Peregrinación Jubilar al Templo Votivo al Sagrado Corazón de Jesús.
Viernes 7 de marzo de 2025.
Hermanos todos en el Señor:
Nos encontramos reunidos hoy en este Santuario Nacional del Templo Votivo al Sagrado Corazón de Jesús, para celebrar con gozo y fe la peregrinación de la Diócesis de Ciudad Quesada en el marco del gran Jubileo Nacional al Sagrado Corazón de Jesús, que se viene celebrando desde el pasado 7 de junio de 2024 y que se prolongará hasta el 27 de junio de este año, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Agradezco sinceramente al M.I. Señor Pbro. Mauricio Alberto Granados Chacón, rector de este Santuario por abrirnos las puertas para esta celebración.
Esta peregrinación es un signo fehaciente de nuestro deseo de acercarnos al Corazón divino de Jesús que arde de amor por cada uno de nosotros. Asimismo, en este camino cuaresmal que hemos iniciado, la Palabra de Dios nos ilumina y ayuda a comprender el significado de lo que hoy vivimos y celebramos.
En la primera lectura, el profeta Isaías nos hace una fuerte exhortación de parte del Señor: la verdadera religión no ha de quedarse en la apariencia externa, sino que se expresa en la justicia, en el amor al prójimo, en el compartir con el necesitado. El Señor nos llama a una conversión auténtica, a un ayuno que no sea solo una práctica ritual, sino a un verdadero cambio del corazón. El ayuno agradable a Dios es aquel que libera de ataduras, que rompe yugos de opresión, que da pan al hambriento y refugio al necesitado. Es un llamado a hacer tangible la misericordia divina en nuestra vida diaria. La Cuaresma debe ser tiempo propicio y de gracia para esta práctica.
Por su parte, el salmo 50 refuerza esta enseñanza con una hermosa oración de conversión y renovación: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro”. Esta petición nos recuerda que no basta con cambiar nuestras acciones externas, sino que es necesario un cambio interior, una renovación del corazón. Sólo con un corazón limpio y arrepentido podremos acercarnos verdaderamente al Señor y vivir en su amor. Cuán providencial resulta este salmo en este tiempo cuaresmal que recién iniciamos y en esta celebración en honor del Corazón de Jesús. Para nuestra conversión, se trata de acercarnos y asimilar los sentimientos y actitudes de Jesús manso y humilde de corazón, compasivo y misericordioso.
Este mensaje está íntimamente unido al Evangelio de hoy, según San Mateo, en el cual Jesús responde a los discípulos de Juan sobre el ayuno. Nos dice que mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar, pero llegará el momento en que el esposo les será arrebatado. Aquí, Jesús nos habla del tiempo de la espera, del sacrificio, pero también del gozo de su presencia. Nos recuerda que nuestra relación con Él no se basa en meras normas externas, sino en el amor, en la entrega, en la alegría de caminar con Él; en adentrarnos en las profundidades de su corazón amantísimo.
Jesús nos muestra que el ayuno tiene un sentido profundo cuando se vive desde el amor. No es un fin en sí mismo, sino un medio para unirnos a Él, para prepararnos a recibirlo en nuestro corazón. En este tiempo de Cuaresma, el Evangelio nos desafía a preguntarnos: ¿ayunamos por rutina o como un verdadero acto de amor y espera en el Señor?
Y, ¿qué mejor manera de vivir esta conversión y este amor que sumergiéndonos en el Sagrado Corazón de Jesús? Esta devoción, que tiene su origen en las revelaciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María de Alacoque, hace 350 años, nos llama a entrar en la escuela del amor divino. Nos invita a aprender a amar con el corazón de Cristo, un corazón misericordioso, compasivo, dispuesto a dar siempre la vida por los demás.
Hoy, al peregrinar a este Santuario, recibimos también una gracia inmensa: la posibilidad de lucrar la indulgencia plenaria concedida por el Papa para este Jubileo. Es una oportunidad y una gracia para renovar nuestra vida; para abrir nuestro corazón a la misericordia de Dios y para comprometernos a ser testigos vivos de su amor en el mundo.
Queridos hermanos, esta ocasión es también muy especial personalmente para mí. Durante doce años tuve la gracia de servir como rector en este Santuario Nacional. Conozco cada rincón, muchas historias de fe aquí vividas, cada plegaria elevada con esperanza a los pies del Sagrado Corazón, y muchas personas queridas y recordadas. Por ello, regresar hoy como Obispo acá es un verdadero don y regalo de Dios. Ojalá que podamos consagrarnos todos a este Corazón que nunca deja de latir por nuestra salvación.
Que esta peregrinación nos transforme y renueve en el amor divino. Que al salir de aquí llevemos con nosotros un corazón nuevo, un corazón encendido de amor por Dios y por nuestros hermanos. Y que, al vivir este tiempo jubilar, nos comprometamos a ser testigos ardientes del amor de Cristo en cada rincón de nuestra Diócesis y especialmente en nuestras familias -como Iglesias domésticas- desde la cuales se recibe y aprende la experiencia viva del amor de Dios manifestado en el Corazón de Jesús. La Eucaristía que estamos a punto de recibir, nos alimente, fortaleza e impulse para vivir siempre inmersos en el amor del Corazón de Jesucristo y dar fiel testimonio de él dondequiera que estemos y actuemos. Así sea, amén.
¡Sagrado Corazón de Jesús! En vos confío ¡Jesús, manso y humilde de corazón! Haz mi corazón semejante al tuyo.
