, de predicar y de anunciar, es preciso dar testimonio vivo, eficaz y valiente de la fe. En uno de sus célebres sermones, San Antonio decía: “La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras …”, decía el Santo. Hermanos, como decimos popularmente, “hay que pasar de las palabras a los hechos”. En clave cristiana, se trata de pasar del anuncio y la predicación a la vivencia y al testimonio; hacer vida lo que oímos, anunciamos y creemos; vivir conforme a los valores del Evangelio con un testimonio de vida cristiana coherente, luminoso, comprometido y eficaz.

Como sabemos, San Antonio vivió entre 1195 y 1231, es decir, casi 36 años. La suya fue una corta pero intensa vida que le bastó para ser fiel al llamado del Señor y para dar fruto abundante según su voluntad. Hoy es una ocasión propicia para pedir al Señor, por intercesión de San Antonio, la gracia de ser fieles al propósito de vida, a la vocación y a la misión que el Señor nos haya encomendado; ser fieles a nuestra primera vocación bautismal de hijos de Dios e hijos de la Iglesia. Acerca de nuestra fidelidad o no, se nos examinará al final de nuestra vida, y de ello dependerá nuestro destino eterno. Por consiguiente, pasemos de las palabras a los hechos; hagamos vida en todo momento y circunstancia nuestra fe, no solo en ocasiones aisladas o esporádicas.

Asimismo, junto al anuncio y al testimonio de la fe, también tenemos que defenderla como lo hizo decidida y valientemente San Antonio de frente a los errores y herejías que no faltaron en su época. El cristiano, teniendo ciertamente delante y en primer lugar el mandato del amor, debe decir las cosas por su nombre, clara y directamente, buscando siempre la verdad, y sobre todo la verdad eterna de Dios. El Señor nos libre de temores, complejos, cálculos y respetos humanos en los momentos y circunstancias en los que tengamos que dar la cara por nuestra fe. Sabemos, lamentablemente, que el ambiente actual es muy anticristiano y antieclesial. De frente a ello, no podemos ni debemos quedarnos en una zona de confort o seguridad, en una actitud de silencio, inacción y hasta de omisión cómplice. Si somos coherentes y consecuentes, tenemos que defender los valores y principios de nuestra fe cuando son atacados, negados, falseados o distorsionados. No nos puede dar lo mismo; tenemos que reaccionar y actuar en consecuencia y en fidelidad al Señor, a la Iglesia y a nuestra misma fe. Recordemos lo que Jesús nos dice contundentemente: “A aquel que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en el cielo” (Mateo 10,33).

Hermanos, como fruto de esta fiesta de San Antonio y de la celebración de esta Eucaristía, vamos a pedir al Señor que nos encienda de verdad en su amor divino; que nos dé la fuerza del Espíritu para evangelizar, predicar y anunciar su palabra como lo hizo San Antonio, nuestro “Doctor Evangélico”. Pero que, después de escuchar, anunciar y predicar, nunca olvidemos que hemos de pasar de las palabras a los hechos, es decir, a dar testimonio de lo que creemos por la fe, para que, como decía el salmo 88 de esta Misa, podamos exclamar “cantaré por siempre las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad a todas las naciones”. Así lo hizo San Antonio siempre y hasta el final de su corta pero fecunda vida. Vayamos y hagamos nosotros lo mismo también. Que así sea. Amén.

¡San Antonio de Padua! Ruega por nosotros.