Hoy el Señor nos concede una gracia especial: encontrarnos con Él en este lugar tan significativo de la historia espiritual de la Iglesia. Aquí, en el Monasterio de la Encarnación, Santa Teresa de Jesús aprendió a escuchar a Dios con el corazón, a dejarse transformar por Él y a vivir una fe auténtica, no de apariencias, sino de profundidad. Y precisamente los textos que hoy escuchamos nos invitan a mirar más allá de lo externo, a descubrir cómo Dios actúa en lo escondido, en lo pequeño, en lo aparentemente insignificante.
En la primera lectura, el profeta Samuel recibe una misión: elegir al nuevo rey de Israel. Humanamente, busca al más fuerte, al más alto, al más impresionante. Pero Dios lo corrige con una frase que atraviesa toda la Escritura y que hoy debe atravesar también nuestra vida: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”. Y así, el elegido no es el que parecía más apto, sino David, el más pequeño, el que estaba cuidando ovejas, el que nadie había tomado en cuenta. Dios no elige como el mundo elige. Dios ve en lo profundo, ve lo que nosotros no vemos, y llama no a los perfectos, sino a los disponibles.
Este mensaje es clave para nosotros como peregrinos. Muchas veces venimos con nuestras cargas, con nuestras heridas, con la sensación de no ser suficientes. Tal vez creemos que Dios solo llama a los fuertes, a los que no fallan, a los que siempre hacen todo bien. Pero hoy el Señor nos dice: yo te he elegido a ti, tal como eres. No por tus méritos, sino por tu corazón. La peregrinación es un camino interior donde permitimos que Dios nos mire, nos elija de nuevo y nos unja con su amor.
En el Evangelio, Jesús nos muestra otra enseñanza fundamental: el sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Es decir, la ley, las normas, las prácticas religiosas tienen sentido solo si nos acercan a Dios y nos ayudan a amar más. Cuando la religión se vuelve una carga, una obligación sin alma, pierde su sentido. Jesús defiende a sus discípulos porque sabe que la verdadera fidelidad no está en cumplir reglas por miedo, sino en vivir desde el amor.
Esto es muy teresiano. Santa Teresa descubrió que no se trata de hacer muchas cosas, sino de amar mucho. No se trata de aparentar santidad, sino de dejarnos transformar por dentro. Aquí, donde ella aprendió a orar, a conocerse, a luchar consigo misma, hoy también nosotros somos invitados a revisar nuestra fe: ¿es una fe de costumbre o una fe viva? ¿Cumplo por obligación o amo de verdad? ¿Rezo por rutina o me encuentro con Cristo?
Aplicado a nuestra vida concreta, esta Palabra nos invita a tres cosas. Primero, a dejarnos mirar por Dios, no escondernos detrás de máscaras, sino presentarnos como somos. Segundo, a no juzgar a los demás por sus apariencias: cada persona que camina a nuestro lado en esta peregrinación lleva una historia que solo Dios conoce. Y tercero, a vivir nuestra fe como un encuentro que libera, no como una carga que aplasta.
Que esta visita al Monasterio de la Encarnación no sea solo un recuerdo bonito, sino un punto determinante en nuestra vida espiritual. Que salgamos de aquí con un corazón más humilde, libre y dispuesto a decirle a Dios, como Teresa: “Solo Dios basta”. Amén.
